Campione AU! - Capítulo 22
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22: India 22: India El reloj marcaba la cuenta atrás con una calma casi burlona.
Un mes que se había ido volando entre ruedas de prensa, reuniones y noches sin dormir; y ahora, por primera vez en semanas, la palabra viaje sonaba menos a deber y más a promesa.
Mateo observó la sala de su casa una última vez: mochilas cerradas, maletas etiquetadas con los sellos diplomáticos y una pila ordenada de documentos que Ekaterina había preparado para dejar todo atado durante su ausencia.
La reconstrucción de Rusia continuaría, los equipos internacionales tenían instrucciones y la Comunidad Mágica supervisaría lo necesario hasta su regreso.
Eso le permitía, con el peso de la responsabilidad amortiguado, regalarse una semana entera en la que la diplomacia se mezclara con el descanso, y en la que, sobre todo, pudiera viajar con las personas que más importaban en su vida.
En la cocina, su madre revolvía una cazuela con la calma decidida de quien piensa que una buena comida arregla cualquier cosa.
A su lado, su padre le dio un palmoteo en la espalda que fue a medias orgullo y a medias reprimenda en broma.
-Ve con cuidado, hijo -dijo su madre, entregándole una bolsa con tamales envueltos en hoja de plátano-.
Y come.
No quiero verte en un banquete diplomático pensando en la última reunión.
-Te prometo que volveré con fotos y con la cabeza intacta -contestó Mateo mientras besaba la frente de su madre.
Luego, con fingida gravedad, se volvió hacia su padre-.
¿Y tú?
¿Los periódicos no hicieron de las suyas hoy?
-Ah, esos -rió su padre-.
Dile a tus fans que no rompan la puerta, ¿eh?
Pero en serio, mijo: estamos orgullosos.
Y si te siguen en la tele, recuérdales que somos tus papás y que exigimos buenas fotos cuando regreses.
La escena fue ligera, cálida, un refugio antes del ruido.
Camino al aeropuerto, el tono cambió.
Aún con documentos en mano y sonrisas escondidas, el coche fue rodeado por un enjambre de cámaras y micrófonos cuando los motores se acercaron a la terminal privada.
Los paparazzi siempre encontraban una vía, incluso cuando el plan era pasar desapercibidos.
-¡Mateo!
¿Una declaración sobre la reunión en India?
-¿Van a romper rumores sobre celos entre su grupo?
-¿Cuánto les costó la íntima cena?
Ingrid, sin perder compostura, se adelantó al pie del jet con una sonrisa fría y un gesto de mano que mandó callar más que cualquier palabra.
Kasumi y Mei se mantuvieron cercanas, protectoras y serenas; Kasumi con la dulzura que la caracterizaba, Mei con esa expresión determinada que parecía decir “no voy a tolerar estupideces”.
Ekaterina, impecable, habló con seguridad diplomática: un agradecimiento por el interés y una petición de respeto por su privacidad y por el carácter oficial del viaje.
Sus palabras, medidas, desarmaron la mayor parte del morboso interés mediático.
Un fotógrafo intentó una última pregunta, pero una señal discreta de Mateo, acompañado por la presencia imponente de dos guardias-un par de caballeros y magos asignados por la Comunidad Mágica-, cerró el paso.
Antes de subir al jet, Mateo se permitió una última mirada a su familia; su madre lo abrazó con fuerza, su padre le dio un guiño cómplice, y las chicas se entrelazaron con él como un salvavidas cálido.
El avión privado no era sólo lujo; era una cápsula segura.
Las protecciones mágicas tejidas por Ekaterina y por la Comunidad Mágica formaban una burbuja que amortiguaba la mirada indiscreta y, si era necesario, desviaría hechizos o vigilancia.
Para Mateo y sus compañeras, eso significaba algo vital: tranquilidad suficiente como para dejar caer las máscaras.
La cabina principal estaba pensada para el grupo: asientos amplios convertidos en sofá, una pequeña mesa central con frutas frescas y platos ligeros-los tamales de su madre quedaron como regalo para más tarde-.
Por un ritmo propio del viaje, el ruido de los motores fue un telón que los aisló del mundo.
Ingrid rompió el hielo con un comentario sobre un programa de chismes que había inventado una vez más una pelea inexistente.
Las risas fueron sinceras.
Kasumi se dejó llevar por esa calma, y pronto comenzaron las conversaciones íntimas: recuerdos de batallas, anécdotas de la reconstrucción, y chistes torpes que sólo ellos entendían.
Mateo precisó a Ekaterina algunos puntos logísticos para la cumbre: protocolo, seguridad extra, pasos para la visita al templo donde se haría el homenaje.
Ekaterina, profesional, trazó con una tableta las rutas y horarios mientras hablaba en voz baja.
Sus manos se rozaron al pasar la tableta, y ese contacto sencillo encendió algo en los dos: una confirmación silenciosa de que la decisión tomada semanas atrás era la correcta.
El resto del viaje fue un compendio de momentos pequeños y perfectos: Mei dormida recostada sobre el hombro de Mateo durante horas; Kasumi enseñándole una palabra nueva en japonés; Ingrid y Mateo jugando a recordar nombres de dioses y lugares donde habían peleado.
Ekaterina se permitió sonreír más de lo habitual, y Mateo la miró con esa ternura seria que había aprendido a repartir sin favoritismos.
Cenaron a bordo, en una calma que el mundo miraba desde lejos con curiosidad y, sin saberlo, con cierta envidia.
Cuando la noche cayó, las luces del avión eran una bombilla cálida que les recordaba que en medio de las crisis, existía un lugar donde el tiempo se podía estirar.
Entre abrazos y siestas, llegaron las notificaciones: Ekaterina confirmando que las comisiones rusas se encargarían de la apertura de tres centros de reconstrucción durante su ausencia; la Comunidad Mágica informando de un equipo listo para asistir a cualquier incidencia diplomática; un correo del gobernador indio con detalles culturales y recomendaciones para el ceremonial de agradecimiento.
Mateo respondió con la misma serenidad responsable que lo había caracterizado siempre: agradecimientos concisos, autorizaciones rápidas, y la promesa de llegar a tiempo para la cumbre.
Al amanecer, la silueta de Delhi apareció en el horizonte.
Las luces de la ciudad se extendieron como un tapiz de fuego, templos y minaretes alzándose en la distancia.
Todo el equipaje simbólico que traían -la experiencia de la guerra, los lazos, las cicatrices y las autoridades- se mezclaba con la expectativa de una reunión que prometía ser un puente entre naciones.
Cuando el avión comenzó el descenso, Mateo apretó la mano de Ekaterina y luego entrelazó los dedos con los de cada una de sus compañeras, uno por uno, como si con ese gesto jurara que, pase lo que pase, regresarían a Rusia unidos y listos para seguir levantando lo que la guerra había destruido.
La puerta del avión se abrió.
El aire indio los recibió: seco, cálido y lleno de especias invisibles.
La semana que tenían por delante sería intensa -ceremonias, protocolos, encuentros- pero sobre todo sería un recordatorio de por qué habían elegido luchar juntos: por la vida que querían preservar y por el futuro que, paso a paso, estaban reconstruyendo.
La ciudad en la que se hospedaban -Delhi- desplegaba su color y su rumor como una alfombra viva.
Entre templos, mercados y avenidas monumentales, los días antes de la cumbre se estiraron para Mateo como un respiro necesario: cuatro jornadas que reservó para otorgar tiempo y atención a cada una de las mujeres que compartían su vida.
No eran citas improvisadas: cada encuentro fue pensado, acorde a la personalidad y gustos de cada una, y eso las hizo especiales.
Ingrid siempre había respondido a lo íntimo del lenguaje: poesía, sombras de palabras, la música de las sílabas.
Mateo la invitó a una librería-café que habían localizado en una calleja tranquila, donde una pequeña tarima al fondo se reservaba para lecturas.
La tarde cayó con un dorado suavemente perfumado por las especias de los puestos cercanos.
Se sentaron con té chai y un café fuerte.
Ingrid hojeó un viejo volumen de Neruda y, por sorpresa de Mateo, eligió un poema persa bilingüe que resonaba con la musicalidad india.
Compartieron versos en español, en inglés y ella le leyó pasajes de un autor urdú traducido.
Mateo, atento, escuchó los silencios entre las palabras.
Al terminar, la llevó a la terraza de un restaurante cercano donde las luces colgantes y el murmullo de la ciudad creaban un refugio cálido.
En la terraza conversaron sobre literatura hispánica y sobre la influencia de la tradición oral en las culturas.
Ingrid habló de cómo le gustaba que la literatura temblara entre la ternura y la ironía; Mateo le respondió con anécdotas de sus clases universitarias y de lo que había aprendido en la práctica de gobernar.
Al despedirse, hubo un beso corto en la comisura de los labios, suave como un acuerdo tácito: seguirían siendo cómplices de palabras.
Para Kasumi, la serenidad y la tradición eran sagradas.
Mateo la llevó a un jardín botánico donde, entre parterres y corredores sombreados, habían concertado una ceremonia privada con una maestra del té local que practicaba variantes de ceremonia inspiradas en tradición asiática y elementos de hospitalidad india.
Kasumi, fascinada, sonrió mientras las manos de la maestra movían los utensilios con lentitud.
Caminando entre bambúes y fuentes, Mateo la escuchó hablar de su infancia, de los principios que la guiaban como sanadora: paciencia, respeto y la convicción de que un gesto pequeño puede reparar mucho daño.
Kasumi le mostró un amuleto que guardaba desde niña; él lo tomó sin teatro y lo acarició con respeto.
Comer juntos fue sencillo: platos de verduras templadas, un dulce de leche típico y un té astringente que ambos compartieron en silencio más de una vez.
Al final del día, Kasumi llevó a Mateo a un pequeño santuario donde encendieron una vela por las vidas heridas en Rusia.
Mateo puso la mano sobre la de ella y, en el silencio, prometieron seguir cuidando gente juntos.
Fue una cita de calma, que dejó la sensación de que el mundo podía repararse con manos tranquilas.
Mei necesitaba movimiento.
La caballería, la disciplina y la acción formaban la columna vertebral de su afecto.
Mateo la llevó a un antiguo centro de artes marciales que aceptó recibirlos: allí un maestro de kalaripayattu -arte marcial del sur de la India- ofreció una clase privada de intercambio.
Mei, con su energía habitual, se lanzó a los ejercicios como si fuera la primera y la última vez: patadas, trabajo de equilibrio, respiración.
Mateo participó con ganas, torpe al principio y más preciso después, empujando y recibiendo, riendo cuando la maestra les corregía la postura.
Tras la práctica, se sentaron a la orilla de un estanque donde bebieron agua de coco.
Mei se soltó: contó historias de misiones, de la primera vez que tuvo miedo de no volver de una evacuación, de cómo ser caballero la había transformado.
Mateo la escuchó, admirado por la dureza y la ternura que convivían en ella.
Al despedirse, Mei le dio un abrazo largo, de esos que hablan de confianza absoluta, y un beso que fue espontáneo y sincero.
Ekaterina pidió algo distinto: sobriedad y tiempo para hablar de proyectos.
Mateo la citó en un museo donde una exposición sobre diplomacia y arte sacro permitía a la joven consultora mezclar su pasión por la administración con referencias culturales.
Caminaron entre vitrinas, comentaron estructuras de gobierno y estrategias para la reconstrucción de Rusia.
Ella agradeció la seriedad de Mateo con su trabajo; él la admiró por su temple y por la precisión con la que resolvía problemas.
La noche la reservó para una cena en un haveli convertido en restaurante -un salón privado cubierto de frescos- donde la comida fue formal, el servicio impecable y la conversación osciló entre lo personal y lo profesional.
Ekaterina habló de su familia, de la responsabilidad de representar a su gente, y en un momento, con la voz apenas más baja que la música, confesó un temor: querer ser amada por Mateo sin que eso la hiciera menos útil en su labor.
Mateo la tomó de la mano y le dijo que la quería por lo que era: una mujer con visión y con principios.
Fue una cena que selló la cercanía de ambos: sobria, íntima y con una promesa implícita de complicidad.
Los cuatro días dejaron a cada mujer con la sensación de haberse recibido todo de Mateo: atención, respeto y pequeños gestos que no se gastaban.
El último anochecer anterior a la cumbre los encontró reunidos en la suite oficial reservada para Mateo.
Ordenaron comida ligera, revisaron documentos, hablaron de posibles protocolos y, al final, se tomaron de las manos: una cadena de apoyo frente a lo que vendría.
Hubo risas, bromas y un silencio reconfortante.
Sabían que la dinámica de siempre -ofertas formales de aliados, presentaciones de candidatos como en China o Japón- podía repetirse, y querían estar listos.
La mañana llegó con un cielo claro.
La comitiva india los recibió con solemnidad: guardias de uniforme, alfombras, inscripciones formales en sánscrito y un pequeño séquito protocolario.
Mateos y las mujeres se movían con compostura; Ekaterina, impecable en traje ceremonial, coordinó la entrada con precisión.
El palacio de recepción olía a incienso y flores; los muros estaban tapizados por tapices que hablaban de mitos antiguos y de la supervivencia cultural.
Cuando el líder de India los condujo a la sala, agradeció primero en nombre de su pueblo.
Habló de heridas abiertas, de deudas morales y de la necesidad de trazar puentes duraderos entre naciones y sus guardianes.
Al concluir, el protocolo se volvió más delicado: como en encuentros previos con otros bloques, la casa anfitriona indicó que, para simbolizar la alianza, presentarían candidatos calificados -expertas en magia ritual, maestras en evacuación, caballeras entrenadas o hedonistas académicas del saber arcano- y que Mateo, como ya era costumbre, podría elegir entre los perfiles los apoyos que estimase convenientes para sus tareas.
Las mujeres compartieron una mirada: sabían qué representaba eso, sabían también que el acto no era necesariamente un escalón hacia más afecto sino una formalidad de alianza -aunque en la práctica, como había ocurrido antes, muchas veces derivaba en nuevas relaciones que fortalecían a la red alrededor del Campione.
Mateo, tranquilo, sintió la responsabilidad en su nuca y la ternura en las manos que lo apretaron por un segundo.
No era momento para gestos que distrajeran; era momento para decidir con cabeza fría.
Se abrió entonces la presentación: una tanda de mujeres con especializaciones -una maestra en sellos protectores, una experta en hidromancia útil para la reconstrucción, una caballera con experiencia en evacuaciones urbanas- desfilaron ante la sala.
Cada candidatura traía annexos técnicos, certificados, cartas de recomendación y testimonios.
Mateo las observó con atención profesional: no se trataba solo de belleza o afinidad, la oferta debía fortalecer las capacidades que ya tenía en su equipo.
Ingrid, Kasumi, Mei y Ekaterina intercambiaron impresiones en susurros, ofreciendo puntos de vista desde la experiencia-quién encajaría mejor para operar en terrenos fríos, quién tenía redes en el subcontinente, qué candidata aportaba más al cuidado de la población civil.
Cuando llegó su turno para declarar, Mateo respiró y habló con calma.
Agradeció la hospitalidad, habló de la deuda humanitaria que había fallado antes y expresó su voluntad de trabajar de forma conjunta y transparente con India.
Añadió que, ante cualquier oferta, su elección recaería en quien mejor prestara servicio a las necesidades prácticas de protección y reconstrucción, y no en arreglos políticos vacíos.
Sus palabras fueron recibidas con respeto: claras, mesuradas y profesionales.
La audiencia terminó con un banquete ceremonial y con promesas de cooperación.
Cuando el grupo regresó a su alojamiento, el ambiente estaba cargado de una mezcla de alivio y tensión: la mecánica formal había pasado, pero la decisión final quedaba para el despacho privado de Mateo.
Esa noche, antes de dormir, se repitió la rutina de siempre: manos entrelazadas, planes sobre la mesa, y una certeza clara en el pecho de Mateo -lo que eligiera, lo haría para proteger vidas y no para contentar egos.
Las cuatro mujeres, cada una con su costado, respiraron y dejaron que el sueño viniera.
Mañana abriría una nueva puerta: quizá el harem crezca con una nueva integrante orientada a la tarea; quizá la elección sea estratégica y fría; quizá se trate solo de sellar otra alianza.
Lo único cierto era que, juntos, afrontarían lo que viniera.
La mañana siguiente llegó con un aire de expectación.
El líder del círculo, tras reflexionar sobre lo que Mateo realmente buscaba en una caballero -y después de consultar discretamente con Ingrid, Mei y ahora también Ekaterina-, había reducido la larga lista de aspirantes a tan solo tres candidatas.
La decisión no había sido fácil, pero ahora tocaba la parte más complicada: la entrevista final.
La reunión se llevó a cabo en una sala privada, iluminada por lámparas de cristal que proyectaban destellos cálidos sobre la mesa central.
Ingrid, Mei y Ekaterina estaban sentadas junto a Mateo, observando con atención cada detalle.
No era un simple encuentro; era una especie de “juicio silencioso” donde no solo Mateo decidiría, sino también sus parejas actuales, quienes evaluarían si alguna de estas magas podría integrarse de forma natural al grupo.
Las tres aspirantes eran hermosas, sin excepción.
Todas compartían la misma nacionalidad india y un dominio de la magia impresionante.
Tenían en común el cabello negro, liso y brillante, que caía como seda hasta la espalda.
Sin embargo, a diferencia de Ingrid -cuyo talento estaba orientado a la comunicación mágica y la recopilación de información a distancia-, ellas eran combatientes puras.
Estaban entrenadas para el frente de batalla, capaces de usar magia ofensiva y defensiva con letal precisión.
Tampoco se parecían a Mei, que combinaba su magia con una fuerza física descomunal.
Ellas, en cambio, eran estrategas de combate a distancia y cuerpo a cuerpo, diseñadas para cubrir huecos en el círculo y aumentar la versatilidad táctica del equipo.
Una a una, las magas se pusieron de pie y se presentaron: La primera era de complexión delgada, busto moderado (entre copa B y C), mirada seria y voz firme.
Su especialidad era la magia de control elemental, capaz de manipular corrientes de viento y fuego con precisión quirúrgica.
Sus caderas eran proporcionadas y sus piernas mostraban el entrenamiento de alguien que no solo confiaba en su magia, sino también en su movilidad.
La segunda tenía un busto más prominente (entre copa E y F), lo cual no ocultaba su porte imponente.
Sus habilidades se centraban en magia de impacto y barreras, ideal para romper defensas enemigas y proteger a los aliados en medio del combate.
Sus ojos brillaban con determinación, y aunque su figura llamaba la atención, la seguridad en su voz dejaba claro que no estaba allí para seducir, sino para demostrar su valía.
La tercera destacaba por su figura equilibrada pero con una cola D que no pasó desapercibida.
Experta en magia de proyección y trampas, podía sellar movimientos enemigos y forzar al adversario a luchar en su terreno.
Su sonrisa era más relajada, casi juguetona, y contrastaba con su letalidad táctica.
Mateo escuchaba cada palabra con atención, pero no estaba solo en esa tarea.
Ingrid, con su instinto para leer personas, analizaba gestos y microexpresiones.
Mei, siempre directa, evaluaba su postura y resistencia física.
Ekaterina, la más reciente en unirse al harem, se mantenía elegante pero atenta, aportando su juicio estratégico como combatiente y su intuición como mujer que ya había pasado por la misma situación.
Las tres debatían en voz baja entre ellas, intercambiando impresiones sin interrumpir la reunión.
Mateo, mientras tanto, sentía que el peso de la elección se hacía más grande con cada minuto.
La belleza no era un problema -todas eran bellas-, pero el reto era elegir a la que mejor complementara el círculo y, a la vez, encajara en la dinámica personal del grupo.
El silencio final llegó cuando las tres magas terminaron sus presentaciones.
Mateo las observó una vez más, recorriendo con la mirada sus posturas, su confianza y la forma en que habían respondido a sus preguntas.
Pero no dio una respuesta inmediata.
-Necesito pensarlo un poco más -dijo finalmente.
Ingrid, Mei y Ekaterina intercambiaron miradas, conscientes de que su propia opinión influiría en la decisión final.
Mateo, sin decirlo en voz alta, sabía que el siguiente paso no sería solo elegir…
sino asegurarse de que esa elección no alterara el delicado equilibrio del grupo.
El episodio cerró con él sentado, la mirada fija en las tres candidatas, sabiendo que cualquiera de ellas podría ser una gran incorporación…
pero solo una entraría.
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