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CADENAS - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 Corazones ardientes
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8: Corazones ardientes 8: Corazones ardientes La plaza del pueblo estaba en ruinas.

El suelo rajado, las piedras manchadas de sangre y polvo, yacían mezclados con los cuerpos inconscientes de los hombres de Zuko.

El silencio pesaba, pero desde las casas, detrás de puertas entornadas y ventanas apenas abiertas, se adivinaban ojos temerosos que no podían apartarse de la escena.

Zuko, con la espada aún en mano, soltó una risa breve y alzó la voz con descaro: —Adelante.

Enfréntame con todo.

Espero que seas divertido.

Nezu no respondió al instante.

Miró a su alrededor, a las miradas escondidas que lo observaban con ansiedad desde la penumbra.

—Hay mucha gente mirando… —dijo con calma, casi para sí mismo—.

Si te venzo aquí y ahora, no volverás a molestar a este pueblo.

Zuko arqueó una ceja, la sonrisa nunca abandonando su rostro.

—¿Vencerme?

Para eso tendrás que matarme.

—Lo acepto —replicó Nezu, sin dudar.

No dijo más.

En un destello se lanzó hacia adelante con una estocada directa.

Zuko reaccionó con rapidez, girando su espada en un corte amplio.

Pero en el instante del impacto, Nezu desapareció de su vista.

—¿Qué…?

—Zuko apenas alcanzó a gruñir antes de sentir el viento cortándole los talones.

La figura de Nezu reapareció rodeándolo, moviéndose como un fantasma.

—Parece que incluso para el jefe soy demasiado veloz… —su voz resonó a espaldas de Zuko.

Zuko giró con fiereza, los ojos encendidos.

—¡Bien!

¡Supera mis expectativas!

Nezu apareció detrás de él, su espada buscando el hueco de la guardia.

Pero Zuko logró interceptarlo, cruzando las hojas con fuerza brutal.

—No es nada fácil —escupió, sonriendo de lado—, pero puedo verte.

El choque de espadas vibró con violencia.

Zuko empujó con su fuerza descomunal y Nezu retrocedió unos pasos.

Apenas su pie tocó firme otra vez, desapareció de nuevo.

Zuko apretó la empuñadura, los ojos afilados, preparado para el siguiente ataque.

Pero algo cambió.

Sintió un escalofrío extraño, una sombra recorrerle la espalda.

Entre los techos, un movimiento fugaz.

Y en su pecho, un viejo recuerdo enterrado: el miedo.

El miedo de ser acechado por un monstruo.

Nezu descendió desde lo alto, cayendo sobre él con un tajo vertical.

Zuko logró alzar la espada a tiempo, bloqueando el golpe al sentir la amenaza.

El suelo tembló con el impacto.

Pero Nezu no dio respiro.

Apenas sus pies tocaron la tierra, volvió a embestir.

Y en un tajo certero, cargado de intención, su hoja partió en dos la espada de Zuko.

Zuko saltó hacia atrás, tomando distancia.

El filo de su espada partida cayó al suelo con un eco metálico.

—Muy bien… —dijo con una sonrisa torcida—.

Perdona que no pueda seguirte el ritmo con espadas, pero ahora usaré mi propio estilo.

Sin cerrar las palmas, adoptó una postura defensiva.

Su brazo derecho, extendido y firme, simulaba el filo de una espada invisible.

Su cuerpo, encorvado con precisión, no dejaba huecos aparentes.

Nezu lo observó en silencio.

No avanzó.

Solo dejó que sus ojos analizaran cada detalle.

Somi, que miraba desde un rincón de la plaza, se mordió los labios con frustración.

—¿Por qué no ataca…?

Una voz grave detrás de ella la hizo sobresaltarse.

—Porque Zuko lo obligó a pelear en serio.

Era Wan, su abuelo, con los brazos cruzados y la mirada clavada en la escena.

—¿Qué quieres decir?

—preguntó Somi.

—Esa postura… —Wan señaló a Zuko con el mentón—.

No deja aberturas que puedan usarse.

Nezu no tiene por dónde entrar.

Casi al instante, Nezu se lanzó en un movimiento lateral, buscando cortar el costado de Zuko.

Pero el golpe fue bloqueado: el brazo de Zuko chocó contra la espada sin recibir rasguño alguno.

Una corriente de aire se agitó alrededor de su cuerpo, formando una capa invisible que desviaba la hoja de Nezu.

Zuko rugió con una seguridad feroz: —¡Si puedes ver mi verdadero poder, entonces sí eres digno de enfrentarte a mí!

Nezu bajó la espada.

Dio un paso al frente, tranquilo, con la respiración calma.

—Haces demasiado ruido.

—¿Qué… qué haces?

—Zuko frunció el ceño al verlo caminar con esa calma suicida.

—No seguiré tu juego —contestó Nezu, sin detenerse.

Wan soltó una carcajada, rascándose la cabeza.

—Está loco.

—¿Por qué?

—preguntó Somi, inquieta.

Wan la miró de reojo, con una sonrisa que mezclaba respeto y miedo.

—Porque su postura es lo opuesto a la de Zuko.

Una postura sin forma, llena de aberturas.

Zuko apretó los dientes y descargó un golpe directo.

Nezu lo esquivó, tambaleante, como si no tuviera equilibrio.

Zuko insistió, lanzando ataques precisos, sin arriesgar demasiado para no exponerse a un contraataque.

Cada golpe chocaba con el aire vacío.

Nezu se movía como si flotara, sin rigidez, siempre un paso más allá del alcance.

—Ya encontré tu debilidad —dijo Nezu mientras esquivaba, con la voz serena.

Sus pies se afirmaron en el suelo, la espada vibró en su mano.

En un solo impulso, cortó el costado del abdomen de Zuko atravezando su armadura.

La sangre manchó el aire.

—Tu gran desventaja… —añadió Nezu con un filo en la voz— es que nunca te has enfrentado a la muerte Zuko cayó de rodillas, una mano apretada contra el abdomen ensangrentado.

El dolor era real, ardiente… pero sus ojos no mostraban sufrimiento.

Sonreía, los labios manchados de rojo.

—Esto es… extremadamente emocionante —jadeó—.

Dime, ¿puedo saber tu nombre?

—Nezu —respondió él, sin alterar su semblante.

Zuko repitió el nombre, degustándolo como un secreto revelado: —Nezu… Desde que peleamos, tu rostro no ha cambiado en lo absoluto.

Te agradezco por darme esta alegría.

Y ahora… —sus pupilas se dilataron, el aire vibró alrededor suyo— quiero devolverte el favor.

Una presión invisible recorrió la plaza.

El viento comenzó a arremolinarse, atraído hacia el cuerpo de Zuko como si el mundo entero respirara en su dirección.

Su postura ya no era defensiva: inclinó el cuerpo hacia adelante, cargando toda su fuerza en un único ataque.

—Este es mi as oculto… —dijo, con la voz vibrante—.

Vas a ser el primero en verlo.

Nezu se apresuró, espada en alto.

—No te mueras —gritó Zuko, corriendo hacia él—, o harás que me decepcione.

Su palma uso el aire.

Un tajo invisible se extendió, desgarrando el espacio mismo.

Los techos de las casas cercanas se partieron como si fueran de papel.

Nezu apenas alcanzó a cruzar su espada frente al cuerpo.

El impacto lo sacudió entero.

El metal se quebró en dos con un estruendo seco y el resto del golpe lo arrastró hacia atrás, estrellándolo contra el suelo.

—¡Nezu!

—Somi gritó, a punto de correr hacia él.

Pero Wan la sujetó por el hombro y la contuvo con calma férrea.

—Tranquila.

Con un movimiento ágil, lanzó su espada a Nezu.

El chico se incorporó, tambaleante.

Su pecho sangraba por el tajo, pero sus ojos tranquilos permanecían inalterables.

Tomó la espada que había caído junto a él, respirando profundo.

—Si no lo hubiera bloqueado… ahora estaría muerto.

Miró a Zuko y, con la misma calma de siempre, dijo: —Felicidades.

Mi sangre… ahora está hirviendo.

—Me alegra —exclamó Zuko—.

Al fin… la bestia está saliendo.

Nezu dio un impulso feroz y se lanzó contra Zuko.

El aire silbó cuando, con su palma, Zuko intentó repetir su ataque, aunque esta vez la presión lo desvió: la técnica salió más débil, incompleta.

Nezu no lo desaprovechó.

Con un corte rápido desvió la ráfaga hacia el cielo.

Enseguida, la espada de Nezu y el brazo de Zuko chocaron con fuerza, haciendo retumbar el suelo.

Zuko lo empujaba hacia atrás, pero Nezu siempre volvía, devolviendo el choque con más fiereza.

—¡Abuelo, encárgate de Stefan!

—gritó Somi de repente, antes de salir corriendo hacia otro lugar.

Wan asintió y se arrodilló junto al muchacho caído, dejando que Nezu siguiera la batalla.

Un último empuje rompió el equilibrio: Nezu arrastró a Zuko hacia afuera, y cuando se dio cuenta, ya estaban más allá de las casas, en campo abierto.

Zuko lanzó una estocada con su brazo convertido en filo.

—Aquí no tendré problemas —dijo Nezu con calma esquivando por lo bajo.

Arremetió de frente, una y otra vez, sin darle respiro.

El ritmo de sus ataques era una marea incesante.

—Mi grandeza debe estar por encima de cualquier demonio —gruñó Zuko, intentando mantener la defensa.

—Tu grandeza no ve los patrones —replicó Nezu, su voz baja y firme—.

Yo sí.

Sus ataques comenzaron a abrir huecos en la defensa de Zuko.

El muchacho retrocedía, cada paso más forzado.

De pronto, Zuko saltó hacia atrás, reuniendo todo el aire en un único ataque.

—¡Se acabo!

—rugió.

Pero Nezu no lo dejó.

Se impulsó de inmediato, cortando en diagonal.

La espada rozó el abdomen de Zuko, desgarrando carne antes de que pudiera apartarse del todo.

El dolor lo dobló, pero aun antes de caer al suelo, Zuko apretó los dientes.

—Esto… no ha acabado… Y lanzó la técnica en el mismo instante en que caía.

Nezu alcanzó a cubrirse, desviando parte del tajo, pero la fuerza lo arrastró.

Rodó por el suelo, el impacto haciéndolo rebotar entre piedras y tierra.

Jadeando, Zuko volvió a reunir aire en sus manos.

—Este… será el último.

Nezu se levantó, respirando pesado.

El sudor le cubría la frente.

—Si es solo un ataque… puedo esquivarlo.

Comenzó a avanzar, paso firme, sin dudar.

Los ojos de Zuko brillaron con algo nuevo: veía el momento exacto para vencer.

Lanzó un tajo bajo, directo a las piernas.

Nezu saltó para evitarlo, sin dudar.

Pero ese ataque no llevaba carga.

Era un golpe común.

Desde el aire lo entendió: había caído en la trampa.

Zuko ya lo esperaba.

Con el puño lanzó una ráfaga brutal, apuntando a su torso.

Nezu la bloqueó en el aire y descendió frente a él, espada lista para abrirle el pecho.

—¡Mala suerte!

—rió Zuko, inclinándose hacia atrás.

Desde esa posición improbable, descargó un puñetazo en el abdomen de Nezu.

El impacto fue tan seco y preciso que lo hizo soltar la espada y lo lanzó varios metros hacia atrás.

Zuko lo miró desplomarse, la sonrisa brillando entre sudor y sangre.

—La victoria es mía.

Somi llegó corriendo, jadeando, con algo en las manos.

Era la espada de Nezu, aquella con la que había llegado al pueblo.

Su tesoro más preciado.

Se la entregó de frente, con la voz firme a pesar del temblor en sus labios.

—No te atrevas a perder.

Nezu escupió sangre, pero al tomar la empuñadura se enderezó.

—Nunca tuve intención de rendirme.

Adoptó una nueva postura.

Sentía ardor en el pecho, un fuego extraño recorriéndole las venas.

—Gracias, Somi.

Ladeó la espada de un lado a otro, acostumbrándose de nuevo a su peso.

Después, avanzó.

Sus movimientos fueron un vendaval: cortes rápidos, precisos, viniendo de todos los ángulos.

Zuko apenas podía reaccionar.

La tormenta de acero lo rodeaba, sin darle respiro.

Pero en lugar de desesperarse, Zuko soltó una carcajada.

—¡Nezu, eres el mejor rival que he tenido!

Nezu no se dejó distraer.

Solo murmuró entre jadeos: —Gracias.

Y en el siguiente tajo, la espada atravesó la armadura de Zuko.

El metal se partió en dos, y la sangre estalló en su pecho.

Zuko tambaleó hacia atrás, con la respiración quebrada.

—Partiste a la mitad… mi armadura, mi técnica y mi voluntad.

Aun así, no cayó.

Se obligó a mantenerse de pie.

Levantó los brazos hacia el cielo estrellado.

—Zano… ¿puedes escucharme?

Sacó de un bolsillo un cristal azul puro.

—¡No!

—gritó Nezu, lanzándose hacia él.

Pero ya era tarde.

Zuko lo llevó a la boca y lo trituró con un crujido seco.

El grito que siguió fue inhumano.

Su rostro se cubrió de manchas azules, sus venas brillaron como fuego líquido.

Un solo golpe suyo, aunque Nezu logró bloquearlo, lo empujó varios metros hacia atrás.

Zuko alzó el rostro al cielo, rezando con la voz rota.

—Si me rindo aquí, eso solo me convertiria en un cobarde.

Si mi fuerza no basta… usaré la de Zano, si yo la uso se que vas a hablarme Nezu frunció el ceño.

No entendía.

Pero Zuko levantó la mano y golpeó el aire, lento, sin rabia ni intención de dañar.

El viento pareció inmóvil.

Y de pronto, Nezu sintió algo.

Un golpe leve en el pecho, invisible, que lo hizo caer de rodillas.

—Adonde quiera que vaya… —dijo Zuko, con los ojos encendidos— Zano siempre me acompañará.

Por primera vez, Nezu sonrió apenas, sin perder su calma.

—Eres aterrador… Pensó en silencio mientras se tocaba el pecho: Puedo aguantar dos golpes como ese.

Debo vencerlo antes de que los dé.

Se impulsó hacia adelante, con toda la fuerza que quedaba en su cuerpo.

Zuko volvió a golpear el aire, y otra vez Nezu cayó, pero esta vez no se resignó.

—Un mismo ataque no funcionará igual dos veces Antes de estrellarse contra el suelo, lanzó su espada.

Zuko no alcanzó a esquivarla; la hoja se incrustó en su brazo, atravesándolo por completo.

Zuko intentó arrancarla con un gruñido de dolor, pero una mano lo detuvo.

Nezu ya estaba ahí.

Tomó la espada, giró la empuñadura y, usando el reverso sin filo, la apoyó contra el cuello de Zuko.

Lo empujó hacia el suelo y lo inmovilizó.

Zuko forcejeó, trató de levantarse.

Pero Nezu hundió la espada en su hombro, clavándola contra la tierra.

—Se acabó —dijo, con voz firme.

Zuko soltó el aire con una risa cansada.

Sus ojos aún brillaban con esa locura azul.

—Al menos… fue divertido.

Y finalmente dejó caer la cabeza contra la tierra, rindiéndose al peso de la batalla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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