CADENAS - Capítulo 21
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21: Morir solo 21: Morir solo La sala en la que se encontraba el núcleo de la muralla exterior de Bambúrashi contenía sangre, acero roto y muertos.
Pero también contenía algo más.
El destino de Bambúrashi.
Kael y Nox seguían peleando, pero ya no era un intercambio limpio.
Ambos tenían el hombro herido.
La sangre oscurecía la ropa, empapaba la piedra bajo sus pies.
Cada movimiento era más lento, más pesado, pero ninguno cedía.
Nox respiraba con dificultad.
Kael mantenía la guardia alta, aunque su brazo ya no respondía igual.
—Por primera vez en mucho tiempo —dijo Kael, ajustando su postura— voy a hacerle caso a mis emociones.
Nox escupió sangre al suelo.
—Entonces más te vale dejarlo todo aquí —respondió—.
No te contengas.
Se lanzaron de nuevo el uno contra el otro, chocando con violencia.
El dolor hacía mucho que había dejado de ser un inconveniente.
Un poco más atrás, Cristopher se incorporaba con dificultad.
El cuerpo le dolía entero.
Cada respiración era un recuerdo del golpe que le había dado Azazel.
Al alzar la vista, lo vio.
Azazel destruyendo la espada de Somi con un solo impacto.
El metal se partió.
El siguiente golpe fue peor.
El brazo de Somi se rompió con un sonido seco, brutal, imposible de ignorar.
Su cuerpo salió despedido y se estrelló contra la pared.
Cristopher apretó los dientes incorporándose con dolor.
—Mierda… Giró la cabeza.
Entonces lo vio.
Nezu.
Tirado en el suelo, apenas consciente.
Cristopher comenzó a caminar hacia él, cojeando, apretando la empuñadura de su espada con ambas manos.
Cada paso era un esfuerzo, pero no se detuvo.
—Kael confió en mí… —murmuró—.
Tengo que enmendarme.
Se plantó frente a Nezu.
Alzó la espada.
Nezu apenas abrió los ojos.
Le pesaban como si estuvieran llenos de plomo.
Todo su cuerpo dolía.
El mundo era una mancha borrosa, sin bordes claros, las personas reducidas a sombras deformes.
Pero donde debería estar Cristopher… había algo más.
Una figura.
Extraña.
Y, al mismo tiempo, terriblemente familiar.
No distinguía un cuerpo.
Solo una silueta humana hecha de una nube negra.
Sin forma definida.
Sin rostro.
Solo unos ojos completamente blancos, fijos en él.
La figura se arrodilló.
Entonces una voz femenina habló, suave, burlona.
—¿Volviste a perder?
Nezu apenas pudo mover los labios.
—Aún no… Apoyó las manos en el suelo.
El movimiento fue torpe y desesperado pero fue suficiente.
Se impulsó usando solo los brazos.
El mundo giró un instante.
Su pierna salió disparada y golpeó la empuñadura de la espada de Cristopher.
—¿Qué—?
Cristopher apenas alcanzó a reaccionar.
La espada salió volando de su mano.
Nezu no cayó.
Usó el impulso.
Giró de manos, el cuerpo suspendido un segundo imposible, y pateó la espada en el aire.
El arma salió disparada como un proyectil.
—¡Espera!
—gritó Cristopher.
Pero fue demasiado tarde.
Azazel apenas tuvo tiempo de girar.
La hoja se clavó en la parte trasera de su hombro.
No cayó.
Pero su cuerpo cedió.
Un segundo.
Solo uno.
Azazel gruñó, el impacto obligándolo a ignorar todo lo demás.
Nezu ya estaba de pie.
Con un tajo limpio, brutal, atravesó el espacio entre ambos y golpeó a Cristopher en el pecho.
El impacto lo lanzó hacia atrás, dejándolo inmóvil en el suelo.
Nezu giró hacia Azazel.
Y en ese instante, Somi lo sintió.
No lo pensó.
No lo razonó.
Lo sintió.
Vio a Nezu volar por un segundo y levantarse cuando no debería.
Vio cómo brillo con esa técnica.
Y algo, muy antiguo, muy infantil, se encendió en su pecho.
Esa sensación que tienen los niños cuando ven algo increíble por primera vez.
No es admiración.
No es envidia.
Es deseo.
Deseo de querer hacerlo también.
Querer ser eso.
La palma de su mano comenzó a hormiguear.
Calor.
Presión.
Somi no entendía qué era, pero entendía una cosa: no quería quedarse atrás.
Corrió hacia Azazel y lo tocó justo en la herida recién abierta no fue un golpe ni nada parecido solo fue un simple toque.
El contacto detonó.
No fue una gran explosión.
Fue pequeña.
Precisa.
Violenta.
La herida se abrió aún más.
Azazel gruñó y cayó de rodillas, sorprendido más que herido.
—¿Tú…?
—murmuró, incrédulo.
Nezu corrió para acabarlo.
Pero no llegó.
Hilos se enrollaron alrededor de su cuerpo en un parpadeo.
Desde la entrada, Vira tiró con fuerza y lo lanzó contra el muro.
En el aire, Nezu activó la cuchilla de su traje.
Cortó los hilos y rodó por el suelo, evitando estrellarse de lleno.
Se levantó de inmediato solo para ver qué Vira ya estaba frente a él.
—No voy a dejarte pasar.
Nezu jadeaba.
—Creí que Zen había terminado contigo.
Vira sonrió.
—Aún queda tinta en el tintero.
Se inclinó un poco hacia él, observándolo con atención.
—Qué expresión tan curiosa —añadió—.
¿Estás sorprendido de verme?
Kael comenzaba a imponerse ante Nox cada intercambio dejaba a Nox un poco más lento, un poco más tarde.
El hombro herido ya no era solo dolor: era un límite.
Kael, en cambio, avanzaba con una calma inquietante, como si el desgaste no le perteneciera.
Cuando Kael vio a Azazel caer de rodillas, algo cambió.
Enderezó la postura y decidió terminarlo.
Sus ojos recorrieron la sala y, de pronto, el mundo dejó de ser caos.
Cada movimiento, cada respiración, cada trayecto posible se ordenó ante él.
La habitación se llenó de números invisibles, de ángulos, de probabilidades superpuestas.
Kael veía todo.
Leía todo.Calculaba todo.
—Soy mejor que tú —le dijo a Nox, sin rabia—.
Solo acéptalo.
Nox apretó los dientes y volvió a atacar, aunque su cuerpo ya no le respondía como quería.
A unos metros, Vira desvió la mirada apenas un segundo para ver a Kael ese pequeño instante fue suficiente.
Nezu reaccionó al instante.
Tomó el cristal y lo lanzó con fuerza hacia Somi.
—¡Somi!
Ella extendió la mano, pero el hormigueo aún recorría su cuerpo.
Sus dedos fallaron por poco.
El cristal rebotó contra su palma y cayó al suelo, rodando entre sangre y escombros.
—¡Mierda…!
Somi se agachó de inmediato, buscándolo con desesperación.
Vira lo vio.
Y actuó.
En un movimiento rápido, tomó la espada de Nezu del suelo y se lanzó hacia él.
Lo empujó con el cuerpo y el filo, acorralándolo contra la pared.
La piedra fría chocó contra la espalda de Nezu.
Quedaron cara a cara.
Vira alzó su palma envuelta en hilos.
Pero se detuvo.
Los ojos de Nezu no estaban en ella.
Se movían.
Rápido.
De un lado a otro.
Midiendo distancias.
Viendo la situacion de todos en la sala, sus ojos orbitaban entre Vira, Somi, Azazel aun sin recuperarse y en Nox contra Kael.
Vira frunció el ceño.
—¿Ni siquiera ahora puedes concentrarte en nuestra pelea?
—dijo, con un deje de molestia—.
Qué arrogante.
Somi encontró el cristal.
Lo tomó con fuerza y alzó la mirada, confundida hacia a Nezu.
Nezu estaba acorralado.
Por un segundo dudó.
Pero entonces Nezu se movió.
Con un giro brusco, golpeó el brazo de Vira, desvió su palma y usó su propio impulso para invertir la posición.
La empujó contra la pared, presionando con el cuerpo y la espada.
Ahora era Vira la que estaba atrapada.
Nezu la miró solo un instante.
Luego gritó, sin apartar los ojos de ella: —¡Somi!
¡Destruye el núcleo!
Somi corrió hacia el núcleo al instante que recibio la orden.
—¡Nox, apártate!
—gritó.
El grito le llegó como un golpe seco.
Nox la vio por el rabillo del ojo, apenas una silueta moviéndose entre el caos, pero fue suficiente.
Por primera vez en mucho tiempo, su cuerpo reaccionó antes que su odio.
Durante un instante —uno solo— dejó de mirar a Kael.
Y en ese instante, algo distinto se filtró en su pecho.
No era calma.
No era confianza.
Era la sensación incómoda de no estar solo.
—Aún… aún podemos ganar —murmuró, casi sin darse cuenta—.
No pude vencer a Kael… pero en equipo… Las palabras salieron solas.
Demasiado fáciles.
Demasiado humanas.
Se detuvo en seco.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier impacto.
Nox sintió el eco de su propia voz resonarle en la cabeza.
En equipo.
La idea se le clavó como algo sucio, ajeno, incorrecto.
Algo que no le pertenecía.
Su estómago se revolvió del asco, todo su cuerpo se sentia podrido por esos sentimientos.
Los dedos le temblaron alrededor de la empuñadura.
—…en equipo —repitió, esta vez más bajo, como probando el sabor de la palabra.
Fue entonces cuando llegó el asco dejando de lado todo.
Un rechazo visceral, inmediato.
No hacia Somi.
No hacia Kael.
Hacia sí mismo.
Hacia ese pensamiento débil.
Hacia esa mínima rendija donde casi aceptó apoyarse en alguien.
La energía negra comenzó a filtrarse desde su cuerpo.
No explotó.
No rugió.
Simplemente apareció.
Como tinta derramada en agua clara, se extendió lenta, inevitable, orbitando a su alrededor.
Era densa, pesada, devoraba la luz cercana, deformaba el aire.
—Prefiero morir solo —dijo Nox, con la voz endurecida— que ganar junto a alguien.
Somi frenó en seco.
No fue miedo lo que la detuvo.
Fue intuición.
Algo en aquella energía gritaba que aquello no era solo poder.
Era renuncia.
Kael también se detuvo.
Por primera vez desde el inicio del combate, no atacó.
Observó a Nox con atención real, leyendo cada cambio en su postura, cada grieta que empezaba a abrirse.
—Si sigues por ese camino —advirtió— no habrá vuelta atrás.
La energía respondió.
Fluyó hacia los brazos de Nox, cubriéndolos por completo.
La piel desapareció bajo un negro absoluto, antinatural, la oscuridad decidido ocupar ese espacio y reclamarlo como propio.
Nox levantó la mirada.
Sus ojos ya no buscaban victoria.
Buscaban justificación.
—Eres mi excusa para luchar —le dijo a Kael—.
La razón por la que no me rindo.
La energía se deslizó hacia la espada.
El metal crujió.
No se rompió.
Se rindió.
La hoja se desintegró en cenizas antes siquiera de tocar el suelo, como si no mereciera existir bajo ese poder.
Nox cerró los ojos un segundo.
—Intenté culparte por todo —continuó—.
Por mi fracaso.
Por mi rabia.
Por este vacío.
Su piel empezó a agrietarse.
No eran heridas.
Eran fisuras irregulares por donde aquella energía oscura pulsaba, latiendo, presionando desde dentro, como si algo quisiera romperlo desde el interior.
—Pero a quien debo castigar… —abrió los ojos— soy a mí mismo.
La energía creció.
El aire se volvió espeso, casi irrespirable.
—Ya no me importa nada —dijo—.
Me haré con la cima de este maldito mundo.
Dio un paso al frente.
—No seré el hermano.
Otro.
—Ni el amigo.
Otro más.
—Ni el compañero.
La oscuridad se arrastraba tras él.
—Todo eso cae al abismo.
Kael lo escuchaba sin interrumpir.
No había burla en su expresión.
Tampoco sorpresa.
—Supongo que esta —dijo al fin, con calma— es la consecuencia de mis acciones.
Sonrió apenas.
—Nunca seré testigo de un futuro tan aburrido.
Adoptó una postura firme.
—Tendrás que construir los cimientos de tu nuevo mundo usando mi cadáver.
—Así será.
Nox se lanzó.
No fue técnica.
No fue estrategia.
Fue una embestida pura, salvaje, desesperada.
La energía oscura se retorcía alrededor de su cuerpo, extendiéndose con cada movimiento, contaminándolo todo.
Un solo toque bastaría.
Kael lo sabía.
Por eso no atacó.
Esquivó.
Un paso.
Luego otro.
Preciso.
Calculado.
Manteniendo la distancia exacta mientras la oscuridad rozaba el espacio que él había ocupado un instante antes.
Vira comenzó a concentrar todos sus hilos en el pecho.
Nezu la tenía contra la pared, presionando sin darle un solo respiro.
Cada intento de moverse era bloqueado, cada ángulo cerrado antes de existir.
La hoja de Nezu no la tocaba, pero la amenaza estaba ahí, constante, asfixiante.
Cada segundo que pasaba era una cuenta regresiva.
Vira lo sabía.
Apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.
No podía retroceder.
No podía ceder.
No podía permitirlo.
Cuando reunió lo suficiente, liberó todo de golpe.
Los hilos estallaron desde su torso en todas direcciones, expulsados con violencia, como una presión contenida que por fin se rompe.
El aire se rasgó con el sonido del acero tensándose y liberándose a la vez.
Nezu se vio obligado a separarse.
Retrocedió de un salto, pero no salió ileso.
Varios hilos le cortaron brazos y costado, abriendo heridas rápidas, superficiales pero ardientes, antes de que pudiera apartarse del todo.
Vira cayó de rodillas solo un instante.
Se impulsó de inmediato.
Fue directo hacia Somi.
—No… —murmuró, casi para sí misma—.
No puedo dejar que ganen.
No ahora.
No así.
Mientras corría, vio el movimiento.
Las manos de Somi.
El cristal.
El gesto previo al lanzamiento.
Ese instante mínimo en el que todo se decide.
Vira no dudó.
A mitad de su carrera cambió de dirección, tensando los hilos incluso antes de que Somi completara el movimiento.
Ya estaba calculando la trayectoria de algo que aún no había sido lanzado.
Cuando el cristal debia salir de la mano de Somi, Vira salto para tomarlo en la posicion perfecta.
—Te atrapé.
El frío recorrió a Vira desde el pecho hasta la nuca.
—¿Qué…?
Lo entendió demasiado tarde.
Era una finta.
Somi ya estaba lanzando el cristal de nuevo.
Esta vez no fue un gesto impulsivo.
Fue limpio, medido.
El cristal describió una trayectoria alta, amplia, curvada, alejándose del combate, directo hacia el núcleo.
Vira reaccionó al instante.
Disparó uno de sus hilos con toda la fuerza que le quedaba.
—¡Aún no ha terminado!
El hilo iba a cerrar el ángulo.
Iba a alcanzarlo.
Pero no llegó.
Desde el otro extremo de la sala, Nezu lanzó su espada.
La hoja giró en el aire y cortó los hilos en pleno vuelo, limpiamente, obligando a Vira a esquivar para no quedar abierta.
El cristal siguió su camino en su trayectoria directa.
—Siguen siendo muy tibios… —alcanzó a decir Kael, atrapándolo antes de que tocara el núcleo.
Lo sostuvo en su mano aunque solo fue un segundo.
El silbido llegó después.
Agudo.
Breve.
El verdadero cristal lanzado por Nezu cruzó el aire.
Rozó la cabeza de Kael, tan cerca que pudo sentir el aire cortándole la piel, y explotó al impactar contra el núcleo.
La luz lo devoró todo.
El núcleo estalló desde dentro.
No fue una explosión limpia.
Fue una ruptura.
La energía contenida se liberó de golpe, rasgando la estructura interna de la muralla.
La piedra crujió como si estuviera viva.
Grietas luminosas recorrieron paredes y columnas, expandiéndose como venas rotas.
Fragmentos de energía y roca salieron disparados en todas direcciones.
El suelo tembló.
El techo cedió.
La muralla comenzó a derrumbarse desde su corazón.
Por dentro, fue un infierno.
Columnas colapsando una tras otra.
Pasillos que se retorcían al hundirse.
El polvo llenó el aire hasta volverlo irrespirable.
El ruido era ensordecedor: piedra rompiéndose, metal cayendo, la estructura gritando mientras se deshacía.
La explosión alcanzó a Kael y a Nox.
Ambos fueron lanzados entre escombros.
Kael se levantó a duras penas.
Sangraba.
Los oídos le pitaban.
La visión le volvió en fragmentos,un extraño déjà vu le recorrio el cuerpo mientras se incorporaba.
Abrio la palma de su mano en el que reposaba la piedra que lanzo Somi.
Alzó la vista.
Vira estaba ayudando a Cristopher y a Azazel a ponerse en pie, cubriéndolos con hilos mientras la muralla seguía cayendo a su alrededor.
Al otro lado, Nezu recuperó su espada.
Sus miradas se cruzaron.
Solo unos segundos.
Suficientes.
Luego los ojos de Nezu se desviaron.
Hacia Nox.
Kael lo notó.
No dijo nada.
Tomó a Nox del brazo y comenzó a sacarlo de allí, esquivando escombros, ignorando el dolor.
Nezu corrió hacia Somi.
Fuera de la muralla se habia establecido un campamento imporvisado y pequeño del ejercito de liberacion, Sol reposaba en una mesa al aire libre Sol despertó sobresaltado.
El cuerpo reaccionó antes que la mente.
Se incorporó de golpe, respirando con fuerza, como si acabara de salir de un sueño demasiado profundo.
El mundo tardó un segundo en encajar.
El cielo nocturno.
El olor a polvo.
El murmullo tenso de voces.
Soldados lo rodeaban.
Rostros cansados.
Manchados de hollín y sangre seca.
Algunos sostenían las armas con ambas manos, como si aún esperaran otra orden.
—¿Cuánto tiempo… —dijo Sol, apartándolos con un gesto brusco— cuánto tiempo he dormido?
—Una hora, señor.
El número fue suficiente.
El pánico le atravesó el pecho como una cuchillada tardía.
Una hora era una eternidad.
Se puso de pie de inmediato, ignorando el mareo que intentó hacerlo tambalear.
Miró alrededor, buscando señales, buscando respuestas que aún no habían sido dichas.
—¿La misión?
—preguntó, con la voz más dura de lo que se sentía—.
¿Qué pasó con la misión?
Durante un instante nadie respondió.
Luego, uno de los soldados sonrió.
No fue una sonrisa amplia.
No fue alivio.
Fue algo más extraño.
Algo contenido.
Los hombres se hicieron a un lado.
Sol alzó la mirada.
La muralla de Bambúrashi se estaba derrumbando.
No caía de una sola vez.
Se deshacía.
Desde el centro, como si algo hubiese roto su corazón, la estructura colapsaba sobre sí misma.
Torres enteras se inclinaban antes de partirse.
Tramos de piedra se desplomaban en cascadas lentas, levantando nubes de polvo que se expandían como humo de incendio.
El sonido era constante.
Un rugido profundo, grave, interminable.
Piedra contra piedra.
Metal retorciéndose.
El eco de algo que había sido construido para durar siglos… muriendo en minutos.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com