Caída Galáctica: Todas Mis Habilidades Están al Máximo - Capítulo 238
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Capítulo 238: El Templo Olvidado
Mirabella permanecía suspendida en el cielo, desafiando la gravedad con despreocupada facilidad. Tenía los brazos cruzados y los ojos fijos en la enorme y arremolinada tormenta de arena que se movía hacia ella. Este evento climático antinatural transportaba la energía pesada y abrasiva típica de las zonas de peligro más arriesgadas de la Región Sur.
Cupcake, que en ese momento tenía su apariencia de gato, estaba posada en su hombro derecho, con la mirada felina nerviosamente clavada al frente.
—Maestra, ¿en qué estás pensando? —preguntó Cupcake.
—¿Eh? No estoy pensando en nada —dijo Mirabella. Para Cupcake, parecía que estaba mirando ciegamente la destructiva tormenta, cuando en realidad, Mirabella simplemente observaba el mapa translúcido del sistema que flotaba ante su vista.
«Conseguí este mapa después de matar a esos monstruos… Antes estaba en blanco, pero ahora… hay un desierto», pensó, girando la cabeza hacia el norte, mientras su mente analizaba la repentina actualización geográfica proporcionada por la interfaz.
«¿Pero por qué no puedo ver la estatua del Caballero en el mapa?». Sin pensarlo dos veces, voló hacia la tormenta.
—¡Oye! ¡¿Qué estás haciendo, Maestra?! —gritó Cupcake en shock, mientras sus garras se clavaban instintivamente en el uniforme de Mirabella, sin esperar en absoluto que volara directamente hacia un clima catastrófico.
—Nuestra forma está bien oculta, así que deberías guardar silencio. —En el momento en que alcanzó la pared exterior de la tormenta de arena, sucedió lo imposible. El furioso vórtice de arena y viento se abrió misteriosamente, dividiéndose a la perfección en dos mitades, sin atreverse a tocarla. Era como si su mera existencia ordenara a los peligros ambientales de Caída Galáctica que cedieran.
—¡¿…?!
Mirabella y Cupcake se quedaron paralizadas en el aire, mirando fijamente la tormenta. Esta seguía moviéndose con una fuerza devastadora a su alrededor, pero ni un solo grano de arena se atrevía a tocar la piel de ella.
—Eh… Maestra, ¿estás usando alguna habilidad? —tartamudeó Cupcake, moviendo la mirada por todas partes, completamente desconcertada por la falta de fluctuaciones de energía activas.
—No, no estoy usando ninguna. —Mirabella giró la cabeza hacia un lado, y su percepción mejorada captó una anomalía. Estaba viendo una luz roja que brillaba en las profundidades de la densa y oscura pared de la tormenta de arena.
—¿Qué es eso? —preguntó confundida, señalando con el dedo la luz roja y pulsante.
Cupcake giró la cabeza en esa dirección, pero sus ojos de familiar no vieron nada más que la arena arremolinada y abrasiva.
—¿Eh? ¿Dónde?
—¿No puedes verlo?
—¿Ver qué? —Cupcake estaba cada vez más confundida.
—Olvídalo.
Dijo Mirabella, y voló hacia la luz, adentrándose más en la anomalía, mientras la arena seguía evitándola como si fuera la peste.
___
Mirabella voló durante diez tensos minutos a través del aullante corredor de arena antes de llegar al final de la tormenta. En el momento en que salió de ella, se detuvo en el aire. La presión atmosférica había cambiado drásticamente.
—¿Eh? —Cupcake estaba atónita.
Mirabella paseó la mirada por el lugar. Ya no estaban en las interminables dunas del Desierto Infernal. En su lugar, se encontraban ante un enorme templo antiguo, que yacía en silencio sobre una vasta extensión de tierra muerta y negra. Parecía una zona instanciada, completamente desconectada del resto del continente.
Mirabella descendió lentamente del cielo y sus botas tocaron con suavidad el suelo de tierra negra.
—¿Seguimos en la Región Sur? —preguntó Cupcake con ligera confusión, sintiendo el profundo cambio en la energía ambiental del mundo.
El Mapa apareció frente a Mirabella, una proyección brillante de su interfaz. Ella lo sujetó por ambos lados, mirando fijamente el marcador de ubicación que ahora flotaba sobre la estatua del Caballero.
—Eso creo.
Levantó la cabeza hacia la colosal estatua que tenían delante, pero el monumento frente a ella no tenía cabeza, devastado por incontables siglos. Aun así, la postura marcial era exactamente la misma que la del icono de su mapa.
—Maestra, ¿no es esa tu espada la que sostiene el caballero? —exclamó Cupcake, señalando con la pata la enorme arma de piedra.
El Caballero medía veinte metros de altura, una imponente reliquia de una era olvidada. Sus dos enormes manos de piedra descansaban sobre la empuñadura de la espada, que estaba hundida profundamente en el suelo… A su alrededor se encontraban las extensas ruinas del templo.
—Tienes razón, es Sunder. —Mirabella sacó su espada agrietada del inventario, observando la hoja maltrecha y modesta, y luego la monumental en la mano del Caballero. Aunque el arma de la estatua estaba hecha de roca maciza, el diseño, la guarda y las proporciones exactas de las dos espadas eran idénticas.
—¿Tendrá esto que ver con la Familia Sol? —murmuró. La historia de Caída Galáctica estaba profundamente ligada a su linaje, y estas ruinas se sentían íntimamente conectadas a esa antigua estirpe. Caminó hacia el Caballero y se detuvo frente a la enorme espada de piedra, mirando intensamente la puerta sellada tallada directamente en la superficie de la espada.
—Maestra, ¿de verdad vamos a entrar en este lugar? —preguntó Cupcake en voz baja, mientras sus instintos de supervivencia le pedían cautela.
—¿Qué? ¿Tienes miedo? —bromeó Mirabella, mirando la puerta cerrada frente a ella, mientras entrecerraba los ojos al divisar un agujero con una distintiva forma de hoja en el centro.
—Necesito una llave —anunció.
—¿Llave? ¡¿Tienes alguna llave?! —le gritó Cupcake, con la cola erizada. No habían visto un lugar así en ninguno de los registros del Imperio, y mucho menos poseían una llave para él.
Mirabella miró la enorme hoja de piedra y luego a Sunder en su mano. La resonancia entre ambas era innegable. Tras pensarlo un poco, levantó a Sunder, colocó con confianza su punta en el agujero y empujó la hoja hacia adentro.
¡¡¡DING!!!
—¡¿…?!
Un pesado sonido mecánico de incontables mecanismos antiguos desbloqueándose resonó por todo el desolado lugar, y la enorme espada de piedra comenzó a agrietarse, con runas brillantes filtrándose a través de las fisuras.
Mirabella parpadeó, sintiendo de inmediato un cambio en la energía circundante, e intentó sacar a Sunder, pero la espada no se movió ni un ápice.
—¡¿Esto…?!
Antes de que pudiera usar su monstruosa fuerza para arrancarla, la hoja fue arrastrada violentamente hacia adelante. La acción repentina e inesperada le arrebató la empuñadura de las manos y, antes de que Mirabella pudiera si quiera procesar el pensamiento, Sunder entró por completo en el muro de piedra y desapareció dentro del mecanismo.
—¡¿…?!
Mirabella y Cupcake se quedaron petrificadas, mirando con la vista perdida el muro que tenían delante.
—¡¿Pero qué…?! ¡Oye! ¡¡Esa es mi espada!! —le gritó Mirabella a la puerta, perdiendo por completo su habitual calma.
¡CRAC!
Ella y Cupcake parpadearon, observando cómo la pesada puerta de piedra se movía lentamente hacia un lado, chirriando contra el suelo y revelando una entrada oscura como la boca de un lobo.
—Pasa, te estoy esperando.
Una voz femenina, suave y resonante, sonó desde el interior, llegando a los oídos de Mirabella con una claridad cristalina y dejándola helada con sus palabras.
Mirabella parpadeó sorprendida, con un ligero ceño fruncido mientras el opresivo silencio de las antiguas ruinas la agobiaba. La intrusión psíquica eludió por completo sus defensas mentales. «¿Por qué esa voz…?»
—… en lugar de quedarte ahí murmurando para ti misma, deberías entrar y descubrirlo por tu cuenta.
La voz sonó de nuevo, llegando suavemente a sus oídos. No era un eco del oscuro pasillo, sino una resonancia que parecía vibrar directamente contra su alma, vibrando con una imponente y antigua autoridad.
Cupcake se giró hacia ella, con los ojos llenos de confusión. El pelaje del familiar se erizó, al sentir una entidad que desafiaba la lógica misma de su realidad.
—Vamos, Cupcake, al menos debería recuperar mi espada —dijo Mirabella, con un tono que intentaba ocultar la inquietud que bullía en su pecho. Avanzó un paso y se adentró en la oscuridad, con Cupcake aferrada a su hombro, sus pequeñas garras clavándose profundamente en la tela del uniforme de Mirabella.
«No debería tener miedo, además, la Maestra está aquí… ¿Pero por qué este lugar me sigue dando miedo?», pensó Cupcake, con el cuerpo temblando ligeramente. Al mover la mirada, aun teniendo visión nocturna, la gata alada no podía ver a más de un pie de distancia de donde estaban. La oscuridad de aquí no era simplemente la ausencia de luz; era un vacío espacial pesado y sofocante.
Mirabella paseó la vista a su alrededor y divisó la luz roja en la distancia. Pulsaba como un corazón que latía lentamente, abriéndose paso a través de la negrura abismal.
—¿Eh?
Mirabella creía que nada en Caída Galáctica podía sorprenderla. Como alguien que había regresado en el tiempo y luchado en guerras contra mareas monstruosas, pensaba que conocía los límites absolutos del sistema de este mundo. Pero todo lo que había sucedido recientemente había cambiado por completo esa idea. Acababa de descubrir que había más en Caída Galáctica de lo que parecía a simple vista: capas ocultas de historia y poder que eran anteriores a los imperios del Águila, la Espada y el Dragón.
Sin saberlo, siguió la luz roja, sin bajar el ritmo ni un segundo. Su mente, normalmente aguda y táctica, estaba nublada, y ni siquiera podía ver los incontables ojos que la observaban a través de la oscuridad de su entorno.
Pero para Cupcake era diferente. Ella no podía ver la luz roja, pero sí podía ver con claridad los ojos que las observaban. Parpadeaban lentamente en el vacío; algunos de los ojos eran incluso más grandes que una cabeza humana y brillaban con una inteligencia fría y depredadora.
—Maestra, ¿cre… crees que estamos a salvo aquí? —susurró Cupcake, con una voz que apenas era un chillido.
—Estamos a salvo —respondió Mirabella, caminando hacia adelante como alguien hipnotizado, con pasos perfectamente rítmicos, atraída inexorablemente hacia la baliza carmesí.
—¡…!
Cupcake se quedó sin palabras y esperó en silencio. Sus instintos de bestia le gritaban que huyera, pero sabía una cosa: si los dueños de esos ojos quisieran matarlas, ya estarían muertas desde hacía mucho tiempo, así que era mejor dejarse llevar.
Cerró los ojos y se acurrucó más en el cuello de Mirabella, cubriéndose la cara con las alas, eligiendo la confianza ciega en su Maestra por encima de la aterradora realidad del vacío.
__
[Diez minutos después].
¡¡¡FUUUSH!!!
Tras diez minutos de caminar en la más absoluta oscuridad, por fin se oyó un sonido que hizo que Cupcake levantara la vista. Era el pesado chirrido de la piedra, un profundo cambio en la presión atmosférica.
Una puerta se deslizó lentamente hacia un lado y de ella emanó una luz que lo iluminó todo. Cupcake paseó rápidamente la mirada a su alrededor, esperando ver un monstruo Jefe o una sala de trampas oculta, pero no vio nada de eso.
Mirabella parpadeó y sacudió la cabeza; la niebla hipnótica se disipó de repente de su mente. Su rostro se llenó de confusión al recuperar la conciencia: —¿Qué? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿No habíamos entrado por la puerta de la espada?
—¡…?!
Ahora Cupcake sí que estaba perdida. Si ni siquiera su Maestra sabía cómo habían atravesado el vacío, estaban verdaderamente a merced de lo que fuera que yaciera más allá del umbral.
—Fufufu… Siento lo de antes. Vengan, no me hagan esperar.
La voz sonó desde la luz que emanaba de la puerta. Ambas se miraron la una a la otra y luego a la puerta. Ninguna sabía cómo había llegado hasta allí, y ya era demasiado tarde para volver.
«¡¿Volver?! ¡No hay ninguna puta salida!», gritó Cupcake para sus adentros, mirando por encima del hombro el sólido muro de negrura que se había sellado al instante tras ellas.
Mirabella exhaló, con un sudor frío recorriéndole la espalda al darse cuenta de su vulnerabilidad. «Me controlaron, sin que siquiera me diera cuenta… Ni Adira, ni Cupcake, ni siquiera el Sistema Maestro sintieron nada…»
Eludir la estructura del propio Sistema Maestro era una hazaña de una magnitud imposible. «¿Tan aterradora es la mujer del otro lado?»
—Fufufu… Tus pensamientos se agitan salvajemente. No deberías hacerme esperar, Mira.
Mirabella se quedó helada, con los ojos muy abiertos. El apodo la golpeó como un rayo. No le importó que la mujer estuviera escuchando sus pensamientos y simplemente corrió hacia la luz, rompiendo su habitual comportamiento disciplinado. Su acción confundió a Cupcake, que tuvo que agarrarse con fuerza para no caerse.
_
Mirabella cruzó la puerta y apareció en un hermoso jardín. Era una dimensión de una serenidad imposible. Había innumerables flores por todas partes, dispuestas a la perfección, que rodeaban la pequeña porción de tierra del centro. El aire olía a jazmín en flor y a una energía antigua y pura.
Mirabella se detuvo lentamente frente al puente, contemplando el agua cristalina más allá de las flores, y avanzó despacio, girando la cabeza hacia el cenador decorado que tenía ante ella. Estaba construido con una madera blanca y nacarada que parecía vibrar con vida.
Cupcake alzó la vista hacia el límpido cielo azul, sin ver más que nubes esponjosas. No había sol, pero el reino estaba perfectamente iluminado.
«Este lugar es tan hermoso y el aire es tan relajante», pensó, olvidando por completo los aterradores ojos del vacío. Miró a su Maestra, cuya mirada estaba fija al frente, sin parpadear.
Cupcake giró la cabeza hacia el cenador y se quedó atónita, mirando a la mujer que les sonreía desde el otro extremo. Llevaba un vestido sencillo y elegante, y su aura irradiaba calidez y una profundidad de poder inimaginable.
—¿Ella?
Cuando Mirabella cumplió diez años, su madre le regaló a Cupcake por su cumpleaños, porque Mirabella siempre había querido una mascota. En aquel entonces, Cupcake todavía era una gatita, pero nunca olvidaría a la mujer que había unido sus almas.
—¿Madre? —llamó Mirabella, con la voz quebrada. Se quedó quieta, conmocionada, con la mirada fija en la mujer que tenía delante mientras las lágrimas anegaban sus ojos. Todo el peso de su vida pasada, la traición, las guerras y la carga de dirigir la Academia del Dragón se desvaneció en un instante.
—Mi hermosa Mira, ¿no le vas a dar un abrazo a tu madre? —preguntó Genevieve, abriendo los brazos de par en par, con una sonrisa radiante y llena de un profundo amor maternal.
No hubo palabra, ni respuesta, nada. Mirabella simplemente corrió hacia su madre, despojándose de la dura coraza de guerrera. Antes de que pudiera alcanzarla, Cupcake saltó de su hombro y aterrizó con elegancia en el suelo. La familiar alada se sentó sobre sus patas traseras, observando en silencio cómo madre e hija se abrazaban con fuerza. Y por primera vez desde que Cupcake la conocía a través de dos vidas, vio llorar a su maestra.
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