Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

CADENAS - Capítulo 22

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. CADENAS
  4. Capítulo 22 - 22 Sucesores
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

22: Sucesores 22: Sucesores La noticia se propagó por Bambúrashi como una grieta invisible.

La muralla había caído.

Durante generaciones había sido el símbolo de seguridad, de aislamiento, de superioridad.

Verla derrumbarse no solo cambió el paisaje: cambió la forma en que la gente caminaba, hablaba, miraba al otro.

La mitad del pueblo celebró.

Algunos salieron a las calles, otros se abrazaron en silencio.

Para ellos, la caída de la muralla significaba el fin de un yugo, la posibilidad de un futuro distinto.

El ejército de liberación no era un invasor, era una promesa.

La otra mitad cerró puertas.

Bajaron persianas.

Se escondian en sus casas.

Para ellos, la muralla no era una prisión, era un escudo.

La caída no trajo esperanza, sino miedo.

Si la muralla había cedido… ¿qué más podía hacerlo?

Lo extraño fue lo que vino después.

Nada.

Pasaron días.

Luego semanas.

No hubo avances del ejército de liberación.

No hubo anuncios.

No hubo ataques.

No hubo banderas ondeando sobre las ruinas.

Ese silencio fue peor que cualquier asedio.

Muy lejos de las calles inquietas, bajo el castillo del rey, el sótano seguía cumpliendo su función.

El aire era frío, denso, cargado de humedad y hierro.

Las paredes de piedra estaban manchadas de óxido antiguo y marcas que no se borraban con el tiempo.

Allí abajo no existía el día ni la noche, solo la espera.

Nox estaba encadenado a la pared.

Los brazos extendidos, las muñecas atrapadas en gruesos eslabones incrustados directamente en la piedra.

No podía moverse.

No podía tensar el cuerpo lo suficiente como para intentar romperlas.

Kael estaba frente a él.

De pie.

Recto.

En silencio.

Lo observaba como quien mira un problema que aún no decide cómo resolver.

—Vamos —dijo Kael al fin—.

Inténtalo de nuevo.

Nox levantó la cabeza con dificultad.

Tenía el rostro sucio, el cuerpo cubierto de heridas recientes y viejas.

—Bastardo.

La energía negra surgió de sus brazos al instante.

No era un estallido.

Era viscosa, densa, como una sustancia viva que se deslizaba por su piel.

Se expandió hacia las cadenas, envolviéndolas, presionando, buscando una fisura.

Nada.

Las cadenas no cedieron ni un milímetro.

Nox apretó los dientes.

—¿De qué están hechas estas cadenas?

Kael no se inmutó.

—De metal —respondió—.

Cadenas normales.

Nox lo miró con incredulidad.

Kael inclinó ligeramente la cabeza, pensativo, como si recién ahora estuviera ordenando ideas.

—Siempre pensé que no tenías afinidad —continuó—.

Y el día que atacaron la muralla… creí entenderla.

Dio unos pasos lentos hacia él.

—Pensé que era destrucción.

Se detuvo frente a Nox.

—Pero no…

Es autodestruccion.

Una risa breve escapó de sus labios.

No fue fuerte.

No fue burlona.

Fue casi… decepcionada.

—Eso es patético.

Las palabras cayeron más fuerte que cualquier golpe.

Nox se quedó inmóvil.

Por un instante, la energía negra vaciló, como si la revelación hubiera desordenado algo dentro de él.

Sus ojos se abrieron apenas, congelados por esa verdad que no había querido mirar.

Luego respiró hondo.

La energía volvió a estabilizarse.

—Tienes una sonrisa muy tranquila —dijo con voz ronca— para alguien que perdió.

La expresión de Kael cambió.

La ligereza desapareció.

Su rostro volvió a ser serio, contenido.

—Sí —respondió—.

Perdí.

Se acercó un poco más, hasta quedar frente a frente.

—Y estoy afrontando las consecuencias de mi fracaso.

Clavó la mirada en Nox.

—Pero no fuiste tú quien me derrotó.

Nox se quedó en silencio.

No respondió de inmediato.

Solo sostuvo la mirada de Kael, dura, cargada de resentimiento.

Kael fue el primero en romperlo.

—¿Quién era ese chico?

—preguntó—.

El pequeño.

Parece bastante fuerte.

La mandíbula de Nox se tensó.

—Solo es un debilucho.

Kael frunció apenas el ceño.

—No tiene sentido insultar a alguien que es claramente superior a ti —dijo con calma—.

¿Su nombre?

Nox no respondió.

No apartó la vista.

No habló.

El odio era lo único que se movía en su rostro.

Kael suspiró, cansado.

No molesto.

Cansado de verdad.

—Entonces hagamos un trato —dijo—.

Un favor por un favor.

Se acercó.

Alzó la mano y apoyó dos dedos sobre la frente de Nox, sin brusquedad.

—Te vencí —continuó—.

Soy superior a ti.

Y te encarcelé.

Retiró la mano.

—Eso te convierte en mi propiedad.

Nox escupió al suelo con lo poco de saliva que le quedaba.

—Muérete.

Kael no reaccionó.

—Como tu dueño —prosiguió—, te concedo las cadenas que retienen tu movimiento.

Nox parpadeó.

Por primera vez, la confusión desplazó al odio.

—¿…qué?

—Inténtalo otra vez —dijo Kael—.

Rompe las cadenas con tu afinidad.

La energía negra emergió de los brazos de Nox casi por reflejo.

Esta vez no se expandió de forma caótica.

Se deslizó.

Se envolvió alrededor de los eslabones, lenta, densa, como si los estuviera reclamando.

Durante un segundo no ocurrió nada.

Y luego, las cadenas comenzaron a desaparecer.

No se rompieron.

Se desintegraron.

El metal se volvió polvo oscuro y cayó al suelo antes de tocar siquiera la piedra.

Nox cayó de rodillas, sosteniéndose con las manos, respirando con dificultad.

Miró sus muñecas.

Libres.

—¿Qué…?

—murmuró.

Kael lo observaba con atención genuina.

—Autodestrucción —dijo—.

Esa es la clave.

Se llevó un dedo a la sien.

—Todo lo que consideres tuyo… puedes destruirlo.

Nox reaccionó de golpe.

Se levantó y tomó a Kael del cuello con ambas manos, clavando los dedos con fuerza.

La energía negra brotó de inmediato, rodeando la garganta de Kael, apretando.

Pero no hizo nada.

La energía vaciló.

Y se desvaneció.

Kael, tranquilo, tomó las muñecas de Nox y las apartó con firmeza, sin violencia innecesaria.

—Todo lo que consideres tuyo —repitió—.

Empujó a Nox hacia atrás, separándolo.

—Para usar tu afinidad sobre otra persona —continuó—, primero deberías vencerla.

Lo miró de arriba abajo.

—Lo cual, una vez más, es patético.

Kael se dio la vuelta.

Comenzó a caminar hacia la puerta del sótano.

—Ven —dijo sin mirar atrás—.

Sígueme.

La puerta se abrió con un chirrido seco.

Kael salió.

Tras un segundo de duda, Nox lo siguió, la sombra de su energía aún temblando alrededor de sus manos libres.

—Nezu —dijo Nox de pronto, con la voz áspera—.

Ese es su nombre.

Kael se detuvo apenas un instante al caminar.

—Nezu… —repitió—.

A pesar de su apariencia joven, su experiencia en combate es innegable.

El ceño de Nox se frunció de inmediato.

—Le das demasiado mérito —escupió—.

Solo tuvo suerte de que yo te estaba entreteniendo.

A Kael se le escapó una risa breve, seca.

—No te atribuyas tanto —respondió—.

Si no te eliminé al instante fue solo porque eres mi hermano.

Las palabras cayeron pesadas.

Nox abrió los ojos apenas un poco.

La sorpresa duró un segundo… y fue devorada por una rabia aún más intensa.

Kael continuó caminando.

—Estuve al tanto de todo lo que ocurrió en esa sala —dijo—.

Creí que lo tenía todo bajo control.

Hizo una pausa breve, pensativo.

—No consideré que alguien, desde las sombras, con mucha menos fuerza que yo… estuviera jugando exactamente el mismo juego.

Leyendo el campo.

Anticipando movimientos.

Forzándome a reaccionar.

Nox guardó silencio.

La idea se le quedó dando vueltas mientras avanzaban por los pasillos del castillo, hasta que las puertas de la sala del consejo aparecieron frente a ellos.

Allí los esperaban decenas de guardias… y Cristopher.

Al ver a Nox libre de cadenas, Cristopher se sobresaltó.

—¿Qué hace el condenado a muerte sin ataduras?

Kael apoyó una mano firme en su hombro.

—Tranquilo —dijo—.

Lo tengo todo bajo control.

Nox ladeó la cabeza, observándolo con frialdad.

—Juraria que te maté.

Cristopher respondió sin rodeos: —Soy muy resistente.

Kael dio una orden breve.

Las puertas se abrieron.

Entraron.

La sala del consejo era vasta, solemne, opresiva.

Un espacio construido para imponer obediencia.

En el centro se alzaba el trono del rey, elevado sobre una plataforma de piedra oscura.

A ambos lados, en filas semicirculares, se encontraban los ministros, rígidos, silenciosos.

El lugar estaba repleto de guardias.

Frente al trono, grabadas directamente en el suelo, se extendían las marcas del lugar de ejecuciones: surcos, manchas antiguas, cicatrices permanentes de sangre y acero.

Kael avanzó hasta el centro de la sala.

Se arrodilló.

—Kael —dijo—.

Capitán de la Primera División.

El rey hizo un gesto con la mano.

—Levántate.

Comienza con la ejecución del traidor, hay otros temas de los cuales nos debemos encargar.

Kael se puso de pie.

Dio unos pasos… pero no hacia Nox.

Se acercó al trono.

—Su majestad —dijo con calma—.

¿Sería tan cortés de ponerse en su lugar?

Señaló el área de ejecuciones.

El silencio fue absoluto.

El desconcierto recorrió la sala como un escalofrío.

El rey, pálido, alzó ambas manos.

—¡Asesinen a los herejes!

—ordenó.

Los guardias avanzaron.

Solo Nox y Cristopher sintieron el peligro real.

Se agacharon al mismo tiempo.

Kael alzó la espada.

Un solo movimiento.

Preciso.

Devastador.

La hoja cruzó el aire y partió a la mayoría de los guardias antes de que pudieran reaccionar.

Cuerpos cayeron.

Sangre golpeó el suelo.

Los pocos que sobrevivieron huyeron despavoridos.

El consejo y el rey quedaron paralizados.

Kael alzó la mirada hacia el trono.

—¿Y bien, rey?

—preguntó—.

¿Va a bajar… o quiere que yo suba?

El rey intentó correr.

No llegó lejos.

Kael lo alcanzó en pocos pasos y lo partió en dos antes de que abandonara la plataforma del trono.

El cuerpo cayó al suelo.

El silencio regresó, más pesado que antes.

Kael se giró hacia el consejo.

—Ahora, yo soy su rey —declaró—.

Y como mi primer mandato… Bajó la espada.

—Renuncio al puesto.

Los rostros se congelaron.

—Dejo como sucesores —continuó— a Nox y a Cristopher.

El consejo miró aterrorizado a los dos jóvenes detrás de él.

Nox y Cristopher se miraron entre sí.

Igualmente confundidos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo