Campione AU! - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 El Campione de Estados Unidos
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24: El Campione de Estados Unidos 24: El Campione de Estados Unidos El viento salado del puerto de San Francisco azotaba el rostro de Alex Carter.
No era el viento de un dios, ni siquiera portaba el más mínimo rastro de poder sobrenatural.
Era solo viento, frío y mundano.
Se apoyaba en la barandilla de un muelle abandonado, mirando las luces titilantes de la ciudad al otro lado de la bahía.
Desde aquí, Estados Unidos parecía intacto.
Brillante.
Pero él sabía que era una fachada, una cáscara dorada que ocultaba una podredumbre que él mismo había ayudado a crear, o al menos, a permitir.
Se le conocía simplemente como “el Campione”.
El primer Campione de la era moderna.
Pero en los círculos de poder, donde se susurraban su nombre con una mezcla de desdén y temor resignado, lo llamaban “El Fantasma”.
Alex Carter, el chico de Kansas que dejó de existir para convertirse en un titiritero reacio, en un dios-rey que había renunciado a su trono antes siquiera de sentarse en él.
Todo comenzó hace seis años, en los vastos y áridos campos de Arizona.
Alex no era un héroe.
Era un estudiante de posgrado en arqueología, obsesionado con los mitos griegos.
Una expedición financiada por una oscura rama del Departamento de Defensa lo llevó a él y a su equipo a un yacimiento que, según sus patrocinadores, contenía “artefactos de energía disruptiva”.
Alex lo supo de inmediato: era un lugar de poder, un umbral.
Fue allí donde, en una noche de luna llena ensangrentada, la secta de Ares, compuesta por hechiceros desquiciados, realizó un ritual para invocar no al dios de la guerra en persona, sino a su esencia más pura y antigua, encarnada en un dios hereje menor pero letal: Quirón, el Rey de los Centauros, la facción salvaje y brutal que precedió a la civilización de los posteriores centauros sabios.
El ritual funcionó.
La realidad se rasgó, y de la grieta emergió una criatura de pesadilla, mitad hombre, mitad bestia, pero de una escala monstruosa, con ojos que ardían con el fuego de la batalla primigenia y un arco que no lanzaba flechas, sino pura devastación sonicora.
Los hechiceros murieron primero, devorados por la energía que pretendían controlar.
El equipo militar fue aniquilado.
Alex, aterrorizado, se encontró arrinconado contra un altar de piedra.
Quirón se alzó sobre él, no como un dios desafiando a un mortal, sino como una fuerza natural aplastando un insecto.
Pero en ese momento de absoluta desesperación, algo en Alex se quebró y, a la vez, se solidificó.
No fue valor.
Fue una fría y clara epifanía: la arrogancia del hombre había desatado esto, y él, un simple estudioso, era la única semilla de posibilidad en un campo estéril de muerte.
No luchó por gloria o por poder.
Luchó por la simple, egoísta y humana necesidad de no ser borrado.
Corrió, no hacia atrás, sino hacia adelante, esquivando un haz de energía que vaporizó la roca a su lado.
Agarró una lanza ceremonial que yacía en el suelo, un artefacto que había estudiado horas antes.
No tenía filo.
Era un símbolo.
Pero en sus manos, impulsada por esa voluntad férrea de sobrevivir, se convirtió en algo más.
Cuando Quirón cargó por última vez, Alex, actuando por puro instinto, clavó la lanza no en el corazón del dios, sino en el ojo de la tormenta de su poder, en un punto que solo su conocimiento mitológico le permitió identificar.
El mundo estalló en blanco.
Cuando la visión regresó, Quirón se desintegraba en partículas de luz oscura, y una voz femenina, a la vez dulce y terriblemente antigua, resonó en su mente.
Pandora.
«¡Mi querido hijo!
¡Has logrado un milagro!
¡Un nuevo Campione nace!».
El poder fluyó hacia él.
Una energía tan vasta que sintió que el universo entero cabía en su pecho.
La [Autoridad] de Quirón se manifestó: «Caza del Indómito».
No le otorgaba fuerza bruta o resistencia sobrehumana de manera pasiva.
Le permitía, cuando activaba la autoridad, comprender y explotar cualquier debilidad, cualquier “falta de civilización” en su oponente.
Podía “cazar” la esencia salvaje de un dios, la naturaleza caótica de una magia, o la arrogancia innata en el corazón de un hombre.
Era una autoridad de la anarquía controlada, del instinto domesticado para un solo propósito: la aniquilación del objetivo.
Al principio, fue un héroe.
El gobierno de los Estados Unidos, que había estado al tanto de lo sobrenatural pero lo mantenía en secreto, lo recibió con los brazos abiertos.
Lo vieron como la ultimate weapon, el arma definitiva.
Le dieron todo: una mansión, fondos ilimitados, un equipo de asesores.
Lo presentaron al mundo como “El Guardián”, un símbolo de la fuerza y la invulnerabilidad estadounidense.
Alex, aturdido por el cambio y aún traumatizado, se dejó llevar.
Derrotó a su segundo dios hereje, Hefesto, que había descendido en las fundiciones de Pittsburgh, enfurecido por la industrialización que pervertía su dominio.
La batalla fue corta.
La [Autoridad] de Alex, “Caza del Indómito”, identificó la debilidad de Hefesto no en su poder, sino en su obsesión por la creación perfecta.
Alex no destruyó sus armas; corrompió su esencia, haciendo que las creaciones del dios se volvieran contra su propia naturaleza, desintegrándose.
Obtuvo una segunda autoridad: «Forja del Caos», que le permitía, con gran esfuerzo, alterar la naturaleza fundamental de un objeto o energía por un breve instante, volviendo lo sólido en líquido, lo mágico en mundano, lo ordenado en caótico.
Fue después de esta segunda victoria que la ilusión se rompió.
En una reunión en el Despacho Oval, un general de alto rango, con una sonrisa fría, desplegó un mapa del mundo.
“Campione”, dijo, la palabra sonaba a título de arma.
“Irán está desarrollando rituales de alto riesgo.
Nuestra inteligencia sugiere que podrían intentar invocar una entidad.
Necesitamos que realice una…
visita preventiva.
Neutralice la amenaza en su origen”.
Alex lo miró, incrédulo.
“Usted me está pidiendo que invada un país soberano y mate a hechiceros que podrían estar haciendo algo peligroso.
Sin juicio.
Sin pruebas”.
“Usted es la prueba viviente”, argumentó el general.
“Su existencia redefine las reglas de la geopolítica.
Somos la única superpotencia con un Campione.
Es nuestro deber usar esa ventaja para imponer un nuevo orden de paz”.
“Paz a punta de mi puño”, murmuró Alex, sintiendo un asco profundo.
Se levantó.
“No.
Mi poder no es un misil de crucero.
No soy el brazo ejecutor de su doctrina de seguridad nacional”.
Los halagos se tornaron en presiones.
Las ofertas, en amenazas veladas.
Lo vigilaron.
Intentaron manipularlo a través de su familia (a la que tuvo que enviar a un lugar seguro con identidades nuevas).
Descubrieron que habían estado analizando su fisiología, intentando replicar su esencia Campione en un laboratorio.
Lo veían no como una persona, sino como un recurso estratégico, un arma que se negaba a ser disparada.
La gota que colmó el vaso fue el intento de Kali.
Los servicios de inteligencia estadounidenses, en su paranoia por mantener la hegemonía global, habían financiado en secreto una expedición a un templo hindú en India, buscando un artefacto que, según ellos, podría “nivelar el campo de juego” contra otros Campione.
Fue una estupidez de proporciones bíblicas.
Alex lo supo de inmediato; sintió la perturbación en el mundo sobrenatural, un eco de furia divina que se avecinaba.
Fue a la Casa Blanca.
Se enfrentó al Presidente y a su consejo de seguridad.
“Deténganlo.
Ahora.
Evacúen la zona.
Lo que han despertado…
no es un dios hereje cualquiera.
Es la destrucción absoluta.
Es Kali”.
El Secretario de Defensa esbozó una sonrisa condescendiente.
“Nuestros analistas dicen que es una oportunidad.
Si usted la derrota, demuestra la supremacía absoluta de Estados Unidos.
Si falla, hemos desarrollado contramedidas”.
Alex sabía que esas “contramedidas” eran inútiles.
Estaban jugando con fuego nuclear místico.
Y querían que él fuera el detonador.
“¿Contramedidas?”, preguntó Alex, su voz era un hilo de tranquilidad peligrosa.
“Ustedes no entienden.
No se trata de poder.
Se trata de esencia.
Kali es el fin de los ciclos.
No se la puede ‘derrotar’ en el sentido que ustedes entienden.
Solo se puede apaciguar o redirigir.
Y ustedes la han enfurecido.
Si voy allí, no será para luchar por la bandera de las barras y estrellas.
Será para limpiar el desastre de ustedes.
Y no les daré la gloria”.
Se negó.
Rotundamente.
Cuando Kali descendió sobre India, Alex la sintió desde su refugio en las Montañas Rocosas.
Una ola de oscuridad y furia que amenazaba con engullir el mundo.
Sintió la tentación de actuar, el instinto del cazador que sentía a la presa más grande de todas.
Pero se contuvo.
No sería su instrumento.
No legitimaría las tácticas de su gobierno.
Observó, con el corazón encogido, cómo las ciudades de India sufrían, y luego, con un frío aún mayor, cómo Kali cruzaba el océano y se cebaba con Estados Unidos.
Vio en las noticias la destrucción de Nueva York.
Los cientos de miles de muertos.
Y supo, en lo más profundo de su ser, que esa sangre estaba también en sus manos.
Su inacción, su principio, tenía un precio catastrófico.
Pero ceder habría tenido un precio mayor: la rendición total de su humanidad y su libre albedrío a los generales y políticos.
Habría convertido el mundo en un patio de recreo donde él era el matón a sueldo de una sola nación.
Y entonces, surgió Mateo Vargas.
Alex había oído hablar del Campione mexicano.
Al principio, fue una curiosidad.
Otro como él.
Luego, una fuente de perplejidad.
Mateo era todo lo que Alex se negaba a ser: activo, responsable, público.
Intervenía.
Protegía.
Construía alianzas.
Gobernaba.
Desde su autoimpuesto exilio, Alex observó las hazañas de Mateo con una mezcla de admiración amarga y escepticismo.
¿Era un títere de su gobierno?
Pronto se dio cuenta de que no.
Mateo tenía una brújula moral inquebrantable.
Cuando derrotó a Czernobog y asumió la responsabilidad de reconstruir Rusia, Alex comprendió la diferencia fundamental entre ellos.
Mateo usaba su poder para construir.
La autoridad de Alex, “Caza del Indómito” y “Forja del Caos”, era inherentemente destructiva.
Estaba diseñada para desmantelar, para encontrar la grieta y ampliarla hasta que todo se derrumbara.
Incluso su segunda autoridad, “Forja del Caos”, no creaba nada nuevo; solo trastocaba lo existente.
Él era un agente de deconstrucción, no de edificación.
Cuando Mateo derrotó a Kali, salvando al mundo del desastre que el gobierno de Alex había provocado, este no sintió envidia, sino un profundo y cansado respeto.
Mateo había hecho lo que él, por sus propios demonios y principios, no pudo hacer.
Y el mundo, con razón, coronó al mexicano como su paladín.
Ahora, Alex veía las noticias globales.
Veía las protestas en Estados Unidos, los carteles xenófobos exigiendo que “el mexicano” trabajara para ellos.
Sentía vergüenza.
Su país, el que él una vez pensó que representaba la libertad, mostraba su peor cara.
Y él era parte de ese ecosistema de arrogancia.
Su retirada no había purgado ese veneno; solo le había permitido fermentar.
Su existencia actual era espartana.
Vivía en una cabaña remota, sin lujos.
Pasaba sus días leyendo, meditando, y ocasionalmente, ejerciendo su poder de formas sutiles.
Usaba “Caza del Indómito” no para matar dioses, sino para “cazar” corrupción en pequeños pueblos, exponiendo a políticos locales corruptos o desmantelando redes de crimen organizado de forma anónima.
Era su manera de manten cuerdo, de usar su don para algo que sentía puro, lejos de la gran maquinaria geopolítica.
A veces, se preguntaba por los otros Campione.
El dictador de Australia, un bruto que usaba su poder para oprimir.
El hedonista de España, que usaba el suyo para el placer personal.
Y luego estaba Mateo, el gobernante, el responsable.
Y él, Alex Carter, el Fantasma.
El que había elegido la irrelevancia sobre la complicidad, pagando el precio de la sangre de inocentes por su elección.
Una noche, meses después del incidente de Kali, sintió una presencia familiar acercarse.
No era un dios.
Era otro Campione.
Una firma de poder solar, abrumadora, pero contenida.
Mateo Vargas estaba en Estados Unidos.
Alex no se movió de su cabaña.
Esperó.
Sabía que el mexicano lo encontraría.
No había lugar en el mundo donde pudiera esconderse de otro de su clase.
La puerta se abrió sin golpear.
Mateo Vargas estaba allí, no con su armadura de batalla, sino con jeans y una chamarra simple.
Detrás de él, a una distancia respetuosa, estaban dos mujeres: Ekaterina, la rusa de mirada gélida que escudriñaba el interior con desconfianza, y Shakti, la india de curvas pronunciadas que sonreía con una curiosidad abierta.
“Alex Carter”, dijo Mateo.
Su voz era calmada, pero cargada de una autoridad natural que Alex nunca había poseído.
“Mateo Vargas”, respondió Alex, sin levantarse de su silla de madera.
“El Campione que el mundo necesita.
¿A qué debo el honor?
¿Viniste a reclutarme?
¿O a juzgarme?” Mateo entró, cerrando la puerta tras de él.
Las mujeres se quedaron fuera, vigilantes.
“No vine a hacer ninguna de las dos cosas”, dijo Mateo, tomando asiento en un tronco que servía de taburete.
“Vine a entender.” “¿Entender qué?
Por qué dejé que mi país ardiera?
Por qué no hice lo que tú hiciste?” “Algo así”.
Mateo lo miró directamente.
“Sé lo que te ofrecieron.
Lo que quisieron hacer de ti.
Un arma.
Yo tuve suerte.
Mi gobierno, por razones que aún no entiendo del todo, eligió cooperar, no ordenar.
Tú no tuviste esa suerte”.
El entendimiento en la voz de Mateo, en lugar de calmarlo, enfureció a Alex.
“¿Suerte?
¿Crees que fue suerte?
¡Fue elección!” Alex golpeó la mesa con el dedo.
“Yo elegí no ser su perro.
Elegí no validar su arrogancia.
Y mi elección costó cientos de miles de vidas.
Lo sé.
Lo cargo todos los días.
Pero la alternativa…
la alternativa era peor.
Habría sido el fin de cualquier noción de soberanía, de derecho internacional.
Habría sido yo, como el verdugo divino de América, imponiendo una Pax Americana sobre las cenizas de cualquier nación que se atreviera a alzar la voz.
¿Eso es mejor?” “¿Y el aislamiento?
¿Dejar que otros, como el de Australia, crezcan en poder sin oposición?
¿Eso es mejor?”, replicó Mateo, sin inmutarse.
“¡No lo sé!”, gritó Alex, por primera vez dejando caer su fachada de frialdad.
“¡No tengo las respuestas, Mateo!
Solo sé que no podía ser parte de su maquinaria.
Mi poder…
no es como el tuyo.
El tuyo construye.
El mío…
desmenuza.
Caza.
Destruye.
Si lo hubiera usado como ellos querían, no habría quedado nada en pie.
Al menos así…
al menos así solo soy un fantasma.
Un recordatorio de lo que pudo ser y no fue”.
Hubo un largo silencio.
Mateo observó la cabaña espartana, los libros apilados, la ausencia total de comodidades.
“Ellos te odian”, dijo finalmente.
“El mundo te desprecia.
Te llaman cobarde”.
“Tienen razón”, susurró Alex, mirando al vacío.
“Pero ser su ‘valiente’ héroe habría requerido una cobardía mayor: la cobardía de rendir mi alma”.
Mateo asintió lentamente, como si finalmente hubiera encajado la última pieza del rompecabezas.
“No estoy de acuerdo con tu elección”, dijo en voz baja.
“Creo que el poder conlleva una responsabilidad que va más allá de los gobiernos y las banderas.
Pero…
la entiendo”.
Se levantó para irse.
En la puerta, se detuvo.
“El mundo se está volviendo más peligroso, Alex.
Los dioses herejes son solo una parte.
Los otros Campione…
el de Australia está haciendo movimientos.
España es impredecible.
Y ahora tengo dos naciones que cuidar”.
Hizo una pausa.
“No te pido que te unas a mí.
Te pido que, si el día llega en que la amenaza es tan grande que incluso tus principios se vuelvan un lujo que el mundo no puede permitirse, recuerdes que no estás solo.
Que hay otra forma de usar el poder.
No como un arma, y no escondiéndolo, sino como un escudo y un cimiento”.
Alex no respondió.
Solo asintió, una vez, con la mirada perdida en las llamas de la chimenea.
Cuando Mateo se hubo ido, Alex salió de la cabaña.
El viento seguía soplando.
A lo lejos, las luces de América seguían brillando, ciegas a su fantasma protector, a su rey ausente.
Él había elegido la libertad sobre la responsabilidad, la pureza de su conciencia sobre la vida de sus compatriotas.
Y ahora, cargaba con el peso de ambas decisiones.
Era el Campione de Estados Unidos, el más antiguo, y posiblemente el más poderoso en puro potencial destructivo.
Pero también era el más débil, porque se había negado a tomar el trono.
Y en la oscuridad de la noche, Alex Carter, el Fantasma, se preguntaba si, al final, su gran victoria no había sido sobre los dioses, sino sobre las cadenas del poder, y si esa victoria solitaria valía el infierno que había ayudado a desatar.
El mundo tenía a su campeón en Mateo Vargas.
Y a Alex solo le quedaba la fría comodidad de su libertad, un regalo envenenado pagado con la sangre de los inocentes a los que, en nombre de un principio mayor, había abandonado.
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