CADENAS - Capítulo 9
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9: El fruto inmaduro 9: El fruto inmaduro El almacén del pueblo, que hasta hacía poco estaba lleno de granos y herramientas oxidadas, había sido improvisado como celda.
El suelo todavía olía a maíz reseco, pero ahora las paredes estaban reforzadas con tablones y cadenas clavadas en la piedra.
Allí, entre la penumbra y el aire cargado, estaba Zuko.
Una y otra vez golpeaba los muros con los puños, dejando marcas en la madera, aunque ninguna lo bastante profundas.
Intentó invocar el aire, pero nada.
Ni un susurro, ni una brisa.
Apenas la sensación frustrante de vacío.
El eco de los golpes retumbaba cuando, finalmente, una voz cansada lo interrumpió: —Ya deja de intentarlo.
—El señor Wan lo observaba desde la entrada, apoyado en su bastón—.
Llevas días así.
Resulta agotador, incluso de ver.
Zuko escupió al suelo, frustrado, y volvió a golpear la madera con el puño.
Nezu, sentado a un costado, observaba en silencio.
—La técnica es sorprendente.
Bloquear una afinidad tan por completo… Wan asintió apenas, cruzado de brazos.
—Es mi especialidad.
Somi, que estaba cerca, no pudo contener la curiosidad.
—¿Cómo la aprendiste?
¿Podrías enseñármela?
Wan se rascó la barbilla, recordando.
—Fue en la Guerra Central.
Apenas tenía quince años cuando la aprendí.
Muy efectiva… pero solo contra quienes dependen de su afinidad.
En los altos rangos resulta inútil.
Nezu se inclinó en la celda y sacó de su bolsillo el pequeño cristal azul.
Lo sostuvo frente a la luz tenue, dejando que brillara un instante.
—Zuko… ¿de dónde sacaste esto?
Los ojos de Zuko se clavaron en el cristal.
—Un amigo lo tenía.
Nezu apretó la mandíbula.
—¿Conoces las consecuencias?
Extendió la mano, señalando el cuello de Zuko.
Bajo la piel, marcas azuladas se extendían como raíces venenosas.
Zuko las tocó con los dedos, esbozando una sonrisa torcida.
—Las conozco.
Pero valió la pena.
Gracias a eso pude usar esa técnica.
Nunca antes lo había logrado.
Nezu cerró los ojos un instante, y luego se puso de pie, dándole la espalda.
—Esas cosas son una carta de suicidio.
Zuko lo miró con intensidad.
—Cada vez que peleo sé muy bien que puedo morir.
Si voy a perder, prefiero darlo todo.
Nezu se dirigió a la puerta y la abrió.
La madera crujió con lentitud.
—¿Y cuál es tu plan?
—gritó Zuko, con rabia contenida—.
¿Dejarme aquí para siempre?
Somi intervino antes de que Nezu respondiera.
—Había una recompensa por ti.
Enviamos una carta a la capital.
Vendrán a llevarte.
Los ojos de Zuko se enturbiaron de furia.
Giró la cabeza hacia Nezu.
—¿Por qué me dejaste vivir?
Perdí.
Debiste matarme.
Nezu lo miró solo un segundo, antes de salir.
—No mato.
Si quieres morir, hazlo con tu propia mano.
El silencio se espesó un momento.
Somi, con el ceño fruncido, caminó hacia Zuko y dejó un plato de comida en el suelo, junto a él.
—Mejor no hagas eso —dijo en voz baja.
Sin añadir más, salió del almacén junto a los demás.
La puerta se cerró y el encierro volvió a tragarse el aire.
Somi cerraba el almacén, bajando el pestillo con cuidado, cuando preguntó en voz baja: —¿Cómo siguen tus heridas?
Nezu se ajustó las vendas bajo la camisa y respondió con calma: —Van mejorando.
Solo me incomoda moverme.
Somi sonrió aliviada.
—Me alegra que estés bien —dijo mientras comenzaba a caminar a su lado.
Nezu la observó unos segundos y notó un detalle nuevo: Somi llevaba en el costado la espada de Wan.
—¿No es pronto para que uses una espada?
—preguntó.
Somi levantó la barbilla con orgullo.
—Claro que no.
He mejorado bastante, incluso cuando peleé con el idiota de la mano derecha de Zuko.
—¿Ganaste?
—preguntó Nezu, intrigado.
—Los detalles no importan —contestó rápido, sin borrar la sonrisa.
Nezu volvió la mirada al frente.
De pronto, se detuvo en seco.
El aire le pesó en los pulmones, la piel se le erizó y un sudor frío le recorrió la espalda.
Sacó su espada de inmediato.
Una sombra descendió frente a ellos.
Nezu empujó a Somi hacia atrás justo antes de que aquella figura descargara un golpe brutal contra él.
El impacto lo lanzó por los aires, atravesando la pared del almacén como si fuese de papel.
Somi apenas alcanzó a gritar su nombre antes de que el polvo lo tragara.
Cuando levantó la vista, vio erguirse a una mujer.
Cabello negro largo atado en una coleta, un rostro refinado y severo, un cuerpo alto y entrenado.
Sus ojos, apagados como brasas muertas, no mostraban interés alguno.
Empuñaba una lanza larga que apoyó en el suelo al avanzar con calma.
Ignoraba a Somi, pero Wan se adelantó, alzando el puño con una fuerza feroz.
La mujer levantó el asta de la lanza y bloqueó el golpe, retrocediendo unos pasos por el impacto.
Wan apretó la mandíbula, listo para cargar otra vez, cuando la mujer habló con frialdad: —No interfieran.
Esto no les incumbe.
Wan gruñó.
—La que llegó atacando fuiste tú.
—Es un asunto solo con mi pupilo —contestó ella, sin alterar el tono—.
Les daré una última advertencia: no interfieran.
Wan no se detuvo.
Avanzó de nuevo para arremeter.
—Molestas —dijo la mujer, seca, y con un golpe limpio lo dejó tendido en el suelo.
Desde ahí, con esfuerzo, Wan giró la cabeza hacia Somi.
—¡Huye!
—ordenó con voz quebrada.
Somi, paralizada por el miedo, temblaba de pies a cabeza.
Pero al oírlo, negó con firmeza.
—No —su voz tembló, pero no se quebró.
Wan, jadeando, intentó levantarse con dificultad, tomando distancia de la mujer.
—¡Agarra a Nezu y lárgate!
—insistió.
Pero Somi se adelantó, poniéndose entre él y la mujer.
Sus manos temblaban, pero desenvainó la espada.
—No.
Nezu no ha caído.
Es imposible vencer a alguien como él de un solo golpe.
Así que vaya a ayudarlo.
Mientras tanto… yo no desaprovecharé esta oportunidad.
Wan apretó los dientes y masculló entre suspiros: —Mocosa terca… —Se dio la vuelta y corrió hacia el almacén.
Somi mantuvo la vista fija en la mujer.
—Entonces… ¿tú eres la maestra de Nezu?
—Sí —respondió ella, con la misma calma distante.
—Nezu es el mio…
dime —preguntó Somi, alzando la voz con un hilo de valor—, ¿cuál crees que es la diferencia entre tú y yo en poder?
La mujer levantó la lanza y señaló la luna en el cielo.
—La diferencia es entre el suelo… y la luna.
Somi sonrió, nerviosa, aunque la respiración se le entrecortaba.
—Es demasiada… —susurró, y apretó con fuerza la empuñadura—.
Pero debo comprobarla por mí misma.
Somi temblaba, pero se obligó a avanzar.
Primero caminó, luego rompió en carrera hacia la mujer, empuñando la espada con las manos que le sudaban.
Atacó con todo lo que tenía: cortes rápidos, mordidas cortas, buscando una abertura que no existía.
La mujer apenas movió el asta.
Bloqueó cada golpe con una facilidad que dolía.
El metal de su lanza sonó contra la hoja de Somi como si fueran juguetes.
—Esto es inútil —dijo la mujer, sin rastro de fastidio—.
Se preparó para contraatacar.
Somi retrocedió por reflejo, sin llegar a perder el agarre.
La mujer clavó la vista en ella; por un instante la punta de la lanza tembló, pero no atacó.
—Tienes razón —murmuró Somi, la voz pequeña—.
No hay forma de que gane.
Tengo miedo.
No sé por dónde atacarás.
Respiró hondo, buscando el centro de su cuerpo.
Cerró los ojos.
La plaza, el pueblo, todo se disolvió hasta quedar solo su corazón en la caja torácica, un tambor insistente.
El mundo se redujo a latido y a paso: el paso lento de la mujer acercándose,el sonido de sus articulaciones, la respiración medida antes de alzar la lanza.
Abrió los ojos de golpe.
—Solo necesito un ataque —dijo, hundiendo la certeza como una estaca.
Esquivó el primer tajo con la soltura que le habían enseñado las prácticas nocturnas; la lanza rozó la tierra con un silbido.
Con un movimiento que fue más fe, que técnica, colocó la punta de la espada en el cuello de la mujer.
Por primera vez, la mujer abrió apenas los ojos.
Hubo un destello de sorpresa.
Entonces, con la mano libre atrapó la hoja de la espada directamente, sujetándola con fuerza en la palma.
Al mismo tiempo soltó la lanza con la otra mano y descargó un golpe certero en la mandíbula de Somi.
El impacto fue seco, brutal.
La espada salió de las manos de la muchacha y cayó al suelo.
Somi perdió el equilibrio y terminó desplomándose, inconsciente antes de que su cuerpo tocara del todo la tierra.
La mujer, aún con la palma sangrante por haber sujetado el filo, la miró por un instante.
—Tus colmillos apenas se han empezado a formar.
Soltó la espada, recuperó la lanza y giró la vista hacia el frente.
Una ráfaga de aire llegó de improviso, pero con un simple manotazo la desvió como si fuera humo.
Un crujido entre maderas anunció la salida de alguien del interior del almacén.
Lo que quedaba del muro escupió polvo y tablones.
Zuko emergió, estirando el cuerpo como quien despierta de un sueño pesado.
Se acomodó los hombros y soltó una carcajada leve.
—Está bien, viejo —dijo, con descaro—.
Como agradecimiento por devolverme mi afinidad, me encargaré de esta tipa.
Zuko la observó de arriba abajo con una sonrisa confiada.
—Te ves realmente fuerte —dijo, acomodándose los nudillos—.
Casi tanto como el maestro.
La mujer giró ligeramente la cabeza.
—No me interesas.
Solo apártate.
Zuko rió.
Dio un paso al frente y adoptó su postura de carga, con el brazo extendido.
—¿Y desaprovechar la oportunidad de enfrentarme a alguien tan superior a mí?
Ni loco.
La mujer lo miró, extrañada.
Luego suspiró, dejando caer los hombros.
—Este pueblo está lleno de raritos.
Zuko sonrió más amplio.
Golpeó el aire con el brazo, lanzando un tajo de viento que cortó el polvo del suelo y se dirigió hacia ella.
La mujer levantó la lanza, girándola con elegancia.
—No está mal —murmuró, desviando la ráfaga al cielo con un movimiento suave.
Apenas el aire se disipó, se impulsó hacia adelante, embistiendo.
La punta de su lanza atravesó la distancia en un instante.
Pero justo antes de que el arma lo alcanzara, Zuko saltó.
Su cuerpo se elevó alto, casi antinaturalmente.
La mujer lo siguió con la mirada, con una ceja arqueada.
—Sabías que no podías esquivar mi ataque, así que salto antes de que lo lanzara… —dijo para sí—.
A pesar de que su forma de hablar es irritante, es más listo de lo que parece.
Desde el aire, Zuko rió.
—Nunca hice esto antes… —gritó, con emoción cruda—.
Lo logré solo por miedo.
Golpeó el aire una y otra vez, y su cuerpo se mantuvo suspendido a medias.
Cada golpe creaba una ráfaga que descendía sobre la mujer como una lluvia de cuchillas invisibles.
Ella desvió una tras otra con las palmas, moviendo la lanza en giros rápidos.
Luego apuntó con precisión y, con un impulso violento, se lanzó hacia él.
Zuko apenas alcanzó a golpear el aire debajo de sí, desviando su cuerpo en el último segundo.
La punta de la lanza rozó su oreja, arrancándole un corte fino.
—¡Perfecto!
—rió, eufórico—.
Ahora este será mi nuevo campo de batalla.
¡Aquí, donde solo yo puedo moverme libremente!
Descargó una ráfaga descendente, un golpe de aire tan fuerte que levantó polvo y ramas.
La mujer cruzó el asta para bloquear, pero sin un suelo que la afirmara, el impacto la empujó hacia atrás.
Su cuerpo chocó contra un árbol, que se partió al medio antes de que ella cayera de pie.
Se reincorporó, volvió a tomar postura y, en un parpadeo, avanzó de nuevo aumentando su velocidad Zuko no alcanzó a esquivar.
Apenas cruzó los brazos antes de recibir el impacto del asta en el pecho.
Salió disparado, estrellándose contra el suelo con violencia.
La mujer descendió sobre él, lista para empalarlo.
Pero Zuko golpeó la tierra con ambas manos, liberando una onda de aire que lo arrastró hacia atrás en el último instante.
El ataque perforó el suelo donde había estado un segundo antes.
Apenas cayó de pie, intentó adoptar una de sus posturas de combate, pero fue inútil.
La mujer ya estaba frente a él.
Zuko solo alcanzó a extender la mano, tocándole el abdomen.
Fue un toque leve, sin intención de matar.
Una especie de reflejo.
El siguiente instante fue un borrón.
La mujer giró la lanza y lo golpeó con tal fuerza que el cuerpo de Zuko voló entre los árboles, perdiéndose en el bosque.
El silencio volvió, roto solo por la respiración firme de ella.
Dio un paso adelante y escupió un hilo de sangre, limpiándose la comisura con el dorso de la mano.
Entre los escombros del almacén, una figura comenzó a levantarse.
Nezu, cubierto de polvo, emergió tambaleante.
Desde el suelo, Wan lo observaba con una sonrisa cansada.
—Aunque mi técnica te quite el dolor, las heridas viejas siguen ahí.
Y las nuevas también las vas a sentir.
Nezu lo miró y asintió, agradecido.
—Lo sé… Gracias, Señor.
Caminó despacio hacia la mujer, que giró la cabeza apenas, sosteniendo su lanza.
—Te di la oportunidad de irte del continente —dijo ella despacio—.
No la aprovechaste.
Nezu se quedó en silencio.
Desvió la mirada; sus manos apretaban la empuñadura de la espada hasta que los nudillos se le blanquearon.
Ella suspiró, decepcionada, y dejó que su vista recorriera el pueblo, las casas maltrechas, las sombras que se asomaban tras las ventanas.
—Supongo que al final encontraste algo que querías hacer —murmuró—.
Todo estara bien si me devuelves la espada a Luxoria.
—Devolverla condenaría al continente.
Fuiste tú quien me dijo que solo yo podría evitarlo Por un instante, el silencio se hizo más denso.
La mujer bajó la mirada, pensativa, antes de continuar: —Todo sucedió tan rápido.
Debía entrenarte para que superaras a Radin, y cuando el rey muriera, tú serías quien tomaría su lugar.
Pero esa alternativa ya no es viable.
Lo único que podíamos hacer era salvar la mayor cantidad de vidas retrasando el plan del rey, pero decidiste quedarte en el continente, ya no hay nada que pueda hacer…
entonces solo seguire con mi trabajo Suspiró una vez más.
—Solo devuélveme la espada.
Puedes quedarte aquí y vivir en paz hasta que llegue la catástrofe… o escapar e intentar alargar un poco más tu vida.
Nezu apretó la empuñadura con fuerza.
—Creía que tenía un poco más de tiempo.
—Se acabó —respondió ella con frialdad.
Nezu levantó la mirada, decidido.
—Aún puedo evitar el festival.
La mujer abrió ligeramente los ojos, sorprendida.
—Voy a destruir Luxoria —dijo Nezu, sin vacilar.
Ella lo miró en silencio durante un largo instante, hasta que una leve risa escapó de sus labios.
—Son tonterías.
Apretó su lanza y, con un movimiento rápido, la apuntó hacia él.
De la punta surgió una corriente de agua que avanzó a toda velocidad.
Nezu levantó la espada para cubrirse, pero el agua cambió de dirección, esquivando el filo y siguiendo hacia su cara.
El giró el rostro a un lado, recibiendo una cortada en la mejilla antes de que la corriente se disipara.
Ella bajó el arma apenas, con voz serena pero dura: —Entonces demuéstrame que eres lo suficientemente fuerte para hacer eso.
Devuélveme ese ataque… y solo así sabré si estás listo para esa responsabilidad.
Nezu apretó la espada con ambas manos, sus ojos fijos en ella.
Dio un paso, luego otro, girando en círculos, buscando un ángulo, una respiración, una falla.
La mujer apenas lo seguía con la mirada, sin tensión alguna, relajando todo su cuerpo De pronto, Nezu se impulsó hacia adelante, cortando el aire con un destello.
El filo silbó, pero la lanza giró con gracia; un leve movimiento bastó para desviar el ataque.
El impacto no fue más que un eco en el vacío.
Ninguno de sus golpes alcanzaba su objetivo.
Ella, con un giro elegante, movió el asta apenas unos centímetros.
La punta rozó las piernas de Nezu, dejando una marca carmesí en su piel.
—Nada mal… pero este fruto aún debe madurar —pensó para sí, observando cómo Nezu caía sobre una rodilla, respirando con fuerza, el sudor resbalando por su cuello.
Pero él no detuvo sus ataques.
Su espada vibraba con cada paso; su respiración, aunque pesada, marcaba el ritmo de su avance.
Cada corte era más rápido, más preciso, hasta que un instante fugaz sorprendió a la mujer.
Nezu aumentó su velocidad.
El filo chocó con el asta y el sonido retumbó en la solitaria noche.
Ella lo bloqueó sin esfuerzo, pero por primera vez su cuerpo se tensó ligeramente.
Nezu giró el hombro, aprovechando la inercia, y saltó, elevándose con fuerza.
Desde lo alto descendió con un tajo vertical, el aire cortándose en dos.
El golpe cayó… y la lanza volvió a interponerse, firme como una muralla.
Al tocar el suelo, Nezu rodó hacia atrás, sin perder el ritmo.
Comenzó a correr en círculos a su alrededor, moviéndose con una velocidad irregular, impredecible.
La mujer lo seguía con la mirada, sin moverse de su sitio, intentando leer el patrón.
Entonces él atacó.
Una estocada limpia, veloz, buscando la apertura mínima.
Ella respondió con un impulso preciso de su lanza, apuntando directo al pecho.
Pero Nezu bajó su centro de gravedad, hundiéndose en una postura baja.
La punta de la lanza chocó contra su espada, y en un solo movimiento deslizó el filo por el asta, guiándolo hasta cortar la mejilla de la mujer.
Un hilo de sangre cayó por su rostro.
Retrocedió un paso, sorprendida.
Se llevó los dedos a la herida y sonrió con un dejo de admiración.
—Una postura defensiva que permite contraatacar al instante… —murmuró—.
Sorprendente.
Nezu apenas alcanzó a enderezarse.
Su respiración se agitaba, el cuerpo temblando de esfuerzo.
Entonces, sin previo aviso, el asta de la lanza descendió con un golpe seco.
El impacto lo arrojó al suelo.
Su espada cayó a un lado, y el mundo se volvió borroso.
La mujer lo observó un instante, el viento meciendo su cabello oscuro.
Una sonrisa leve cruzó su rostro mientras guardaba su lanza.
—Te confío esto —susurró, antes de darse media vuelta y alejarse, su silueta perdiéndose entre el polvo y la luz de la luna.
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