Campione AU! - Capítulo 13
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13: Czernobog 13: Czernobog La llegada a Rusia fue silenciosa, demasiado silenciosa.
El cielo estaba cubierto de nubes negras como el hollín, y el aire olía a muerte.
Las ciudades que alguna vez fueron símbolo del poder soviético ahora eran solo cementerios sin nombre.
Los portales mágicos abiertos en la frontera descargaron a Mateo, Ingrid y Kasumi en una base improvisada de lo que quedaba de la comunidad mágica internacional.
Y lo primero que encontraron no fue una bienvenida… sino gritos.
— Dentro del búnker, los políticos rusos y miembros de otras comunidades mágicas discutían acaloradamente.
La tensión podía cortarse con un cuchillo.
—¡Este desastre es responsabilidad del gobierno ruso!
—gritó un representante de Francia.
—¡Miles de muertos por su orgullo!
¡¿Esperaban que no reaccionáramos?!
—¡Basta!
—rugió Mateo, entrando al salón.
El aire cambió inmediatamente.
Su sola presencia impuso silencio.
Y cuando habló, lo hizo con la voz de un Campione… y la autoridad de un dios.
—No vine aquí a señalar culpables.
Vine a ponerle fin a este infierno.
Si quieren pelear entre ustedes, háganlo después de que el enemigo esté muerto.
Pero si realmente desean salvar lo que queda de este país… entonces cállense y déjenme hacer mi trabajo.
Un brillo dorado recorrió su cuerpo.
La autoridad de Quetzalcóatl, dios de la sabiduría y el orden, surtió efecto: Los corazones se calmaron.
Las emociones se estabilizaron.
Y por primera vez en semanas, los presentes pudieron pensar con claridad.
— Mateo no perdió más tiempo.
—Ingrid, coordina con las comunidades.
Usa las líneas mágicas para mantenerme informado si Czernobog cambia de dirección.
—Kasumi, quédate en el búnker.
Si algo sale mal… necesitaré tu magia más que nunca.
—Ten cuidado, Mateo —dijo Kasumi, con un tono más íntimo, tomando su mano.
—Regresa entero, por favor… —susurró Ingrid, sin soltarlo.
Mateo las miró a ambas, con una mezcla de ternura y determinación.
—No se preocupen.
A este dios… yo sí lo voy a hacer arrodillarse.
Con paso firme, se internó en el campo de ruinas y sombras donde lo esperaba el enemigo.
A lo lejos, la oscuridad pulsaba como un corazón maldito.
Torres caídas, cadáveres envueltos en escarcha oscura, el suelo temblando bajo los pasos de una entidad que no pertenecía al plano mortal.
Y entonces lo vio.
Czernobog.
Un dios alto, pálido, de ojos vacíos y cuernos negros curvados como la media luna.
De su cuerpo salían sombras densas, que devoraban todo a su paso.
El dios lo miró… y sonrió.
Una sonrisa que no mostraba emoción alguna.
Solo la certeza de que la muerte era inevitable.
—Humano… ¿acaso viniste a morir?
Mateo sonrió con fiereza, y la luz dorada de su autoridad iluminó el campo de batalla.
—No.
Vine a matarte.
El cielo era ceniza.
La tierra, hueso.
Y en medio de la devastación, dos figuras se enfrentaban.
De un lado, Czernobog, el dios eslavo de la oscuridad, la fatalidad y la ruina.
De otro, Mateo Vargas, el Campione de México, envuelto en un halo dorado de divinidad ardiente.
El ambiente era tan denso de energía mágica que el aire mismo cortaba como cuchillas.
Desde el búnker subterráneo, Ingrid y Kasumi observaban todo a través de un espejo mágico, mantenido por los magos de soporte de Europa del Este.
Ambas estaban sentadas, rígidas.
Kasumi apretaba sus manos contra su regazo.
Ingrid mantenía una expresión impasible, pero sus labios estaban blancos de tanta presión.
Y entonces… el primer golpe.
Czernobog alzó una mano… y el mundo se oscureció.
Literalmente.
Una oleada de sombra absoluta barrió el campo como un tsunami, intentando devorar a Mateo.
Pero el joven Campione ya estaba en movimiento.
—¡Autoridad de Viento, Aceleración Celeste!
—gritó.
Su cuerpo se volvió un borrón dorado, surcando entre la oscuridad con velocidad imposible.
Cada paso dejaba una estela de energía pura.
Czernobog gruñó.
Su autoridad se deformó en una lanza de tinieblas, y la lanzó directo al pecho de Mateo.
Mateo desvió el ataque con su espada espiritual —un arma formada por su propia voluntad—, pero no sin consecuencias.
El impacto lo lanzó contra un muro de piedra, que se derrumbó por completo.
Kasumi contuvo el aliento.
Ingrid se aferró al borde del asiento, sin parpadear.
Mateo se levantó, con sangre en los labios.
Su brazo izquierdo colgaba con dificultad.
—Entonces es en serio… bien.
Vamos con todo.
—¡Autoridad de Ryujin: Armadura del Abismo Marino!
Un aura azul oscuro envolvió su cuerpo.
Escamas de energía cubrieron su torso y brazos, protegiéndolo de la corrupción mágica de Czernobog.
Czernobog rugió, y la tierra se partió en dos.
De los escombros surgieron brazos negros, espectros invocados por su presencia.
Mateo corrió, atravesando las filas de sombras con su espada en alto.
Cada tajo era un grito.
Cada impacto, un trueno.
Finalmente, sus espadas chocaron.
El sonido fue como el estallido de una estrella.
Czernobog invocó su autoridad más devastadora: “La Muerte Silente”, una neblina que devora vida lentamente, imposible de escapar.
Mateo, atrapado, tuvo que usar su cuerpo como escudo.
Activó la Autoridad de Tlaloc para invocar tormentas, buscando disipar la niebla.
Pero el precio fue alto.
Una explosión desgarró el campo.
Cuando el humo se disipó, Mateo estaba de rodillas, con un brazo carbonizado por la energía oscura y una profunda herida en el abdomen.
En el búnker, Kasumi se llevó las manos a la boca, temblando.
Ingrid cerró los ojos, una lágrima traicionera escapando de su rostro.
Pero Mateo… sonrió.
—Gracias por esto, Czernobog.
Porque ahora… estoy listo.
— “Autoridad de Quetzalcóatl: Sol Sagrado.” La herida en su cuerpo ardía como lava.
Sus huesos crujían.
Pero una inmensa luz descendió del cielo.
Mateo se elevó, cubierto en llamas doradas.
Sus ojos brillaban con el juicio de los dioses.
Y con un último grito… descendió como un meteoro.
—¡POR LOS CAÍDOS!
¡POR LOS VIVOS!
Su espada atravesó el pecho de Czernobog.
El dios gritó.
Su esencia se dispersó como humo maldito.
Y luego… silencio.
Mateo cayó de rodillas, jadeando, su cuerpo lleno de cortes, quemaduras y una herida que sin duda dejaría cicatriz.
Ingrid y Kasumi corrieron hacia él segundos después de que fuera teletransportado de regreso.
Kasumi lo abrazó entre lágrimas, usando toda su magia para curar lo que pudiera.
Ingrid, de rodillas frente a él, le sostuvo el rostro con ternura.
—Lo lograste… —susurró.
—Sí… pero no sin precio.
Mateo se desmayó, exhausto.
Y mientras dormía, la luz dorada de Pandora volvía a envolverlo.
Oscuridad.
Silencio.
Una vez más… el Reino de Pandora.
El cuerpo de Mateo, aún ensangrentado y con heridas abiertas, flotaba en un limbo dorado y etéreo.
Frente a él, como una figura hecha de pura luz infantil, apareció Pandora, con su inconfundible sonrisa curiosa y ojos brillantes de emoción.
—¡Mi querido y valiente Campione!
¡Lo lograste otra vez!
—exclamó girando sobre sí misma—.
Derrotaste a Czernobog, ¡un dios oscuro temido incluso entre los suyos!
Mateo, con algo de esfuerzo, se incorporó y la miró con una sonrisa cansada.
—No fue fácil… pero lo logré.
Pandora aplaudió emocionada.
—Y por eso, como siempre… ¡reclamas su poder!
Aunque solo uno resonó con tu alma.
Pero qué poder, Mateo.
¡Una Autoridad temible y poderosa!
Mateo asintió, sintiendo ya el poder acechando en lo más profundo de su ser, como una sombra que aguardaba órdenes.
—Estoy listo, Pandora.
La niña-diosa extendió las manos.
Un círculo de luz y sombra giró en torno a Mateo, envolviéndolo en un remolino de energía oscura mezclada con destellos dorados.
En su mente, una frase antigua resonó: > “En mi voz duerme la noche sin luna.
En mi aliento, el juicio que todo lo silencia.” Autoridad obtenida: Sombra Silente de Czernobog Permite sellar sentidos o habilidades de un enemigo durante un combate, sumiéndolo en una oscuridad conceptual que debilita mente y cuerpo.
Cuando el ritual concluyó, Pandora flotó frente a él con expresión suave.
—Tus enemigos caerán… pero recuerda, Mateo.
Cada victoria es también una carga.
No solo por lo que tomas… sino por lo que dejas atrás.
Él asintió.
Sabía que tenía razón.
Y entonces, todo se desvaneció en un destello… Mateo abrió los ojos lentamente.
Estaba tendido en una camilla, envuelto en mantas cálidas, dentro de un refugio improvisado por la comunidad mágica.
Lo primero que vio fue a Ingrid, quien lo miraba con los ojos brillantes de alivio.
—Bienvenido de vuelta, mi rey —susurró, acariciando su mejilla con dulzura.
A su lado, Kasumi estaba concentrada, canalizando magia curativa con ambas manos.
Su rostro mostraba concentración… y culpa.
—Mateo… lo siento.
Pude cerrar la mayoría de las heridas pero… algunas… dejarán cicatrices —dijo bajito, evitando mirarlo directo a los ojos.
Mateo, aún adolorido pero sereno, levantó su mano y acarició el rostro de Kasumi.
—No te disculpes.
Sobreviví gracias a ti.
Y las cicatrices… solo me recordarán que viví para proteger a los demás.
No me molestan.
Ingrid soltó una risita encantadora y le guiñó un ojo.
—Además… esas cicatrices te hacen ver más atractivo.
Le dan ese aire de guerrero imparable.
Me gusta.
Kasumi, sonrojada por el comentario de Ingrid y por la caricia de Mateo, bajó la mirada, pero sus mejillas estaban encendidas.
—Yo… también creo que te ves bien —murmuró.
Mateo soltó una risa suave, aunque su cuerpo protestó con dolor.
—Entre ustedes dos, voy a terminar con el ego por las nubes —bromeó.
Las tres figuras, heridas, aliviadas, pero más unidas que nunca, compartieron ese momento de paz.
Fuera, el cielo ruso empezaba a despejarse, y los sobrevivientes finalmente respiraban con esperanza.
El mundo mágico y político estaba conmocionado.
Las ruinas de lo que una vez fue la orgullosa Rusia ahora eran solo una tierra de muerte, silencio y cenizas.
Las imágenes transmitidas en los canales mágicos internacionales mostraban ciudades reducidas a escombros, cielos grises, y estatuas de dioses caídos manchadas con sangre y fuego.
El Consejo Mundial de Comunidades Mágicas se reunió en una sala que flotaba entre dimensiones, una estructura etérea sostenida por anclas de maná de cada nación participante.
Era el lugar donde se tomaban decisiones globales cuando lo sobrenatural amenazaba al mundo entero.
Mateo no asistió personalmente.
Había sido invitado, claro, pero estaba en recuperación tras la feroz batalla contra Czernobog.
En su lugar, Ingrid, como su emisaria principal, ocupó el asiento destinado al Campione de México, con Kasumi como apoyo.
La reunión comenzó con un silencio sepulcral.
Un holograma flotante mostraba los datos duros: Población rusa antes del descenso de Czernobog: 146 millones.
Población tras el desastre: Menos de 13 millones.
Fuerza militar restante: 1.3%.
Organizaciones mágicas activas: Erradicadas en su totalidad.
Una representante de la comunidad mágica de Escandinavia fue la primera en hablar: —Rusia… ya no es una superpotencia.
No tiene cómo recuperarse sola.
No tiene quién lo defienda ni quién lo reconstruya.
La voz del antiguo líder del clan mágico ruso, ahora una figura solitaria sin respaldo político, trató de interceder: —Tomamos nuestras decisiones pensando en la soberanía.
No queríamos depender de fuerzas extranjeras, ni siquiera de un Campione, alguien incontrolable… Un grito apagado se escuchó desde la sección francesa: —¡Y por eso murieron más de 130 millones de personas!
El ambiente se volvió tenso.
Ingrid, con serenidad, habló desde su asiento: —No buscamos culpables.
Eso ya no salvará a nadie.
Pero es importante que no se repita.
Un Campione no es una amenaza.
Es un escudo cuando el cielo mismo cae sobre nosotros.
Las palabras resonaron.
Incluso los representantes más escépticos, como los de la comunidad mágica alemana, no replicaron.
Fue entonces que el delegado de China pidió la palabra.
Todos se giraron hacia él con atención.
—El incidente ruso nos ha hecho reflexionar.
Cuando el Campione Mateo Vargas vino a ofrecer su apoyo a China, lo tratamos con frialdad, como una amenaza.
Pero nos equivocamos.
—El delegado hizo una reverencia profunda—.
Hemos decidido cambiar nuestra postura y extender una invitación oficial al Campione Mateo Vargas para estrechar lazos diplomáticos, mágicos y estratégicos con nuestra nación.
Ingrid recibió el mensaje en nombre de Mateo y asintió con elegancia.
—Lo comunicaremos.
El Campione no guarda rencores.
Solo quiere proteger.
Varios países, al ver el cambio de postura de China, comenzaron a reevaluar sus propias alianzas.
El nombre de Mateo Vargas resonaba ya como una figura de autoridad mundial… no solo como un Campione poderoso, sino como un líder que actuaba sin arrogancia, con sabiduría y compasión.
Mateo se encontraba en una terraza junto a Ingrid y Kasumi, viendo el atardecer.
Aún tenía vendas en parte del torso.
Las cicatrices no se habían desvanecido, pero eso no importaba.
Ingrid recibió una notificación mágica y la leyó en voz alta: —China… quiere una reunión contigo.
Formalmente.
Han decidido rectificar su error.
Mateo alzó una ceja y esbozó una leve sonrisa.
—Parece que las cicatrices sirven para algo más que contar batallas, ¿eh?
Kasumi lo abrazó suavemente desde atrás, apoyando su frente en su espalda.
—Sirven para recordar que tu lucha… salvó al mundo otra vez.
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