Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Campione AU! - Capítulo 2

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Campione AU!
  4. Capítulo 2 - 2 Sobre dioses y Hombres mortales
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

2: Sobre dioses y Hombres mortales 2: Sobre dioses y Hombres mortales Los primeros meses en la universidad pasaron sin contratiempos.

Mateo se había adaptado rápido.

Las clases eran exigentes, sí, pero nada que él no pudiera manejar.

Nuevas amistades, profesores estrictos, desafíos intelectuales…

la vida parecía seguir su curso normal, rutinario, incluso predecible.

Y aunque muchos soñaban con que “algo increíble” ocurriera, Mateo apreciaba esa paz.

Hasta ese día.

Desde muy temprano, la Ciudad de México parecía distinta.

El cielo, encapotado y cambiante, tenía un tinte verdoso que no se explicaba por la contaminación.

El viento soplaba con una fuerza y dirección que no correspondían a ninguna corriente natural.

Era como si algo lo guiara, como si tuviera voluntad propia.

—Debe ser otro frente frío raro —murmuró, mientras caminaba con su mochila a espaldas por la Avenida Universidad, rumbo al campus.

No le dio mayor importancia.

Ya había vivido suficientes eventos climáticos extraños como para alarmarse.

O al menos, eso creyó.

Fue entonces cuando el mundo cambió.

Un estruendo surgió detrás de él.

Una mezcla de trueno, rugido y crujido.

El aire se volvió denso, pesado, casi sólido.

Mateo se giró…

y lo vio.

Un torbellino gigantesco, nacido en medio de la ciudad, giraba con una violencia imposible.

No era un simple fenómeno meteorológico: tenía forma, intención…

y dentro de él, una silueta monstruosa emergía.

Una serpiente colosal, recubierta de escamas iridiscentes que brillaban como el jade bajo la luz fragmentada del cielo.

Tenía penachos de plumas en su cabeza y a lo largo de su cuerpo, como si la criatura estuviera adornada con arte ancestral.

Sus ojos, dorados y antiguos, observaban la ciudad con desdén.

Una fuerza primitiva, divina y salvaje, se cernía sobre la realidad.

Mateo no podía moverse.

No por miedo, no exactamente.

Era…

otra cosa.

Una presión le oprimía el pecho, una sensación de que aquello que tenía frente a él no debía estar allí.

Algo demasiado grande para este mundo.

—¿Q-Qué demonios…?

Pero no hubo tiempo para pensar.

El torbellino se desató con furia.

Calles enteras comenzaron a desmoronarse.

Autos salieron disparados por los aires como juguetes.

Postes de luz se doblaron como cañas al viento.

Los vidrios de los edificios estallaban como si una fuerza invisible los golpeara.

Y lo peor, lo más aterrador, era ver cómo las personas también salían volando, sin oportunidad de escapar.

Gritos, caos, cuerpos levantados por la ráfaga como si fueran hojas secas.

El mundo se convertía en una escena de pesadilla.

Y en el centro de todo, la serpiente emplumada avanzaba majestuosa, como si buscara algo…

o a alguien.

Mateo no podía apartar la vista.

Una parte de él quería correr, esconderse, gritar.

Pero otra parte, más profunda, más antigua…

Recordaba.

No sabía por qué, pero conocía ese rostro.

Esa forma.

Ese nombre.

Quetzalcóatl.

Y en ese momento, como si el universo respondiera a su pensamiento, los ojos dorados del dios se posaron directamente sobre él.

La criatura se detuvo.

El viento se calmó por un segundo, como si todo el mundo contuviera la respiración.

Y Quetzalcóatl sonrió.

Una voz resonó en el aire, profunda como un trueno y melódica como una flauta de obsidiana.

—Tú…

no deberías haber sobrevivido a esto.

—Y sin embargo, aquí estás.

Mateo sintió que algo se desgarraba dentro de él.

No era miedo.

Era un llamado.

Un rugido interno que aún no comprendía.

Pero antes de poder pensar o actuar, la figura divina descendió del torbellino con furia.

Una sola intención en su mirada: Destruirlo.

El viento había cedido por un instante, pero solo era la calma que precede a la tormenta.

Quetzalcóatl, el dios-serpiente, descendió del torbellino con una gracia terrible.

Sus ojos se fijaron en Mateo con un brillo de desdén y decepción.

—Sobreviviste.

—Un simple mortal no debería desafiar a los dioses con tanta impunidad.

—Eres impuro.

Un error.

—Serás mi siguiente…

sacrificio.

El último susurro fue casi reverente, pero cargado de una amenaza visceral.

El cuerpo de Mateo reaccionó antes que su mente: corrió.

No pensó en dirección, ni en lógica.

Solo sabía que tenía que huir.

Las calles de la ciudad eran ruinas.

El aire olía a tierra, a ozono y a destrucción.

Vidrios rotos, estructuras colapsadas, alarmas sonando, humo elevándose.

Y sobre todo, el rugido del dios, que le seguía como un depredador con alas.

El cielo se tornó negro.

Los vientos regresaron con fuerza.

Quetzalcóatl no le daba respiro.

Cada paso de Mateo era una eternidad.

Saltaba sobre restos de autos, se deslizaba entre callejones destruidos, bajaba por estaciones del metro semihundidas.

El dios jugaba con él.

No lo mataba al instante.

Lo cazaba.

—¡¿Por qué a mí?!

—gritó Mateo, más hacia el cielo que hacia el dios mismo.

—¡¿Qué se supone que hice?!

La risa de Quetzalcóatl retumbó como un tambor de guerra.

—Te alzaste entre la tormenta.

Resististe.

Eso es suficiente.

—Solo aquellos que desafían a los dioses merecen morir por su fuego.

Pasaron minutos…

que se sintieron como horas.

Mateo estaba agotado.

Sus piernas ya no respondían, su pecho ardía, su vista era borrosa.

Cayó de rodillas en una avenida semiderruida, jadeando, mientras sentía los pasos del dios acercarse.

No había escapatoria.

Solo quedaban dos opciones.

Morir como una presa…

o pelear como un guerrero.

Mateo se puso de pie.

—No sé quién seas.

No sé qué seas —dijo entre dientes—.

Pero si voy a morir…

será de pie.

Quetzalcóatl descendió frente a él, serpenteando en el aire con una majestuosidad indescriptible.

—Sabia decisión.

Un sacrificio debe tener dignidad.

—¡Prepárate, mortal!

Y el combate comenzó.

La criatura divina desató su furia.

Ráfagas cortantes como cuchillas.

Golpes con su cuerpo emplumado que aplastaban el concreto.

Rugidos que agrietaban los edificios.

Mateo esquivaba, rodaba, bloqueaba con lo que podía.

Usó una tapa de alcantarilla como escudo improvisado.

Saltó sobre escombros para mantenerse móvil.

Pero cada golpe que no lograba evitar lo dejaba al borde del colapso.

No tenía poder.

No tenía armas.

No tenía oportunidad.

Pero sí tenía algo.

Ingenio.

Y en un momento de fricción, lo vio: Una torre de transformadores de alta tensión parcialmente colapsada, aún chispeando.

Mateo corrió hacia ella mientras Quetzalcóatl lo perseguía con una carcajada furiosa.

—¿Huir de nuevo, humano?

—¿Eso es todo lo que puedes hacer?

Mateo no respondió.

Saltó sobre el generador.

Usó una viga metálica caída para levantar un cable.

Y esperó.

Cuando la criatura descendió con su mandíbula abierta, Mateo gritó con todo lo que le quedaba: —¡Ahora o nunca, bastardo emplumado!

Y golpeó el transformador con el cable.

Una chispa inmensa estalló.

El generador explotó.

Y toda la corriente eléctrica saltó por la viga hacia el cuerpo del dios, canalizándose a través de sus escamas húmedas por la lluvia.

El trueno fue ensordecedor.

Quetzalcóatl rugió.

No de ira…

sino de dolor real.

Sus plumas se incendiaron.

Su cuerpo se sacudió como una tormenta encadenada.

El cielo cambió de color, como si el mundo temblara con la caída de algo sagrado.

Y entonces, cayó.

Mateo fue lanzado por la onda de choque.

Golpeó contra el pavimento, rodando como un muñeco.

Todo se volvió blanco.

Luego negro.

Luego…

Silencio.

Y cuando abrió los ojos…

Quetzalcóatl yacía ante él, aún vivo, pero moribundo, su cuerpo colosal reduciéndose lentamente a una forma más humana, más espiritual.

El dios lo miró con respeto.

—Humano…

tu ingenio…

desafió el poder divino.

—Tu alma…

ha sido forjada por la voluntad.

—Eres digno.

Mateo apenas podía moverse.

—¿Digno de qué…?

Y entonces, sintió un torrente de poder, de recuerdos que no eran suyos, de conocimiento ancestral.

Las palabras sagradas, los mitos perdidos, los nombres verdaderos…

Quetzalcóatl moriría.

Y su poder…

buscaba un nuevo portador.

El trueno cesó.

La tormenta calló.

El rugido divino se extinguió.

Y entonces…

Dolor.

Una punzada aguda, ardiente, como si su pecho se rompiera desde adentro.

Mateo apenas pudo alzar la mano para tocar la zona.

Estaba mojada.

Sangre.

Oscura.

Espesa.

Suya.

Justo donde debería estar su corazón…

había una herida.

—¿Gané…?

—susurró.

Pero su cuerpo colapsó.

El mundo se desvaneció.

La gravedad lo abandonó.

Su conciencia se hundió en la nada.

Y entonces, abrió los ojos.

Pero no despertó en un hospital, ni en un campo de batalla, ni siquiera en un sueño.

Despertó…

en el vacío.

Un mundo sin forma ni color.

Todo era gris.

Un gris tan vasto que parecía eterno.

Ni cielo ni suelo.

Solo una planicie infinita de niebla sólida, donde nada existía…

excepto él.

Mateo estaba acostado.

No sentía dolor.

No sentía frío.

No sentía miedo.

Solo…

contemplación.

Una calma rara y profunda.

Casi como si hubiera muerto.

Hasta que una voz lo interrumpió.

Femenina.

Suave.

Lejana…

pero envolvente.

Con un timbre que parecía antiguo y nuevo al mismo tiempo.

—Felicidades, nuevo rey.

—Has hecho lo imposible.

—Has arrebatado la vida de un dios.

Mateo trató de moverse, pero su cuerpo no respondía.

Quiso hablar, pero su boca no se abría.

Y sin embargo, la voz lo escuchó.

—Oh, tranquilo~.

Eso es normal.

Aún no estás listo para hablar.

—Tu alma está…

en el tránsito.

Yo me encargo del resto.

Una figura comenzó a materializarse frente a él.

Luz entre la neblina.

Primero una silueta…

luego curvas suaves…

cabello flotante…

Ojos brillantes como estrellas, y una sonrisa curiosamente maternal.

Vestía con ropajes blancos antiguos, al estilo griego, como una diosa olvidada.

Pero su actitud…

era juguetona.

Como una hermana mayor o una madre traviesa.

—¿Ah?

¿Esa expresión en tu rostro?

¿”¿Quién es esta?” estás pensando?

—Te lo diré, entonces.

—Soy Pandora.

El corazón de Mateo se sobresaltó —si es que todavía tenía uno.

Ese nombre.

Él lo conocía.

En algún rincón de su memoria…

en una vida pasada…

Anime.

Campione!

Dioses muertos.

Reyes entre mortales.

Pandora rió, como si hubiese leído cada pensamiento.

—¡Jeje~!

Sí, ese mismo nombre.

Ese mismo rol.

—Yo soy la que da a luz a los Campione.

—La única que puede completar el ritual, la que toma el alma del asesino y la transforma…

en un trono viviente.

Mateo quiso hablar, gritar, preguntar por qué él, cómo fue posible, qué había hecho realmente.

Pero Pandora solo alzó un dedo sobre sus labios, en gesto mudo.

—Shhh…

No interrumpas, aún no tienes boca aquí.

—Este momento…

es sagrado.

—Un dios ha caído, y un nuevo tirano del mundo ha nacido.

Un círculo de símbolos se formó a su alrededor.

Sello tras sello, runa tras runa, cada una brillando con un color distinto: Plumas, viento, fuego, sabiduría, serpiente, sacrificio…

—El alma de Quetzalcóatl…

ha sido absorbida por ti.

—Y junto con ella, parte de su divinidad.

—No serás un dios…

pero serás un asesino de ellos.

—Un tirano.

—Un…

Campione.

Pandora descendió, se arrodilló ante él como una madre lista para dar a luz.

Colocó ambas manos sobre su pecho.

—Ahora, Mateo…

prepárate.

—Tu cuerpo será reescrito.

—Tu alma, forjada.

—Tu nombre…

se convertirá en ley.

—Tu corazón será reemplazado por un trono.

El mundo se estremeció.

El gris se convirtió en blanco.

Una llamarada de luz lo envolvió.

Y en ese instante, Mateo gritó sin voz, mientras el poder de un dios se grababa en su ser.

Cuando todo terminó…

Mateo abrió los ojos.

Ya no estaba en el vacío.

Ya no sangraba.

Ya no temblaba.

Estaba recostado…

en una cama, desconocida.

Sus ropas eran distintas.

Su cuerpo se sentía…

más fuerte.

Más pesado.

Más vivo.

Un pitido constante.

El zumbido de luces fluorescentes.

El crujir de una camilla vieja al moverse.

Y un olor inconfundible a alcohol, medicina y desinfectante.

Mateo abrió los ojos.

Ya no estaba en ese paraje gris.

Ni frente a Pandora.

Ni rodeado por la divinidad.

Estaba…

en un hospital.

Las paredes estaban cubiertas de pintura beige que se descascaraba en las esquinas.

Afuera se oía el rugido lejano del tráfico de la Ciudad de México.

Una enfermera pasaba frente a la puerta con un carrito metálico lleno de jeringas y papeles.

El monitor junto a su cama marcaba su ritmo cardíaco con un pitido rítmico.

Una vía intravenosa colgaba de su brazo derecho.

Y sobre su pecho, una venda gruesa cubría la zona en la que antes había un agujero mortal.

La herida…

…que Quetzalcóatl le dejó.

Pero no dolía.

No ardía.

No punzaba.

Como si nunca hubiera existido.

Mateo se incorporó despacio, aún algo aturdido.

Sus músculos…

¿se sentían más fuertes?

“Esto no es normal…” “Mi cuerpo cambió…” La puerta se abrió con un ligero rechinido.

Un médico de complexión delgada, con bata blanca y acento chilango marcado, entró al cuarto revisando una tabla de clip.

—¡Ah, caray!

Ya estás despierto —dijo con sorpresa—.

Pensamos que ibas a tardar más.

—Me llamo el doctor Ramírez.

Estás en el Hospital General de Balbuena.

—Te encontraron tirado en una cancha de futbol en Iztacalco.

Sangrando del pecho…

pero vivo.

Milagrosamente.

Mateo tragó saliva.

—¿Cuánto tiempo he estado aquí?

—Tres días.

Los paramédicos dijeron que apareciste como caído del cielo, literalmente.

—Y ese collar raro que traías…

parecía absorber la sangre.

Bastante inquietante, la verdad.

Mateo alzó una ceja.

No recordaba tener un collar.

Quizás era algo que Pandora le había dejado.

Un símbolo.

Una marca.

El amuleto del Campione.

—¿Alguien me ha estado buscando?

¿Familia, policía…?

—No.

Nadie.

Ni una sola persona.

Solo te identificaron como “Mateo”, por los papeles en tu mochila.

—Y los paramédicos…

bueno, también desaparecieron después de dejarte.

—Raro, ¿no?

Muy raro.

“Entonces no me han rastreado…

aún.” Los Campione no eran anónimos por mucho tiempo.

Eran como faros de poder mágico.

Y en un mundo donde las deidades heréticas vagaban, y las organizaciones mágicas competían por su territorio, su aparición era como un trueno en medio del silencio.

Pero por ahora, Mateo era solo un estudiante más.

—Doctor…

¿qué tan pronto puedo irme?

—preguntó con cautela.

Ramírez lo miró por encima de sus lentes.

—Pues…

esa herida que traías ya no está.

Ni rastro.

Como si no hubiera existido.

—Eres el primer paciente en años que nos deja sin explicación médica.

El médico se encogió de hombros.

—Si todo sigue bien, podrías irte en uno o dos días.

Pero sí queremos hacer más estudios.

—Digo, por si acaso te convertiste en superhéroe o algo así —bromeó.

Mateo sonrió débilmente, fingiendo una risa.

“Más bien…

en un maldito Rey Mago.” No podía quedarse mucho tiempo.

No podía confiar en que nadie supiera.

Y tampoco podía ser tan ingenuo de creer que el mundo no había sentido su ascenso.

Pero por ahora…

el disfraz de estudiante universitario mexicano le serviría.

El juego apenas había comenzado.

Y Mateo tenía que moverse con inteligencia.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo