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CADENAS - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 Bambúrashi — Distrito Exterior Este
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20: Bambúrashi — Distrito Exterior Este 20: Bambúrashi — Distrito Exterior Este La insurrección en Bambúrashi no comenzó con gritos.

Comenzó con ausencias.

Reuniones que ya no se hacían, mercados que cerraban antes del anochecer, patrullas que desaparecían en calles donde nadie hacía preguntas.

En el distrito exterior del este, la gente aprendió a bajar la voz, a mirar dos veces antes de hablar, a fingir que no veía nada.

Pero el ejército real sí lo vio.

Y decidió que no valía la pena distinguir.

El informe fue breve.

Frío.

Eficiente: “Imposible diferenciar civiles de rebeldes, Alta probabilidad de infiltración total” La respuesta fue inmediata.

El distrito fue cerrado.

Muros improvisados, barricadas, puestos de control.

Ninguna persona podía entrar o salir.

Las rutas comerciales fueron cortadas.

Los mensajeros desaparecieron.

El distrito del este dejó de existir para el resto del reino.

Antes de comenzar la limpieza, sacaron a los necesarios.

Funcionarios.

Comerciantes influyentes.

Familias con nombre.

Personas que aún podían ser útiles después.

El resto quedó atrapado.

La orden no hablaba de castigo.

Hablaba de erradicación.

Las primeras noches fueron las peores.

El ejército avanzó sin prisa.

No buscaban combate, buscaban desgaste.

Casas marcadas, calles numeradas, sectores asignados.

Cada unidad sabía exactamente qué debía cubrir.

Los enfrentamientos directos eran escasos.

El ruido llamaba la atención.

Preferían el acero.

Gritos ahogados.

Puertas rotas.

Pasos firmes avanzando por pasillos que olían a miedo.

Cuando alguien intentaba huir, no lo perseguían lejos.

Sabían que no había salida.

Con el paso de los días, la resistencia se volvió torpe.

Los rebeldes se quedaron sin armas, sin comida, sin información.

Los civiles dejaron de correr.

Algunos se encerraron.

Otros salieron a esperar.

La sangre se mezcló con el polvo.

El distrito comenzó a hundirse en un silencio extraño, interrumpido solo por el choque ocasional del metal o el crujido de edificios que ya no podían sostenerse.

Pasaron semanas.

Cuando el último sector fue asegurado, ya no quedaban banderas que derribar ni voces que silenciar.

Solo cuerpos.

La misión fue declarada cumplida.

La última noche fue silenciosa.

Nox abrió los ojos.

Lo primero que vio fue el cielo.

Oscuro, limpio, lleno de estrellas que no parecían pertenecer al lugar donde estaba.

Tardó un segundo en entender que estaba en el suelo.

Otro segundo más en sentir el dolor.

Le dolía todo.

El cuerpo no le respondía bien.

Cada respiración raspaba por dentro.

Tenía la cara rígida, cubierta de sangre seca, lo mismo que el pecho y los brazos.

Intentó moverse y el mundo giró.

—Así que despertaste, hermanito.

La voz lo sacó del aturdimiento.

Azazel.

Nox giró la cabeza, buscando entre los restos del lugar.

Su vista estaba nublada, pesada, cada movimiento le costaba más de lo normal.

—No, no, no —dijo Azazel, con fastidio—.

Arriba, idiota.

Nox levantó la mirada.

Azazel estaba incrustado en la pared.

Una lanza le atravesaba el hombro, clavándolo contra la piedra como un trofeo abandonado.

La pared alrededor estaba agrietada, ennegrecida.

Aun así, sonreía.

—¿Y?

—preguntó Azazel—.

¿Cómo me veo?

Nox lo observó unos segundos.

—Terrible.

Azazel soltó una risa ronca.

—Tu hermano sí que es del tipo monstruoso.

El comentario cayó pesado.

Nox tragó saliva.

—¿Aún hay algo que hacer?

¿Dónde están los demás?

—preguntó.

Azazel movió apenas el pie libre y señaló hacia un montón de escombros.

—Por ahí —dijo—.

¿Verdad, Khota?

De entre los restos sobresalían unas piernas.

Nada más.

No se movían.

No temblaban.

No daban ninguna señal de vida.

—Espero que no haya muerto —añadió Azazel, con un tono casi casual.

Nox apretó los dientes.

—¿Y Sol?

Azazel no respondió de inmediato.

Giró la cabeza como pudo y miró a través de una ventana rota a su lado.

Dentro del edificio, entre sombras y polvo, el cuerpo de Sol yacía inmóvil en el suelo.

—Aguantó un poco más —dijo—, pero… No terminó la frase.

—Mierda… —murmuró Nox.

Clavó la espada en el suelo y se apoyó en ella para levantarse.

Las piernas le temblaron.

El dolor le subió en un golpe tardío, pero se mantuvo en pie.

Azazel lo observó en silencio.

Cuando Nox comenzó a caminar, cojeando, alejándose, fue cuando habló otra vez.

—¿A dónde vas?

—A buscar a Kael.

Azazel chasqueó la lengua.

—Una muerte en tu estado no será un gran final.

—Cállate —respondió Nox, sin detenerse.

Azazel lo miró unos segundos más.

—¿Por qué haces esto?

—preguntó—.

¿Por qué quieres vencerlo?

¿Qué vas a conseguir?

Nox siguió caminando.

—No seas idiota —dijo al fin—.

El hermano más fuerte es el que decide las cosas.

Se detuvo un segundo.

—Así es la familia.

Apretó el agarre de la espada.

—Lo venceré… y así recuperaré a mi hermano.

Y siguió avanzando, dejando atrás el cielo estrellado, los cuerpos, y todo lo que el distrito del este de Bambúrashi había sido alguna vez.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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