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Campione AU! - Capítulo 20

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  4. Capítulo 20 - 20 Desolación
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20: Desolación 20: Desolación El aviso sonó en todos los teléfonos al mismo tiempo: un aullido electrónico seguido por un mensaje que no parecía real.

> Emergencia nacional.

Amenaza sobrenatural confirmada.

Evacuación inmediata de zonas costeras en Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut.

Esto no es un simulacro.

Minutos después, el gobierno mundano rompió el velo: ruedas de prensa sincronizadas, altos mandos y portavoces de la comunidad mágica apareciendo en cámaras.

En vivo, una archimaga encendió un círculo de protección sobre el mármol del podio; la luz azul subió como una cúpula, templada y nítida.

La incredulidad colectiva duró lo que tardó aquel hechizo en florecer: segundos.

El escepticismo se desplomó con el primer estallido de runas.

Las autopistas se tupieron; los túneles y puentes vibraron con el flujo ansioso de miles de motores; el metro rugió como un corazón desbocado.

Pero el reloj ya estaba en su contra.

El cielo cambió primero.

Sobre el Atlántico, frente a Rockaway y Long Beach, se abrió una sombra que no pertenecía a nube ni a tormenta.

El viento dejó de soplar como si contuviera el aliento.

Las aves callaron.

El mar retrocedió unos metros, plegándose con un escalofrío de espuma, y de aquella oquedad, flotando sobre el vacío, descendió Kali.

Piel de ocaso profundo.

Ojos como carbones al rojo vivo.

Cuatro brazos alzando espadas curvas que refulgían con líneas negras -no metal, sino maldición solidificada-.

Su cabello, una cascada de noche, se agitaba sin viento.

Cuando sus pies tocaron el agua, el Atlántico hirvió en silencio.

En la costa, el Cordón Arcano del Atlántico -el dispositivo de defensa de mayor presupuesto de la nación- emergió desde estaciones ocultas: torres telescópicas con anillos de cuarzo, antenas con filigranas de plata, generadores de sello que encendieron geometrías sobre el aire.

Siete círculos concéntricos se dibujaron, superpuestos, como aureolas de un santo invertido.

-Fase uno, activar malla.

-ordenó una voz en el canal compartido-.

Repito: activar malla.

Mantener a la entidad fuera del perímetro urbano.

Los anillos destellaron…

y Kali tocó la campana que colgaba de uno de sus puños.

El sonido no viajó por el aire: se propagó por hueso, por metal, por sello.

Los cuarzos se agrietaron de dentro hacia fuera como huevos rotos; las runas se volvieron hollín y se desprendieron del aire; las antenas se arquearon con un chirrido que más parecía un grito.

Un segundo campanazo barrió los restos: el cordón defensivo colapsó como un castillo de cartas bajo una ola negra.

Los magos de soporte, apostados a la espalda, sintieron la magia des-hilacharse en sus manos, como si alguien hubiera cortado los nervios invisibles que unían voluntad y hechizo.

Kali sonrió.

Dio un paso y el agua no la tocó; dio otro y ya estaba sobre la playa.

Las primeras unidades de choque -caballeros con armaduras símbolos, escudos hexagonales, lanzas rúnicas- se lanzaron en formación.

Sus líderes iban recitando los cantos de contención que en todos los manuales figuraban como “último recurso”.

Kali no se detuvo.

Alzó dos espadas.

Bajó dos.

El aire se partió.

No fue viento: fueron filos invisibles que avanzaron como líneas de guillotina.

Las barandillas, los postes, las escolleras, los vehículos en fila…

todo quedó en segmentos limpios.

Los escudos mágicos chisporrotearon un palmo y luego se apagaron, cortados en su propia raíz.

Los caballeros cayeron con el mundo a su alrededor seccionado: no sangre a borbotones, sino silencio, polvo, metal que se desplomaba en piezas, cuerpos derrumbándose como marionetas a las que les cortaron la cuerda.

La segunda línea -hechiceros de contención- levantó un prisma de luz para contener la maldición.

Kali lo miró con curiosidad, como quien observa una lámpara infantil, y tocó la campana otra vez.

La luz se volvió gris, luego ceniza, luego nada.

La tercera línea no tuvo opción: retroceder y comprar tiempo.

Misiles convencionales, drones, artillería-el ruido fue enorme y completamente inútil.

Allí donde las explosiones debían ser fuego, fueron rosas de humo que no dejaban hollín en su piel.

Las ondas de choque morían a un metro de su cuerpo, absorbidas por un negro que parecía devorarlo todo.

Entonces entró a Nueva York.

Cortó el aire en diagonal y la Primera Avenida quedó marcada por un surco perfecto que arrancó fachadas como papel.

Vidrios que estallaron hacia dentro; carteles que se partieron a la mitad; un autobús que se deslizó dos metros antes de plegarse con un quejido de metal.

En el Puente de Brooklyn, los sensores de vibración enloquecieron: los cables se tensaron como cuerdas de un arpa y, al paso de la diosa, se calmaron por temor.

La comunidad mágica local, dispersa entre Fort Wadsworth, Governors Island y un nodo en Midtown, intentó un último recurso: un sello de misericordia, un conjuro prohibido que no destruye, sino que pide piedad.

Quince sacerdotes, tres brujas de mar, dos rabinos arcanos y un par de ministros del antiguo rito latino, hombro con hombro, encendieron una plegaria que resonó por las bocas de tormenta y por las vigas ocultas de los rascacielos.

El aire olió a incienso y a sal.

Kali giró la cabeza.

La campana sonó con un tac suave, casi amable.

La plegaria se deshiló como humo en un túnel.

Las velas se apagaron solas.

En DUMBO, una maga joven con el pelo sujeto por un lápiz -apenas una aprendiz- alcanzó a empujar a una familia hacia un portal de evacuación antes de que un filo de aire pasara sobre el adoquinado y afeitara los balcones de ladrillo como si fueran corteza.

“Corre”, dijo, y no supo si se lo decía a la familia o a sí misma.

El portal se cerró en su cara.

En Wall Street, los servidores de respaldo del sistema financiero se apagaron por una maldición que no se escribió en ningún teclado: las palabras “lo que se levanta por codicia, cae por vergüenza” se dibujaron en las pantallas, y los ventiladores de los racks se detuvieron, uno por uno, como si alguien los hubiera hecho avergonzarse de seguir.

En un hospital de Manhattan, la jefa de guardia -que veinte minutos antes había visto por televisión el primer anuncio mágico de la historia- improvisó un triaje imposible.

“No miren arriba”, repetía.

“Sigan respirando”.

Afuera, las ambulancias no sonaban porque no había tiempo de encender sirenas: los paramédicos corrían empujando camillas bajo un cielo que parecía lleno de líneas rectas.

Kali avanzó sin prisa.

No rugía, no gritaba, no se regodeaba.

Ejecutaba.

Cada corte era una frase.

Cada campanazo, un punto final.

Los que la vieron de cerca dijeron después que olía a hierro frío, a metal húmedo antes de la lluvia.

Que su sombra era más nítida que su cuerpo.

La comunidad mágica local quedó hecha pedazos en una hora.

Los nodos de contención, los santuarios ocultos, los refugios que solo se abrían con contraseñas de cinco generaciones…

todo se volvió visible un segundo antes de desmoronarse.

No hubo contrahechizo que resistiera.

El manual decía “retirada escalonada”; lo real fue “huida donde quepa”.

Y no cabía.

A cientos de kilómetros, sobre cielos que aún eran azules, Mateo atravesaba capas de viento que crujían como vidrio.

La burbuja protectora que sostenía a Ingrid, Kasumi, Mei y Ekaterina vibraba con un zumbido grave.

-Está allí -dijo Ingrid, con la tableta saturada de lecturas-.

Las firmas de maldición están por toda la bahía.

-Horas -murmuró Kasumi, apretando fuerte las manos-.

Solo necesitamos horas.

Mei no habló; miró a Mateo, leyó el hierro en su mandíbula y se preparó para lo que significaba ese gesto: cuando aterrizara, no habría ensayo.

Ekaterina, con voz baja, agregó: -La ONU está preparando una condena formal.

Y compensaciones obligatorias.

Pero eso será después.

-Sí -dijo Mateo-.

Después.

En Times Square, los paneles gigantes quedaron en negro.

Por un instante, se encendió uno solo, mostrando un mapa simple con una flecha: EVACUEN HACIA EL OESTE.

Al siguiente segundo, la imagen se partió en una cuadrícula perfecta y cayó como una lluvia de espejos.

Kali alzó la vista hacia los rascacielos.

Su lengua, oscura, asomó apenas.

Hizo sonar la campana, lenta.

Las luces de media ciudad parpadearon y luego bajaron a una penumbra invernal.

Un filo horizontal recorrió una calle entera y dejó los semáforos amputados a la altura del pecho de un hombre.

Había muchos muertos.

Había, también, quienes vivían por centímetros: el repartidor que se agachó a atarse el cordón, la anciana que tropezó y quedó bajo el dintel de una tienda justo cuando pasó el corte, la madre que empujó a su hijo dentro del ascensor mientras la línea de aire les peinaba el cabello hacia atrás.

La radio táctica, saturada de voces, empezó a llenarse de huecos.

-Nodo Midtown- está- chzz – repetimos, caída- -Sector Battery- última línea- chzz – sin respuesta- -Solicitamos…

chzz -auxilio inmediato…- En el borde del Hudson, un viejo guardacostas que había cargado con más tormentas de las que quería recordar, miró la silueta de la diosa y murmuró algo que no era oración ni blasfemia.

Luego se enderezó, tomó el megáfono -como si eso sirviera- y gritó: -¡Corran mientras puedan!

Mateo estaba a horas.

Kali tenía la ciudad como tablero.

Y entre ambos, un país que por fin entendía lo que significa invocar a un dios y no tener con qué responderle.

El viento cambió, por fin.

No en la costa, sino allá lejos, donde un resplandor de plumas doradas comenzaba a rasgar el horizonte.

El cielo sobre Manhattan estaba teñido de un gris antinatural, como si la propia luz del sol se negara a presenciar lo que ocurría.

Entre las nubes se filtraban destellos rojizos que parecían latidos de un corazón gigantesco, anunciando la presencia de algo que no pertenecía a este mundo.

El rugido distante de derrumbes y el eco de gritos humanos componían la sinfonía macabra que reinaba en las calles.

Kali seguía avanzando implacable, sus cuatro brazos empuñando espadas curvas que destellaban con un brillo funesto.

Cada corte suyo era más que un simple ataque: era una declaración de dominio.

Las ráfagas de viento afilado que desprendían sus movimientos cortaban edificios como si fueran hojas de papel, y cualquier vehículo, muro o ser vivo que se interpusiera quedaba reducido a escombros o carne desgarrada.

La ciudad de Nueva York, orgullosa de resistir guerras y catástrofes, estaba ahora de rodillas ante una fuerza que ningún humano había enfrentado jamás.

En ese escenario de caos absoluto, un rugido de energía rompió la monotonía de la destrucción.

Mateo había llegado.

Su silueta apareció sobre el cielo cubierto, descendiendo desde un vórtice mágico que se cerró tras él como si nunca hubiera existido.

El Campione aterrizó en medio de una avenida cubierta de polvo y sangre, su mirada fija en la figura distante de la diosa que continuaba su masacre sin perder un solo instante.

-Kasumi, Mei, ya saben qué hacer -ordenó con un tono que no dejaba lugar a dudas.

Kasumi asintió y, junto a Mei, se internó en los edificios colapsados.

Usaban su magia de forma quirúrgica: derribando muros inestables con un solo gesto, levantando vigas con círculos de fuerza, y sellando heridas con hechizos de sanación que brillaban suavemente.

Entre humo y polvo, sus voces eran faros de esperanza para los heridos que no sabían si vivirían un minuto más.

-¡Muévanse!

¡A la zona segura del río, rápido!

-gritaba Mei mientras canalizaba un hechizo de protección alrededor de un grupo de niños cubiertos de sangre y hollín.

Ekaterina e Ingrid, situadas en un edificio intacto a varios kilómetros del epicentro, estaban frente a una mesa llena de pantallas y mapas proyectados mágicamente.

Sus ojos seguían cada movimiento de Kali desde drones y hechizos de vigilancia.

-Mateo, tu objetivo se está desplazando hacia el sur, velocidad constante.

No parece cansarse -informó Ingrid con voz fría pero tensa.

-Evita las zonas abiertas, su alcance con esas espadas es letal -añadió Ekaterina, transmitiendo coordenadas y simulaciones de posibles rutas de combate.

Mateo no respondió con palabras; un leve asentimiento bastó antes de lanzarse hacia la diosa.

El suelo tembló bajo sus pasos, cada uno impregnado de poder divino.

Kali lo vio venir y, sin perder su sonrisa cruel, levantó una de sus espadas.

Un corte descendente cayó sobre él como un relámpago.

Mateo levantó su arma y desvió el golpe con un destello de energía que rompió ventanas a varias calles de distancia.

Pero en ese instante lo entendió: el corte no iba dirigido a matarlo, sino a probarlo.

La trayectoria había sido calculada para amenazar a un grupo de civiles que huía a su derecha.

Él no dudó.

Se interpuso y desvió la ráfaga mortal hacia el cielo, donde se perdió en una explosión de nubes.

-Así que quieres jugar en serio…

-murmuró Mateo, ajustando su postura.

Kali avanzó con una risa gutural que resonó en el aire como un canto de guerra.

Sus cuatro brazos se movieron en una danza mortal, obligando a Mateo a bloquear, esquivar y retroceder.

El asfalto se rompía bajo sus pies, las farolas se doblaban como varillas de metal, y cada choque de espadas enviaba ondas de choque que derribaban coches y muros a su alrededor.

Mateo sabía que no podía desatar todo su poder aún.

Cualquier ataque indiscriminado sería una sentencia de muerte para los inocentes que Kasumi y Mei todavía evacuaban.

Por eso, cada defensa suya era medida al milímetro, cada movimiento pensado para contener a la diosa sin dejarla avanzar demasiado, pero también sin provocar una catástrofe mayor.

-¡Mateo!

-la voz de Kasumi resonó a través del comunicador mágico-.

Tenemos todavía a dos docenas de personas atrapadas al oeste de tu posición.

¡Resiste un poco más!

-Entendido.

-Él apretó la mandíbula y reforzó su defensa.

Kali, notando su contención, incrementó la presión.

Cambió el ritmo, usando sus dos brazos superiores para atacar y los dos inferiores para lanzar ondas cortantes hacia los edificios cercanos, obligando a Mateo a cubrir más terreno y desgastarse.

Era un juego para ella, pero una lucha a contrarreloj para él.

El aire se volvió irrespirable, cargado de polvo, magia y el olor metálico de la sangre.

Los rugidos de la diosa y los gritos de los heridos se mezclaban con el estruendo de acero divino contra poder humano.

La batalla apenas comenzaba, y ya la ciudad parecía un campo de ruinas.

Mateo lo sabía: cada segundo que resistiera era una vida más salvada.

El tiempo corría como un enemigo invisible.

En las calles vacías y destrozadas de Nueva York, el rugido de los edificios colapsando se mezclaba con el eco distante de los gritos de las últimas personas que habían logrado escapar.

El cielo se teñía de un gris tempestuoso, con nubes oscuras girando como si un remolino sobrenatural estuviera conectado al pulso mismo de Kali.

Mateo, de pie en medio de una avenida convertida en un campo de batalla, sangraba por múltiples heridas.

Cortes profundos en brazos y piernas, un tajo largo en el costado y rasguños en el rostro que ardían con cada gota de sudor y polvo.

Cada respiración era un recordatorio de que, a pesar de su resistencia, estaba enfrentándose a algo que no pertenecía a este mundo.

Frente a él, Kali, imponente e inquebrantable, mantenía su postura de combate.

Sus cuatro brazos sostenían kataras y espadas curvas relucientes, cada una emanando un aura oscura que parecía consumir la luz a su alrededor.

Sus ojos, tan intensos como carbones encendidos, se fijaban en Mateo con una mezcla de respeto y ansias de destrucción.

-Ya evacuaron a todos -la voz de Ingrid sonó en el comunicador-.

No hay civiles cerca.

Mateo exhaló profundamente.

Aquella frase fue la señal que necesitaba.

Enderezó la postura y, a pesar del dolor, una expresión determinada se dibujó en su rostro.

-Entonces…

ya no tengo que contenerme.

En un instante, su energía cambió.

El aire a su alrededor vibró cuando Mateo activó la primera de sus Autoridades.

A su espalda, como una sombra etérea, apareció la silueta emplumada y dorada de Quetzalcóatl, bañando el campo con un resplandor solar.

Un rugido de viento y poder azotó los edificios cercanos.

Kali reaccionó al instante, lanzándose hacia él con dos cortes simultáneos desde direcciones opuestas.

Mateo giró, invocando la Autoridad de Ryūjin: un muro de agua serpenteante surgió del pavimento, desviando las espadas justo antes de que le cortaran la cabeza.

Sin dejar que Kali recuperara la ofensiva, Mateo cambió de táctica.

La lluvia comenzó a caer cuando invocó el poder de Tláloc, haciendo que relámpagos descendieran sobre la diosa.

Sin embargo, Kali, con reflejos imposibles, esquivó los rayos como si fueran simples chispas.

La batalla se convirtió en un baile mortal.

Mateo mezclaba las capacidades de cada dios que había enfrentado: con Czernobog, invocaba sombras cortantes que surgían del suelo; con Quetzalcóatl, potenciaba su velocidad y fuerza; con Ryūjin, usaba corrientes acuáticas para bloquear o empujar a su oponente; y con Tláloc, castigaba con relámpagos que quebraban el asfalto.

Pero Kali no era una enemiga común.

Cada golpe que fallaba, cada defensa que Mateo levantaba, era analizada por sus ojos experimentados.

La diosa de la guerra anticipaba sus patrones y respondía con contraataques precisos.

En más de una ocasión, sus espadas encontraron carne, abriendo nuevos cortes en el cuerpo de Mateo.

La sangre se mezclaba con la lluvia, manchando el pavimento a sus pies.

La lucha se extendió por horas.

Cambiaban de escenario: una avenida en ruinas, el interior de un rascacielos colapsado, un parque destrozado…

Cada encuentro era un choque de titanes que estremecía la ciudad.

Finalmente, cuando sus fuerzas comenzaban a agotarse, Mateo ideó un plan.

Usando una combinación de Ryūjin y Tláloc, hizo que torrentes de agua inundaran el área, guiándolos hacia una zona metálica del metro subterráneo.

En el momento preciso, canalizó toda la energía de Czernobog en una esfera de oscuridad y la comprimió con el poder solar de Quetzalcóatl.

Cuando Kali se lanzó para acabarlo, Mateo liberó todo de golpe, creando una explosión mixta de luz y sombra que la atravesó directamente.

Kali se tambaleó.

Sus armas cayeron al suelo y sus cuatro brazos comenzaron a desvanecerse en motas de luz.

Aun así, en su último ataque, logró lanzar un corte diagonal que cruzó desde el hombro derecho de Mateo hasta su costado izquierdo.

El dolor fue insoportable; la sangre brotó de inmediato.

-Has…

demostrado…

ser digno…

-fue lo último que dijo antes de desvanecerse por completo, su figura arrastrada hacia un portal que llevaba a su reino divino.

Mateo cayó de rodillas, jadeando, sus manos presionando la herida en el pecho.

La vista se le nublaba.

-¡Mateo!

-Kasumi apareció primero, corriendo hacia él con un rostro lleno de preocupación.

Se arrodilló a su lado y sin perder tiempo empezó a canalizar la energía curativa de su linaje hime-miko.

Una luz suave comenzó a cerrar los cortes, deteniendo la hemorragia más peligrosa.

Mei llegó segundos después, revisando cada rincón del cuerpo de Mateo para asegurarse de que no hubiera heridas ocultas.

-No finjas que estás bien -le dijo con un tono severo pero cargado de alivio-.

Te mantendremos estable, pero vas a necesitar reposo.

Mateo intentó sonreír, aunque el dolor le arrancó un quejido.

-Solo…

asegúrense de que esta ciudad…

no tenga que ver algo así otra vez.

Kasumi apretó los labios y continuó su sanación, mientras Mei mantenía su vigilancia.

En ese momento, en medio de una ciudad herida y bajo la lluvia, Mateo había sobrevivido…

pero todos sabían que esta no sería la última vez que un dios pondría a prueba su fuerza.

La ciudad aún humeaba, un silencio tenso cubría las calles destruidas mientras las sirenas lejanas de ambulancias y unidades mágicas resonaban como un eco distante.

Entre los escombros y la sangre, Kasumi y Mei se arrodillaban junto al cuerpo de Mateo.

Él yacía inconsciente, su respiración irregular, con la ropa empapada de sangre y el corte diagonal en el pecho aún fresco.

Kasumi, con el rostro pálido pero firme, colocó sus manos sobre la herida.

Un aura suave, dorada y purpúrea, comenzó a emanar de sus palmas.

Su magia de hime-miko estaba diseñada para cerrar heridas profundas y restaurar la energía vital, pero incluso así, Mateo no respondía.

Mei, a su lado, sostenía su cabeza sobre su regazo, manteniendo la presión en otros cortes menores mientras sus ojos reflejaban una mezcla de preocupación y miedo.

-Kasumi…

no reacciona -susurró Mei, sintiendo un nudo en la garganta-.

No está…

no está despertando.

Por un instante, la idea de que lo hubieran perdido cruzó por la mente de ambas.

El cansancio de la batalla, el esfuerzo de enfrentar a una diosa de la guerra, las heridas…

todo apuntaba a un colapso mortal.

Pero antes de que el pánico pudiera asentarse, una voz firme interrumpió la tensión.

-No…

-Ingrid apareció, caminando con paso seguro entre los restos humeantes-.

Esto no es muerte…

es el ciclo de Pandora.

Kasumi levantó la vista, con las manos aún canalizando energía.

-¿El ciclo…?

-Sí.

-Ingrid se agachó junto a ellas, sus ojos brillando con reconocimiento-.

Pandora lo está llamando.

Lo vi antes…

cuando obtuvo las autoridades previas.

Ella lo está llevando a ese espacio para entregarle el poder de Kali.

Kasumi y Mei intercambiaron miradas.

Un suspiro de alivio se les escapó, aunque no detuvieron sus manos ni un segundo.

Si bien el peligro había pasado, su deber era asegurarse de que el cuerpo de Mateo estuviera en condiciones cuando su conciencia regresara.

La oscuridad lo envolvía, pero no era fría ni amenazante.

Una suave bruma dorada se arremolinaba a su alrededor, y en medio de ella, una figura conocida emergió: Pandora.

Vestida con su túnica etérea que parecía fluir como agua, su cabello plateado brillaba con un resplandor divino.

-Has vuelto, Mateo -dijo con una sonrisa serena, sus ojos llenos de aprobación-.

Y una vez más, has demostrado que mereces seguir avanzando en este ciclo.

Mateo, aún con la sensación de dolor difuso en el pecho, le devolvió la sonrisa cansada.

-Gracias…

sin tu guía, no habría podido enfrentarla como lo hice.

Pandora se acercó, y en su mano apareció una hoja de luz, una espada forjada con energía pura que parecía contener ecos de miles de batallas.

-Has derrotado a Kali, diosa de la guerra y del destino mortal.

Por ello, el ciclo te recompensa con sus autoridades: el dominio sobre el combate bélico y el arte absoluto de la espada.

-Le entregó la hoja-.

Con esto, tu control y percepción en la batalla serán más agudos…

y tu filo, imposible de igualar.

Cuando Mateo tomó el arma, esta se disolvió en una corriente de energía roja y dorada que penetró en su pecho, fusionándose con su ser.

Sintió su mente inundarse de estrategias, formas de ataque y defensa, técnicas milenarias y una fuerza marcial que nunca antes había experimentado.

-Úsalas bien -añadió Pandora, tocando su frente con delicadeza-.

La guerra es un arma de doble filo.

La luz creció, envolviendo todo…

y Mateo sintió cómo la oscuridad comenzaba a desvanecerse.

Sus párpados se abrieron lentamente, y lo primero que vio fue el rostro preocupado de Kasumi, con los ojos ligeramente enrojecidos, y el de Mei, que lo miraba con una mezcla de alivio y emoción.

-¡Mateo!

-exclamó Mei, apretando su mano con fuerza.

Kasumi sonrió, aunque no pudo evitar que sus mejillas se sonrojaran-.

Idiota…

no vuelvas a asustarnos así.

Antes de que pudiera responder, ambas lo abrazaron con fuerza.

Mei lo besó en la mejilla, mientras Kasumi lo hizo en los labios, un gesto corto pero cargado de emoción.

-Lo lograste…

-susurró Kasumi.

Mateo, aún débil, pero con una leve sonrisa, respondió: -Sí…

lo logramos.

Mientras tanto, Ingrid, a unos pasos, observaba con una media sonrisa y un leve gesto de aprobación.

Había mucho por discutir…

pero por ahora, era momento de dejar que su líder disfrutara del triunfo y el calor de quienes lo amaban.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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