Campione AU! - Capítulo 10
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10: Regreso a casa 10: Regreso a casa Después de un largo viaje, Mateo finalmente regresaba a casa, acompañado por las dos chicas que ahora eran parte fundamental de su vida: Ingrid y Kasumi.
El sol de la tarde bañaba las calles familiares de la Ciudad de México cuando descendieron del taxi.
Mateo caminaba con paso tranquilo, la mano de Ingrid entrelazada con la suya, firme y segura.
Del otro lado, Kasumi le tomaba del brazo con suavidad, caminando algo más pegada de lo que uno esperaría de una “amiga”, aunque con el rostro sonrojado mientras intentaba mantener la compostura.
Cuando llegaron al hogar de los Vargas, la puerta se abrió al instante.
Los padres de Mateo los esperaban con los brazos abiertos y sonrisas cálidas.
—¡Hijo!
¡Estás de vuelta!
—exclamó su madre, abrazándolo con fuerza.
—Nos tenías preocupados, ¿eh?
—añadió su padre, dándole un golpecito en el hombro con expresión paternal orgullosa.
Ambos adultos no tardaron en notar a Ingrid, que permanecía firmemente tomada de la mano de Mateo, luciendo una sonrisa tranquila pero triunfante.
—¿Y ella es…?
—preguntó la madre, ya sospechando.
—Soy Ingrid, mucho gusto —dijo con elegancia y voz suave—.
Y sí… soy la novia de su hijo.
La madre de Mateo dio un pequeño grito ahogado de felicidad, abrazando a Ingrid con una energía maternal explosiva, mientras el padre reía.
—¡Por fin!
¡Una chica que se le lanza con decisión a nuestro muchacho!
Mateo se rascó la nuca, algo avergonzado, pero feliz de ver la aprobación de sus padres.
Fue entonces que sus miradas se dirigieron a Kasumi, que aún se aferraba con delicadeza al brazo de Mateo, ruborizada y nerviosa.
—Oh, y tú debes ser… ¿una amiga?
—preguntó el padre, con una ceja alzada.
Kasumi, con una reverencia educada, contestó en un español fluido y respetuoso: —Mucho gusto.
Soy Kasumi, Hime Miko al servicio de Mateo-sama.
—¿Mateo-qué?
—repitió la madre, confundida por el honorífico japonés.
—Es una forma de respeto en su cultura —intervino Ingrid con tono travieso, antes de mirar a Kasumi y añadir con una sonrisa juguetona—.
Aunque… también lo dice porque está muy interesada en nuestro Mateo.
Mateo se atragantó con su propia saliva, mientras Kasumi se sonrojaba violentamente, soltando el brazo de Mateo y cubriéndose la boca en señal de nervios.
—¡I-Ingrid!
¡No digas esas cosas tan directo!
—exclamó Kasumi con voz temblorosa.
—¿Así que tenemos un posible triángulo amoroso aquí?
—dijo la madre con brillo en los ojos, entre emocionada y dramática— ¡Dios mío, esto parece una novela coreana!
—Ya se armó la telenovela en casa —comentó el padre, cruzando los brazos con una sonrisa divertida.
Mateo, totalmente rojo, suspiró y murmuró: —Y apenas estamos entrando a casa…
Todos rieron.
La tensión se disipó con la calidez de una cena en familia, donde Ingrid charlaba animadamente con la madre de Mateo, y Kasumi se sentaba junto a Mateo, robándole miradas tímidas pero cada vez más frecuentes.
Mateo, por su parte, sentía una mezcla de confusión y alegría: su vida había dado un giro completo… pero por primera vez, se sentía realmente en casa.
Los días en la Ciudad de México transcurrían con relativa calma.
Sin amenazas sobrenaturales ni dioses herejes a la vista, Mateo finalmente pudo disfrutar de un descanso merecido… y, más importante aún, del tiempo con aquellas que le eran más cercanas.
La primera en recibir su atención fue Ingrid, su pareja oficial desde Japón.
Mateo la llevó a diversos rincones de la ciudad, comenzando con una cena en un restaurante con vista panorámica de la ciudad iluminada.
Compartieron platillos, risas, miradas cómplices y caricias sutiles bajo la mesa.
Pasearon por parques, visitaron el Bosque de Chapultepec, fueron al cine y se sentaron en la azotea de un edificio antiguo para ver el atardecer.
Ingrid, abrazada a su brazo, sonreía de forma que jamás lo había hecho antes, feliz de tener esos momentos íntimos con su rey.
—Es extraño —dijo una tarde, mientras compartían un helado en el parque—.
Nunca imaginé que tendría algo tan… normal.
Pero contigo… me encanta.
Mateo respondió con una sonrisa y un beso suave que selló ese pensamiento.
A diferencia de Ingrid, Kasumi venía de un mundo más tradicional y reservado.
Mateo lo tuvo en cuenta y planificó sus salidas con un aire más sereno, cultural y acogedor.
Visitaron el Zócalo, la Catedral, el Museo Nacional de Antropología… y también pequeños pueblos mágicos cercanos donde Kasumi se maravillaba con las tradiciones mexicanas, la comida, los trajes coloridos y la calidez de la gente.
Mateo notaba cómo los ojos de Kasumi brillaban cuando hablaba de su familia, de su entrenamiento como Hime Miko y de cómo México le parecía un país lleno de espíritu y vida.
—Gracias por mostrarme todo esto, Mateo-sama —decía con un leve rubor en las mejillas.
—No me digas “sama”, Kasumi.
Ya no necesitas tanta formalidad conmigo —respondía él, riendo.
—Entonces… ¿Mateo-kun?
—Mucho mejor.
Kasumi reía tímidamente, cubriéndose la boca con las manos, encantada.
Uno de esos días, paseaban por un parque tranquilo, donde el sonido del agua de una fuente antigua marcaba el ritmo de su caminata.
Las hojas caían suavemente, creando una alfombra otoñal a su alrededor.
Kasumi había estado callada, como si reuniera fuerzas.
Finalmente, detuvo sus pasos, miró a Mateo con decisión, aunque sus mejillas estaban encendidas.
—Mateo-kun… desde que llegué a este país, he sentido algo que no puedo ignorar.
Al principio no lo comprendía, pero ahora lo sé.
Me gustas.
Me gustas mucho, y si tú me lo permites… me gustaría estar a tu lado, no solo como tu Hime Miko… sino también como tu pareja.
Mateo quedó en silencio por unos segundos, observándola con ternura.
—¿Estás segura, Kasumi?
Sé que es una decisión importante… y no quiero que sientas que estás obligada solo porque estás cerca de mí.
Kasumi negó con la cabeza, avanzó un paso y tomó las manos de Mateo.
—No es por deber.
Es porque quiero.
Tú eres mi rey… pero también eres el hombre al que elegí querer.
Esas palabras tocaron algo profundo en Mateo, quien finalmente asintió con una sonrisa.
—Entonces, será un honor… caminar este camino contigo.
Kasumi soltó una pequeña exclamación de alegría, antes de cerrar los ojos y acercarse lentamente.
Mateo la recibió con un beso delicado, tradicional y lleno de cariño, en medio del parque tranquilo, como si el mundo entero se hubiera detenido a ver ese instante.
La tarde era tranquila mientras Mateo y Kasumi regresaban a casa tomados de la mano, sus rostros ligeramente sonrojados por lo reciente de su nueva relación.
Ambos caminaban con calma, compartiendo miradas cómplices y una comodidad que sólo el amor recién florecido puede brindar.
Al abrir la puerta, Ingrid los estaba esperando, de pie con los brazos cruzados y una sonrisa que mezclaba travesura y ternura.
Al verlos entrar, al instante notó el cambio en la forma en que se miraban y caminaban juntos.
—Bueno, bueno, parece que alguien por fin se decidió —dijo con tono juguetón.
Kasumi se sonrojó profundamente, pero no soltó la mano de Mateo.
—Ingrid-san… yo… sí, Mateo-kun y yo estamos… juntos ahora.
Ingrid se acercó con pasos tranquilos, observó la conexión entre ellos y sonrió con dulzura, como una hermana mayor orgullosa.
—Me alegra mucho.
De verdad.
Kasumi, bienvenida oficialmente a la locura que es amar a este rey.
—Y, girándose a Mateo, le dio un beso ligero en la mejilla—.
Felicidades, amor.
Supiste elegir bien otra vez.
Kasumi, algo avergonzada, agradeció con una leve inclinación.
—Gracias, Ingrid-san.
Haré lo mejor que pueda.
—Nada de “san”, solo Ingrid.
Ya somos… hermanas sentimentales, ¿no?
—rió Ingrid, causando que ambas chicas compartieran una carcajada ligera.
Mientras todos se dirigían al comedor, los padres de Mateo notaron la energía amorosa en el aire.
Su madre, mientras servía la comida, los observaba con atención… y una ceja alzada.
—Mateo, hijo… ¿ya vas por la segunda?
Su padre soltó un largo suspiro, aunque su sonrisa no se borraba del rostro.
—Nos va a salir mujeriego este muchacho.
—¡Oigan!
¡No es así!
—dijo Mateo, levantando las manos en señal de protesta mientras todos se reían.
—No lo niegues —añadió Ingrid con tono burlón—.
Eres nuestro rey.
Y aparentemente, el rey de los corazones también.
Kasumi, aunque tímida, no podía ocultar la sonrisa boba en su rostro, mientras bajaba la mirada.
Pero no tardó en decir: —Mateo-kun es muy especial.
Es difícil no enamorarse de él… Esa frase fue como un puñal cariñoso para Mateo, quien casi se atraganta de la impresión.
—¡Kasumi!
¡Tú también!
—Lo siento… es la verdad.
La madre de Mateo rió abiertamente.
—Ay, hijo… como sigas así, vas a tener que construir otro piso para todas tus novias.
—¡Mamá!
—Y preparar una estrategia diplomática para evitar conflictos amorosos —añadió el padre con tono serio y brazos cruzados, como si fuera un general en una guerra romántica.
La cena se convirtió en una batalla campal de chistes, risas y comentarios sarcásticos, donde Mateo hacía lo posible por limpiar su nombre mientras sus padres e Ingrid lo hundían aún más… y Kasumi empezaba a adaptarse perfectamente a la dinámica familiar, riendo cada vez más libremente.
Ese ambiente tan humano y cálido fue justo lo que necesitaban antes de que nuevos desafíos aparecieran.
El sol matutino entraba por la ventana de la habitación de Mateo cuando su teléfono vibró con una notificación.
Medio adormilado, estiró la mano y, al ver la pantalla, sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Ya tan pronto…?
Era un correo de su universidad: las reparaciones habían concluido y las clases se reanudarían la próxima semana.
Mateo soltó un suspiro profundo, sabiendo que la vida normal —o al menos lo más cercano a eso— estaba por regresar.
Durante el desayuno, compartió la noticia con Ingrid y Kasumi.
—Entonces ya no tendremos tiempo libre como antes —dijo Mateo, mientras removía su café—.
Tendré que volver a clases.
Ingrid apoyó la barbilla en su mano, observándolo con una sonrisa traviesa.
—Entonces iremos contigo.
—¿Eh?
Kasumi asintió suavemente, con una sonrisa cálida.
—Queremos estar contigo todo el tiempo posible… además, no queremos perder de vista a un Campione tan importante.
Mateo las miró, conmovido por su determinación y cariño.
—Gracias… de verdad.
Eso significa mucho para mí.
Ambas chicas sonrieron al unísono, felices de que Mateo aceptara sin reservas.
Los días siguientes se llenaron de papeleos, visitas a oficinas académicas, compra de útiles escolares y ajustes de último minuto.
Ingrid, con su elegancia natural, manejaba cada trámite con rapidez y carisma, logrando incluso que la burocracia mexicana se sintiera eficiente.
Kasumi, por su parte, se mostraba seria pero curiosa con cada paso del proceso, anotando todo lo que debía saber.
Aunque venía de otra cultura, se estaba adaptando con esfuerzo y entusiasmo, decidida a formar parte de esta nueva etapa junto a Mateo.
—No puedo creer que vamos a tener clases normales —comentó Ingrid mientras observaba unos uniformes—.
Después de peleas con dioses y viajes internacionales… esto se siente surreal.
—Tal vez sea lo más cercano a una vida normal que podamos tener —respondió Mateo, con una pequeña sonrisa nostálgica.
—¿Y qué harás si un dios decide aparecer mientras estás en clase?
—preguntó Kasumi, levantando una ceja.
Mateo se rió suavemente.
—Entonces tendré que pedir permiso para salir… y luego salvar el mundo.
Las tres carcajadas se mezclaron mientras caminaban por la tienda de útiles.
El contraste entre lo mundano y lo épico era algo que ya empezaban a ver como parte de su día a día.
Con los útiles listos y las inscripciones finalizadas, los últimos días antes del inicio de clases los dedicaron a disfrutar lo que quedaba del tiempo libre.
Visitaron cafeterías, fueron al cine, e incluso se permitieron una pequeña escapada a un parque ecológico para relajarse.
Aunque sabían que el semestre venía con responsabilidades y horarios, también sabían que su vínculo como equipo —y como pareja— sería más fuerte que cualquier rutina escolar.
Mateo, mientras observaba a Ingrid y Kasumi charlando animadamente en la banca del parque, no pudo evitar sonreír.
—La universidad va a ser interesante… pero con ellas a mi lado, sé que nada será imposible.
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