CADENAS - Capítulo 24
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Capítulo 24: Ruinas, parte 1
Nezu avanzaba entre los restos de lo que alguna vez había sido una plaza.
El suelo estaba cubierto de escombros y de un polvo que el tiempo había endurecido hasta convertirlo en una costra gris. Las fachadas de las casas habían colapsado hacia las calles, dejando al descubierto habitaciones abiertas como heridas: mesas partidas, camas volcadas y objetos cotidianos que habían perdido a sus dueños sin apenas darse cuenta. Los antiguos negocios eran ahora estructuras huecas, con letreros que colgaban torcidos o que habían desaparecido por completo. El viento atravesaba las arterias de la ciudad sin encontrar resistencia, arrastrando ceniza y fragmentos de madera podrida.
Al fondo, la torre de una iglesia sobresalía inclinada. La base del edificio estaba hundida en la tierra, como si el suelo mismo hubiera decidido tragársela a medias. Nezu caminó sin prisa, sin detenerse en nada en particular, hasta que una figura capturó su atención.
Se trataba de una estatua.
Se alzaba en el centro de un pequeño claro entre los escombros. Representaba a un hombre de pie, con el cuerpo inclinado hacia adelante y sosteniendo un escudo masivo por encima de su cabeza, como si aún intentara proteger a alguien de un ataque que nunca terminó. Nezu se acercó. Aunque la base estaba dañada, la estructura principal seguía casi intacta. La inscripción inferior había sido desgastada de forma deliberada; el nombre estaba completamente borrado.
Solo quedaba el resto del texto: «Desde donde se pone y se oculta el sol, una muralla impenetrable, el escudo de —». El resto era un vacío. Rodeando la base, en un anillo de piedra, otra frase aún era legible: «Mientras siga con vida, no permitiré que mi nación sufra alguna herida».
Nezu observó el escudo durante unos segundos más.
— Solo un protector que fue obligado a llegar a la cima… ¿No es así, maestra?
— ¿Qué tanto dices?
La voz lo sacó bruscamente de su pensamiento. Nezu giró ligeramente la cabeza; Zen estaba detrás de él.
— Nada. Solo estaba divagando.
Zen se acercó y se detuvo frente a la estatua. La observó en silencio, recorriendo las grietas de la piedra y el espacio anónimo donde antes descansaba un nombre.
— ¿Por qué querías ver esto?
— Cuando era niño, mi maestra me habló de esta estatua. No pensé que siguiera existiendo… o que estuviera en tan buen estado.
Zen inclinó un poco la cabeza.
— ¿No te parece extraño que se haya conservado casi intacta?
— El nombre fue borrado… Tal vez es un símbolo para ambos lados.
El silencio se extendió entre los dos. Zen permaneció observando el escudo unos segundos más antes de responder.
— Si es así… sería muy triste.
— ¿Por qué?
— Porque una de las dos luchas sería en vano.
Nezu no respondió. El viento pasó entre los restos de la plaza, levantando polvo alrededor de la base de la estatua. Por un momento, ninguno de los dos habló.
Cuando Nezu volvió a parpadear, el paisaje había cambiado. El suelo ya no era de piedra rota; el aire era más alto y mucho más frío. Estaba de pie en la cima de la iglesia hundida.
La ciudad destruida se extendía frente a él como un cadáver de piedra. Había subido para vigilar, era su deber, pero su mirada no estaba enfocada en ningún punto del horizonte. Sus ojos estaban abiertos, pero su atención habitaba en otro lugar. Había estado pensando demasiado.
— ¿Extrañas a Kaia?
La voz sonó a sus espaldas. Nezu no se giró; ya sabía quién lo acompañaba. La sombra comenzó a tomar forma, primero como una distorsión en el aire y luego como una silueta femenina incompleta, con bordes que se difuminaban como humo oscuro. No tenía rostro ni ojos, pero aun así, parecía estar estudiándolo. Nezu dejó escapar un suspiro corto.
— No.
La figura flotó hacia adelante hasta colocarse frente a él.
— Podrias ser mas honesto conmigo.
Se acercó más. Sus manos, hechas de nada, tomaron los hombros de Nezu. Quedaron frente a frente, a la misma altura. Ojo a ojo, aunque aquella cosa careciera de ellos.
— Vamos… Sabes que no tiene sentido mentirme.
El estallido fue breve, pero imposible de ignorar. A lo lejos, un cristal verde explotó en el aire, dispersando fragmentos de luz esmeralda sobre las ruinas. Era la señal de Sol. Nezu no dudó; bajó de la iglesia con rapidez, deslizándose entre los restos de piedra y madera para acortar distancia a través de las calles colapsadas.
Cuando llegó al punto de reunión, encontró a Sol sentado sobre el borde de lo que antes había sido una fuente. El agua ya no existía; solo quedaba el cuenco de piedra, agrietado y lleno de polvo.
— ¿Qué ocurre?
— Terminamos por hoy.
Nezu frunció el ceño.
— ¿Tan temprano?
— Será lo mejor. Deberíamos volver al campamento. Tengo una mala sensación.
— ¿Instinto?
Sol asintió.
— Sí algo asi. Siento que vamos a morir si no nos vamos de aquí.
Nezu dejó escapar una pequeña exhalación.
— Es un instinto bastante aterrador…
Nezu miró alrededor, recorriendo las ruinas con la vista.
— ¿Y Zen?
— Probablemente ya viene. Es un perezoso para todo.
Nezu volvió a observar el entorno, esta vez con los sentidos alerta.
— ¿Hace cuánto tuviste ese presentimiento?
— Tú ya lo notaste, ¿verdad?
— Pensé que era un animal.
— Su presencia es igual a la de uno, sí… Pero al parecer esta de caza y por mala suerte… nosotros somos la presa.
El aire se volvió denso, casi irrespirable. Sol se puso de pie y desenvainó su espada. Nezu hizo lo mismo, tomando la espada de dotación del campamento. Su postura se tensó, buscando el origen de aquella presión invisible.
Entonces lo sintieron. En el suelo, bajo sus pies, la energía comenzó a acumularse. Pequeños arcos eléctricos recorrieron las grietas de la piedra y el polvo se elevó, atraído hacia un punto central. Ambos saltaron en direcciones opuestas justo antes de que el rayo cayera.
El impacto sacudió el terreno. Una luz blanca devoró el lugar donde habían estado, seguida por un estruendo que partió el silencio de las ruinas. La electricidad se mantuvo concentrada en el centro, arremolinándose y condensándose hasta que una forma emergió de la luz.
Ion estaba allí. Su cuerpo irradiaba descargas azules que recorrían su piel como venas encendidas. Sus ojos brillaban con un vacío absoluto. Soltó una carcajada que rebotó entre los edificios en ruinas, demasiado larga, demasiado fuerte. Abrió los brazos, dejando que el poder fluyera.
— ¿Qué te parece mi nuevo potencial, Sol?
Sol no respondió; su mirada estaba fija en la amenaza. Nezu, por su parte, observaba los ojos de Ion. El brillo azul no era el de una afinidad natural. Era artificial. Forzado.
— Se tomó uno de esos cristales… No… ¿Cuántos tuvo que ingerir para llegar a este nivel?
— ¿De qué hablas? — inquirió Sol sin bajar la guardia.
— Una droga. Al consumirla, el cuerpo aumenta su resistencia, su fuerza y su velocidad. En usuarios con afinidad, también mejora el poder, pero es altamente inestable. Cada dosis es una apuesta. Es como si estuvieras rompiendo tu cuerpo desde dentro. Si no resiste… pierdes la razón.
Ion inclinó la cabeza y su sonrisa se ensanchó.
— Oh… el niño sabe mucho. ¡Qué alegría! ¡Qué alegría!
De pronto, una descarga más intensa lo recorrió. Sus músculos se tensaron y su cuello se torció de forma antinatural. Por un segundo, sus ojos se desenfocaron antes de cambiar a una expresión de irritación pura.
— ¡Es molesto! ¡Muy molesto! ¿Cómo sabes todo eso?
Nezu retrocedió medio paso.
— Ese tipo consumió muchos… Su cuerpo y su mente deberían estar completamente corrompidos, pero…
El tono de Ion cambió de nuevo, volviéndose casi amable.
— Mi cuerpo prodigio puede aguantar muchos cristales.
La electricidad chisporroteó alrededor de sus brazos. Su expresión se contrajo de golpe.
— ¡Fue muy doloroso!
Exclamó, mientras su expresión se contraía de golpe. Nezu sintió un escalofrío.
— ¿Un cuerpo… capaz de soportar eso?
Ion desapareció. No fue un movimiento; fue una ausencia. En un parpadeo estaba al lado de Nezu. El impacto le dio de lleno en el torso, el aire salió de sus pulmones en seco mientras su cuerpo era expulsado varios metros hacia atrás arrastrándose entre piedra y polvo hasta chocar contra los restos de un muro.. Sol reaccionó con un golpe directo al cuello, pero Ion esquivó con una precisión mínima.
Ion empezó a golpear: costillas, hombro, abdomen. Golpes controlados, más lentos que su velocidad real, como si estuviera midiendo la resistencia de un juguete.
— Esto es solo un calentamiento. Vamos… esquívame. ¿Quieres que vaya más lento?
Sol apretó los dientes y, cuando el brazo de Ion se extendió de nuevo, logró atraparlo. Lo giró con todo el peso de su cuerpo, inmovilizándolo.
— ¡Ahora!
Nezu ya estaba en el aire. El tajo fue directo al rostro. Ion alcanzó a apartarse, pero la hoja abrió su mejilla en diagonal. Por un instante, Ion se quedó quieto, tocando su propia sangre azul. Luego sonrió. La piel comenzó a cerrarse, las fibras se unieron y, en segundos, no quedaba más que una línea tenue.
Entonces, una voz rompió la tensión.
— Estás haciendo mucho escándalo.
Ion se tensó. Su sonrisa desapareció y se giró con rigidez.
— Majestad.
Kael avanzaba entre los escombros con una calma insultante.
— No esperaba que salieras a pelear tan rápido.
— ¿Majestad…? — murmuró Sol, desconcertado.
Kael ignoró a Sol y clavó su mirada en Nezu. Sonrió.
— Estaba ansioso por volver a verte.
— ¿Qué tiene contra él? — se interpuso Sol.
— Nada importante. Es solo un capricho. Me venció en la muralla y… sinceramente, quiero una revancha. Esta vez, donde lo dé todo.
El silencio se volvió pesado. Sol se inclinó hacia Nezu.
— Tenemos que irnos. Ahora. Prepárate.
Sol sacó un cristal negro de su bolsillo,a primera vista, parecía un trozo de carbón Solo el brillo tenue en su interior lo delataba, y lo lanzó contra el suelo. Pero el cristal nunca llegó a impactar. Ion lo atrapó en el aire y, con la otra mano, golpeó a Sol en el costado, lanzándolo lejos de Nezu.
— Este es para mí.
Dijo Ion, observando el objeto. Nezu no dudó; giró y comenzó a correr entre las ruinas. Detrás de él, pasos tranquilos comenzaron a seguirlo.
— Ion. — ordenó Kael sin levantar la voz.
— Sí, majestad.
— Encárgate de Sol.
Kael aceleró tras Nezu, dejando atrás a Ion y a Sol para iniciar su propio duelo personal.
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