CADENAS - Capítulo 19
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
19: Empate 19: Empate En el interior de la muralla, el pasillo estaba en silencio.
La puerta de acceso había sido bloqueada desde dentro.
La madera astillada y las barras metálicas dobladas dejaban claro que no era un simple cierre, sino una advertencia.
A lo largo del corredor, varios soldados yacían en el suelo, esparcidos de forma irregular, inconscientes, algunos con armas aún en la mano, otros apoyados contra las paredes de piedra.
Nezu se encontraba agachado frente a un barril grande, de los usados para transportar agua y suministros.
Dentro, Zen dormía profundamente.
Nezu acomodó su cuerpo con cuidado, asegurándose de que quedara estable, lejos de golpes o caídas.
Observó su rostro por un segundo más de lo necesario.
—Buen trabajo, genio —murmuró.
Colocó la tapa del barril y la cerró con firmeza.
El sonido seco resonó suavemente en el pasillo.
Zen no se movió.
Nezu se incorporó.
Giró la cabeza y caminó hasta uno de los soldados que aún permanecía consciente, arrastrándose hacia atrás con los ojos abiertos de par en par.
El hombre temblaba, apoyado contra la pared, respirando de forma errática.
Nezu se detuvo frente a él.
Le apuntó con la espada, la punta a escasos centímetros de su cuello.
—Ahora —dijo con calma— me vas a decir hacia dónde queda el núcleo.
El soldado tragó saliva.
—Izquierda o derecha —continuó Nezu—.
Y más te vale que sea la misma respuesta que dieron tus compañeros.
El acero brilló levemente bajo la antorcha.
—O te quedas sin cabeza.
El soldado no respondió.
Sus labios temblaban, pero no salió ningún sonido.
Nezu inclinó apenas la cabeza.
—Entiendo —dijo—.
Empezaremos despacio.
Bajó la espada un poco.
—Primero las manos.
Para evitar imprevistos.
El soldado negó con la cabeza, desesperado.
—Después los pies —continuó Nezu—.
Luego los ojos.
El hombre soltó un gemido ahogado.
—¡Derecha!
—gritó al fin— ¡Derecha, derecha!
Nezu lo observó un segundo más.
Giró la cabeza hacia la derecha, evaluando el pasillo que se extendía en esa dirección.
—Bien hecho —dijo.
Y sin previo aviso, le propinó una patada seca en la cabeza.
El soldado cayó inconsciente al instante.
Nezu giró sobre sí mismo justo cuando el suelo comenzó a vibrar.
Un golpe retumbó en la entrada.
Luego otro.
La puerta bloqueada crujió, las barras se doblaron y, con un estruendo violento, salió disparada hacia el interior del pasillo, deslizándose varios metros antes de detenerse.
El polvo llenó el aire.
Entre la nube de escombros, una figura comenzó a descender las escaleras.
Azazel.
Bajaba despacio, apoyándose levemente en la baranda de piedra.
Sus movimientos eran rígidos.
Cada paso parecía exigirle más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Nezu lo observó en silencio.
—No te ves muy bien —dijo al fin.
Azazel levantó la vista y sonrió, torcido.
—Fue un golpe duro —respondió—.
Pero aun así… aquí estoy…
Terminó de bajar las escaleras.
Quedó a unos pocos metros frente a Nezu.
El polvo se asentó lentamente entre ambos.
Azazel se irguió como pudo, estiró el cuello y chasqueó la lengua.
—…
Buscando otro juego —dijo.
Nezu comenzó a caminar hacia la derecha.
No tenía prisa.
Azazel, manteniendo siempre la distancia exacta, también avanzó, acompañando su ritmo como si se tratara de una danza silenciosa por el pasillo estrecho.
Sus pasos resonaban de forma irregular, arrastrados, pero firmes.
Azazel lo miraba de frente.
Nezu no le quitaba los ojos de encima… aunque solo de reojo, como si negarse a enfrentarlo directamente fuera una forma de control.
—¿No te parece fascinante?
—dijo Azazel al fin.
—¿Qué cosa?
—respondió Nezu, sin cambiar el paso.
Azazel extendió una mano, señalando vagamente las paredes de piedra.
—Que el mundo allá afuera se esté cayendo en guerra —continuó— y aquí dentro… todo se mantenga tan igual.
Dio una risa suave.
—Tan callado.
Nezu dejó escapar una breve exhalación.
—¿Te gusta el silencio?
Azazel negó lentamente con la cabeza.
—Lo detesto —dijo—.
Mi vida necesita ruido.
Alzó la voz apenas.
—Diversión.
Gritos.
Dolor.
Sufrimiento.
Nezu no respondió.
Su silencio fue pesado.
Azazel ladeó la cabeza y lo observó con más atención.
—No me mires así —dijo—.
Pareces estar viendo a una bestia.
Nezu lo miró por fin, directamente.
—Entonces… ¿qué eres?
Azazel sonrió, mostrando los dientes.
—Un humilde sirviente de la curiosidad.
Nezu arqueó una ceja.
—¿Sirviente?
—repitió—.
No creí que alguien como tú se pondría ese título.
Azazel rió en voz baja.
—¿Me conoces demasiado?
Nezu negó.
—Tienes razón.
No lo hago —dijo—.
Solo pensé que te veías como el tipo de persona que busca la libertad.
Azazel levantó ambas manos.
—Ya soy libre.
En ese instante, la energía comenzó a reunirse en sus palmas.
Orbes incandescentes se formaron lentamente, vibrando, girando sobre sí mismos.
No eran llamas, pero parecían fuego contenido: densos, vivos, peligrosos.
La luz anaranjada y rojiza iluminó el pasillo, proyectando sombras deformes sobre las paredes.
Nezu apretó el agarre de su espada.
—Todos tenemos cadenas —dijo—.
Una deuda.
Siguió avanzando.
—Una promesa.
Un paso más.
—Un amigo.
Un familiar.
Los orbes crecieron.
—Al pasado… —continuó Nezu— o al futuro.
Las manos de Azazel parecían arder por completo, envueltas en aquella energía violenta.
Sin previo aviso, se impulsó hacia adelante.
El aire se comprimió con su movimiento.
Azazel lanzó un golpe directo, cargado con el poder de los orbes.
Nezu reaccionó al instante.
La espada se alzó en un arco preciso y el impacto fue instantáneo.
El ataque fue desviado con un estruendo metálico y una explosión de energía que sacudió el pasillo.
Azazel salió despedido hacia un costado y se estrelló contra la pared de piedra, agrietándola al contacto.
Azazel quedó incrustado un instante contra la pared, una mano apoyada en la piedra resquebrajada.
El polvo cayó lentamente desde el impacto.
Sonrió.
—Esa espada… —dijo, observándola con interés— es de muy buena calidad.
Alzó la vista hacia Nezu.
—Todas las que he atacado así, como mínimo, se agrietan.
Nezu no cambió de postura.
—Solo fue suerte.
Azazel rió, una risa breve y áspera.
—Entonces iré con toda mi potencia ahora.
Nezu suspiró, ladeando la cabeza.
—Claro que lo harás… —respondió con un tono aburrido.
Azazel se impulsó.
Esta vez no fue un ataque directo, sino una explosión de movimiento.
Su cuerpo salió disparado como un proyectil, los orbes rugiendo en sus manos, destrozando el aire a su paso.
Pero Nezu ya no estaba allí.
Giró sobre su propio eje y esquivó por un margen mínimo, sintiendo el calor pasarle rozando el hombro.
Sin detenerse, se dio la vuelta y comenzó a correr por el corredor interno de la muralla.
Azazel impactó contra la pared del fondo.
La piedra se hundió, se fragmentó, y antes de que los escombros tocaran el suelo, Azazel ya se había impulsado de nuevo, usando la pared como punto de apoyo.
—¡No huyas!
—rugió, lanzándose tras él.
Nezu corría sin mirar atrás.
Sus pasos eran silenciosos, medidos, mientras el pasillo se estrechaba y giraba.
Las antorchas temblaban al paso de Azazel, algunas apagándose por la onda de choque, otras estallando en chispas.
Azazel no corría.
Rebotaba.
Chocaba contra una pared, se impulsaba hacia el techo, descendía en diagonal, fallaba por centímetros y volvía a estrellarse contra la piedra para cambiar de dirección.
Cada impacto dejaba grietas nuevas, fragmentos de muralla desprendiéndose como lluvia.
El corredor comenzaba a colapsar.
Nezu giró bruscamente en una intersección, rodó por el suelo y se levantó de inmediato, evitando por poco que Azazel atravesara el pasillo como un ariete vivo.
El ala roja raspó la pared, arrancando piedra y metal.
—¡Ja!
—rió Azazel—.
¡Esto es mejor de lo que esperaba!
Nezu saltó sobre un cuerpo inconsciente, se apoyó en la pared y cambió de nivel, subiendo por una rampa estrecha.
Azazel lo siguió sin dudar, estrellándose contra el suelo para impulsarse hacia arriba, como una bestia que no necesitaba técnica, solo velocidad y violencia.
Azazel apareció de golpe frente a Nezu.
Las alas se abrieron de par en par y, al batirlas, el aire se deformó en una llamarada antinatural, una mezcla de calor y energía que rugió por el pasillo como una lengua viva.
Nezu reaccionó al instante.
Saltó hacia un lado, lo justo para dejar pasar la llamarada rozándole el pecho.
El calor le quemó la piel, pero no se detuvo.
Azazel avanzó de inmediato, cerrándole el espacio.
Lo acorraló contra la pared.
No hubo palabras.
Azazel comenzó a golpear.
Puños envueltos en esa energía incandescente cayeron uno tras otro, rápidos, violentos.
Cada impacto fallido atravesaba la pared detrás de Nezu, destrozando piedra, levantando polvo y escombros.
El pasillo temblaba con cada golpe.
Nezu no retrocedía.
No podía.
Sus pies no se movieron ni un centímetro.
Esquivaba todo desde el mismo lugar, girando el torso, inclinando la cabeza, doblando la espalda por márgenes imposibles.
Cada golpe pasaba a milímetros de su rostro, de su cuello, de su pecho.
El aire silbaba con cada falla.
Azazel gruñía, frustrado, acelerando aún más.
Entonces Nezu se agachó.
Un solo movimiento.
El puño de Azazel pasó por encima de su cabeza y se incrustó en la pared.
Antes de que pudiera reaccionar, Nezu ya había pasado por debajo de su guardia.
Salió disparado y volvió a correr.
—¡Tsk!
—chistó Azazel, girándose—.
No huyas ahora.
Se preparó y arrancó tras él.
Esta vez más rápido.
La distancia se cerraba en un instante.
Nezu cruzó otro corredor y, de pronto, pasó frente a alguien.
—¿Qué…?
Cristopher iba caminando hacia el núcleo cuando Nezu pasó a su lado.
Un segundo después, Azazel cruzó el mismo punto, destrozando parte del muro con el hombro.
Cristopher se quedó congelado.
—¿Qué mierda…?
El estruendo lo sacó del shock.
—No, no, no… —dijo, empezando a correr detrás de ellos—.
En el núcleo no.
Nezu ya veía la entrada a lo lejos.
Y lo que había delante de ella.
Cuerpos.
Muchos.
Hombres muertos, cortados, destrozados, la sangre empapando el suelo de piedra.
El aire del núcleo estaba cargado de metal y muerte.
No tuvo tiempo de procesarlo.
Azazel lo alcanzó.
Un golpe le rozó la espalda; Nezu giró para bloquear el siguiente, pero fue tarde.
El puño de Azazel se hundió de lleno en su abdomen.
El impacto le robó todo el aire.
Su cuerpo salió disparado como un muñeco roto, atravesando la entrada del núcleo y rebotando violentamente contra el suelo.
Rodó varias veces antes de detenerse, el dolor explotándole en cada costilla.
Intentó levantarse.
No pudo.
Dentro del núcleo, el combate seguía.
Kael y Nox aún luchaban, respirando con dificultad, cubiertos de sangre.
Somi observaba, tensa, con el arma aún en mano.
Kael fue el primero en mirar hacia la entrada.
Vio a Nezu deslizarse por el suelo, derrotado por la inercia.
Alzó una ceja.
—Eso… es inesperado.
Somi reaccionó al instante.
—¡Nezu!
Corrió hacia él, arrodillándose a su lado.
Le sostuvo el rostro, revisándolo con manos temblorosas.
—¿Estás bien?
—preguntó, con la voz quebrada.
Pero Nezu no pudo responder.
Azazel entró a la sala.
Sus pasos resonaron pesados sobre la piedra manchada de sangre.
Segundos después, Cristopher apareció tras él, jadeando, con el rostro pálido al ver el estado del núcleo.
Kael los observó a ambos con calma inquietante.
—Buen trabajo —dijo.
En el mismo movimiento, Kael golpeó a Nox con el costado del arma y lo derribó contra el suelo.
El impacto lo dejó sin aire.
—Se acabó.
Nox jadeaba, el pecho subiendo y bajando de forma errática.
El dolor le nublaba la vista, pero aun así… Kael seguía intacto.
No le había dado ni un solo golpe real.
Con la mano temblorosa, Nox tomó algo del suelo.
Una piedra.
Pequeña.
Irregular.
Sucia de sangre.
Kael giró apenas la cabeza hacia Azazel y Cristopher.
—Mátenlos a los dos.
Fue entonces cuando Nox lanzó la piedra con todas sus fuerzas.
No fue elegante.
No fue preciso.
Fue puro odio.
El proyectil impactó en el hombro de Kael con un golpe seco.
La sangre brotó de inmediato, manchando su ropa.
Kael bajó la mirada hacia su herida.
—Ya veo… —dijo con absoluta calma—.
Entonces supongo que esto es un empate.
Cristopher no esperó más.
Se lanzó contra Somi.
Somi reaccionó por instinto.
Tiró la espada que había recogido y tomó su espada que yacía en el cuerpo de Nezu y bloqueó el tajo de Cristopher en el último segundo.
El choque levantó chispas, el impacto recorriéndole los brazos.
Azazel aprovechó la distracción.
Se giró hacia Nezu.
Pero antes de que pudiera avanzar, Somi agarró el brazo de Cristopher con su mano libre y, usando su propio impulso, lo lanzó directo contra Azazel.
Los dos chocaron violentamente.
Azazel gruñó y, con un solo golpe, apartó a Cristopher como si fuera un estorbo.
Luego fijó la mirada en Somi.
La observó de arriba abajo.
—¿Tú también eres especial?
—preguntó, curioso.
Somi no respondió.
Azazel embistió.
El primer golpe fue bloqueado por la espada de Somi… pero el arma no resistió.
El impacto la partió en dos con un chasquido seco.
El segundo golpe llegó de inmediato.
Somi intentó esquivarlo pero no fue suficiente.
Levantó el brazo izquierdo por reflejo.
El impacto fue brutal.
El hueso se quebró con un sonido horrible, ahogado por el golpe contra la pared.
Somi salió despedida y se estrelló contra la piedra con un impacto seco, cayendo al suelo sin aire.
Azazel no se movió.
La observó.
Esperó.
Por un segundo, solo se escuchó el eco lejano de la batalla y la respiración pesada en la sala.
Entonces Somi tosió.
Sangre.
Aun así… se levantó.
Su cuerpo temblaba, el brazo colgándole de forma antinatural, pero seguía en pie.
De su piel comenzó a salir humo, lento, denso.
Dio un paso.
Luego otro.
Avanzó hacia Azazel sin decir una palabra.
Azazel la miró con una sonrisa amplia, genuina.
—Lo sabía —dijo—.
Eres especial.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com