Campione AU! - Capítulo 1
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
1: Prologo 1: Prologo La vida de Mateo Vargas no fue fácil, pero fue suya.
Desde joven supo lo que era luchar por cada cosa: el pan en la mesa, los estudios nocturnos tras un largo turno de trabajo, el amor que encontró en una compañera tan testaruda como él, y la sonrisa de sus hijos cuando lo esperaban al volver del trabajo.
No fue un héroe, ni un santo.
Fue un hombre común, con errores, aciertos, orgullo y cicatrices.
Su historia se escribió en páginas sencillas: un matrimonio que resistió los embates del tiempo, una casa que se levantó ladrillo a ladrillo, noches de desvelo y días de esfuerzo.
A pesar de los retos, supo encontrar la satisfacción en las pequeñas cosas: una comida caliente, un abrazo, la risa de sus nietos en los últimos años.
Murió rodeado de amor, de paz, de agradecimiento por haber vivido.
Y sin embargo…
No fue el fin.
Donde esperaba hallar el juicio final, la luz divina o siquiera el olvido eterno, encontró otra cosa.
Dolor.
Gritos.
Frío.
Un momento estaba cerrando los ojos para siempre, y al siguiente, los abría…
llorando.
Un llanto agudo, desesperado, salido de su propia garganta.
El rostro de una mujer joven que no conocía, sosteniéndolo con ternura.
Un hombre orgulloso a su lado, pronunciando un nombre con lágrimas en los ojos: —Bienvenido al mundo, Mateo.
La sorpresa fue tal que, por un instante, creyó estar soñando.
¿Un recién nacido?
¿Él?
¿Otra vez?
¿Con el mismo nombre?
No recordaba haber creído en la reencarnación, pero ahí estaba.
La conciencia de un hombre mayor, atrapada en el cuerpo de un bebé.
Y así, comenzó de nuevo.
No hubo voces divinas, ni misiones impuestas.
Solo la cruda realidad de volver a gatear, a aprender a hablar, a crecer.
Y Mateo lo aceptó, no con resignación, sino con la misma determinación con la que vivió su primera vida.
Si le habían dado una segunda oportunidad…
entonces la aprovecharía.
Lo que no sabía, era que esta nueva vida no sería como la anterior.
Este mundo era diferente.
Sutilmente.
Misteriosamente.
Y su destino no sería el de un simple hombre común.
La infancia, en su primera vida, fue difícil.
La pobreza, el abandono, la necesidad de madurar demasiado pronto…
todo eso había marcado al Mateo original como una sombra constante.
Por eso, cuando comenzó de nuevo, lo primero que notó fue la diferencia.
Su madre era dulce, siempre con una canción en los labios.
Su padre, firme pero justo, lo alzaba en brazos como si llevara al mundo entero con orgullo.
Tenía abuelos amorosos que lo colmaban de regalos, dulces y cuentos.
Había risas en casa, abrazos al llegar de la escuela, y noches tranquilas bajo cobijas cálidas.
Era, sin lugar a dudas, una vida feliz.
Y Mateo la vivió con una mezcla de agradecimiento y asombro.
Ya no tenía que pelear por cada pedazo de pan, ni esconderse de un mundo hostil.
Por primera vez, podía simplemente…
ser un niño.
La escuela fue otro terreno fácil de conquistar.
Con la mente adulta que aún habitaba en su interior —aunque oculta tras la fachada de inocencia—, las matemáticas eran un juego, los idiomas una costumbre, y la historia un repaso.
Pronto, los maestros comenzaron a notarlo.
—Es un prodigio —decían—.
Nunca hemos visto un niño con esta capacidad.
Mateo se esforzaba por no parecer demasiado adelantado.
No quería llamar demasiado la atención.
Pero aún con sus intentos por disimular, su nombre pronto comenzó a brillar entre sus compañeros.
Lo admiraban, lo buscaban, querían estar a su lado.
Tenía amigos, respeto, cariño…
y libertad.
Y lo más importante: tenía tiempo.
Tiempo para disfrutar los pequeños placeres que no tuvo en su vida anterior.
Jugar al atardecer, leer libros por gusto, construir castillos con bloques, abrazar a sus padres sin miedo a perderlos.
A veces se detenía, al borde de una siesta o en medio de una risa con sus amigos, y pensaba: “Esto…
esto es lo que me faltó.” Y aunque no olvidaba quién había sido, aunque los recuerdos de su vejez a veces lo visitaban como sueños extraños, Mateo aceptó ese nuevo comienzo con gratitud.
No tenía respuestas, ni las buscaba.
Había decidido vivir.
Solo vivir.
Lo que no sabía…
era que el destino no se había olvidado de él.
Que los dioses, aún dormidos en los pliegues del mundo, esperaban el momento justo.
Y el sol, en lo alto, había comenzado a moverse.
La infancia de Mateo fue un remanso de paz.
La adolescencia, en cambio, fue…
ruidosa.
Su genialidad no desapareció al crecer.
Todo lo contrario, floreció con más fuerza.
Se convirtió en el tipo de joven que atraía miradas sin proponérselo: inteligente, calmado, seguro de sí mismo, con una sonrisa fácil y una mente aguda.
Era el chico al que todos querían cerca, ya fuera para resolver un problema, pedir un consejo o simplemente compartir el almuerzo.
Y las chicas, inevitablemente, empezaron a acercarse.
Primero con tímidos saludos, luego con preguntas más personales, y finalmente, con invitaciones claras: una cita, un paseo, un café después de clases.
Al principio, Mateo se mostró reacio.
No por arrogancia, sino por respeto.
Sabía que en esa etapa de la vida, los sentimientos eran frágiles, pasajeros, muchas veces dictados más por la emoción del momento que por algo real.
Él ya había vivido lo que era el amor verdadero.
Sabía cuánto dolía cuando era auténtico…
y cuánto vacío podía dejar cuando solo era un juego.
Pero no podía encerrarse para siempre.
Con el tiempo, aceptó algunas invitaciones.
No todas, ni muchas, solo las que sentía que merecían una oportunidad.
Fue amable, atento, incluso romántico cuando lo ameritaba.
Siempre honesto.
Nunca prometió más de lo que sentía.
Y, aun así, los rumores empezaron.
—Ese Mateo, es un Playboy —murmuraban los chicos, más por celos que por verdad—.
Siempre está con alguna chica distinta.
Mateo no les prestaba atención.
Las palabras resbalaban sobre él como el agua sobre una piedra.
¿Por qué habría de explicar sus razones a quienes no entendían ni la mitad de lo que cargaba en su interior?
Porque, a pesar de su popularidad, nunca cimentó una relación duradera.
No porque no quisiera.
Sino porque las chicas, en su mayoría, aún estaban descubriéndose a sí mismas.
Muchas buscaban emoción, validación, o simplemente la idea romántica del “chico perfecto”.
Y Mateo…
no buscaba ser una etapa en la vida de alguien.
Él quería algo más profundo.
Algo que valiera la pena mantener.
Algo que no dependiera de apariencias, popularidad o caprichos adolescentes.
Así, sus días transcurrieron entre estudios, amistades genuinas y romances fugaces que nunca calaron hondo.
Aunque hubo momentos de ternura, de cariño auténtico, en su corazón aún se sentía solo.
No triste, pero sí consciente de que nadie a su alrededor lo veía por completo.
Porque aunque su cuerpo era joven, su alma era vieja.
Y el mundo aún no le había mostrado el motivo real de su segunda oportunidad.
Pero el reloj seguía avanzando.
Y con cada campanada invisible, el destino se acercaba.
El último año de preparatoria llegó más rápido de lo que Mateo esperaba.
Para muchos, era un tiempo de nostalgia, de incertidumbre por el futuro, de fiestas, amores fugaces y promesas de eternidad que rara vez se cumplían.
Para él, era otro paso lógico en el camino.
Las chicas seguían rodeándolo como siempre.
Algunas nuevas, otras que ya lo conocían desde años atrás.
Sus intenciones eran claras: una cita, una oportunidad, un “a lo mejor sí funcionamos esta vez”.
Mateo no era frío, ni distante.
Escuchaba, conversaba, salía con algunas.
Se esforzaba en darles una oportunidad genuina, sin prejuicios.
Pero, al final, el resultado era el mismo.
Ninguna relación prosperaba.
No por falta de afecto, ni por una incapacidad suya para conectar.
Era más profundo que eso.
Era…
una cuestión de sincronía emocional.
La mayoría de las chicas con las que salía eran dulces, brillantes, incluso cariñosas.
Pero aún estaban definiéndose, aún buscaban en otros lo que no habían encontrado en sí mismas.
Para Mateo, eso hacía que cada cita se sintiera como una obra de teatro.
Él era el galán en escena, pero al bajar el telón, quedaba en el mismo lugar de siempre: observando desde la platea de su experiencia, sabiendo que ese amor no era suyo, sino una ilusión proyectada en él.
—¿No piensas tener novia en serio?
—le preguntó uno de sus amigos un día, en tono de burla—.
Ya pareces estrella de telenovela.
—No es eso —respondió Mateo, con media sonrisa—.
Es que quiero que sea real.
No algo que dure lo mismo que una moda.
A sus ojos, el amor era algo que debía construirse con cimientos, no sobre impulsos.
Y mientras otros se preocupaban por a dónde irían o si siquiera quedarían en la universidad, Mateo ya tenía su camino claro.
El examen de admisión fue una formalidad.
Sus conocimientos, cultivados desde niño con una mente adulta y aguda, lo colocaron sin esfuerzo dentro de una de las universidades más prestigiosas de la Ciudad de México.
Era una institución que exigía excelencia, y Mateo cumplía con creces.
Sus padres lloraron de emoción.
Sus abuelos le compraron un reloj nuevo.
Sus amigos lo celebraron como si hubiera ganado una medalla olímpica.
Pero él…
él simplemente se sintió listo.
Preparó sus cosas con una emoción serena.
El uniforme, los útiles, el horario.
Su mochila nueva descansaba junto a la puerta.
No era una emoción de niño, sino un fuego suave, maduro.
Un nuevo capítulo empezaba.
Había conquistado la infancia.
Había sorteado la adolescencia.
Y ahora, estaba por iniciar la etapa que, creía él, definiría el rumbo de su vida.
Lo que no sabía…
Era que el mundo que lo había acogido con tanta calma, estaba a punto de mostrarle su verdadero rostro.
Uno donde los mitos caminaban, donde los dioses rugían, y donde su destino, sellado desde antes de nacer de nuevo, estaba por despertarse.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.
Mi patreon: SeathScale
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com