Campione AU! - Capítulo 19
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19: Kali 19: Kali El cielo de la India se tornó oscuro de forma antinatural.
No era una tormenta, ni un fenómeno climático; era como si el propio firmamento hubiese sido cubierto por un manto de humo y sangre.
Las nubes formaban espirales densas y negras, y en el centro de aquel vórtice descendía una figura que destilaba poder y malicia: Kali, la diosa de la destrucción, convertida en dios hereje.
Su silueta era aterradora.
Piel azul profunda como el ocaso, cabellos negros como un abismo sin fondo que se agitaban aunque no soplara viento, y cuatro brazos que sostenían armas y símbolos de muerte: una espada curva manchada de sangre seca, un látigo hecho de huesos, una calavera que rezumaba un líquido negro como el petróleo, y una campana que emitía un sonido que hacía sangrar los oídos.
Sus ojos rojos brillaban con una furia implacable, y cada paso que daba sobre la tierra provocaba grietas que exhalaban un hedor a carne quemada.
Estados Unidos no tenía idea de lo que había provocado.
La invasión fue abrupta, sin advertencias, movida por la avaricia de un presidente y un comité mágico que codiciaban las tierras ricas en petróleo.
Aquellas tierras, sin embargo, ahora eran territorio divino.
Y Kali no era una diosa que tolerara intrusos.
Las primeras tropas estadounidenses que desembarcaron en el terreno sagrado nunca tuvieron oportunidad.
Los soldados de infantería apenas alzaron sus rifles cuando la campana de Kali sonó.
Un estruendo sordo recorrió sus cuerpos, quebrando huesos, destrozando órganos y arrancando almas.
Los cuerpos cayeron al suelo como muñecos de trapo, sin vida, con los rostros petrificados en una mueca de terror.
Los magos de combate que acompañaban al ejército palidecieron.
Algunos intentaron alzar barreras y recitar conjuros defensivos, pero la voz de Kali resonó como un trueno en sus mentes: —Intrusos.
Ladrones.
Profanadores.
Un joven mago, temblando, logró abrir un canal de comunicación con el cuartel general estadounidense.
—¡E-Es una diosa hereje!
¡Repito, una diosa hereje ha descendido, necesitamos—!
No pudo terminar.
En un parpadeo, una de las espadas de Kali atravesó su pecho.
El conjuro se cortó, y su cuerpo fue arrojado a varios metros, quedando inerte sobre la arena empapada de sangre.
Kali avanzaba con un ritmo constante, implacable.
No corría; no lo necesitaba.
A cada paso, la tierra misma parecía pudrirse, y un aura de maldición se extendía, marchitando la vegetación y haciendo que los animales huyeran despavoridos.
Cuando blandía el látigo de huesos, las líneas enteras de soldados eran arrancadas de sus posiciones, sus cuerpos despedazados antes de que pudieran gritar.
Pero no solo los invasores sufrían.
Los pueblos y aldeas que quedaban en su camino eran arrasados sin piedad.
Hombres, mujeres, ancianos, niños…
ninguno fue perdonado.
Para Kali, los mortales eran polvo, y si se interponían en su purga contra los estadounidenses, no merecían más que ser barridos junto con ellos.
En las calles, el caos reinaba.
Los sobrevivientes corrían desesperados, algunos cayendo víctimas de la maldición que la diosa liberaba con solo una mirada.
Otros eran atrapados por sus manos múltiples, arrancados de la vida con brutal eficiencia.
A pesar de la devastación generalizada, había algo claro en sus acciones: su verdadera furia estaba dirigida contra Estados Unidos.
Cada vez que encontraba tropas marcadas con su bandera, su poder se intensificaba.
Las maldiciones se volvían más crueles, los cuerpos se descomponían más rápido, y las almas parecían arder en llamas invisibles mientras eran arrancadas del plano mortal.
Los satélites militares estadounidenses captaron imágenes borrosas de la masacre, pero ni la tecnología más avanzada podía explicar la magnitud de la amenaza.
El comité mágico del país quedó paralizado, incapaz de comprender que habían despertado a una diosa cuyo odio milenario hacia los invasores no conocía límite.
La India se había convertido en un infierno vivo…
y Kali estaba apenas comenzando.
El cielo sobre el subcontinente indio aún conservaba un tono rojo oscuro, como si la misma sangre derramada hubiera teñido la atmósfera.
Las llamas danzaban sobre ruinas humeantes, y el sonido metálico de armas caídas se mezclaba con el eco lejano de gritos sofocados.
Kali, la diosa hereje de las maldiciones, avanzaba lentamente por el suelo resquebrajado, cada paso suyo dejando marcas negras y ardientes.
La masacre había sido total.
El último regimiento estadounidense había sido aniquilado horas antes.
Sus cuerpos yacían en desorden, la mayoría irreconocibles.
Ni las balas, ni la artillería, ni la magia de batalla habían logrado más que irritar a la diosa.
Sus cuatro brazos aún chorreaban sangre, y su lengua, alargada y oscura, se movía lentamente mientras su mirada incandescente escaneaba el horizonte.
Finalmente, Kali se detuvo.
Sus sentidos divinos confirmaban lo evidente: ya no quedaban invasores en lo que ella consideraba su territorio sagrado.
Pero la furia de una diosa hereje no entiende de límites geográficos ni de treguas.
La ira que hervía en su interior no estaba satisfecha; no bastaba con expulsar a los intrusos.
No…
ellos debían pagar con todo lo que amaban, con todo lo que eran.
Y entonces, como si la idea hubiera surgido con un placer perverso, Kali sonrió.
—Darle al enemigo un poco de su propia medicina…
—susurró con voz que resonó como un trueno en los cielos—.
Pero no…
no un poco.
Quiero la destrucción total.
Sus múltiples brazos se alzaron y, con un simple gesto, el aire a su alrededor se distorsionó.
El suelo tembló bajo sus pies mientras la diosa daba un salto imposible, elevándose cientos de metros en el aire.
En cuestión de segundos, su figura desapareció entre las nubes, y su presencia se convirtió en una sombra fugaz que cruzaba el cielo a velocidad inhumana.
Kali no marchaba; volaba sobre la tierra a una velocidad que desafiaba toda lógica.
Los océanos no eran obstáculo, las montañas se volvían apenas manchas a sus pies, y el tiempo mismo parecía plegarse a su voluntad.
Cada kilómetro que avanzaba dejaba una estela de energía oscura que contaminaba el aire y la tierra por donde pasaba.
Mientras tanto, en la costa este de Estados Unidos, la situación era un caos absoluto.
El gobierno estaba en pánico.
En la Sala de Crisis de la Casa Blanca, el presidente y su comité mágico discutían acaloradamente.
Los magos de defensa nacional, muchos de ellos veteranos de enfrentamientos contra criaturas sobrenaturales, palidecían ante los informes que llegaban: —Señor…
—dijo uno de los asesores mágicos con voz temblorosa—.
La diosa Kali ha abandonado la India y se dirige hacia aquí.
No sabemos exactamente qué ruta tomará, pero con su velocidad…
llegará en menos de dos días.
—¡Imposible!
—rugió el presidente, golpeando la mesa—.
Debe ser un error.
—No lo es, señor.
Las divinidades herejes no tienen limitaciones humanas.
Puede atravesar el Atlántico como si fuera un simple charco.
Un silencio sepulcral se apoderó de la sala.
Alguien mencionó la palabra que todos evitaban: Campione.
—¿Y nuestro Campeón?
—preguntó el presidente, con un rayo de esperanza.
—Desapareció, señor.
Nunca ha cooperado con nosotros y, según los últimos informes, no ha dejado rastro.
No contamos con su apoyo.
Esa confirmación cayó como una sentencia de muerte.
Sin un Campione propio y con Kali acercándose, Estados Unidos estaba prácticamente desnudo ante el ataque de un dios hereje.
A miles de kilómetros, en otra parte del mundo, Mateo recibía la noticia.
Él había pasado los últimos días en una relativa calma, tras su cita con Mei y el avance de su relación con Ingrid y Kasumi.
Las tres mujeres ya formaban parte oficial de su vida, y por primera vez en mucho tiempo, se había permitido bajar la guardia.
Pero ahora, la comunidad mágica lo contactaba con urgencia.
El mensaje era claro: —Mateo…
Kali viene hacia Estados Unidos.
Y si llega, no dejará nada en pie.
Mateo apretó los puños.
No era un problema que él hubiera provocado, ni tenía obligación de proteger a una nación que jamás le mostró respeto.
Pero la magnitud de lo que estaba por ocurrir…
eso ya era otra historia.
El aire silbaba con un rugido constante mientras Mateo se impulsaba en el cielo, su cuerpo envuelto en la energía sagrada y abrasadora de Quetzalcóatl, la autoridad que había reclamado en un combate anterior.
A sus espaldas, una corriente de luz dorada en forma de plumas resplandecientes marcaba su trayecto, dejando tras de sí un rastro que, para un observador terrenal, parecería un cometa viviente.
El grupo entero lo acompañaba, aunque no con la misma facilidad.
Mei, Ingrid y Kasumi, junto con Ekaterina, eran transportadas en una vasta corriente de viento controlada por Mateo.
La magia, reforzada por su autoridad, formaba una burbuja protectora que aislaba el interior de la presión brutal y las ráfagas heladas de la altitud.
Las tres chicas del harem se mantenían cerca, confiando plenamente en él, mientras que Ekaterina —aún en su papel formal de secretaria— mantenía un semblante serio, aunque no lograba ocultar cierta admiración por la destreza de su jefe.
Mateo no bromeaba ni sonreía.
Sus ojos estaban fijos en un punto invisible, mucho más allá del horizonte.
El dios hereje Kali ya estaba en movimiento, y si las estimaciones de la comunidad mágica eran correctas, en menos de veinticuatro horas alcanzaría el territorio continental de Estados Unidos.
Mateo, incluso con su velocidad, tardaría un poco más.
—¿Puedes ir más rápido?
—preguntó Ingrid, su tono cargado de tensión.
—Podría…
—respondió Mateo, apretando los dientes—, pero arriesgaría la estabilidad de la barrera.
Y si eso se rompe…
—No necesitó terminar la frase.
Todas comprendían que, a esa altura y con esa velocidad, cualquier falla sería mortal.
Abajo, la tierra pasaba a una velocidad imposible de medir, cambiando de paisajes montañosos a llanuras, de llanuras a mares interminables.
Mateo no se detenía ni para trazar rutas seguras; su autoridad le permitía seguir un instinto casi infalible hacia su objetivo.
Mientras tanto, al otro lado del mundo, Estados Unidos se sumía en un caos sin precedentes.
Satélites y radares habían captado la figura colosal y negra como la noche que avanzaba sobre el océano, saltando de isla en isla como si el mar no fuera más que un terreno irregular.
El gobierno estaba paralizado.
El Campione al que podrían haber acudido había desaparecido hace tiempo, y ninguna otra figura de poder estaba disponible para repeler una amenaza de ese calibre.
En las calles de las ciudades costeras, el miedo ya se extendía.
Noticias, rumores y grabaciones borrosas mostraban breves destellos de los múltiples brazos de Kali, empuñando armas arcanas y arrasando todo a su paso.
El ejército y las brigadas mágicas recibieron la orden de contenerla…
pero todos sabían que eso era poco más que una sentencia de muerte.
Mateo sentía la presión del tiempo como un peso físico sobre su pecho.
El viento a su alrededor se volvía más violento, y las plumas doradas de energía que lo rodeaban empezaban a chispear con destellos azulados, señal de que estaba forzando el poder de Quetzalcóatl más allá de lo recomendable.
—Mateo…
—Mei rompió el silencio, su voz suave pero cargada de preocupación—.
Si no llegas a tiempo…
¿qué pasará?
—No es “si” —respondió él, sin apartar la vista de su trayecto—.
Es “cuando”.
No importa cuánto daño cause en el camino, la voy a detener.
Pero lo que Estados Unidos va a sufrir…
será solo una fracción de lo que merece por provocar esto.
El grupo cayó en un silencio pesado.
Incluso Ekaterina, que normalmente mantenía un aire profesional, frunció el ceño al comprender que Mateo no hablaba en sentido figurado.
Él había visto, más de una vez, lo que un dios hereje furioso podía hacer…
y sabía que, para cuando llegara, las ciudades costeras probablemente serían solo cenizas y ruinas.
A lo lejos, más allá del resplandor dorado que dejaban sus alas, el cielo parecía oscurecerse con una nube lejana.
Mateo sabía que no era una nube.
Era el preludio de la llegada de Kali.
Apretó los puños y descendió un poco más, buscando ganar velocidad sin comprometer la barrera mágica.
Las horas se acortaban, y cada segundo que pasaba significaba más vidas perdidas.
El viaje continuaba, rápido como un relámpago…
pero no lo suficiente.
Las horas parecían correr como arena entre los dedos para la comunidad mágica y política de Estados Unidos.
En cuestión de poco tiempo, la noticia había cruzado océanos: Kali, la diosa hereje de las maldiciones y la destrucción, estaba a solo unas horas de llegar a suelo estadounidense.
Las advertencias eran claras: ningún mago, hechicero o caballero podía detenerla…
salvo un Campione.
Y, para desgracia de los estadounidenses, el único que podría hacerlo estaba todavía demasiado lejos.
En los salones más protegidos de Washington, la comunidad mágica norteamericana intentaba coordinar una defensa desesperada.
Aun sabiendo que sus hechizos serían inútiles, se habían preparado para frenar o al menos distraer a Kali el tiempo suficiente para que Mateo llegara.
Barreras místicas, círculos de contención y proyectiles encantados eran afinados y revisados una y otra vez, mientras el miedo comenzaba a calar incluso en los rostros más experimentados.
Los veteranos sabían la verdad: esas defensas no serían más que cortinas de humo ante la furia de un dios hereje.
Mientras tanto, en un recinto subterráneo de Ginebra, la ONU había convocado una reunión de emergencia…
excluyendo a Estados Unidos.
Las paredes del gran salón resonaban con voces cargadas de indignación.
Representantes de naciones poderosas y pequeñas por igual discutían el mismo punto: Estados Unidos había actuado con negligencia criminal al intentar una invasión mágica a la India, provocando así la ira y el descenso de Kali.
La representante de la India, con voz firme y helada, fue una de las más duras: —Sus líderes han puesto en peligro no solo a mi nación, sino al mundo entero.
Exigimos justicia…
y exigimos que paguen.
Las acusaciones se extendieron como fuego en un campo seco: negligencia, genocidio involuntario, violación de tratados mágicos internacionales, tentativa de invasión a territorio sagrado.
Las palabras resonaban como sentencias.
En ese mismo momento, se discutían sanciones históricas: bloqueo económico, aislamiento diplomático, y lo más grave, la exigencia de reparaciones no solo a la India, sino a cualquier país afectado por la presencia de Kali.
México tomó la palabra de manera solemne.
El embajador se levantó, con el escudo nacional bordado en su traje ceremonial, y dijo con voz que no admitía dudas: —México niega toda participación en las acciones de Estados Unidos.
Y reafirmamos públicamente nuestra lealtad a Mateo, Campione mexicano, protector de nuestro pueblo.
No traicionamos a nuestros aliados…
y mucho menos a nuestro héroe…
por todo el dinero del mundo.
El impacto de esas palabras recorrió la sala.
Algunos países asintieron con respeto, otros sonrieron con un dejo de aprobación.
Canadá, por su parte, fue igual de contundente: —Repudiamos las acciones de Estados Unidos en India.
No hemos tenido participación alguna, y no compartimos su política de agresión.
Poco a poco, una tendencia se hizo evidente: los aliados de Estados Unidos comenzaron a abandonarlos.
Las potencias europeas guardaban silencio incómodo, algunos países rompían tratados en tiempo récord, y las redes de cooperación mágica internacionales retiraban a sus enviados de territorio estadounidense.
Los representantes internacionales no solo exigían sanciones.
También planteaban compensaciones directas a Mateo: ya fuera en forma de oro, recursos mágicos raros, territorios, o incluso “pago humano” bajo la forma de caballeros o magos juramentados a su servicio.
La lógica era simple y cruda: Estados Unidos había provocado a Kali, y si Mateo la enfrentaba en su territorio, lo haría como un acto de intervención que debía ser retribuido.
En medio de toda esta tormenta política, el pueblo estadounidense no era consciente del todo de lo que se avecinaba.
Algunos veían las noticias con incredulidad, pensando que era solo una amenaza exagerada.
Otros, sobre todo en las comunidades mágicas más pequeñas, empezaban a huir hacia el interior del país o a esconderse en refugios arcanos.
Pero la verdad era más oscura de lo que imaginaban: Kali no buscaba una victoria militar.
Ella quería arrasar con el orgullo, la tierra y la gente de esa nación…
no por justicia, sino por puro desprecio hacia los mortales que habían osado mancillar su dominio sagrado.
Mientras las horas se acortaban, las dos fuerzas se acercaban a un inevitable choque: Por un lado, Mateo y su grupo avanzando a toda velocidad para evitar que la diosa redujera Estados Unidos a cenizas.
Por el otro, una nación entera quedando sola…
abandonada por sus aliados, condenada por el mundo, y con la sombra de un dios hereje cerniéndose sobre sus costas.
Y aunque aún no había llegado, las consecuencias políticas, económicas y sociales de esta crisis ya empezaban a sentirse como un peso insoportable sobre los hombros de todos los estadounidenses.
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