Campione AU! - Capítulo 21
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21: Consecuencias 21: Consecuencias Las horas posteriores a la derrota de Kali fueron una mezcla de alivio y de un silencio incómodo que pesaba como plomo en el aire.
El caos en la India comenzaba a dar paso a una calma frágil: equipos de rescate trabajaban sin descanso entre los escombros, mientras hospitales y templos improvisados recibían a miles de heridos.
En paralelo, a puertas cerradas, las más influyentes potencias políticas y mágicas del planeta se reunían en una sesión de emergencia de la ONU.
No era una reunión común: en ella estaban presentes no solo embajadores y presidentes, sino también representantes de la Comunidad Mágica Internacional, líderes de sociedades ocultas, e incluso jefes de clanes y órdenes ancestrales que rara vez aparecían en la arena política.
El punto central de la discusión era simple y brutal: Estados Unidos había cometido una negligencia imperdonable.
La irresponsabilidad que permitió el descenso de un dios hereje no solo había costado miles de vidas, sino que había estado a punto de desatar un cataclismo mundial.
Los discursos eran afilados como cuchillas: El Primer Ministro de la India, con voz grave, enumeraba las pérdidas humanas y materiales sufridas en su país.
El Canciller de Alemania exigía un castigo ejemplar para dejar claro que ningún Estado, por poderoso que fuese, podía actuar con impunidad en asuntos mágicos.
Representantes mágicos de Japón, Brasil y Egipto recordaban que las acciones de EE.
UU.
no solo habían sido un riesgo político, sino un sacrilegio cultural.
Finalmente, tras horas de deliberación, se alcanzó un acuerdo unánime, algo que pocas veces se había visto en la historia contemporánea: 1.
Multa millonaria a Estados Unidos para cubrir las pérdidas de infraestructura y las muertes en India.
2.
Aumento de las tasas de interés en varios productos que EE.
UU.
importa desde múltiples naciones, afectando su economía directamente.
3.
Destitución inmediata del Presidente por incapacidad de liderazgo y negligencia internacional.
Un nuevo mandatario sería designado por consenso interno bajo supervisión de la ONU.
4.
Entrega obligatoria de tomos y libros de magia en desarrollo por parte de la comunidad mágica estadounidense, evitando que tecnologías similares provocaran otra crisis.
5.
Prohibición absoluta de buscar acuerdos o alianzas políticas con otras instituciones mágicas extranjeras.
En la práctica, un aislamiento diplomático casi total en el ámbito arcano.
6.
Compensación directa a Mateo: debido a que salvó no solo a India, sino al mundo entero, Estados Unidos debía entregar una compensación, ya fuera en dinero o en forma de recurso humano que lo acompañara como apoyo permanente.
El último punto fue motivo de un silencio incómodo.
Estados Unidos aceptó todas las condiciones…
excepto la de entregar un mago joven capaz de servir junto a Mateo.
El nuevo líder interino, con gesto de derrota, explicó ante la asamblea: —En nuestro país…
no contamos con jóvenes magos del calibre que él merece.
Además…
con nuestra situación política y social actual…
muchos se negarían a servir a alguien con sus métodos y…
sus ideales.
No encajaría con nuestra…
cultura progresista.
Un murmullo recorrió la sala.
Algunos embajadores sonrieron con ironía, otros simplemente fruncieron el ceño.
Nadie se sorprendía de que el radicalismo interno estadounidense, esa mezcla de orgullo y división, impidiera un gesto de humildad.
La India, por su parte, rompió el silencio.
Su representante se inclinó hacia el micrófono: —Entonces, una vez que Mateo termine de tratar este asunto con ustedes…
nosotros cumpliremos con ese deber.
Después de todo, él ha preservado nuestra tierra, nuestra gente…
y la dignidad de un dios que, de no ser por él, habría sido corrompido para siempre.
Los representantes mágicos asentían.
Para ellos, la victoria de Mateo no había sido solo militar: había evitado que el nombre de Kali quedara asociado a la distorsión y el caos eterno.
En la sala, las cámaras registraban cada palabra, cada gesto.
El rostro de los delegados estadounidenses era la viva imagen de la derrota diplomática: aislados, señalados y obligados a acatar una resolución que ellos mismos jamás habrían aceptado si la situación fuera inversa.
Esa noche, las agencias de noticias del mundo entero transmitieron el titular: > “El mundo dicta sentencia: Estados Unidos aislado tras negligencia mágica.
Mateo, el salvador de India, recibirá compensación internacional.” Mientras tanto, en otro lugar, Mateo se mantenía al margen de la política…
aunque sabía muy bien que lo que acababa de suceder cambiaría el tablero internacional para siempre.
La mañana siguiente a la derrota de Kali amaneció distinta.
No hubo rumor de tráfico ni bullicio despreocupado: hubo ojos abiertos, pantallas encendidas y un zumbido planetario de preguntas.
La transmisión en directo de la batalla —fragmentada, temblorosa, a ratos sin audio— había dado la vuelta al globo.
Ya nadie podía decir “no existe”; lo sobrenatural había cruzado la puerta de la sala y se había sentado en el sofá.
En las redes, los titulares se atropellaban: “La realidad cambia: magia confirmada”, “¿Quién es Mateo Vargas?”, “La caída de Kali: cronología de una noche interminable”.
Junto a ellos, clips cortos: el resplandor de los cortes de aire, los muros hechos añicos, el perfil cansado de un joven cubierto de sangre, y, a su alrededor, cuatro mujeres sosteniéndolo con manos firmes y mirada resuelta.
En foros y canales improvisados, la indignación crecía: “¿Por qué lo ocultaron?”; “¿Cuánto tiempo lo sabían?”; “¿Quién decide qué es seguro para el público?”.
Gobiernos y consejos mágicos publicaron comunicados urgentes: manuales de convivencia con lo arcano, líneas de atención, protocolos de avistamientos, glosarios.
La Comunidad Mágica Internacional anunció una serie de ruedas de prensa coordinadas para explicar lo básico: qué es un dios hereje, qué es un Campione, por qué la discreción había sido, hasta ahora, un escudo.
No bastó.
La sensación de engaño quedó instalada como una astilla.
En Estados Unidos, la discusión tomó un filo peligroso.
Programas de opinión y cuentas incendiarias repitieron un mantra: “Ese poder debería ser nuestro”.
El hecho de que el joven que había detenido a Kali fuese mexicano se convirtió en gasolina para los sectores más xenófobos.
Exigían que se “entregara” a Mateo, que se lo “naturalizara” a la fuerza, que el poder pertenecía a la nación “más preparada”.
Hubo contraprotestas.
Hubo debates en universidades, cartas abiertas de científicos y líderes religiosos moderados pidiendo prudencia y humanidad.
Pero las voces radicales, ruidosas, empujaban el discurso a los bordes: “Un extranjero no puede decidir sobre nuestras vidas”.
La ironía —que Kali estuviera allí por decisiones de ese mismo gobierno— se perdía en el ruido.
En México, la noche se llenó de brindis discretos y lágrimas de alivio.
Familias frente al televisor, abuelas persignándose, niños imitando con palos una espada invisible.
Las plazas no estallaron en fiesta, pero sí en una calma orgullosa: “El muchacho es de los nuestros”.
El Ejecutivo emitió un mensaje sobrio: reconocimiento a Mateo como protector soberano en su calidad de Campione, cooperación con la comunidad mágica, y un recordatorio al mundo: “Los Campione no pertenecen a ningún Estado.
Se les respeta o se paga el precio”.
En colonias y barrios, murales espontáneos empezaron a aparecer: una figura de espaldas, el viento alborotando una capa que Mateo no llevaba, y debajo, una frase sencilla: “No estamos solos”.
Desde Rusia —ahora un país en reconstrucción bajo tutela internacional— se enviaron mensajes de gratitud.
Voces quebradas hablaron de orfanatos que reabrían, de agua potable corriendo otra vez, del nombre de Czernobog pronunciado sin terror por primera vez en meses.
En India, templos y hospitales organizaron ceremonias de agradecimiento.
Junto a los mantras, un reconocimiento público: “El muchacho salvó algo más que vidas: salvó símbolos”.
Pocos entendían del todo, pero muchos lo sentían.
En paralelo, se desató otro frente: colectivos feministas en varios países denunciaron la “normalización de un harem” en torno a Mateo.
Clips de Ingrid tomada de la mano, Kasumi entrelazada al otro brazo, Mei a su lado con el ceño ruborizado, y Ekaterina discutiendo con políticos, circulaban acompañados de textos que hablaban de “objetificación”, “asimetrías de poder” y “romantización del control masculino”.
La respuesta llegó en una rueda de prensa atípica, sin gobernantes de por medio.
Solo ellas cuatro, en un estrado sencillo.
Ingrid tomó la palabra primero, con una serenidad que cortaba el murmullo: —No somos trofeos ni fichas políticas.
Somos adultas, informadas y libres.
Elegimos estar aquí.
Elegimos a Mateo.
Y elegimos también nuestro trabajo: mediar, organizar, cuidar, pelear cuando toca.
Kasumi, con el kimono formal de ceremonia y una voz suave, añadió: —He dedicado mi vida a sanar.
Mateo respeta mis límites y mis decisiones.
Mi lugar a su lado no nace de una obligación, sino de un pacto.
No es sumisión, es confianza compartida.
Mei, al principio rígida, apretó el micrófono.
Su franqueza sonó como una bofetada al cliché: —Soy su caballero.
Lo escolto, evacuo civiles, derroto bestias.
Si piensan que estoy aquí por su cara bonita, véanme trabajar.
Vine porque lo elegí, y me quedo porque lo admiro.
Si un día deja de merecerlo, me iré.
Ekaterina, impecable, cerró: —He administrado crisis mayores que cualquier trending topic.
A Mateo lo sigo por competencia, no por romance.
Y si además surge afecto, es asunto mío.
Pedimos al mundo que nos conceda la dignidad de nuestras decisiones.
Respondieron preguntas difíciles.
Hablaron de consentimiento, de autonomía, de que un vínculo múltiple en su caso no ocultaba coerción ni dependencia económica: cada una tenía funciones, ingresos, espacios.
Mostraron contratos privados de seguridad, cronogramas de trabajo, capacitación.
El escándalo no se desvaneció, pero el relato de “objetos” empezó a agrietarse.
Días después, Mateo apareció en cadena internacional.
No en un balcón ni con uniforme; con una camisa sencilla, el cabello sin pretensión y la mirada recta.
—No soy un rey electo ni un arma de ningún gobierno —dijo—.
Soy un Campione.
En mi territorio, mi palabra es ley para contener lo que amenaza a los inocentes.
Y fuera de él, coopero cuando hay vidas en riesgo.
A quienes me insultan por ser mexicano: no cambiaré mi origen para su comodidad.
A quienes creen que pueden “reclamar” mi poder: no funciona así.
No me deben lealtad; me deben respeto.
Hizo una pausa.
—A las personas que temen: entiendo su miedo.
Por eso trabajamos en protocolos, en enseñar y proteger.
A quienes aman a mis compañeras pero dudan de su libertad: no necesitan que yo las defienda.
Ellas ya hablaron.
Les pido que las escuchen.
Cerró con una promesa sencilla: “Donde un dios hereje ponga en peligro a inocentes, si puedo llegar, llegaré”.
No hubo dramatismo.
Hubo claridad.
El Consejo de Seguridad, la Comunidad Mágica Internacional y varios bloques regionales anunciaron el Acuerdo de Salvaguardas Arcanas: coordinación abierta entre autoridades mágicas y civiles, mapas de riesgo, alarmas tempranas, y un principio básico: ningún Estado podrá usar un descenso como excusa para agresiones geopolíticas.
Se crearon unidades mixtas de evacuación, corredores humanitarios “blindados” por pactos rituales, y seguros internacionales frente a catástrofes mágicas.
Mercados temblaron y luego se estabilizaron con rapidez sorprendente.
Aseguradoras abrieron líneas para “daños por fenómenos divinos”.
Universidades lanzaron posgrados de gestión de crisis arcanas.
Iglesias, mezquitas y sinagogas debatieron con eruditos de lo oculto; algunos llamaron al diálogo, otros cerraron filas, unos pocos cayeron en el pánico moral.
En Nueva York, veladoras a pie de calle marcaban el recorrido de Kali.
En Ciudad de México, jóvenes dejaron carteles en la reja de una universidad: “Gracias por volver”.
En Moscú, una pareja se abrazó frente a un comedor social recién abierto: “Volvemos a comer caliente”.
En Delhi, una mujer encendió incienso por sus muertos y susurró: “Que nunca olviden”.
En internet, los extremos siguieron gritando, pero algo se movió en el centro: una aceptación lenta, rugosa, de que el mundo cambió.
Que hay monstruos con nombre y símbolos con peso.
Y que, por improbable que parezca, un estudiante mexicano con cicatrices nuevas y una espada invisible se ha convertido en la delgada línea entre la vida y la ruina.
Esa noche, lejos de los focos, Mateo repasó informes con Ingrid, validó listas de orfanatos con Kasumi, coordinó turnos de entrenamiento con Mei y firmó, junto a Ekaterina, un paquete de medidas administrativas para resguardar templos y bibliotecas.
Después, en la azotea, el viento —ese viejo aliado— peinó la ciudad.
No hubo discursos.
Solo el murmullo de una promesa repetida: estar cuando haga falta.
El mundo, por primera vez, no negó lo imposible.
Aprendía a vivir con ello.
Y a mirar, sin pestañear, cuando el cielo volviera a agrietarse.
La casa de los Vargas en Ciudad de México se acostumbró a un nuevo ritmo: timbres insistentes, cámaras en la esquina, drones que zumbaban como mosquitos y comunicados oficiales que llegaban a deshoras.
Tras la revelación mundial de lo sobrenatural, la prensa había convertido a Mateo y a las chicas en una especie de reality global.
Por eso, los días siguientes se cuidaron como si fueran un santuario.
En la sala, entre almohadones y tazas de té, Ingrid y Kasumi se turnaban para acurrucarse junto a Mateo; Mei fingía indiferencia, pero terminaba pegando el hombro al suyo, rindiéndose a caricias discretas y besos suaves.
No había promesas grandilocuentes, solo respiraciones que por fin, después del caos, regresaban a un compás humano.
Películas a medias, siestas que empezaban como abrazos y acababan como risas, cenas improvisadas en las que Mateo cocinaba con una precisión de libro y una torpeza adorable para emplatar.
Afuera, el mundo ardía en titulares; adentro, el tiempo se encogía para sanar.
El alud de trámites que generó la reconstrucción de Rusia encontró a Ekaterina en su terreno: mesas de trabajo, pantallas abiertas, pilas de expedientes.
La “optimización” que Mateo había diseñado con su autoridad de sabiduría había reducido procesos, cruzado bases de datos, automatizado firmas: el papeleo rendía como nunca.
Aun así, había decisiones que ninguna fórmula sustituía.
Entre memorandos, Ekaterina localizó un sobre distinto: papel grueso, sello en relieve con motivos florales y una cinta color azafrán.
Lo apartó con curiosidad y lo abrió con cuidado.
Era una carta dirigida a Mateo con la firma del gobernante de India, solicitando una reunión dentro de un mes para agradecer la intervención contra Kali y discutir una compensación formal.
Apoyó el documento en la mesa y respiró hondo.
Sabía que ese gesto diplomático podía servir para sanar heridas, fijar protocolos y, por qué no, recordar al mundo que actuar a tiempo evita tragedias.
También sabía otra cosa: que su propio corazón estaba buscando el instante justo para hablar.
No hoy, no con el polvo aún en el aire.
Quería una confesión limpia, no una que naciera del vértigo.
El mismo día, noticieros estadounidenses abrieron con un rótulo tosco: “¿Héroe por honor o por dinero?”.
Las cifras de la compensación económica entregada por Estados Unidos a Mateo corrían por la pantalla como si fueran lemas de campaña.
Comentaristas conservadores y usuarios furiosos alimentaron la sospecha: “Lo hizo por la paga”.
La respuesta oficial no tardó.
El nuevo presidente de Estados Unidos —recién nombrado tras la destitución de su antecesor— emitió un mensaje claro: > “La transferencia no es una ‘recompensa’ personal.
Es parte de las sanciones y reparaciones impuestas por la comunidad internacional y la comunidad mágica por nuestra negligencia en India.
Las asumimos.” El globo respiró un poco mejor.
Las voces más radicales, sin embargo, salieron a las calles con pancartas anti-Campione y consignas que confundían poder con propiedad.
No duraron: sin narrativa que las alimentara, las marchas se deshicieron en unos días como humo bajo la lluvia.
Esa tarde, el comedor se volvió sala de situación.
Ingrid desplegó reportes financieros y convenios; Kasumi presentó avances de orfanatos, clínicas de campaña y redes de apoyo; Mei proyectó mapas, corredores seguros y cuadrantes de entrenamiento; Ekaterina puso sobre la mesa los calendarios internacionales, los boletines de riesgo y, por último, la carta de India.
—Quieren vernos en un mes —resumió Ekaterina—.
Agradecimiento formal, evaluación de daños, propuesta de compensación.
Piden que la reunión sea en su territorio.
Mateo tomó el sobre, leyó, y alzó la vista.
—Lo merecen —dijo—.
Y nosotros también.
Sirve para cerrar la herida como se debe…
y para impedir que alguien use un descenso como excusa geopolítica de nuevo.
Mei asintió con su seriedad casi marcial.
—Propondré un itinerario con zonas seguras, equipos médicos y rutas de evacuación.
No bajamos guardia aunque sea ceremonia.
—Yo prepararé la parte económica y los compromisos públicos —añadió Ingrid—.
Transparencia total, para que nadie vuelva a decir “lo hizo por dinero”.
Kasumi, con su calma templada: —Coordinaré clínicas y rituales de consuelo.
En Delhi todavía duelen los nombres.
Ekaterina sonrió apenas, profesional.
—Y yo trabajaré con exteriores para blindar la reunión.
Comunicación clara, expectativa correcta.
Mateo se quedó un momento mirando a cada una, como si estuviera tomando una fotografía invisible.
—Gracias.
Respondamos que sí.
La noche trajo un respiro dulce.
Ingrid robó a Mateo hacia la terraza con una manta; Kasumi, tímida y luminosa, se acurrucó del otro lado.
Mei protestó que aún quedaban rutas por afinar, pero acabó con la cabeza en su hombro, rindiéndose a un beso breve que le incendió las mejillas.
Habían sido semanas largas; merecían estos silencios con latidos.
Dentro, Ekaterina terminó de redactar la respuesta diplomática: confirmación de asistencia, disposición a firmar protocolos conjuntos y una lista sobria de necesidades logísticas.
Revisó el texto tres veces; la cuarta, lo leyó en ruso para sí y sonrió.
Enviada.
Antes de irse a dormir, cruzó la puerta de la terraza.
El viento estaba limpio.
—Confirmado con India —anunció—.
Un mes.
Mateo levantó la mano y ella la tomó sin pensarlo; un gesto breve, cálido, que no necesitó explicación.
—Perfecto —dijo él—.
En un mes, cerramos un círculo.
Ekaterina se quedó un segundo más, mirando el horizonte de la ciudad que parpadeaba como un tablero.
No sería hoy.
Pero el día llegaría.
Y cuando el mundo volviera a temblar —porque lo haría—, llegarían juntos.
El tiempo había pasado con una velocidad sorprendente para todos.
Entre entrenamientos, compromisos y la vida agitada que Mateo llevaba como el centro de un grupo tan especial de chicas, los días parecían evaporarse.
Aquella mañana, todo parecía tranquilo: no había compromisos oficiales, ni entrenamientos urgentes, ni llamados de emergencia.
Sin embargo, Mateo notó algo distinto en Ekaterina.
La joven de mirada felina y porte elegante, aunque siempre mantenía una imagen serena y segura, esa mañana mostraba un matiz distinto: estaba más callada, su ceño fruncido y los movimientos de sus manos revelaban que algo la mantenía inquieta.
—Ekaterina, ¿todo bien?
—preguntó Mateo, inclinándose hacia ella con un tono suave.
Ella sonrió apenas, pero no pudo engañarlo.
Mateo, con esa intuición que desarrollaba cada vez más con sus chicas, supo que algo le preocupaba.
Sin pensarlo demasiado, se levantó y le dijo: —Vamos, hoy no nos quedamos encerrados.
Tú y yo, en la ciudad.
Ekaterina lo miró con sorpresa, sus labios se curvaron en una sonrisa sutil.
Antes de que respondiera, Mateo ya estaba organizando todo para salir.
Desde el sofá, Ingrid, Mei y Kasumi los observaban, y como si compartieran un pensamiento silencioso, se miraron entre sí y sonrieron con complicidad.
Las tres sabían perfectamente lo que pasaba.
Ekaterina había estado preparando su momento para declararse desde hacía semanas, esperando la ocasión adecuada.
Y ahora, con Mateo tomando la iniciativa para sacarla a pasear, todo parecía alinearse.
Las tres chicas, lejos de sentir celos, estaban felices de que su amiga tuviera la oportunidad de dar ese paso.
Después de todo, para ellas el amor de Mateo no era una competencia, sino un vínculo compartido y especial.
— Salir no era tan sencillo como antes.
Desde que Mateo había ganado notoriedad en todo México, su rostro se había vuelto reconocible en casi cualquier lugar.
Incluso, programas de televisión dedicados al chisme de celebridades lo mencionaban con regularidad, inventando historias amorosas y supuestas peleas entre las chicas de su círculo.
Todo era pura invención, pero no dejaba de ser incómodo si alguien los reconocía.
Por eso, Mateo y Ekaterina optaron por salir de manera discreta.
Él vistió ropa casual pero con gorra y lentes oscuros, y ella, elegante como siempre, llevó un abrigo largo y un sombrero que le cubría gran parte del rostro.
Juntos caminaron por las calles de la Ciudad de México, evitando las zonas más concurridas.
—Parecemos espías en una misión —bromeó Mateo mientras cruzaban una calle.
—Y yo soy tu peligrosa cómplice —respondió ella, sonriendo de lado.
Su primer destino fue un restaurante de lujo en el centro de la ciudad.
Mateo había reservado con antelación un salón VIP para asegurarse de que nadie los interrumpiera.
El lugar estaba decorado con luces tenues, música suave y un servicio impecable que los hacía sentir en un mundo aparte del ruido citadino.
Durante la cena, la conversación fluyó con naturalidad.
Mateo aprovechó para preguntarle más sobre su infancia en Rusia, sobre sus sueños antes de conocerlo y sobre lo que pensaba del futuro.
Ekaterina, aunque siempre mantenía cierto misterio en sus palabras, se mostraba más abierta y risueña de lo habitual.
Tras los postres, un silencio cargado de tensión dulce se apoderó de la mesa.
Ekaterina bajó la mirada un instante, como si buscara fuerzas.
Luego, alzando su vista, lo miró directamente a los ojos con una mezcla de nerviosismo y determinación.
—Mateo…
—dijo con voz suave—, yo…
quiero decirte algo.
Él esperó en silencio, sabiendo que este era un momento importante para ella.
—He estado pensando…
en todo lo que hemos vivido y en lo que siento.
Y la verdad es que…
quiero ser parte de tu vida de la misma forma que lo son Kasumi, Ingrid y Mei.
Mateo sonrió de inmediato, no sorprendido, sino genuinamente feliz.
No dijo nada al principio, simplemente se inclinó hacia ella y, con una mirada que transmitía aceptación y cariño, la besó en los labios.
Fue un beso tranquilo, lleno de calidez, y Ekaterina, al separarse, parecía más radiante que nunca.
—Bienvenida, Ekaterina —susurró él.
— Los días siguientes, la noticia no tardó en estallar en los medios.
De alguna manera, algún paparazzi había captado fotos de la cena y el beso.
En cuestión de horas, los programas de chismes se llenaron de titulares como “Nueva integrante en el romance del año” o “¿Infidelidad o amor compartido?”.
Los rumores se dispararon: que Kasumi estaba celosa, que Ingrid había discutido con Mateo, que Mei había roto con él.
Todo falso.
Cuando finalmente un grupo de reporteros logró entrevistar a Kasumi, Ingrid y Mei en un evento público, las tres dejaron claro lo que pensaban.
—Sabíamos desde antes lo que Ekaterina sentía —dijo Kasumi con tono firme—, y nosotras mismas la apoyamos.
—Le dimos nuestra bendición —añadió Ingrid, sin rodeos.
—Nuestro único amor es Mateo, y nadie más —concluyó Mei, con una leve sonrisa.
Sus respuestas cortaron de raíz cualquier rumor de conflicto.
Y, aunque la prensa seguiría intentando inventar historias, lo cierto era que la relación de Mateo y su harem era más fuerte que nunca.
Aquella noche, cuando regresaron todos a casa, Ekaterina se sentó junto a Mateo en el sofá, entrelazando sus dedos con los de él.
Las demás chicas, sin decir nada, se acercaron y se acomodaron alrededor.
No había competencia, solo un vínculo que, con cada nuevo paso, se hacía más profundo.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com