Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Campione AU! - Capítulo 23

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Campione AU!
  4. Capítulo 23 - 23 Campione
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

23: Campione 23: Campione La mañana en el palacio de recepción estuvo marcada por la solemnidad y la luz cálida de los tapices.

Tras la ceremonia y el banquete, la jornada diplomática se estrechó hasta un momento privado: Mateo había pedido hablar en solitario con las tres finalistas antes de emitir su decisión.

La sala elegida era menos ceremonial, más funcional —un despacho de madera pulida flanqueado por estanterías con manuscritos—, y la atmósfera respiraba concentración.

Las tres candidatas entraron con paso medido.

La segunda, la de porte más imponente, llamó la atención de inmediato por su presencia: alta, musculosa en la forma en que lo están quienes entrenan con disciplina, y con un porte que no pedía permiso para existir.

Su figura era madura, con busto prominente y caderas fuertes que sugerían potencia física combinada con magia de combate.

Cuando habló, su voz fue firme y clara, sin necesidad de teatralidad.

—Me llamo Anika Sharma —dijo—.

Me especializo en magia de impacto y barreras.

En el frente sostengo líneas, en la retaguardia devuelvo la ofensiva.

Si me aceptan, protegeré a quienes estén detrás de mí con mi vida.

Su presentación no fue una promesa grandilocuente, fue una declaración técnica y directa.

Para alguien como Mateo —que valoraba eficacia por encima de fanfarrias— eso bastó.

Anika no buscó halagos; ofreció funciones y disciplina.

Mateo la observó en silencio mientras Ingrid, Mei, Kasumi y Ekaterina tomaban posiciones discretas alrededor de la sala.

Cada una proyectó su juicio propio: Ingrid analizando patrones, Mei calculando resistencia, Kasumi valorando el carácter y Ekaterina midiendo el aporte táctico.

Cuando fue su turno de hablar, Mateo le hizo una pregunta precisa: —En combate urbano, con civiles cerca y aliados dispersos, ¿cómo priorizarías entre contener un avance y cubrir una evacuación?

Anika respondió sin titubeos, describiendo maniobras, disposición de barreras temporales y cómo convertir un punto de estrangulamiento en una salida segura.

Su lenguaje era de alguien que había estado en la línea, que conocía el olor del metal y la prisa del rescate.

Al terminar, su mirada se posó en las chicas del círculo, no con desafío, sino con respeto.

—Si ustedes me aceptan —añadió—, me ganaré su confianza con hechos.

No con palabras.

La decisión, para Mateo, empezó a tomar forma en ese momento.

No fue solo su técnica: fue la conjunción de disciplina, la franqueza y una actitud decidida.

Cuando lo anunció, la sala quedó un segundo en silencio como quien mide el peso de una nueva realidad.

—Anika Sharma —dijo Mateo con voz clara—.

Te doy la bienvenida.

Te necesitamos en el frente.

Ella sonrió entonces, y esa sonrisa fue franca y un poco coqueta, una línea de fuego contenida por la formalidad del momento.

Se inclinó en señal de respeto y luego, cuando ya se permitía menos protocolo, miró a Mateo con chispa más personal.

—Gracias.

Prometo lealtad y resultados.

Las reacciones del grupo fueron inmediatas y humanas.

Ingrid aplaudió apenas con los dedos, una sonrisa profesional cruzándole el rostro.

Mei la miró a los ojos y le soltó una frase lacónica de aprobación: “Bienvenida al infierno”, con la intención de continuidad, no de burla.

Kasumi la acogió con un gesto suave, de hermana, y Ekaterina, con su compostura habitual, le dio la mano como quien sella un contrato pero con un brillo curioso en los ojos.

Anika correspondió a cada gesto con una mezcla de respeto y un dejo coqueto hacia Mateo que no pasó desapercibido; su atrevimiento era abierto y directo, como una advertencia en broma: yo cuido y sí, también puedo tentar si quiero.

El líder indio fue el primero en romper la formalidad: ofreció palabras de gratitud hacia Mateo por su intervención en la crisis, sugirió intercambios técnicos con algunas academias de defensa de su país y obsequió a Anika un talismán de protección, símbolo de su juramento ante el pueblo indio.

Hubo una pequeña ceremonia breve en la que Anika depositó su mano sobre el talismán y juró lealtad al deber y protección de inocentes, no a cuestiones políticas.

Los micrófonos de protocolo registraron cada gesto, y la comitiva india acompañó al grupo hasta el aeropuerto con honores de despacho.

En el aeropuerto la formalidad dio paso a escenas más cálidas: fotografías oficiales, saludos protocolares y la despedida de los anfitriones.

Anika, ya con el equipaje, se permitió un gesto que rompió con la solemnidad: se acercó a Mateo y, con la misma actitud coqueta que había mostrado antes, rozó su brazo en un apretón que fue más promesa que caricia.

—Nos vemos en el campo —susurró, y en su voz había desafío y promesa.

Mateo respondió con una sonrisa contenida y una mano en el hombro de Anika, un gesto breve que decía bienvenido al equipo.

Ingrid, Kasumi, Mei y Ekaterina intercambiaron miradas —algo de química social se tejía, sí, pero lejos de celos destructivos.

Entre bromas y comentarios prácticos, la comitiva partió.

El vuelo de regreso a México fue más silencioso que el anterior viaje hacia Delhi: rostros cansados, conversaciones en voz baja sobre planes de entrenamiento conjunto y, sobre todo, una sensación tangible de alivio.

El grupo había ganado una muralla viviente para sus futuras misiones.

Anika repasó tácticas con Mei y mostró a Kasumi unos sellos defensivos adaptables; Ekaterina ya hablaba por la tableta sobre logística para integrarla a los equipos rusos cuando volvieran a esa tarea.

Ingrid se quedó en una charla a solas con Mateo, coordinando comunicación y estrategias para el despliegue inmediato.

Cuando el jet tocó suelo en Ciudad de México, la noche los esperaba con la misma calma que tantas veces alegó la casa Vargas: tamales en la mesa, risas contenidas y un descanso breve antes de la próxima alerta.

En el trayecto a casa, Anika se acomodó junto a Mei y Kasumi; en el asiento, su actitud seguía siendo coqueta, juguetona, pero efectiva: sus primeras palabras a Mateo antes de cerrar los ojos fueron simples.

—Que no se nos escape nada la próxima vez.

Y que si te gusta, te buscaré en los entrenamientos.

Mateo rió, cansado, y la tomó de la mano por un instante.

La dinámica del grupo había cambiado: una pieza más en una maquinaria que funcionaba porque todos se respetaban y se elegían cada día.

Para todos, la consigna quedó clara: descansar lo justo, y estar listos cuando otro dios hereje partiera el cielo.

Y así, con el nuevo rostro de Anika entre ellos, el grupo descendió a la noche mexicana: cansado, unido, y quizá un poco más fuerte.

En los pocos meses que siguieron a la caída de Kali, la palabra Campione dejó de ser un término escondido en los círculos arcanos y pasó a ocupar editoriales, debates parlamentarios y sobremesas.

No era para menos: estas pocas personas —por derecho, por sangre o por azar del destino— eran la última línea entre lo mundano y lo divino.

Y cada Campione, con su temperamento y sus decisiones, marcaba la geopolítica y el pulso moral del planeta.

Mateo lo sabía mejor que nadie.

Al regresar de Delhi, mientras revisaba los informes sobre reconstrucción y recibía las constataciones diplomáticas, pidió un dossier: un panorama explícito de quiénes eran los otros Campione y cómo sus actos habían moldeado (o desordenado) el tablero mundial.

Lo que leyó no era un informe neutral: era una radiografía de voluntades, de errores, de ego y —en el caso de él mismo— de responsabilidad.

— El primero — El campione norteamericano (seis años) Apareció hace seis años envuelto en expectativas: un joven de origen estadounidense que ascendió al título en una ceremonia que muchos recordaban por su fasto.

Al principio la prensa lo coronó como salvador, la clase política lo vio como un recurso estratégico, y los lobbies —políticos y empresariales— empezaron a calcular.

Pero la realidad fue distinta.

El Campione estadounidense demostró pronto una inclinación que desconcertó a su propio país: no le gustaban las peleas.

Su temperamento tendía a la evitación.

En dos ocasiones mató a dos dioses herejes, pero siempre fue más por defensa urgente que por un afán de gloria.

Lo más importante —y polémico— vino después: entendió que su gobierno buscaba instrumentalizarlo.

Le ofrecían acciones geoestratégicas, pactos encubiertos y misiones con fines claramente expansionistas.

Se negó.

Esa renuncia a convertirse en arma del Estado le costó caro en términos políticos: perdió favores internos; perdió la colaboración oficial para misiones posteriores.

Y, trágicamente, cuando Kali descendió sobre India y luego se dirigió hacia Estados Unidos, él optó por no intervenir.

No fue cobardía: fue una retirada ética, la decisión radical de no manchar su poder con agendas estatales.

Pero la consecuencia fue clara: Estados Unidos quedó sin su Campione cuando más lo necesitaba, y el mundo tuvo que mirar hacia México para que alguien actuara.

Ese silencioso rechazo —«mi fuerza no es propiedad de su política»— lo convirtió, para muchos, en figura ambivalente: traidor de su nación para algunos, conciencia moral para otros.

— El segundo — El Campione australiano (la fuerza convertida en tiranía) Australia tuvo su Campione con menos reticencia política y mucha más codicia.

Este individuo disfrutó del título como quien descubre un juguete nuevo y potente: lo explotó.

Pocos años después de su ascenso, su carisma y su fuerza fueron aprovechados para transformar el poder civil en una fachada.

El gobierno se convirtió en marioneta, los ministros fueron relegados y la influencia del Campione se expandió hasta fijar una dictadura de facto.

Su cuenta de pasar a la historia es corta: solo un dios hereje muerto, una de esas entidades no demasiado poderosas, que él eliminó en un combate televisado y teatralizado.

Sin embargo, la forma en que capitalizó ese acto —procesiones públicas, discursos, políticas internas que mercantilizaron el estatus de Campione— le ganó tanto temor como devoción.

Para las naciones vecinas y los observadores internacionales, su nombre se convirtió en sinónimo de peligro: capacidad militar concentrada en manos de alguien que disfruta el poder.

— El tercero — El Campione español (el hedonista noble) En Europa, la imagen del Campione en España era la de un aristócrata del exceso: un hombre que se entregó a los placeres y quien, tras celebraciones interminables, siguió con una actitud despreocupada frente a amenazas mayores.

Había matado a dos dioses herejes, y cada victoria le sirvió más como excusa para indulgencia que para reformarse como guardián.

Su corte, llena de artistas y filósofos, describía una figura seductora, carnal, con menos interés en la contención de los descensos que en el disfrute de la vida.

Para los diplomáticos serios, su postura era frustrante: un Campione con influencia territorial que prefería el hedonismo a la vigilancia activa, y que por ello dejaba huecos estratégicos que otros tenían que cubrir.

Para sus seguidores, era casi un mito viviente; para las comunidades mágicas serias, una variable peligrosa.

— El cuarto — Mateo Vargas (México — y ahora también Rusia) Y luego estaba Mateo.

No era la primera vez que el mundo veía a un Campione con voluntad pública: lo que distinguía a Mateo era la mezcla de humildad, responsabilidad y eficacia.

Había matado a varios dioses herejes: Quetzalcóatl, Tlaloc, Ryūjin, Czernobog y Kali —la lista sólida que le había ganado notoriedad—, y lo había hecho con una mezcla de estrategia, sacrificio y, a veces, una dolorosa contención ética.

A diferencia del campione norteamericano, Mateo sí intervenía cuando el deber lo llamaba; a diferencia del australiano, no buscaba la gloria estatal; y a diferencia del español, no se permitía la desconexión.

Ser Campione implicaba privilegios singulares: inmunidad jurisdiccional en ciertas esferas, potestad para declarar zonas de protección, y la facultad de contar con seguidores leales (caballeros, hime-miko, consejeros).

Mateo había transformado ese poder en red: no para erigir un trono, sino para construir puentes.

Fue por eso que, tras el desastre en Rusia, la comunidad internacional y la ONU, buscando restaurar cierto orden, acordaron por unanimidad concederle la tutela y los recursos para ayudar a reconstruir lo que quedaba.

Así, ahora Mateo ostentaba dos reinos —oficialmente México, y de facto Rusia— y los desafíos administrativos se multiplicaban.

El mosaico de Campione que se dibujaba en los mapas tenía efectos palpables: Diplomacia reconfigurada: naciones que antes funcionaban por ley internacional ahora negociaban con la certeza de que un Campione activo podía inclinar resultados.

Se firmaron protocolos: acuerdos para no instrumentalizar descensos, tratados de salvaguarda arcana y comisiones mixtas para evacución.

Desconfianza y alineamientos: países con Campione poco cooperativos quedaron señalados.

Estados Unidos sufrió el bochorno diplomático por su intervención fallida; Australia ganó miedo regional por su dictador disfrazado; España ganó fama de decadente.

México, por el contrario, recibió aplausos y recelos a partes iguales gracias a la figura de Mateo.

Política interna de los Campione: la forma en que cada Campione respondía al poder creó modelos: resistencia ética, autocracia, hedonismo o entrega responsable.

Cada modelo generó seguidores y detractores, y dejó lecciones sobre cómo el poder se convierte en fuerza estabilizadora o en factor de caos.

Al terminar de leer el dossier, Mateo se quedó un rato en silencio.

No se consideraba un ejemplo; no lo quería ser.

Pero entendía el efecto de su conducta: cada vez que se dejaba guiar por la misericordia y la responsabilidad, tejía confianza internacional.

Cada vez que intervenía con transparencia —proporcionando informes a la ONU, aceptando supervisión y explicando sus motivaciones— minaba las narrativas de quienes querían reclutar a Campione como herramientas.

Antes de salir a dar órdenes para la próxima rotación de obras en Rusia, murmuró para sí: —Que no se conviertan en reyes sin pueblo.

Que no permitan que el título los coma.

Y con esa consigna en mente, se fue, sabiendo que el mapa del poder había cambiado para siempre: cuatro Campione, cuatro maneras de entender el deber, y un mundo que debía aprender, a golpes y acuerdos, a vivir con ellos.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo