Camino del Extra - Capítulo 152
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152: Sujeto 666 [3] 152: Sujeto 666 [3] «¿Proyecto Eden…?»
El nombre no le sonaba a Azriel.
No podía recordarlo del libro, aunque dudaba que pudiera seguir confiando en él; sobre todo, después de que su otro yo confirmara que el libro nunca había sido real.
Pensar en ello solo le generaba más preguntas, las cuales apartó rápidamente para escuchar al doctor, que continuaba sin el menor atisbo de preocupación.
—Sabes, 666… Me uní a esta organización, a esta causa, y sigo al Arconte Supremo porque creo en él; en su visión, en su sueño.
Creo que podemos crear un nuevo mundo, uno donde la humanidad sobrevivirá sin desesperación, tragedia ni muerte.
El doctor continuó.
—Hace unos años, una grieta del vacío de fase 1 se abrió cerca de mi casa.
Mi esposa y mi hija estaban fuera ese día, y las criaturas del vacío las encontraron.
Las devoraron como animales, impasibles ante sus gritos y súplicas.
Cuando llegué, ya era demasiado tarde… Los humanos somos demasiado débiles.
Tiene que haber un cambio, y tú, 666… creo que eres parte de ese cambio.
Azriel parpadeó, observando cómo la expresión del doctor se tornaba seria, con su habitual sonrisa borrada.
En su mano sostenía una jeringuilla, pero esta vez el líquido de su interior no era transparente.
Era negro.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Azriel mientras tragaba saliva, con la mirada fija en la jeringuilla.
—Una dosis de Elenium-5 evitará que gastes tu energía en exceso.
Debilitará tu cuerpo, haciendo que el uso de maná sea casi imposible.
Pero esto… —hizo una pausa, levantando ligeramente la jeringuilla—.
Esto no es Elenium-5.
Es algo que he pasado los últimos cuatro años desarrollando, algo para lo que el Arconte Supremo tuvo una visión.
Me concedió todos los recursos que necesité para completarlo.
Azriel observó cómo el líquido oscuro se deslizaba por la aguja y sintió una nueva oleada de pánico mientras apretaba la mandíbula.
—PE-0.
Así es como llamo a esta belleza.
Está diseñado para potenciar temporalmente tu fuerza lo suficiente como para enfrentarte a alguien dos grados superior.
Es una réplica de la sangre de seres que ni siquiera podemos llegar a comprender.
Pero como deriva de tales seres, la mayoría de los humanos no pueden soportarlo… Sufren muertes dolorosas y atroces.
Los ojos del doctor se entrecerraron, escrutando a Azriel, que se estremeció por instinto.
—Así que, me pregunto, 666… ¿sobrevivirás?
Azriel miró la jeringuilla con pavor, pero no se debatió ni entró en pánico.
No tenía sentido.
Ya se había resignado a lo que fuera que pasara allí.
El dolor era solo dolor; ya había soportado más que suficiente por hoy.
Si dolía, quizá al menos lo distraería de aquello de lo que intentaba escapar en su mente.
Sin decir palabra, Azriel giró la cabeza y volvió a mirar hacia arriba.
El doctor parpadeó, sorprendido por su docilidad, y luego se rio.
—Bueno, sabía que mis instintos sobre ti no se equivocaban.
Confío en ti, 666… Confío en que sobrevivirás a esto.
Lo siguiente que sintió Azriel fue la aguja perforando su piel y el líquido negro filtrándose en su brazo.
Entonces… todo su brazo empezó a arder.
La sensación creció de forma constante, y el dolor aumentó hasta volverse insoportable.
Azriel apretó los dientes, cerrando los ojos con fuerza mientras se retorcía de agonía.
El dolor se intensificó, extendiéndose por todo su cuerpo, hasta que gemidos ahogados escaparon de su boca.
Abrió sus ojos inyectados en sangre, sintiendo el fuego consumir todo su ser.
—¡Mmfgh!
Se mordió con fuerza, clavándose los dientes en el labio mientras su cuerpo se convulsionaba de agonía.
Era como si estuviera hirviendo vivo, con la piel ampollándose y derritiéndose desde dentro.
Cuando echó un vistazo a su brazo derecho, vio gruesas venas negras que palpitaban y se extendían por su cuerpo; incluso por su cara.
—¡Mgn… ARGH!
No pudo contenerse más y lanzó un grito espeluznante mientras sentía su cuerpo consumido por un dolor inimaginable, donde cada segundo era una tortura que no podía soportar.
—Aguanta, 666… Pronto acabará.
Apenas distinguió la voz del doctor a través de la neblina.
Ya no sentía ira; lo único que quería era que el dolor terminara.
«Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.
Me duele.»
Dolía más allá de lo que creía posible, empujándolo al borde de la locura.
Su consciencia se desvanecía, perdiéndose más con cada segundo de agonía.
«Si te quiebras, todo habrá sido para nada», resonó una voz en su mente.
«Todo esto se desperdiciará.
Así que no… pierdas la cabeza, Azriel.»
De repente, un pensamiento surgió en su mente: su otro yo, el que había arrebatado las vidas de la familia Karumi.
De entre todos sus recuerdos, fue ese el que afloró, justo cuando estaba al borde de perderse a sí mismo.
«Así que, por favor… vive».
Por alguna razón, no pudo ignorar esas palabras, especialmente la última.
Azriel se armó de valor.
Apretó los dientes, con el rostro enrojecido y el cuerpo recorrido por nauseabundas venas negras.
Sus ojos se habían inyectado en sangre, casi tan carmesíes como sus pupilas.
Pero se negó a gritar de nuevo.
Al percatarse del cambio en la expresión de Azriel, los ojos del doctor se abrieron de par en par, con un visible destello de esperanza.
—No te me mueras, 666… ya casi estás… ¡casi!
La voz del doctor apenas llegaba a Azriel, que solo podía oír una cosa, una y otra vez.
«Vive.
Vive.
Vive.
Vive.
Vive…».
Sobreviviría.
No iba a morir allí, ni ahora.
Ni nunca.
Y entonces, tras lo que pareció una eternidad de ardor, el dolor comenzó a desvanecerse.
En el instante en que lo hizo, Azriel boqueó en busca de aire, con el pecho agitado mientras yacía empapado en sudor.
Las venas de su cuerpo retrocedieron, sin dejar rastro del tormento.
Una voz irrumpió a su lado.
—Ha sido un éxito… un verdadero éxito.
Potenciar la fuerza de alguien hasta tal punto… ¡es posible!
El doctor parecía agotado, como si hubiera soportado el dolor junto a Azriel, pero su rostro estaba iluminado por el triunfo.
—Lo has hecho genial, 666… magnífico, de hecho.
Azriel apartó la cabeza, sin decir nada mientras intentaba calmar su respiración.
«Estoy vivo…».
Eso era todo lo que importaba.
Aunque esto fuera solo un recuerdo, Azriel no quería morir allí.
No sabía qué pasaría si lo hacía, qué podría ser de su cuerpo real, que seguía durmiendo.
«¿Cuánto tiempo habrá pasado allí…?
No será el mismo que aquí…».
Mientras se distraía del dolor persistente, sus pensamientos se volvieron turbulentos.
No tenía ni idea de si el tiempo se movía más lento o más rápido allí que en el reino del vacío con Joaquín y Jasmine.
Y Joaquín seguía en peligro…
Sacudió ligeramente la cabeza.
«No puedo hacer nada al respecto.
Solo aquí».
—No podemos desperdiciar esta oportunidad, 666.
Debes sentirte fuerte, como si pudieras derribar montañas.
Vamos… a poner a prueba tus límites.
El doctor se levantó y soltó las ataduras de Azriel.
Azriel se inclinó hacia delante, frotándose las muñecas.
«Tiene razón… Nunca me he sentido tan fuerte».
A pesar del dolor que había soportado, Azriel sintió una intensa oleada de poder.
Miró al doctor y consideró brevemente atacarlo, pero desechó la idea.
«Se acabaron las decisiones precipitadas».
Se levantó de la cama, todavía vestido con la bata de hospital, y siguió al doctor fuera de la habitación, con paso firme esta vez.
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