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CADENAS - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 El chico de los ojos cerrados
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7: El chico de los ojos cerrados 7: El chico de los ojos cerrados Las montañas se extendían como un lomo interminable, grises y verdes, cubiertas de niebla en los pliegues más profundos.

El viento silbaba entre las rocas, frío y seco.

En medio de ese silencio, un muchacho caminaba con calma, las manos en los bolsillos y un bostezo a medio hacer.

Era Zuko.

A esa edad ya se había ganado un nombre entre los pueblos cercanos.

La historia era siempre la misma: llegaba, buscaba al hombre más fuerte, lo enfrentaba y lo derrotaba.

En cada lugar quedaba un murmullo tras de él, la certeza de que ese chico jamás había perdido.

Se detuvo en una pendiente estrecha, desde donde se veía un valle abierto.

—Se supone que aquí estaría ese maestro —murmuró, aburrido.

El eco se perdió entre las rocas.

Zuko giró el cuello, crujió los hombros y suspiró.

—Qué hambre.

Comenzó a descender por el sendero.

Apenas dio unos pasos, un aroma le golpeó la nariz: carne asándose en algún rincón.

Su estómago rugió.

Siguió el rastro como un animal.

La escena apareció frente a él, al borde de un claro.

Un muchacho flaco, de rostro sereno, mantenía los ojos cerrados mientras cuidaba un trozo de carne sobre las brasas.

Frente a él, tres hombres armados con espadas lo cercaban, exigiendo su comida.

—Entrégala, mocoso.

El chico no se movió.

Negó con la cabeza en silencio.

Zuko se rascó la nuca, escondido en la pendiente.

—Bueno… esperaré a que pierda y luego le robo la carne yo —se dijo con un bostezo.

Pero lo que pasó a continuación no lo esperaba.

Uno de los hombres intentó apartar al chico.

En ese instante, con un leve movimiento, como si hubiera golpeado el aire, el muchacho lo lanzó por los aires.

Los otros dos se acercaron, y sin siquiera tocarlos, bastó otro gesto.

Ambos cayeron desplomados, como muñecos.

Zuko abrió los ojos con sorpresa.

—¿Qué demonios fue eso…?

Por un momento pensó que se trataba de su misma afinidad, pero había algo distinto.

No sintió amenaza en aquellos ataques.

Eran suaves, casi tranquilos, y aun así letales.

Sin dudar más, bajó la pendiente y se plantó frente al chico.

—¡Oye!

¿Cómo demonios hiciste eso?

El flacucho giró la cabeza en su dirección.

Su voz sonó calma, sin nervio.

—¿Vienes con ellos?

—No.

Solo estaba merodeando y vi la escena.

El chico asintió apenas.

—Mi nombre es Zano.

¿Y tú?

—Zuko.

Zuko Uji.

Hubo un silencio breve.

La carne chisporroteaba sobre el fuego.

Zuko no pudo contener la ansiedad.

—Hazlo de nuevo.

Esos ataques.

—No hay necesidad ahora —respondió Zano, dándole la espalda para volver a la carne.

—¿No hay necesidad?

¿Porque no hay peligro?

Zano asintió, como si la respuesta fuera obvia.

Zuko chasqueó la lengua.

—Bien, entonces ahora la tendras.

Alzó la mano y lanzó una ráfaga de viento que estalló contra el suelo al costado de Zano.

El fuego tembló y las brasas saltaron.

—Ahí está tu amenaza.

Ahora muéstramelo otra vez.

Zano suspiró, cansado.

—Está bien.

Se giró lentamente hacia él.

—Pero no me subestimes —advirtió Zuko, elevando el tono—.

Abre los ojos.

—Abrirlos no hará diferencia —dijo Zano con calma—.

No puedo ver.

Zuko quedó helado.

—¿Qué…?

¿Movimientos así, estando ciego?

Zano guardó silencio.

Dio un paso al frente y golpeó el aire.

En ese mismo instante, Zuko sintió un impacto invisible en el pecho.

Todo giró de repente.

Y sin entender cómo, cayó inconsciente contra la tierra.

Zuko despertó en la noche.

La bruma había bajado y las sombras de las rocas eran manchas oscuras.

Cerca, Zano apagaba las brasas con cuidado, dejando que el crepitar muriera en silencio.

Zuko se incorporó con la cabeza latiéndole.

—¿Cuánto tiempo pasó?

—preguntó sin pensar.

—Unas horas —respondió Zano, sin mirarlo demasiado.

Zuko se sacudió el polvo, frotándose la nuca.

La curiosidad le ardía.

—Muéstrame otra vez —dijo, antes de que su voz traicionara la insistencia.

Zano negó con la cabeza.

—No veo la necesidad —contestó simple.

Zuko se acercó, la impaciencia tirándole del cuerpo.

Le explicó, con voz baja, casi temblando de ganas: —No lo entiendes.

Eso que hiciste… fue increíble.

Invisible, sin intención de herir.

Es el ataque definitivo.

Lo quiero ver de nuevo.

Zano suspiró.

—Es solo un golpe normal.

Zuko no se contuvo.

De rodillas frente a él, la sombra de la montaña cubriéndole la espalda, dijo con voz rasposa: —Enfréntame otra vez, por favor.

Zano no comprendía la súplica.

—¿Qué ganarías con eso?

—preguntó.

—Realmente nada —admitió Zuko—.

Pero hace mucho que no siento emoción al pelear.

Tus golpes… son interesantes.

Por favor, piénsalo.

Mira en qué posición estoy.

Zano frunció levemente el ceño.

—Yo no… Zuko parpadeó, sorprendido.

Luego soltó una risa breve, casi nerviosa.

—Cierto… lo olvidé.

No puedes verlo.

Se quedó un momento en silencio, mirando al suelo.

Luego levantó la cabeza, con más firmeza.

—Pero sigo de rodillas.

Eso no cambia.

Quiero que te enfrentes a mí otra vez.

Zano se quedó en silencio.

Zuko miró la noche y se dio cuenta del tiempo: la reunión con su maestro.

Se incorporó de un salto.

—Espera un momento —dijo—.

No te vayas.

No esperó la respuesta.

Corrió pendiente arriba, las piedras golpeando sus botas.

La luna le dejaba un rastro pálido entre los matorrales.

Subió hasta el punto de encuentro.

Allí, en la línea del crepúsculo, estaba un hombre alto, demasiado alto, con una lanza que le llegaba como una sombra larga.

El hombre no se volvió.

Solo habló con la voz firme de siempre.

—Llegas tarde.

Zuko clavó la mirada y, aunque el pecho le ardía, se disculpó.

—Lo siento, maestro.

Me dormí.

El hombre apenas frunció el ceño.

—Debes ser más responsable —dijo—.

Vamos.

Debemos continuar.

Zuko vaciló.

La palabra “quedarse” se le quedó pegada en la garganta.

Su maestro lo percibió al instante.

Giró y lo miró de frente.

—¿Qué sucede?

—preguntó.

Zuko apretó los puños hasta que las uñas le dolieron.

—Quiero quedarme.

Encontré a alguien de verdad fuerte.

Quiero vencerlo.

El hombre giró la lanza en la palma y lo miró con distancia.

—Si no me acompañas, dejarás de ser mi estudiante.

La voz era piedra.

Zuko tragó saliva.

—Lo sé.

El hombre sacó algo del bolsillo: un trozo de papel arrugado.

Lo dejó caer en la palma de Zuko.

—Cuando pierdas y te sientas sin esperanza, búscame —dijo—.

Hasta entonces, no soy tu maestro.

Zuko tomó la nota con manos que temblaban.

La leyó sin pronunciar las palabras.

Luego, con respeto y algo de rabia que no supo disimular, dijo: —Gracias, maestro.

Se corrigió al instante, como si nombrarlo fuera encoger su voz: —Gracias, Marcus.

Marcus no respondió con más que un asentimiento.

Empezó a caminar montaña abajo con pasos largos y seguros, en la dirección contraria.

Zuko lo vio alejarse.

El frío le mordía la piel.

Apretó la nota en el puño —esa era una promesa— y, mientras Marcus se perdía entre las sombras, murmuró para sí con voz dura: —Me haré tan fuerte… lo suficiente para matarte.

Luego bajó la colina, decidido, con la noche pegada a la espalda y la imagen de Zano clavada en su mente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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