CADENAS - Capítulo 2
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2: Luz y Fuego verde 2: Luz y Fuego verde El bosque no era oscuro, pero tampoco era claro.
La luz caía como una lluvia lenta entre los árboles, y a veces parecía que se disolvía antes de tocar el suelo.
Los troncos se alzaban rectos, gastados por los años, cubiertos de líquenes y enredaderas que susurraban con el viento.
Todo estaba cubierto por una bruma fina que no ocultaba, pero sí distorsionaba.
En medio de ese paisaje suspendido, una hoja flotaba sin rumbo.
Daba vueltas sobre sí misma, arrastrada por ráfagas que parecían no tener origen.
A cada giro adoptaba una forma diferente: a veces mariposa, a veces ave, otras simplemente basura empujada por el azar.
No tenía peso, ni dirección, ni objetivo.
Y entonces se detuvo.
La hoja tembló en el aire, se alzó un poco más de lo posible, y por un instante pareció quedarse inmóvil, suspendida por nada.
Fue justo entonces cuando Somi emergió de entre las sombras.
Jadeaba con fuerza, cada respiración un pequeño espasmo de agotamiento.
Su cabello estaba pegado a la frente por el sudor, la ropa cubierta de polvo y barro seco, y sus pasos eran torpes y erraticos.
Extendió el brazo, tembloroso, y atrapó la hoja con un gesto que parecía contener todo su esfuerzo.
Sonrió apenas, con los labios entreabiertos, y dijo en voz baja, casi infantil: —Al fin te tengo.
Se quedó quieta, respirando con dificultad.
Durante unos segundos no hizo nada más, esperando a que algo pasara: una señal, un cambio, cualquier cosa.
Pero el bosque seguía igual de silencioso.
La hoja, frágil en su mano, no reaccionaba de ninguna forma.
Somi la desdobló con cuidado, conteniendo el aliento, temiendo que cualquier movimiento brusco arruinara lo que fuera que se suponía debía encontrar allí.
Estaba en blanco.
No había nada escrito.
Ningún símbolo.
Ninguna pista.
Solo una hoja común, delgada, sin historia.
Somi la observó un largo rato, intentando convencer a sus ojos de que habían pasado por alto algo.
Luego soltó el aire por la nariz y su cuerpo se relajó todo de golpe.
—¿En serio?
El tono fue seco, resignado.
Guardó la hoja en el bolsillo con un gesto mecánico y dio media vuelta para volver al pueblo.
Caminó algunos pasos sin decir nada, más derrotada que decepcionada.
Pero se detuvo en seco.
Alzó la vista.
Miró a su alrededor.
Los árboles no eran los mismos.
El suelo estaba más húmedo.
El aire tenía un olor diferente.
Algo, de forma sutil, había cambiado.
Dio un par de vueltas sobre sí misma, buscando con la mirada el sendero que había seguido para llegar hasta allí.
No lo encontró.
Ni una piedra familiar, ni una raíz sobresaliente, ni un árbol que recordara.
Frunció el ceño.
Dio un paso hacia el oeste.
Se detuvo.
Luego al sur.
Tampoco.
Por primera vez desde que entró al bosque, se permitió decirlo en voz alta: —¿Dónde estoy?
Somi dio media vuelta, resignada a seguir buscando el camino de regreso, pero no alcanzó a dar un paso.
Allí, a pocos metros frente a ella, una silueta se había materializado entre la bruma, tan repentina que por un segundo pensó que era un espejismo.
Era más pequeña que ella, más delgada, con el rostro oculto tras una mascarilla de tela gastada.
El cabello, largo y revuelto, tenía un verde tan oscuro que rozaba el negro, y de entre los mechones asomaban unos ojos grises, apagados, carentes de cualquier chispa.
A su costado colgaba una espada enfundada, simple pero bien cuidada, sujeta con una correa gastada.
Somi no dijo nada al principio.
Lo observó en silencio, con un ligero desconcierto, como si el bosque hubiera decidido ponerle una figura humana delante para romper la monotonía.
Finalmente, se obligó a hablar, tratando de que sonara amistoso.
—Hola… —su voz salió algo más insegura de lo que quería— ¿Qué haces aquí?
El desconocido no respondió.
Permaneció inmóvil.
Somi frunció un poco el ceño, pero insistió, inclinando apenas la cabeza.
—¿Estás de camino a Cantoverde?
Esta vez, la figura asintió, despacio, cada movimiento le suponia un gran esfuerzo.
Luego, con una voz baja y sin tono, preguntó: —¿Sabes el camino?
Somi dejó escapar una risa nerviosa, alzando los hombros.
—La verdad… me perdí.
Pero no debe estar muy lejos.
—Se detuvo, ladeando la cabeza—.
Espera… Un sonido lejano atravesó la calma del bosque.
Gritos, ásperos y reconocibles.
Stefan.
No había duda.
Somi sonrió apenas y señaló hacia la derecha.
—Es él.
Es mi amigo.
Solo tenemos que seguir el ruido.
Comenzó a caminar sin esperar respuesta, apartando ramas y hojas.
El muchacho la siguió a unos pasos de distancia, su andar extraño,sus pies se arrastaban por el suelo y su pasos eran irregulares.
Somi lo notó y giró un poco el cuello para mirarlo.
—¿Estás bien?
—Sí —respondió él, tras un breve silencio—.
Solo estoy cansado.
Ella no dijo nada más, pero sus ojos se desviaron inevitablemente hacia la espada a su costado.
No parecía decorativa, ni un recuerdo familiar.
Era un arma que conocía el peso de las manos.
—Oye… —dijo de pronto—, ¿eres un viajero?
¿Cazador?
¿O algo por el estilo?
El chico sostuvo su mirada un instante y respondió: —Viajero.
Somi sintió una chispa de entusiasmo.
—¿De verdad?
Cuando lleguemos al pueblo, déjame hacerte unas preguntas.
Él asintió sin palabras.
Fue entonces cuando un crujido de hojas y ramas rompió el momento.
Pasos.
Cercanos.
Somi aceleró, abriéndose paso entre unos arbustos con la esperanza de encontrar a Stefan.
Pero al otro lado no había un amigo.
Los hombres que se plantaron frente a ella no dejaban lugar a dudas.
Armaduras de placas ligeras, reforzadas con cuero, y sobre cada peto, un emblema pintado en tonos rojos y negros: un cuervo con las alas abiertas, sujetando en el pico una daga curva.Un logo que para Somi era mas que reconocible, El sello de Zuko.
Uno de los hombres que la vio sonrió con esa mezcla de sorpresa y triunfo que tienen los que creen haber sorprendido a una presa.
Dio un paso al frente, y sus ojos parecían medirla de arriba abajo como quien calcula el precio de algo.
—Vaya, vaya.
Esto sí que es una sorpresa.
¿No eres tú la mocosa de la tienda?
¿Qué haces tan lejos?
¿Perdida, eh?
Somi dio un paso atrás sin pensarlo, el cuerpo aún con la inercia de la carrera.
La sensación de peligro le subió como un frío sordo por la nuca.
—Sí.
Me perdí.
¿Dónde está el pueblo?
—preguntó, intentando que la voz no le temblara.
El hombre se acercó, confiado, y dejó caer la respuesta como si fuera un pago que podía negociar.
—Podría decirte.
Pero…
tendría que conseguir algo a cambio.
Desde atrás, una voz más seca intervino.
—Cálmate, Tolen.
Ya sabes las reglas del jefe.
Uno de los hombres que lo acompañaba clavó la mirada en el suelo, tratando de normalizar la tensión.
Tolen se encogió de hombros.
—Esas reglas solo valen en el pueblo.
Fuera de ahí hago lo que quiero.
Se acercó otro paso.
Somi retrocedió, con el asco caliente en la garganta.
Tolen dejó ver su intención al rozar la empuñadura; la hoja asomó apenas, un destello metálico que quiso ser amenaza pero que no llegó a desenfundar.
La mano del extraño, había aparecido sin que nadie lo notara, se cerró con fuerza sobre la muñeca de Tolen y detuvo el movimiento.
No fue un gesto exagerado, sino un bloqueo firme y calculado que no le dejaba otra opción.
—¿Quién eres, enano?
—escupió Tolen.
El desconocido no respondió con insultos ni explicaciones, solo dijo: —¿Dónde está el pueblo que mencionaron?
La calma del recién llegado pareció romper algo en la seguridad de Tolen.
El hombre de la coraza, más atrás, levantó una mano y señaló hacia el norte con un gesto seco.
El extraño soltó la muñeca de Tolen sin violencia, como si aquello nunca hubiera sido una pelea, y miró a Somi con la misma tranquilidad.
Ella salió de su trance y asintió.
—Sí…voy.
Comenzó a caminar, apartando helechos con las manos, y el hombre la siguió en silencio.
Antes de que la distancia los separara, el extraño se volvió hacia Tolen y dijo: —No deberías desenfundar un arma a la ligera.
La advertencia quedó flotando mientras se alejaban.
El bosque empezó a abrirse poco a poco, y el aire se volvió más ligero.
Entre los troncos se filtraba la silueta irregular de las casas de Cantoverde, y Somi sonrió con alivio.
—Eso fue…
sorprendente.
Gracias.
El muchacho asintió sin más.
—¿Cómo te llamas?
—Nezu.
Somi sonrió, todavía con algo de incredulidad.
—Un gusto.
Soy Somi.
Nezu no respondió.
Sus pasos comenzaron a ser más lentos, el equilibrio le falló y, cuando la sombra del primer portón del pueblo les cubrió, se desplomó sin previo aviso.
Somi dio un salto hacia él, atrapándolo antes de que su cabeza golpeara el suelo, y lo llamó una y otra vez.
El murmullo del pueblo cercano se mezclaba con su voz, mientras Nezu dejaba de responder.
El mundo había desaparecido.
No había luz, ni sombra, ni horizonte.
Nezu flotaba en medio de un vacío absoluto.
No importaba hacia dónde mirara, siempre encontraba lo mismo: una negrura sin fin que no parecía fría ni cálida, solo… ausente.
Y, aun así, algo en aquel lugar le resultaba inquietantemente familiar.
El silencio era tan pesado que podía escuchar el latido de su propio corazón… hasta que no fue lo único que escuchó.
Unos pasos, lejanos al principio, comenzaron a acercarse.
Cada pisada resonaba más fuerte, más definida.
Nezu giró la cabeza en todas direcciones, buscando un origen que el vacío parecía negarle.
El ritmo de los pasos se volvió casi ensordecedor, y cuando finalmente se giró hacia un punto concreto, lo vio.
No supo describirlo.
Solo alcanzó a reconocer una silueta antes de que todo desapareciera.
Sus ojos se abrieron de golpe.
La oscuridad se había ido, sustituida por un techo de madera clara, con vigas que se cruzaban torcidas.
El aire olía a hierbas secas y a cera de vela.
Estaba tendido sobre una cama baja, cubierta por una manta gruesa y algo áspera, y a su lado, sobre una mesita pequeña, descansaba un cuenco con restos de agua teñida de rojo por alguna hierba medicinal.
Instintivamente, llevó una mano a su pecho.
Las heridas que recordaba estaban vendadas con cuidado.
Su ropa habitual había desaparecido, reemplazada por una camisa holgada de tela sencilla.
Esa ausencia lo alarmó de inmediato, y su mirada comenzó a recorrer la habitación con ansiedad hasta que la encontró: su espada, descansando sobre una mesa más grande, junto a la ventana.
Se incorporó con rapidez, sintiendo una breve punzada bajo las vendas, pero ignorándola.
Cruzó la habitación, tomó la espada con ambas manos y la desenfundó apenas lo suficiente para ver el filo.
Perfecta.
Ni una muesca, ni una mancha, ni la más mínima señal de que hubiera sido manipulada con descuido.
Un suspiro escapó de él antes de volver a enfundarla con un movimiento limpio.
Entonces, escuchó pasos al otro lado de la puerta.
El pomo giró y la madera cedió con un leve chirrido.
Somi apareció en el umbral, y sus ojos se abrieron ligeramente al verlo de pie, espada en mano.
No dijo nada al principio, y el silencio duró hasta que Nezu, con calma, dejó la espada nuevamente sobre la mesa.
—Menos mal que te recuperaste… —dijo ella al fin, con un tono entre alivio y reproche— Estaba algo preocupada.
Nezu se volvió hacia ella y, tras una breve inclinación de cabeza, respondió: —Gracias… por ayudarme.
Y… disculpa por el inconveniente.
Somi negó con la mano, restándole importancia.
—No pasa nada.
Pero… ¿seguro que deberías estar moviéndote tanto?
Tus heridas parecían bastante graves.
—No pasa nada —repitió él, con un dejo de firmeza— Me siento mejor ahora.
—Mi abuelo hizo un buen trabajo contigo —comentó ella, con una sonrisa ligera.
Nezu asintió.
—Entonces… debería agradecerle también.
—Salió hace un rato, pero volverá en poco tiempo —dijo Somi, cerrando la puerta detrás de sí.
Somi se dejó caer en el borde de la cama, con las manos apoyadas sobre sus rodillas, y lo miró con una sonrisa ligera.
—Mientras llega mi abuelo… tal vez podamos hablar un poco.
Nezu, todavía algo tenso, dudó unos segundos antes de asentir y tomar asiento junto a ella.
—Está bien.
—¿Por qué querías venir a Cantoverde?
—preguntó ella, ladeando la cabeza con curiosidad.
—No quería —corrigió él con calma— Solo estoy de paso.
Este pueblo es… una guía para seguir mi viaje.
Somi parpadeó, un tanto desconcertada.
—¿Y a dónde quieres ir?
—A cualquier lugar fuera del continente.
Ella guardó silencio unos segundos, intentando procesar aquella respuesta.
—¿Por qué?
—¿Por qué no hacerlo?
—replicó él, sin levantar la voz.
Otra pausa.
Somi no insistió de inmediato, pero cambió el rumbo de la conversación.
—Tus heridas… ¿cómo te las hiciste?
—El mundo fuera de los pueblos es peligroso.
—¿Y vale la pena?
—¿Qué cosa?
—Ver el mundo.
¿Vale el peligro?
—No lo sé…
no lo creo —Entonces… ¿por qué haces tu viaje?
—No lo sé —repitió, con la misma serenidad, aunque sus palabras parecían tener más peso que antes.
Un sonido desde la planta baja interrumpió la conversación.
Era el chirrido de la puerta principal abriéndose y cerrándose.
Somi se incorporó.
—Debe ser mi abuelo.
—Salio de la habita y comenzó a bajar las escaleras.
Nezu la siguió sin decir nada.
En la sala, un hombre de espalda recta y piel curtida por el sol se quitaba un sombrero de paja ancho.
Tenía el cabello canoso, recogido en una coleta baja, y unas manos grandes llenas de cicatrices y callos.
Vestía ropa de trabajo: camisa de lino remendada varias veces y pantalones de algodón grueso, manchados de tierra.
A su lado, una mujer joven de mirada aguda y postura firme lo acompañaba.
Su cabello, liso y negro como la tinta, estaba atado en una trenza larga que le caía por el hombro.
Llevaba una blusa blanca arremangada y pantalones ajustados de tela resistente, además de un cinturón del que colgaban pequeñas herramientas de jardinería.
El anciano fue el primero en hablar.
—Entonces, al fin despertaste.
—Gracias por tratar mis heridas —dijo Nezu, inclinando ligeramente la cabeza— Si hay algo que pueda hacer para pagarlo… —No te preocupes —respondió el anciano, con un gesto de la mano—.
Solo paga por las medicinas.
Nezu guardó silencio, manteniendo la mirada fija en él.
El abuelo alzó una ceja.
—¿No tienes dinero, verdad?
—Nada.
El anciano suspiró, resignado.
—Ni modo… Bueno, entonces no te preocu…— —Yo tengo una idea —interrumpió la joven, cruzándose de brazos— Que el muchacho me ayude en los cultivos.
Somi frunció el ceño.
—Te estás aprovechando.
—Para nada —replicó la mujer con una sonrisa— Además, no creo que le importe al muchacho… —Nezu —corrigió él, completando la frase.
—Nezu, entonces —dijo ella sin perder la compostura.
El abuelo se frotó la barba.
—Podría funcionar… Solo serán unos días.
Pero no sé si el muchacho es de fiar.
—Claro que lo es —aseguró la joven— Solo mírelo.
Además, Stefan ya debió revisarlo.
—No —dijo Somi, negando con la cabeza.
La joven dio un par de pasos hacia atrás justo cuando sonaron golpes en la puerta.
Caminó hacia la ventana, echó un vistazo y comentó: —Es Stefan.
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