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Campione AU! - Capítulo 18

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18: Repentino 18: Repentino El sol caía implacable sobre Nueva Delhi, pero el calor sofocante no provenía solo del clima.

En los pasillos del parlamento indio, el ambiente estaba cargado de tensión.

Las reuniones se sucedían una tras otra, ministros, asesores y representantes de la comunidad mágica entrando y saliendo con rostros sombríos.

La reciente negativa del gobierno indio a ceder un territorio rico en combustibles fósiles a Estados Unidos había enfriado gravemente las relaciones diplomáticas, y la presión internacional comenzaba a sentirse como una soga cada vez más apretada.

En los despachos, las luces permanecían encendidas día y noche.

Documentos con sellos oficiales, mapas estratégicos y carpetas clasificadas cubrían las mesas.

Entre el murmullo de discusiones se podía escuchar el eco de palabras como embargo, sanciones y despliegue militar.

Los periódicos internacionales no ayudaban, con titulares incendiarios que hablaban de “la creciente obstinación de la India” y “la inevitable intervención norteamericana”.

Lo que el público común ignoraba era que, detrás de este conflicto, la comunidad mágica de India estaba igualmente agitada.

Sus líderes sabían que, aunque Estados Unidos usara pretextos políticos, sus verdaderas intenciones se dirigían tanto al control de los recursos naturales como a ciertas líneas ley y yacimientos arcanos presentes en la zona disputada.

Recursos que, si caían en manos equivocadas, podrían alterar peligrosamente el equilibrio de poder en todo el mundo.

Los altos mandos mágicos se movían con cautela, sabiendo que cualquier paso en falso podía ser usado como excusa para una invasión abierta.

Ya no se trataba solo de defender un territorio: era un pulso de orgullo nacional, supervivencia mágica y control geopolítico.

Las discusiones eran cada vez más acaloradas, y aunque el exterior del edificio parlamentario mostraba una fachada ordenada y protocolaria, en el interior se respiraba una mezcla de ansiedad y urgencia…

como si todo estuviera a punto de romperse.

En la vasta extensión del subcontinente indio, la noche caía con el peso húmedo y sofocante del verano.

El aire, cargado de incienso y polvo, vibraba con un murmullo apenas perceptible, como si la tierra misma contuviera la respiración.

En los templos más antiguos, las campanas sagradas comenzaron a sonar sin que ninguna mano mortal las tocara.

La comunidad mágica de India, dispersa entre ciudades modernas y aldeas ancestrales, sintió el cambio de inmediato.

No se trataba de un simple fenómeno espiritual: las líneas ley se retorcían, los mantras grabados en piedra milenaria ardían con un fulgor azafranado, y en los cielos, nubes negras se arremolinaban con una velocidad antinatural.

En la sede de la Asamblea Arcana de Delhi, los hechiceros y videntes más prestigiosos observaban con horror los gráficos y lecturas que aparecían en sus pantallas.

El flujo mágico era inestable, caótico…

y luego, de golpe, un pico tan descomunal que los cristales de predicción se resquebrajaron.

El registro fue breve, apenas unos segundos, pero suficiente para helar la sangre de todos los presentes.

—Esto no es una invocación.

—susurró uno de los ancianos, con la voz rota—.

Esto…

es un descenso.

En un rincón de la ciudad sagrada de Varanasi, una grieta luminosa se abrió sobre el río Ganges.

Las aguas se agitaron como si un titán invisible las tocara, y de aquel resplandor emergió una figura que el folclore habría llamado dios…

pero los sabios sabían la verdad: un dios hereje, una deidad expulsada del panteón por su crueldad y ambición, un ser que había dormido en el silencio del éter durante siglos, aguardando el momento de regresar.

El impacto fue inmediato.

Bestias míticas menores, atraídas por la presencia divina, comenzaron a materializarse en las zonas rurales.

Los rituales de contención fracasaban antes incluso de completarse.

El ejército mágico intentó establecer un perímetro, pero el poder del hereje desbordaba cualquier barrera.

En medio del caos, las comunicaciones de la Asamblea Arcana comenzaron a saturarse.

Los líderes mágicos no podían ignorar la otra amenaza que se cernía sobre ellos: el contexto político.

Estados Unidos, todavía resentido por el rechazo de India a ceder aquel territorio rico en combustibles fósiles, observaba la crisis con una oportunidad estratégica pintada en oro.

Un país dividido entre un frente bélico espiritual y otro diplomático sería un blanco fácil.

En las altas esferas de la magia india, un nombre se repitió como un mantra desesperado.

No podían contar con los otros tres Campiones, cuyas prioridades rara vez coincidían con la protección de inocentes.

Solo quedaba una opción.

Mateo.

En Nueva Delhi, las luces del Parlamento apenas iluminaban la mesa oval donde se encontraban, por primera vez en décadas, representantes del gobierno no mágico y altos dignatarios de la comunidad arcana de la India.

El ambiente estaba cargado de tensión: las miradas desconfiadas entre ministros y magos veteranos eran casi tan afiladas como las palabras que intercambiaban.

El primer ministro no tardó en romper el silencio, golpeando la mesa con la palma abierta.

—Nuestros satélites y radares no detectaron nada…

pero ustedes sí lo sintieron, ¿no es así?

Un anciano con túnica bordada, uno de los arcontes mágicos más influyentes del país, inclinó la cabeza lentamente.

—No lo sentimos…

lo presenciamos.

Fue como una grieta súbita en el tejido mismo del mundo.

Un descenso.

Y no de cualquier entidad…

sino de un dios hereje.

El murmullo estalló de inmediato.

Algunos ministros no creían lo que escuchaban; otros comprendían la gravedad.

Un dios hereje, según los registros mágicos, no era solo un ente peligroso, sino una fuerza capaz de arrasar continentes si no era detenido.

—¿Dónde se encuentra?

—preguntó una ministra de defensa, ajustándose las gafas.

—En el desierto de Thar, cerca de nuestra frontera occidental —respondió el arconte—.

Por ahora, su manifestación es inestable…

pero en cuestión de días, quizá horas, será completo.

El primer ministro respiró hondo.

—Esto…

no podría llegar en peor momento.

Estados Unidos ya está presionando para ocupar nuestra región petrolera del Golfo de Kutch.

Si nos ven debilitados…

usarán esto como excusa para invadir.

La líder de la facción mágica chasqueó la lengua.

—Y si nos centramos en defender nuestras fronteras, el dios hereje tomará fuerza.

No tenemos suficientes hechiceros de alto rango para luchar en ambos frentes.

El silencio volvió a caer, más denso que antes.

Hasta que un joven asesor mágico rompió el hielo.

—Hay…

una opción.

Todas las miradas se clavaron en él.

—Un Campione.

El único que ha demostrado proteger tanto a los inocentes como al orden político.

El único que no usaría este poder para su propio beneficio.

El primer ministro no dudó.

—¿Quién?

El anciano arconte respondió, con un deje de alivio y urgencia en la voz: —Mateo.

El Campione que ahora mismo se encuentra en Rusia.

La sala quedó en silencio.

No hacía falta decir más: sabían que pedir su ayuda significaba admitir que la situación había superado cualquier capacidad interna…

y que el tiempo, como la arena del desierto, se les escapaba entre los dedos.

En la sala principal de conferencias de la ONU, la atmósfera se había vuelto densa, casi irrespirable.

Las pantallas gigantes proyectaban imágenes satelitales de la región afectada en India: cielos teñidos de un rojo antinatural, un halo de energía que parecía devorar la luz del día, y un epicentro marcado por actividad mágica anómala que aumentaba con cada hora.

La noticia había llegado con la urgencia de una alarma de incendio: la comunidad mágica india, en un acto sin precedentes, había contactado oficialmente a la comunidad no mágica de su país y revelado un hecho que en otro contexto hubiera sido considerado un secreto de Estado.

Un dios hereje estaba descendiendo, y lo haría pronto.

No se trataba de un rumor, ni de una profecía vaga.

Era un evento inminente, confirmado por augurios, runas y mediciones arcanas.

Los delegados intercambiaban miradas tensas mientras el embajador de la India, con voz grave, explicaba: —Este dios…

no tolera la intervención extranjera.

Sus manifestaciones pasadas en la historia siempre han respondido a incursiones externas con violencia indiscriminada.

Si sus ejércitos, o los de cualquier otra nación, se adentran en la zona, no diferenciará entre combatiente y civil.

La petición de India era clara: Estados Unidos debía retirar sus fuerzas de la frontera y cancelar cualquier operación en curso para evitar que el descenso se tornara aún más catastrófico.

Pero cuando la palabra llegó al presidente de Estados Unidos, su rostro, proyectado en las pantallas mediante conexión segura, era una máscara de terquedad y orgullo.

—Con todo respeto —dijo, sin titubeos—, no vamos a ceder un territorio que es estratégico para nuestros intereses, ni vamos a retirarnos por una amenaza mitológica.

Un murmullo indignado recorrió la sala.

Representantes de Europa, Sudamérica y Asia intentaron mediar, instando a la prudencia.

Incluso el Consejo Mágico de Estados Unidos, presente de forma remota, respaldó a su presidente, convencidos de que su poder combinado sería suficiente para contener cualquier amenaza.

El embajador de Japón habló entonces, su voz cortante como acero: —Ustedes no comprenden.

Este dios hereje no busca dominio…

busca exclusión.

Está descendiendo precisamente porque siente la presencia de fuerzas extranjeras en lo que considera su territorio sagrado.

Pero nada de eso parecía penetrar el muro de ego y ambición que rodeaba al líder estadounidense.

Su decisión era firme: avanzar, cueste lo que cueste.

Y mientras la discusión se tornaba un círculo vicioso de diplomacia y orgullo, en un rincón más apartado del edificio, algunos de los presentes susurraban un único nombre: Mateo.

El único Campione que había demostrado un juicio equilibrado, alguien capaz de hablar de igual a igual con los dioses…

y, quizás, detener lo que se avecinaba antes de que se convirtiera en una tragedia mundial.

La sala de conferencias de la ONU estaba sumida en un silencio pesado, roto únicamente por el crujir de hojas y el golpeteo sordo de dedos sobre el mármol.

La noticia procedente de la India había sacudido hasta a los diplomáticos más curtidos: un dios hereje estaba descendiendo, y lo haría en cuestión de horas o, en el mejor de los casos, días.

No era un fenómeno desconocido para la comunidad mágica, pero que se produjera en medio de una crisis política de tal magnitud lo convertía en una tormenta perfecta.

—No tenemos margen para negociaciones extensas —declaró el representante de la comunidad mágica mundial, su voz grave resonando en la sala—.

Si Estados Unidos persiste en su intervención militar, la India no podrá contener el descenso.

Las delegaciones de varios países intentaron, por última vez, mediar con el gobierno norteamericano.

Propusieron un repliegue ordenado, asegurando que así podrían evitar bajas y permitir que las fuerzas mágicas indias actuaran con rapidez.

Pero el presidente de Estados Unidos, respaldado por su propio consejo mágico, se mantuvo firme.

Su mirada estaba fija en el mapa de la región, como si cada kilómetro conquistado fuese un trofeo personal.

—Nos retiraremos cuando la operación esté concluida —fue su respuesta, seca, sin espacio para réplicas.

El ego y la ambición habían sellado su postura, ignorando que la misma presencia de fuerzas extranjeras era lo que aceleraba el descenso del dios hereje.

Esta deidad, de naturaleza orgullosa y territorial, no toleraba injerencia internacional; su ira se alimentaba de cada bandera extranjera ondeando sobre el territorio indio.

Ante el fracaso diplomático, la ONU y la comunidad mágica mundial intercambiaron miradas de resignación.

No había más cartas que jugar.

La última opción era acudir a él: Mateo, el Campione que había demostrado, una y otra vez, un juicio equilibrado y sensato, incluso cuando sus decisiones incomodaban a las naciones.

Un emisario especial fue enviado de inmediato.

El mensaje que debía entregarle era claro y sin adornos: no solo se trataba de un combate contra un dios hereje, sino de un campo minado político en el que ninguna organización mágica ni la ONU había dado su consentimiento para la actual intervención estadounidense.

Si Mateo decidía actuar, debía saber que cualquier consecuencia política o militar recaería exclusivamente en Estados Unidos y su obstinación.

El precedente estaba ahí: cuando Czernobog arrasó Rusia, Mateo se negó a cargar con la responsabilidad de una tragedia nacida de la arrogancia política.

Ahora, la ONU buscaba blindarlo de cualquier intento de culparlo por lo que estaba a punto de ocurrir.

Lo que pesaba sobre sus hombros era una batalla contra lo divino…

y una guerra fría entre naciones que amenazaba con encenderse.

Sin más preámbulos, y tras el fracaso total de las negociaciones mágicas y políticas con Estados Unidos, el cielo sobre el subcontinente indio se abrió en un desgarrón de luz oscura.

Desde aquel umbral entre planos descendió la figura colosal del dios hereje.

Su presencia distorsionaba el aire mismo, y con cada paso que daba sobre la tierra, miles de símbolos arcanos, imposibles de comprender para la mente humana, aparecían en el suelo y se desvanecían en un susurro fúnebre.

Era una deidad de maldiciones divinas, un ser que no necesitaba blandir espada ni invocar fuego para destruir; bastaba con su voluntad para torcer el destino de familias enteras, condenando linajes a padecer enfermedades, desgracias y muerte por generaciones infinitas.

Su mera mirada era como una sentencia eterna que borraba la esperanza.

Su odio hacia cualquier ser que no fuera divino era tan absoluto que incluso el aire parecía huir de su presencia.

Pero lo que alimentaba su furia esta vez era más personal: el desprecio hacia quienes intentaban invadir su territorio sagrado.

Estados Unidos, con su arrogancia y su ambición desmedida, se había convertido en el blanco total de su ira.

No habría negociación, no habría advertencias.

En la mente del dios, el único final aceptable para esta ofensa era la aniquilación completa.

El estruendo de su llegada resonó más allá de la India; fue escuchado en mares y desiertos lejanos, y las ondas de poder que emanaban de su descenso hicieron que incluso los magos más experimentados sintieran un escalofrío recorriéndoles la espalda.

El mundo entero sabía que, desde ese instante, el reloj había empezado a correr…

y que la destrucción se avecinaba.

El sol se estaba ocultando, tiñendo el cielo con tonos anaranjados y violetas mientras Mateo caminaba por una de las calles tranquilas de la ciudad.

Mei, tomada de su brazo, aún sonreía tímidamente, intentando disimular la calidez que le subía al rostro tras aquel momento en el que, por fin, habían confirmado lo que ambos sabían desde hacía tiempo.

Ingrid y Kasumi no estaban presentes, pero las tres sabían que ahora formaban un lazo oficial con él, un vínculo tan fuerte como poco convencional.

Era uno de esos instantes raros en la vida de un Campione: paz absoluta, como si el mundo entero se hubiera detenido para dejarle disfrutar de su victoria más íntima.

Sin embargo, aquella calma duró poco.

Un murmullo quebró el silencio, un eco arcano que Mateo reconoció de inmediato: el llamado de la comunidad mágica.

El aire alrededor se tensó, y de pronto, un círculo de invocación apareció frente a él, proyectando el rostro serio de un anciano mago, representante del Concilio Mágico Mundial.

—Campione Mateo —dijo el hombre, su voz cargada de urgencia—, la situación en India ha alcanzado un punto crítico.

Las negociaciones con Estados Unidos han fracasado y…

el dios hereje ha descendido.

Mateo frunció el ceño.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde su llegada?

—Minutos…

y no tenemos mucho más antes de que inicie su purga.

Este ser…

maneja maldiciones divinas, puede condenar linajes enteros por generaciones.

Su odio hacia los mortales es absoluto, y considera a Estados Unidos un intruso imperdonable en lo que llama su territorio sagrado.

Mei lo miró en silencio, con una mezcla de preocupación y resignación.

Sabía que aquella cita había terminado, y que lo que estaba por venir no tendría nada de romántico.

El anciano continuó: —No aprobamos la intervención estadounidense, y dejaremos constancia oficial de que cualquier consecuencia recae exclusivamente en sus dirigentes.

Usted ya nos demostró en Rusia que actúa bajo su propio juicio…

pero esta vez, si decide intervenir, lo hará con todo el respaldo político y mágico posible.

Mateo respiró hondo, sintiendo cómo el peso del mundo volvía a posarse sobre sus hombros.

El recuerdo de Czernobog y de la devastación que aquel dios provocó en Rusia seguía fresco, pero esta vez el enemigo no solo buscaba destruir…

buscaba condenar.

—Está bien…

—murmuró, ajustándose la chaqueta—.

Llévenme hasta él.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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