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Camino del Extra - Capítulo 149

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  3. Capítulo 149 - 149 La verdad bajo las mentiras 5
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149: La verdad bajo las mentiras [5] 149: La verdad bajo las mentiras [5] La habitación era sencilla: sin ventanas, solo viejos muros de piedra desgastada, agrietados y erosionados como si hubieran sido abandonados durante milenios.

El polvo cubría cada superficie, suspendido en el aire como un recuerdo de podredumbre.

Y, sin embargo, contra una pared, había una cama.

A diferencia de la habitación, la cama parecía casi nueva, cómoda, incluso moderna.

Sobre ella yacía un chico de pelo negro como la obsidiana, dormido.

Junto a la cama, un hombre estaba sentado en una silla de madera, con la pierna derecha sobre la izquierda y los brazos cruzados.

Su pelo era del mismo negro azabache que el del chico; sus ojos, de ónice, impávidos, fijos únicamente en la figura durmiente.

Su expresión era indescifrable.

Solo el tenue resplandor de las antorchas en la pared iluminaba la habitación, proyectando sombras que, inquietantemente, no parpadeaban como deberían.

Era como si el tiempo mismo se hubiera detenido.

Un suave crujido sonó desde la gastada puerta detrás del hombre al abrirse.

Jasmine entró, suspirando suavemente al ver a su padre.

Luego cerró la puerta y se acercó a él.

—…Papá.

Todos afuera están confundidos.

No saben si explorar las islas hundidas e intentar reclamarlas, o si retirarse.

Están perdidos sin ti…, sin tu consuelo.

Su voz contenía un hilo de preocupación.

Joaquín emitió un murmullo de reconocimiento, pero no se giró.

Sus ojos permanecieron fijos en Azriel.

Los labios de Jasmine se crisparon ligeramente ante su silencio.

Miró a su hermano pequeño y se percató por primera vez de la siniestra armadura que llevaba, incluso tumbado en la cama.

Frunció el ceño al observar el sudor en su frente, la expresión tensa de su rostro y su respiración superficial.

—Está teniendo una pesadilla —murmuró Joaquín, anticipándose a su pregunta.

La preocupación de Jasmine se intensificó.

—¿No deberíamos despertarlo?

Joaquín negó con la cabeza.

—Necesita descansar.

Ha estado forzando mucho su cuerpo, exigiendo a su núcleo de maná una y otra vez.

Si no se recupera, esto no terminará bien.

Se mordió el labio, mirando el pálido rostro de Azriel, con la preocupación ensombreciendo sus facciones.

«¿Pero qué estás haciendo?».

Al no encontrar respuesta, se volvió de nuevo hacia Joaquín.

—…Deberías comer algo, al menos.

Trajimos suficiente comida para ti y tus hombres.

Él volvió a negar con la cabeza.

—Dásela a los soldados.

Yo no la necesito.

Jasmine suspiró.

—¿Cuánto tiempo vamos a estar aquí, Papá?

Joaquín la miró brevemente.

—Nos iremos en cuanto tu hermano pequeño despierte.

Parpadeó, sorprendida.

«¿Él también viene?

¿Y así sin más, las islas se quedan sin explorar?».

Dudando, preguntó:
—¿Vas a… quedarte aquí sentado todo el tiempo, solo mirando a Azriel?

—Sí.

Su respuesta fue inmediata, dejándola inquieta.

Negó con la cabeza, esforzándose por entenderlo.

—Papá, en lugar de verlo dormir, quizá sea mejor que termines las cosas ahí fuera…
El silencio llenó la habitación durante varios segundos.

Creyó que no le respondería.

Nunca lograba entenderlo, a su propio padre.

Era un misterio, un muro que nunca podría escalar.

Entonces, inesperadamente, habló con voz queda.

—Es raro que aparezcan tantas grietas del vacío a la vez.

Inesperado… horrible.

Algunas personas fueron absorbidas, otras corrieron y fueron pisoteadas, otras lucharon y murieron.

Pero tu hermano pequeño… él simplemente se quedó quieto.

No por miedo.

Solo… observando.

A Jasmine se le cortó la respiración.

Él nunca había hablado de ese día, nunca había explicado cómo sucedió todo.

Y Joaquín siempre había mantenido que Azriel no estaba muerto, a pesar del día en que se suponía que lo habían perdido para siempre.

—Yo estaba allí, y eso debería haber sido suficiente para él —continuó Joaquín, con la voz cargada de tensión.

—Me aseguré de mantenerlo a salvo, incluso mientras luchaba.

Azriel no dejaba de mirarme, y yo estaba orgulloso.

Pero entonces… dejé de vigilarlo, solo por un instante.

Un único segundo.

Guardó silencio, con la mirada aún fija en Azriel.

—Fue entonces cuando desapareció —murmuró.

—En un segundo, estaba allí, y al siguiente… ya no estaba.

Como si hubiera sido borrado de la existencia.

Un escalofrío atenazó a Jasmine mientras escuchaba.

No encontró palabras para consolarlo, sintiendo la amargura aún alojada en su propio corazón.

Su familia se había hecho añicos hacía mucho tiempo.

Ella, su madre y Joaquín…, todos se habían fracturado de diferentes maneras.

Solo el regreso de Azriel les había dado una brizna de esperanza, una oportunidad de volver a unir las piezas.

Los ojos de Joaquín se entrecerraron.

—Pero nunca hubo una grieta del vacío.

Si la hubiera habido, lo habría sabido.

Habría sentido el cambio en el maná, visto las señales.

No hubo nada.

Azriel simplemente… se desvaneció.

El rostro de Joaquín se endureció, y su tono se agudizó.

—Así que sí, Jasmine, voy a seguir vigilándolo.

Esta vez, no apartaré la mirada.

Ni por un segundo.

No en este lugar… especialmente no aquí, donde cualquier cosa podría pasar.

Un escalofrío recorrió la espalda de Jasmine mientras las sombras de la habitación parecían hacerse más profundas y las llamas de las antorchas parpadeaban salvajemente, como si por fin se hubieran liberado de un agarre invisible.

Por un instante, sintió como si un centenar de ojos invisibles la observaran.

Entonces, tan rápido como empezó, la extraña tensión se disipó.

Joaquín soltó una risa grave y sombría.

—Parece que últimamente me contradigo más a menudo.

Jasmine lo observó, con expresión preocupada.

Suspiró una vez más, con los pensamientos arremolinándose.

«Locos… todos a mi alrededor están locos.

¿Por qué no podía tener una familia normal?».

Miró a Azriel, cuyo rostro seguía contraído como si estuviera atrapado en un sueño terrible.

Su expresión se suavizó.

Quería despertarlo, liberarlo de lo que fuera que atormentaba su sueño, pero no podía desafiar a su padre.

Cuando se dio la vuelta para marcharse, se quedó helada al percibir un débil susurro.

—Yo… me siento mal… duele… por favor… haz que pare…
Los ojos de Jasmine se abrieron de par en par al ver una lágrima deslizarse por el rostro de Azriel.

—Papá…
Su voz estaba teñida de urgencia mientras apretaba los puños, con el corazón dolorido.

«Al diablo con todo.

¡Voy a despertarlo!».

Dio un paso hacia la cama, pero algo la hizo detenerse.

Un silencio espeluznante se había instalado en la habitación, y un frío antinatural le rozó la piel.

Frunciendo el ceño, se volvió hacia Joaquín.

Pero la sangre se le heló.

Él estaba sentado, inmóvil, con los ojos fijos en Azriel, su rostro inalterado…, salvo por una diferencia.

Una flecha negra sobresalía de su espalda, con la punta atravesándole el pecho y la sangre goteando de la herida.

Su voz tembló.

—¿Papá…?

*****
«Me siento mal.

Me siento mal.

Me siento mal.

Es mentira.

No, todo es mentira.

No puede ser verdad…, es una broma, una broma cruel.

Duele, duele…, no, no duele.

Miento.

No, no soy yo…, fui yo.

Sí, no soy yo.

Yo nunca mentí.

No están muertos.

Yo no los maté.

Fui yo…, no “yo”…, fui yo.

Sí… murieron en un accidente de coche.

Yo no los maté.

Solo yo… Ah, de verdad me siento mal.

Duele…, pero no duele.

Me siento mal, me siento mal, me siento mal, me siento mal.

Es todo lo que siento.

Mal.

Mal.

Mal.

Está por todas partes.

Me siento mal.

Me siento mal.

Me siento mal…».

La mente de Azriel nadaba, desorientada y vacía.

Sus pensamientos eran borrosos, fracturados.

Intentó recordar dónde estaba, por qué sentía los miembros como plomo, pero no le venía nada a la mente.

Solo destellos de luz blanca que le quemaban los ojos cada vez que intentaba parpadear…, si es que parpadeaba.

«¿Acaso… aparté la vista?», se preguntó, pero sentía como si no se hubiera movido en absoluto.

Su cuerpo estaba aletargado, entumecido, pero sentía un dolor sordo, como si lo hubieran estirado hasta el límite y dejado secar.

Entonces un pensamiento lo golpeó, agudo y frío.

No podía controlar su cuerpo.

Habría gritado si hubiera podido.

Tenía los labios sellados, la lengua como un peso muerto.

Lo único que aún se movía era su visión, arrastrada a medida que su cabeza giraba.

Estaba encerrado dentro, como una marioneta que mira a través de sus propios ojos.

La habitación a su alrededor parpadeaba, estéril y fría, con sus paredes blancas deslucidas por las duras luces fluorescentes.

A primera vista, parecía la habitación de un hospital, pero algo andaba mal: demasiado limpia, demasiado despojada de toda comodidad.

Ni almohadas, ni mantas, solo un colchón desnudo y frías ataduras de metal alrededor de sus muñecas y tobillos que se clavaban en su piel.

«¿Qué…?

¿Dónde estoy?».

Las paredes estaban flanqueadas por mesas de metal, repletas de instrumentos que brillaban bajo la luz: bisturís, jeringas gruesas, viales vacíos y pinzas.

Frente a él, unos monitores oscuros parpadeaban, mostrando líneas de código que no podía entender; el texto verde se desplazaba sin cesar como un latido maligno.

Intentó tragar, con la garganta seca como la arena, pero no pasó nada.

Incluso ese simple reflejo había desaparecido.

El pánico comenzó a trepar por su mente, un terror frenético que lo invadía todo mientras su visión se tambaleaba con cada giro forzado de su cabeza.

Y entonces… unos pasos.

Un hombre entró en la habitación, ataviado con una bata de laboratorio de un blanco impoluto y con el rostro oculto tras una mascarilla.

Sus guantes relucían bajo la luz, y unas gafas redondas se posaban en su nariz, enmarcando dos ojos de distinto color: uno verde y otro azul.

Eran ojos agudos, analíticos, que lo miraban.

Azriel sintió que su propio cuerpo se congelaba ante la mirada del hombre, atrapado en un terror que ni siquiera podía expresar.

Y detrás de esa mascarilla, Azriel podría haber jurado que el hombre estaba sonriendo.

—Qué chico con suerte —dijo el hombre, con la voz cantarina y una alegría enfermiza.

—Te encontramos a la deriva, roto y solo en el reino del vacío.

Pero no te preocupes.

Inclinó la cabeza, y esa sonrisa se ensanchó bajo la mascarilla.

—No más pesadillas para ti.

Ponte cómodo, Sujeto 666… Ahora estás en buenas manos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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