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Campione AU! - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 El Campione de Australia
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25: El Campione de Australia 25: El Campione de Australia El sol del Outback australiano no perdona.

Es una losa de luz blanca e implacable que aplasta la tierra roja, evaporando toda humedad y toda debilidad.

En ese infierno de óxido y polvo, donde las serpientes de cascabel se arrastran por la sombra de las rocas y los canguros sobreviven a base de una resistencia feroz, nació y se forjó Liam Hemsworth.

No era un hombre de ciudad; era un hijo del desierto, un granjero curtido por el viento y el sudor, cuya vida estaba medida por el agua escasa y la cosecha magra.

Su historia como Campione no comenzó en un campo de batalla épico, sino en la lenta agonía de una sequía bíblica.

Durante tres años, las lluvias habían evitado el este de Australia.

La tierra se agrietaba, los ríos se convertían en lechos de barro seco y el ganado moría en masa, sus esqueletos blanqueándose bajo el sol incansable.

Liam, con sus veinticinco años y el peso de la granja familiar sobre sus hombros, veía cómo todo por lo que su familia había trabajado durante generaciones se convertía en polvo.

La desesperación lleva a los hombres a actos de locura.

Y fue la desesperación lo que llevó a un grupo de ancianos de un pueblo fantasma, guiados por un chamán aborigen renegado y amargado, a realizar un ritual prohibido.

No buscaban invocar a un dios benévolo de la lluvia.

Buscaban a Baiame, el Gran Espíritu Creador en la mitología aborigen, pero no en su aspecto de dador de leyes y cultura.

Lo invocaron en su faceta más antigua y aterradora: como Bagadjimbiri, los hermanos-dioses de la creación a través del caos, una fuerza primordial que no crea con orden, sino con violencia y cambio disruptivo.

Era un dios hereje, una fación de la divinidad enfurecida por el olvido y la arrogancia de los hombres que perturbaban la tierra sin entenderla.

El ritual se realizó en el corazón del Uluru, en una cueva sagrada profanada con símbolos de sangre y desesperación.

Y funcionó.

Demasiado bien.

El cielo, de un azul metálico, se ennegreció de repente.

Pero no eran nubes de lluvia.

Era una oscuridad viva, palpitante, que absorbía la luz.

La tierra tembló, y de las grietas del Uluru no surgió lava, sino una sustancia oscura y reluciente que era la antítesis del agua: la esencia misma de la sequía personificada.

Bagadjimbiri había descendido.

No como una figura antropomórfica, sino como una tormenta de arena consciente, un parásito de la vitalidad, un dios de la esterilidad absoluta.

La criatura, una columna giratoria de polvo negro y calor distorsionado, comenzó a avanzar.

Donde pasaba, la vida no solo moría; se desintegraba.

Los eucaliptos se convertían en ceniza al instante, los animales se momificaban en segundos, y la tierra quedaba cristalizada, incapaz de sustentar vida por siglos.

Era el fin del mundo en cámara lenta, y se dirigía directamente hacia las ya agonizantes tierras de Liam.

El gobierno australiano, que como todos los demás, mantenía en secreto lo sobrenatural, envió equipos de contención.

Fueron inútiles.

Sus armas se fundían, su tecnología fallaba.

La magia de los hechiceros locales se desvanecía ante la presencia del dios, cuya mera existencia negaba el concepto de crecimiento y prosperidad.

Liam lo vio acercarse desde el porche de su casa de madera, con su familia aterrorizada refugiada dentro.

No había miedo en sus ojos, solo una rabia fría y acumulativa.

La rabia de años de luchar contra un enemigo invisible e implacable: el clima.

La rabia de ver a su padre enfermar de la pena, de ver a su madre llorar en silencio, de ver el futuro de su hermana menor desvanecerse.

Y ahora, este…

este monstruo cósmico venía a terminar el trabajo.

No era un dios.

Era la sequía hecha carne.

Y Liam había estado luchando contra la sequía toda su vida.

“No”, murmuró, y esa sola palabra contenía toda su obstinación.

Agarró una herramienta pesada, una barra de hierro que usaba para reparar la maquinaria.

No era una lanza ceremonial ni una espada mágica.

Era un instrumento de trabajo.

De supervivencia.

Salió a campo abierto, enfrentándose a la tormenta divina.

El calor era insoportable, el viento le arrancaba la respiración.

Bagadjimbiri se cernió sobre él, no con ira, sino con la indiferencia de un proceso natural.

Extendió un tentáculo de arena oscura para absorberlo, para convertirlo en otro fósil en su colección de desolación.

Pero Liam no se inmutó.

Clavó los talones en la tierra reseca, sintiendo la familiaridad del suelo por el que había caminado desde niño.

Y en lugar de esquivar, cargó hacia adelante.

Su voluntad no era la de un héroe que busca salvar el mundo.

Era la de un granjero que defiende su tierra.

Su hogar.

Su propiedad.

La barra de hierro golpeó el núcleo de la tormenta.

No hubo un impacto físico, sino conceptual.

La voluntad de un hombre que se negaba a ser erosionado chocó contra la esencia de un dios cuya única función era erosionar.

Liam no luchaba con técnica o poder mágico.

Luchaba con pura, testaruda resistencia.

Y en ese momento de tensión absoluta, Pandora apareció.

«¡Qué testarudez tan magnífica!

¡Negarse a ser borrado por el mismo concepto de la finitud!

¡Nace un nuevo hijo, un Campeón que se aferra a la tierra con uñas y dientes!».

El poder fluyó hacia Liam, un torrente abrasador que rivalizaba con el calor del desierto.

No era una energía elegante o mística.

Era cruda, potente, terrenal.

La [Autoridad] de Bagadjimbiri se fusionó con su ser: «Dominio de la Tierra Árida».

Esta autoridad no le daba control sobre la tierra en un sentido general.

Le otorgaba un poder absoluto sobre cualquier territorio que él definiera como suyo.

Dentro de sus dominios, podía negar la entrada a influencias externas, podía fortalecer la tierra y debilitar a sus enemigos, y lo más crucial, podía extraer la vitalidad y la fuerza de voluntad de cualquier ser que estuviera en su territorio, alimentándose de ellos para fortalecerse a sí mismo y a la tierra que controlaba.

Era la autoridad definitiva del señor feudal, del propietario que defiende su cerco.

Bagadjimbiri, el dios de la esterilidad, fue absorbido no por un poder mayor, sino por una voluntad más terco.

El dios hereje se desvaneció, y la tormenta se calmó.

La tierra que había tocado no se curó de inmediato, pero la amenaza había pasado.

Liam Hemsworth se irguió, respirando por primera vez no el aire del granjero, sino el del Campione.

La Semilla de la Tiranía: De Protector a Dueño Al principio, fue un salvador.

El gobierno, aliviado y asustado, lo trató con cautela.

Le ofrecieron una posición de asesor, recursos, un lugar en la capital.

Liam, desconfiado de los políticos y los burócratas de Canberra, los rechazó.

No quería su dinero ni su reconocimiento.

Solo quería una cosa: que lo dejaran en paz en sus tierras.

Usó su nueva autoridad de manera limitada al principio.

Definió los límites de su granja como su “territorio”.

Dentro de ellos, hizo que los cultivos marchitos revivieran, que el suelo recuperara nutrientes.

Su granja se convirtió en un oasis milagroso en medio del desierto.

La noticia se extendió.

Vecinos, luego gente de pueblos lejanos, vinieron a suplicar su ayuda.

Liam, recordando su propia desesperación, accedió.

Extendió lentamente los límites de su “territorio” para incluir las granjas vecinas.

Con un esfuerzo de voluntad, canalizó su autoridad para rejuvenecer la tierra.

Funcionó.

Pero notó algo: por cada acre que curaba, sentía una fatiga profunda.

Su autoridad se alimentaba de su propia energía.

Hasta que, de forma instintiva, tocó a un hombre que estaba en su territorio, un granjero agradecido.

Sintió un leve chispazo, un flujo de vitalidad que pasó del hombre a él, aliviando su fatiga.

Era la función de drenaje de su autoridad.

No lo hizo; el hombre ni siquiera lo notó.

Pero la semilla de una idea terrible fue plantada.

El gobierno, sin embargo, no podía dejar a un activo tan poderoso sin supervisión.

Enviaron emisarios, “asesores” que eran en realidad espías.

Querían entender su poder, controlarlo, integrarlo en el aparato de seguridad nacional.

Liam los sintió inmediatamente.

Su autoridad le daba una sensibilidad agudizada dentro de su territorio.

Sentía su desconfianza, su ambición, su intención de usar lo que era suyo.

Un día, un oficial de alto rango, con la arrogancia del poder estatal, llegó a su granja con una orden de requisa “para fines de investigación nacional”.

Querían tomar muestras de su tierra, de su agua, incluso de su sangre.

Fue el error crucial.

Liam se plantó en la entrada de su propiedad.

El oficial, respaldado por soldados, intentó traspasar.

“Esto es propiedad del gobierno, señor Hemsworth.

Usted es un ciudadano australiano y debe obedecer la ley”.

Liam lo miró, y por primera vez, desplegó su autoridad no para sanar, sino para afirmar.

“Esta tierra”, dijo, su voz grave resonando con un eco de poder, “es mía.

Y tú estás en mi tierra”.

Activó el aspecto más oscuro de «Dominio de la Tierra Árida».

No fue un ataque violento.

Fue algo sutil y aterrador.

Los soldados sintieron una debilidad repentina, como si la fuerza hubiera sido drenada de sus miembros.

El oficial sintió que su voluntad se desvanecía, reemplazada por una apatía profunda y un frío respeto.

No podían levantar sus armas.

No podían siquiera formar un pensamiento hostil.

Solo podían pararse allí, sintiéndose increíblemente cansados y, de alguna manera, reconociendo a Liam como la única fuente de poder en kilómetros a la redonda.

“Váyanse”, ordenó Liam, y fue una orden que resonó no en sus oídos, sino en sus almas.

“Y díganle a su gobierno que Australia es mi territorio.

Ahora”.

Fue su declaración de independencia.

Y su primer acto de tiranía.

La Conquista Silenciosa: Forjando una Nación-Cárcel Lo que siguió no fue una guerra convencional.

Fue una anexión gradual e imparable.

Liam no marchó sobre Canberra con un ejército.

Simplemente…

se expandió.

Comenzó por su estado, Queensland.

Viajaba a pueblos y ciudades, y en cada lugar, plantaba sus pies en el suelo y declaraba mentalmente el área como parte de su dominio.

No necesitaba rituales ni proclamas.

Su voluntad, respaldada por su autoridad, era suficiente.

Una vez que un lugar estaba bajo su «Dominio», él podía sentir todo lo que ocurría dentro.

Podía sentir la resistencia, la disidencia, la lealtad.

Y podía actuar.

Los políticos que se le oponían encontraban que su energía se agotaba misteriosamente.

Caían enfermos, perdían la ambición, se retiraban de la vida pública.

Los que se mostraban leales, o al menos sumisos, encontraban que sus negocios prosperaban, que tenían una claridad mental inusual.

No era magia directa; era Liam, manipulando sutilmente el flujo de vitalidad dentro de su territorio, premiando la obediencia y castigando la resistencia.

El ejército fue enviado a “detenerlo”.

Fue un fracaso catastrófico.

Cualquier unidad que entraba en territorio controlado por Liam encontraba que su equipo fallaba, su moral se desplomaba y los soldados se sentían físicamente incapaces de seguir órdenes en su contra.

Era como intentar luchar contra la misma atmósfera.

Liam nunca los tocó.

Solo se limitaba a estar allí, erguido e imperturbable, mientras su autoridad los desarmaba por completo.

La gente común, al principio, tuvo miedo.

Pero Liam era un hijo del pueblo, no un elitista de la ciudad.

Comenzó una campaña de propaganda sutil pero efectiva.

Usó su poder para acabar con las sequías en las zonas que controlaba.

Aseguró cosechas.

Erradicó plagas.

La economía de las regiones bajo su influencia, milagrosamente, comenzó a florecer mientras el resto del país sufría los embates de un mundo cada vez más inestable.

Les dio orden.

Les dio prosperidad.

A cambio, solo pedía una cosa: sumisión absoluta.

El gobierno federal en Canberra se encontró gobernando un país fantasma.

La autoridad del Primer Ministro se desvanecía a medida que el “Dominio” de Liam se expandía, estado tras estado.

No hubo un golpe de estado dramático.

Hubo una lenta y metódica asfixia.

Los ministros, uno a uno, o se sometían o “enfermaban”.

El parlamento se volvió irrelevante.

Las leyes que se aprobaban en Canberra no tenían efecto en el territorio de Liam, a menos que él lo permitiera.

En el plazo de un año, Liam Hemsworth era el gobernante de facto de Australia.

No usaba una corona.

No necesitaba un título.

Era el “Patrón”, el “Dueño”.

Había convertido una nación entera en su feudo personal.

La Maquinaria del Control Total Su régimen era único en el mundo.

No era una dictadura militar clásica, ni una teocracia.

Era una “Propriedadocracia”.

Australia era su finca, y sus habitantes, sus inquilinos.

1.

El Sistema de Vitalidad: La base de su poder era su autoridad.

Cada ser humano en Australia estaba, consciente o inconscientemente, conectado a su red.

Liam podía, en cualquier momento, “drenar” la vitalidad de cualquier persona dentro de sus fronteras.

No lo hacía a menudo a gran escala, pero los disidentes más prominentes sufrían de una “enfermedad” debilitante que los dejaba postrados en cama, débiles y apáticos.

Era una herramienta de control perfecta.

No dejaba marcas.

No requería cárceles.

Solo una lenta y aterradora decadencia física y mental que solo se revertía si se sometían a la voluntad del Patrón.

2.

La Aristocracia de la Sumisión: Liam no gobernaba solo.

Había seleccionado a un grupo de seguidores leales, personas que habían demostrado una obediencia inquebrantable, y les había otorgado “derechos de gestión”.

Eran como sus capataces.

A cambio de su lealtad, él usaba su poder para fortalecerlos, dándoles una salud y una vitalidad envidiable, y permitiéndoles prosperar económicamente.

Esta nueva aristocracia, compuesta por ex-políticos, empresarios oportunistas y simples aduladores, administraba los distintos sectores del país, siempre bajo su atenta mirada.

Cualquier signo de ambición propia era rápidamente “podado”.

3.

Aislamiento y Autosuficiencia: Liam desconfiaba del mundo exterior.

Bajo su mandato, Australia se volvió una fortaleza.

Controlaba férreamente la inmigración y la salida de ciudadanos.

Las noticias internacionales eran censuradas.

Se promovía un nacionalismo distorsionado: Australia no era una nación entre naciones, era la “Propiedad”, y el mundo exterior era un lugar caótico y peligroso del que el Patrón los protegía.

Cualquier contacto exterior era visto con sospecha, y los intentos de la ONU o de otros Campione de comunicarse eran ignorados o rechazados con frialdad.

4.

El Culto a la Personalidad Terrenal: No había estatuas gigantes de Liam en las ciudades.

Su imagen no estaba en cada esquina.

Su culto era más sutil, más insidioso.

Se le representaba como el “Gran Granjero”, el “Protector de la Tierra”.

Se enseñaba en las escuelas que su poder era lo único que mantenía a raya el caos, las sequías y las invasiones extranjeras.

Su autoridad no era vista como una tiranía, sino como una fuerza natural beneficiosa, como el sol o la lluvia, de la que dependía toda vida en el continente.

La disidencia no era solo un crimen político; era una herejía, una negación de la propia realidad que los sustentaba.

El Hombre Detrás del Trono En su residencia privada, una estación ganadera fortificada en el Outback que era el núcleo de su poder, Liam Hemsworth era una figura solitaria.

No tenía un harén.

No buscaba placeres decadentes.

Su único placer era el control.

Paseaba por sus tierras, sintiendo el pulso de toda Australia a través de su autoridad.

Podía sentir la siembra en el oeste, la industria en el este, el miedo de un disidente en Melbourne, la lealtad de un capataz en Sídney.

A veces, en sus raros momentos de introspección, recordaba al granjero que una vez fue.

Sabía que se había convertido en el mismo monstruo contra el que luchó: una fuerza de la naturaleza que oprimía y controlaba.

Pero en su mente, justificaba cada acto.

El mundo era un lugar peligroso.

Los dioses herejes eran una amenaza constante.

Los otros Campione eran irresponsables (el estadounidense) o hedonistas (el español).

Solo él había entendido la verdad fundamental: el poder no se tiene para servir a otros o para disfrutarlo uno mismo.

El poder se tiene para poseer.

Para garantizar el orden.

Para sobrevivir.

Su único dios hereje asesinado, Bagadjimbiri, había sido el dios del caos creativo.

Y Liam, en su lucha por sobrevivir, había creado el orden más estricto y opresivo imaginable.

Se había convertido en la antítesis de lo que el dios representaba, y en el proceso, había perdido su propia humanidad.

Ahora, desde su fortaleza en el desierto, observaba los informes del mundo.

Sabía de Mateo Vargas, el “Campione responsable”.

Lo despreciaba.

Veía sus alianzas, su compasión, su deseo de proteger a los inocentes, como una debilidad.

Para Liam, los inocentes eran un recurso, no un fin.

Y cuando mirara hacia el norte, hacia las naciones en desarrollo y el Campione mexicano que acumulaba títulos y responsabilidades, solo veía un rival, un otro gran terrateniente cuyas propiedades colindaban con las suyas.

Y en el mundo de Liam Hemsworth, solo podía haber un dueño.

Australia ya no era una nación.

Era una plantación, y su pueblo, su cultivo.

Y él, el Campione que una vez salvó su granja de la sequía, había condenado a un continente entero a una sequía mucho peor: la sequía de la libertad.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias y para seguir generando imagenes de tus personajes favoritos.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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