CADENAS - Capítulo 23
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Capítulo 23: Marioneta
El juicio se celebró sin solemnidad real, aunque todo en la sala fingía lo contrario.
Ion estaba de rodillas en el centro del recinto. Tenía las manos atadas a la espalda y la mirada perdida en las vetas del mármol agrietado del suelo. Nadie le había pedido que hablara; nadie esperaba que lo hiciera. Su presencia era puramente decorativa, como un cadáver al que todavía no se le había concedido el descanso de la sepultura.
Los ministros ocupaban las gradas semicirculares, envueltos en túnicas impolutas y palabras ensayadas. Allí se congregaban altos cargos militares, burócratas y representantes del culto. Todos estaban a salvo. En la parte superior, el estrado del juez se alzaba como un púlpito desde el que no se dictaba justicia, sino conveniencia política.
Kael observaba la escena desde un costado. Permanecía de pie, con los brazos cruzados, una estatua de autoridad silenciosa. Sea estaba a su lado, inmóvil como una sombra que aguarda su momento para avanzar.
— Ion, designado explorador de frontera.
Entonó el juez con una voz que arrastraba el cansancio de mil sentencias previas.
— Se te declara culpable de herejía por tu implicación indirecta en el asesinato del rey. Culpable por el fracaso reiterado en misiones de exploración. Culpable por no proteger la muralla durante el segundo colapso. Y culpable por fallar en la ejecución de la criminal de guerra conocida como Fantasma.
Ion no reaccionó. Ni siquiera cuando el murmullo del público se transformó en un susurro denso y aliviado.
— La sentencia es clara. Muerte.
Un golpe seco del mazo selló el veredicto en la piedra. Sea giró apenas el rostro hacia su compañero.
— ¿No te molesta? Que lo usen así.
Kael no apartó la vista del estrado.
— Es cómodo. Los ministros necesitan lavarse las manos y el pueblo necesita un chivo expiatorio. Ion es perfecto: no tiene familia, no tiene voz… y ya estaba roto.
Los guardias comenzaron a moverse para levantar el cuerpo de Ion como si fuera un fardo de carne sin peso. Entonces, una voz clara y extrañamente animada cortó el aire.
— Esperen.
Todas las miradas se volvieron hacia una mujer de cabello castaño recogido de forma descuidada. Tenía un rostro excesivamente sonriente y unos ojos brillantes, casi infantiles, pero las ojeras profundas que los subrayaban hablaban de noches en vela y pensamientos que no sabían detenerse.
— Dejando las formalidades de lado, ¿no creen que están desperdiando un espécimen extraordinariamente valioso?
El juez frunció el ceño.
— Siéntese, señora Lara Voss. Este no es su lugar.
— Oh, por favor. Piénselo un momento, anciano. Su muerte será banal. Un número más. Pero si lo usamos para reducir un poco las cifras del ejército de liberación, entonces su ejecución se convierte en una victoria nacional.
El murmullo regresó, cargado de nerviosismo. El juez golpeó el estrado con violencia.
— Usted es una invitada, pero no toleraré esta falta de respeto. ¡Guardias!
Dos soldados avanzaron hacia Lara, pero sus cuerpos quedaron rígidos a mitad de camino. Una criatura se aferraba a la pared como un camaleón deforme. Era una masa de músculos bajo una piel translúcida. De su boca emergían dos lenguas oscuras que mantenían a los soldados sujetos con una fuerza inhumana.
— Sueltenme.
Dijo Lara, y su voz perdió toda la alegría para volverse gélida. Las lenguas se relajaron y los guardias retrocedieron, pálidos. Lara volvió a sonreír de inmediato.
— Entonces… ¿qué le parece si lo piensa con calma?
Un ruido húmedo interrumpió la escena. La cabeza de la bestia cayó al suelo y rodó hasta el estrado, dejando un rastro de sangre oscura sobre el mármol. Kael estaba allí, con la espada extendida.
— Comandante. ¿Tiene algo que decir?
— Ahora soy majestad. Y… me interesa lo que tienes en mente.
La sonrisa de Lara se ensanchó. Por primera vez en toda la sala, alguien parecía genuinamente feliz.
— Majestad. Lo que propongo es muy sencillo. Él ya está condenado a morir; eso no va a cambiar. Pero su afinidad, su capacidad de adaptación y su resistencia al deterioro mental son extraordinarios. Con el tratamiento adecuado, puedo forzar su afinidad más allá de sus límites naturales. Un catalizador externo. Un estímulo constante hasta que su cuerpo deje de diferenciar entre sobrevivir y destruir. Puedo convertirlo en un arma que no se detenga.
— ¿Y el costo? — preguntó Kael.
— Su mente. Probablemente su identidad también. Dolor crónico. Pérdida de memoria. Inestabilidad emocional. Pero considerando que iba a morir… diría que es un intercambio eficiente.
Sea desvió la mirada. Kael no se inmutó.
— ¿Cuánto tiempo?
— Tres días para estabilizar el proceso. Uno más para inducir la sobrecarga máxima. Después de eso, solo necesitará una orden.
— Hazlo.
Algunos ministros intentaron protestar.
—¡Majestad, esto es una locura, un experimento extranjero, no podemos—!
Sentenció Kael, ignorando las protestas de los ministros. Los ojos del nuevo rey se clavaron en el condenado.
— Si el pueblo necesita un culpable, ya lo tiene. Ahora también tendrá un verdugo.
Lara se acercó a Ion y se agachó frente a él, estudiándolo como a un objeto recién adquirido.
— No te preocupes dulzura. Tu muerte va a ser muy útil.
Los pisos bajos del ala de investigación olían a sangre vieja y desinfectante. Para llegar a alli había que descender por escaleras estrechas, atravesar puertas selladas y dejar atrás la luz natural. El aire se volvía húmedo, espeso, cargado con el olor metálico de la sangre vieja y el desinfectante.
Las paredes estaban cubiertas por hileras de jaulas reforzadas. Dentro, criaturas de formas imposibles se movían en espacios reducidos: cuerpos deformados, extremidades adicionales, ojos donde no deberían existir. Cada jaula tenía una placa metálica.
Sujeto 12.
Sujeto 27.
Sujeto 41.
Números. Solo Nùmeros.
En el centro del laboratorio, Ion estaba sujeto a una camilla metálica por correas gruesas. Cables y tubos conectaban su sistema circulatorio a un tanque de líquido verdoso. Ion intentó enfocar la mirada cuando la mujer se inclinó sobre él sosteniéndole el rostro con una mano mientras con la otra separaba uno de sus párpados para observar la reacción de la pupila.
—¿Aún no has notado —dijo con voz suave, casi curiosa— que existe un mundo más allá de lo que entra en tu pequeña mente?
.
Ion intentó hablar, pero no salió sonido alguno. Lara lo soltó con un gesto de decepción.
—Qué triste.
Se desplazó hacia los instrumentos, ajustando válvulas, revisando niveles, comprobando lecturas con precisión metódica.
—Estas raíces putrefactas —continuó, casi en tono conversacional— te van a abrazar… y te van a llevar al otro mundo.
Ion reunió lo poco que le quedaba de fuerza. Su garganta ardía. Sus labios apenas se separaron.
— … ¿por… qué…?
Lara se detuvo.
—¿Por qué?
Repitió la pregunta como si la estuviera probando.
Caminó hasta un estante cercano y tomó una pequeña caja metálica. Al abrirla, varios cristales azules emitieron una luz tenue, fría, pulsante.
—No me gusta el ruido —dijo con una sonrisa leve—. Me gustas más cuando estás callado.
Se acercó al tanque conectado a Ion y abrió la compuerta superior y dejó caer los cristales en el tanque. El verde se tiñó de un azul eléctrico y profundo. El sistema se activó y el líquido comenzó a fluir. El cuerpo de Ion se tensó en una convulsión violenta; sus músculos se contrajeron hasta casi desgarrarse.
Lara observó el cambio con atención.
—¿Por qué…? —repitió en voz baja—. Después de todo… esta soledad se siente bien. A partir de ahora no tienes un lugar al cual volver.
Apoyó la mano sobre su pecho con una delicadeza casi afectuosa.
—¿No nos parecemos?
Giró una perilla. La potencia del tanque aumentó.
—Entonces aléjate… y ruega que tu poder corrompa todo este lugar.
El cambio fue inmediato la piel de Ion comenzó a brillar. Líneas de luz azul recorrieron sus venas como circuitos encendidos. Las correas se rompieron y los instrumentos estallaron bajo la presión de la energía liberada. La luz llenó la sala hasta el techo.
Lara retrocedió de golpe y corrió a cubrirse detrás de una pared reforzada justo cuando la energía explotó hacia afuera.
Cuando la claridad se desvaneció, Ion estaba de pie. Descargas de energía azul recorrían su piel y sus ojos brillaban con un vacío absoluto. Lara Voss salió de su escondite, con el rostro iluminado por una fascinación pura.
— Extraordinario…
Caminó hasta quedar frente a él. La energía chisporroteó a su alrededor, pero Ion no se movió. No habló ni reaccionó.
—Marioneta —dijo con suavidad—. Tengo una misión para ti.
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