Campione AU! - Capítulo 17
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17: Drama 17: Drama Rusia, semanas después de la derrota de Czernobog, ya no parecía una tierra completamente muerta.
A pesar de los escombros y los paisajes congelados por la desolación, el movimiento, las voces y el sonido de máquinas trabajando devolvían lentamente la esperanza a un lugar donde una vez reinó la oscuridad.
Mateo caminaba con paso firme por lo que quedaba de una ciudad en reconstrucción.
A su alrededor, cientos de trabajadores internacionales, magos y técnicos civiles unían esfuerzos para reinstaurar la vida: distribuían alimentos, instalaban tanques de agua purificada, levantaban refugios temporales e incluso áreas verdes para la salud mental de los sobrevivientes.
A su lado caminaban Ingrid, Kasumi, Mei y Ekaterina.
—Comida, agua, refugio y estabilidad emocional.
Lo básico para levantar a un pueblo destruido —comentó Ekaterina mientras sostenía una tableta mágica llena de reportes.
—Y tú con ese tono elegante hasta para decir “baños portátiles” —murmuró Ingrid con una sonrisa ladeada.
Ekaterina solo arqueó una ceja y sonrió con arrogancia.
—No todos los días un rey sin corona salva una nación.
Hay que hablar con estilo, ¿no creen?
Las otras tres chicas se giraron lentamente hacia ella, cada una con una expresión diferente, pero la chispa en sus ojos indicaba que la guerra no era contra Czernobog ahora…
era contra la diplomática coqueta.
Mateo, por su parte, mantenía la compostura mientras dividía su tiempo entre reuniones y acciones directas en el campo.
Sin embargo, no olvidaba a su grupo, y entre descansos o inspecciones, se aseguraba de compartir tiempo significativo con cada una: — Kasumi Una tarde fría pero despejada, Mateo encontró a Kasumi en uno de los refugios ayudando a curar a varios niños heridos por escombros.
—Estás haciendo un trabajo increíble, Kasumi —le dijo con una sonrisa cálida mientras se agachaba a su lado.
Kasumi sonrió dulcemente.
—Solo hago lo que puedo…
aunque verte a ti me da fuerzas.
Gracias por venir.
Se sentaron un rato mientras ella le contaba sobre cómo los niños la habían hecho reír con sus intentos de adivinar de qué parte del mundo era.
Mateo se rió, la tomó de la mano, y aunque no se dijeron mucho más, el silencio compartido era suficiente.
— Ingrid En otro momento, Mateo e Ingrid compartían una comida rápida en la cima de un edificio parcialmente reconstruido, contemplando el panorama de la ciudad.
—¿No te molesta todo esto?
—le preguntó Mateo.
—¿Salvar a un país a tu lado?
Nah, lo firmo donde quieras —respondió Ingrid mientras lo alimentaba con una cucharada de estofado.
Luego lo miró intensamente—.
Aunque si esta “reconstrucción” me cuesta que otra mujer se te acerque, entonces sí…
puede que te pida intereses, Mateo.
Él solo rió, tragando con cuidado.
—¿Intereses?
—Ya sabes…
más besos, más caricias…
más tiempo solo.
— Mei Con Mei, Mateo encontró una zona de entrenamiento improvisada donde la vio practicar movimientos físicos mientras daba indicaciones a magos de combate.
—Estás más dedicada que muchos soldados —dijo Mateo, acercándose con una botella de agua.
Mei la aceptó, respirando con esfuerzo.
—Tengo que estar lista.
Tu vida depende de ello, ¿no?
Mateo sonrió.
—Gracias por estar a mi lado.
Mei se sonrojó intensamente, girando el rostro.
—T-tampoco es que lo haga por ti…
¡Lo hago porque es mi deber como caballero!
Pero cuando Mateo le dio una sonrisa sincera, ella no pudo evitar mirar al suelo, apretando su pecho.
Ya no era solo deber…
era amor.
Solo que aún no lo decía.
— Ekaterina En una de las reuniones nocturnas, Ekaterina y Mateo analizaban un mapa mágico con zonas de refugio.
—Tu sentido táctico es impecable —dijo Mateo con respeto.
—Y tú…
no dejas de sorprenderme —respondió ella, bajando la voz—.
¿Sabes cuántos hombres de poder conocí antes de ti?
Todos eran débiles con apariencia de fuerza.
Tú eres lo opuesto.
Por eso…
Se acercó más, dejando apenas unos centímetros de espacio entre ambos.
—…eres tan peligroso.
Kasumi, Ingrid y Mei entraron justo en ese instante y se detuvieron al ver la escena.
Ekaterina solo giró hacia ellas, sonrisa pícara en el rostro.
—¿Interrumpo algo?
¿O ustedes ya se acostumbraron a ver cómo su rey brilla más cada día?
—¡¿”Su rey”?
—gruñó Ingrid.
—Te estás confiando mucho, diplomática —dijo Mei, alzando un puño.
—No sean celosas —murmuró Kasumi en tono bajo pero directo—…
aún no tiene su lugar.
La tensión era real…
pero antes de que pasara a más, Mateo se puso de pie con las manos alzadas.
—¡Alto!
¡Vamos a salvar Rusia, no a hacerla testigo de una guerra civil!
Las cuatro lo miraron.
—Pero…
¡ella empezó!
—dijeron las tres a coro.
Ekaterina solo se echó a reír elegantemente.
— Esa noche, Mateo se encerró en una habitación privada y realizó una videollamada a sus padres.
La cara de su madre apareció primero, seguida de la de su padre.
—¡Mijo!
¿Ya acabaste de salvar el mundo?
—No todavía, mamá.
Pero voy bien.
—¿Cuándo regresas, hijo?
—preguntó su padre, más serio.
—No lo sé.
Rusia necesita muchas cosas…
me quedaré un tiempo más.
Ambos padres asintieron, y con una mezcla de orgullo y preocupación, su madre dijo: —Entonces no te tardes mucho.
Te esperaremos…
pero regresa completo, ¿sí?
Mateo asintió con una sonrisa.
—Lo prometo.
— Mateo en lo alto de una torre de vigilancia, observando los primeros campos restaurados de Rusia.
A su lado, se acercan Kasumi, Ingrid, Mei y Ekaterina, una a una, todas con abrigos pesados por el frío.
—Una nación destruida se puede levantar…
si tiene esperanza —susurra Mateo, mientras las luces empiezan a encenderse en las calles reconstruidas Habían pasado varias semanas desde el inicio de la reconstrucción.
Las ciudades que una vez fueron cenizas ahora comenzaban a mostrar rastros de vida: tiendas reabiertas, niños corriendo entre edificios restaurados y familias empezando de nuevo con ayuda humanitaria.
Pero entre todo ese movimiento, Mateo y Mei caminaban por una zona de ocio recientemente terminada.
Cafeterías, puestos de comida, pequeñas plazas y hasta un cine, todo organizado con esfuerzo por la comunidad internacional.
Para la mayoría de las personas, era solo un paseo…
pero para Mei, era algo que su corazón empezaba a no poder ignorar.
Vestía ropa casual, una falda corta con leggings, botas, y una chaqueta ligera que contrastaba con su usual uniforme de combate.
Mateo llevaba una camisa oscura con un abrigo largo y jeans.
Ambos desentonaban del habitual tono de guerra y política.
Por fin, eran solo dos jóvenes disfrutando de un día juntos.
—Entonces…
¿ese dulce se llama “carlota de limón”?
—preguntó Mei con curiosidad mientras probaba una cucharada con los ojos brillando.
—Exacto —respondió Mateo con una sonrisa orgullosa—.
Es uno de mis postres favoritos de México.
—…Está delicioso —dijo mientras tragaba, con una pequeña sonrisa y mejillas levemente sonrojadas—.
Me gusta.
Mucho.
Pasaron el día viendo una película de comedia, paseando por los parques recién reforestados y viendo presentaciones callejeras.
Mei lo pasaba tan bien que por momentos olvidaba que era una caballero…
y solo se sentía como una chica con su chico.
A medida que el sol se ponía, los dos caminaban junto a un lago artificial, con luces cálidas colgando de los árboles.
Mateo se detenía de vez en cuando a verla cuando ella no lo notaba, admirando la mujer que se había convertido en su compañera de batalla, amiga y…
algo más.
Mei, al notar su mirada, desvió la vista, nerviosa, pero luego…
respiró hondo.
—Mateo…
—dijo de golpe, deteniéndose bajo un árbol floreado—.
Quiero decirte algo.
Él la miró, con atención y calma.
—Dime, Mei.
Ella apretó sus puños, intentando contener los nervios.
—Yo…
desde que te conocí, pensé que solo eras otro Campione.
Poderoso, imponente, arrogante tal vez…
Pero, día a día, me mostraste algo diferente.
Tu preocupación por tu gente, tu ternura con Kasumi e Ingrid, tu fuerza en batalla, tu dedicación en este infierno…
—traga saliva, mirándolo a los ojos—.
Me enamoré de ti.
Mateo parpadeó por un instante, pero su rostro se suavizó.
No dijo nada aún.
Esperaba.
—Sé que ya tienes a Ingrid y a Kasumi…
y que Ekaterina está claramente interesada también —dijo con un tono más débil—.
Pero…
yo quería decirlo.
No puedo callarlo más.
Mateo dio un paso al frente, con la sonrisa más genuina y cálida que Mei había visto en su vida.
—Mei…
tú ya eres parte de mi mundo.
Desde el momento en que entraste, sabía que eras especial.
Fuerte.
Leal.
Hermosa.
Y aunque lo disimulaste muy bien…
también tierna.
Él levantó su mano, acariciando suavemente la mejilla de Mei, quien temblaba un poco, sorprendida por el toque.
—Yo también te amo, Mei.
Ella abrió los ojos con sorpresa, y antes de poder decir algo más, Mateo se acercó lentamente.
Sus rostros se alinearon, y sin prisa, sus labios se encontraron en un beso suave y tembloroso.
Mei, aunque sin experiencia, cerró los ojos y lo correspondió.
El primer beso fue tímido, casto…
pero el segundo, tras mirarse el uno al otro y reír nerviosamente, fue mucho más profundo.
Mei rodeó su cuello con los brazos y Mateo la sostuvo de la cintura.
Su corazón latía como loco, pero por fin, lo había dicho.
Por fin, lo había hecho.
Cuando el beso terminó, Mei se escondió en el pecho de Mateo, roja como un tomate.
—T-t-te odio…
por hacerme sentir esto…
—Y yo te adoro —respondió él con una carcajada, acariciando su cabello—.
Pero no te preocupes…
no eres la única que está cayendo fuerte.
— Mientras tanto, muy lejos de allí, Ingrid, Kasumi y Ekaterina observaban un pequeño espejo mágico, con la transmisión del paseo activada.
Las tres estaban en una habitación, trabajando aún, pero sin perderse detalle.
—Lo sabía —suspiró Ingrid con una sonrisa—.
Le cayó.
—Tardó más de lo que pensé —murmuró Kasumi con tono tranquilo—.
Pero se nota que lo ama de verdad.
Ekaterina cruzó los brazos con elegancia, pero con una sonrisa burlona.
—Uff…
otra que se nos une oficialmente.
¿Y ahora cuántas somos?
—Tres…
por ahora —dijeron las otras dos al mismo tiempo.
Las tres se miraron…
y empezaron a reír.
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