Campione AU! - Capítulo 26
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26: El Campione de España 26: El Campione de España Antes de ser Campione, se llamaba Alejandro de la Vega y Sotomayor.
No era un hombre común.
Nacido en el seno de una de las familias más aristocráticas y acaudaladas de España, su vida había sido un largo y dorado crepúsculo de privilegios.
Creció entre los salones de mármol de un palacete en Salamanca, los veranos en Marbella y las temporadas de caza en fincas ancestrales.
Lo tenía todo: dinero, abolengo, una belleza heredada que rayaba en lo andrógino, y una inteligencia aguda que solo empleaba para el aburrimiento.
Ese era su verdadero demonio, el que lo acosaba desde la cuna: un aburrimiento existencial tan profundo como las bóvedas de la catedral de su ciudad.
El mundo, para Alejandro, era un lugar cuyos placeres había agotado a los veinticinco años.
El vino más exquisito sabía a agua, la mujer más hermosa era un mero divertimento pasajero, el arte más sublime no lograba conmoverlo.
Vivía en una jaula de oro, y cada barrote, por brillante que fuera, le recordaba su encierro.
Su búsqueda de sensaciones más intensas lo llevó a los círculos ocultistas de Madrid.
No por fe, sino por puro tedio.
Asistía a sesiones de espiritismo y rituales paganos como quien va al teatro, buscando un espectáculo que por fin le arrancara un suspiro.
Fue en una de estas reuniones, en un lujoso ático con vistas a la Plaza Mayor, donde un grupo de neopaganos desquiciados, financiados en secreto por un magnate griego obsesionado con el poder, intentó revivir la esencia dionisíaca en la península.
No buscaban a Dionisio en su faceta de dios del vino y el teatro, sino a su versión más primitiva y peligrosa: Bacchus Luxuria, el dios hereje del éxtasis desenfrenado, la lujuria devoradora y el placer que conduce a la autodestrucción.
El ritual era una orgía de símbolos y sustancias.
Alejandro participó con su habitual desdén, bebiendo el vino mezclado con hierbas alucinógenas, riéndose interiormente de la solemnidad de los demás.
Pero entonces, algo cambió.
El aire se espesó, no con incienso, sino con una pesadez dulzona y empalagosa.
Las velas se apagaron, y en su lugar, una luz ambarina y pulsátil llenó la habitación.
De la nada, emergió una figura que no era sólida, sino una silueta de pura tentación sensorial.
Bacchus Luxuria no tenía un rostro definido; era un caleidoscopio de susurros seductores, visiones de banquetes imposibles, el aroma del vino más viejo del mundo y la caricia de una piel que no existía.
El dios hereje no atacó.
Tentó.
Extendió su influencia sobre los presentes, y uno a uno, los hechiceros y participantes cayeron presa de sus propias fantasías más descontroladas.
Uno se rió hasta morir de asfixia, otro se arrancó los ojos creyendo ver joyas en ellos, otro bailó hasta que sus huesos se quebraron.
Era la muerte por placer, el éxtasis convertido en verdugo.
Alejandro, sin embargo, se quedó paralizado.
No por miedo, sino por fascinación.
Por primera vez en su vida, sentía algo genuino, algo abrumador.
La oferta del dios era clara y directa en su mente: «Ríndete.
Entrega tu voluntad y conocerás deleites que ni siquiera tu dorada imaginación puede concebir.
Serás éxtaxis.
Serás placer.
Serás mío».
Y por un instante, Alejandro estuvo tentado.
¿Qué era su vida sino una espera vacía?
Aquello era la respuesta.
Pero entonces, su orgullo de clase, ese arraigado sentido de superioridad que le inculcaron desde niño, se rebeló.
No iba a ser poseído por el placer.
No iba a ser un esclavo de ninguna fuerza, ni siquiera de una divina.
Él, Alejandro de la Vega, no se rendía.
Tomaba.
«No», dijo, y su voz sonó extrañamente serena en medio del caos sensorial.
«No seré tu siervo.
Si hay placer que conocer, lo conoceré como amo, no como esclavo».
Avanzó hacia la figura caleidoscópica.
No había arma que empuñar, ni fuerza que oponer.
Su batalla fue puramente mental, una guerra de voluntades librada en el reino de la tentación.
Bacchus Luxuria le mostró visiones de harenes infinitos, de banquetes que saciaban toda hambre, de éxtasis que trascendían la carne.
Alejandro no rechazó las visiones.
Las absorbió.
Las analizó con su mente fría y cínica.
Las desmenuzó como un catador analiza un vino, buscando la nota falsa, el regusto amargo de la servidumbre.
«Es falso», declaró, encontrando el núcleo de la ilusión.
«Todo placer que niega la voluntad propia es una prisión.
Yo no quiero tu paraíso empaquetado.
Quiero la llave para crear el mío».
En ese momento de suprema arrogancia, de rechazar el don divino para reclamar el derecho a forjarlo uno mismo, Pandora hizo acto de presencia.
«¡Oh, hijo mío!
¡Qué audacia tan deliciosa!
¡Rechazar el festín para adueñarse de la cocina!
¡Un nuevo Campione, un verdadero epicúreo, nace en la tierra de la pasión!».
El poder inundó a Alejandro.
No fue una explosión de fuerza bruta como la de Liam, ni una ola de autoridad territorial.
Fue una cascada de sensaciones puras, un torrente de potencial hedonista.
La [Autoridad] de Bacchus Luxuria se transformó en sus manos: «Jardín de los Placeres Profanos».
Esta autoridad no le daba fuerza física o control elemental.
Le permitía percibir, manipular y magnificar el placer y el dolor a su alrededor.
Podía hacer que el vino más barato supiera a ambrosía, que una caricia leve fuera una ola de éxtasis, o que un simple golpe se sintiera como una tortura infernal.
Podía “saborear” las emociones intensas de los demás, alimentándose de ellas, y en su forma más ofensiva, podía abrumar los sentidos de un enemigo con un diluvio de sensaciones placenteras o dolorosas hasta dejarlo catatónico.
Era el amo absoluto de la experiencia sensorial.
Bacchus Luxuria, el dios de la entrega, fue derrotado no por la abstinencia, sino por un hedonismo más refinado y egoísta.
El dios hereje se disolvió en un suspiro de frustración divina, y Alejandro se quedó solo en la habitación, rodeado de cuerpos destrozados por el placer, sintiendo por primera vez en su vida una emoción auténtica y poderosa: la satisfacción absoluta.
La Transformación: De Aristócrata a Epicúreo Sobrenatural La transición de Alejandro hacia su vida actual como Campione fue la más natural de todas.
No hubo conflicto moral, ni lucha con un gobierno, ni un deseo de proteger a nadie.
Simplemente, abrazó su nueva naturaleza con la elegancia de quien se pone un traje hecho a medida.
El gobierno español, alarmado y confundido, intentó acercarse.
Le ofrecieron lo mismo que a los demás: una posición, recursos, control.
Alejandro los recibió en su suite del Hotel Ritz.
Escuchó sus propuestas con una sonrisa cortés mientras degustaba un vino de Ribera del Duero que él mismo había “mejorado” sutilmente con su autoridad, haciendo que los burócratas se relajaran de forma poco profesional.
“Señores”, dijo, poniendo la copa sobre la mesa con suavidad.
“Agradezco su oferta.
Pero no me interesa la política, la seguridad nacional o ser el guardián de España.
España es…
mi hogar.
Mi finca personal.
Mientras nadie interrumpa mis placeres, no tengo ningún problema en que sigan jugando a ser gobierno”.
Uno de los ministros, más osado, intentó presionar.
“Señor de la Vega, su poder es un recurso de estado.
No puede simplemente…” Alejandro lo miró.
No hizo un gesto.
No alzó la voz.
Simplemente activó un minúsculo porcentaje de su autoridad.
Hizo que el ministro sintiera, por una fracción de segundo, la sensación más placentera imaginable, seguida de inmediato por el pinchazo de aguja más doloroso.
Fue tan intenso y contradictorio que el hombre se calló de golpe, palideciendo.
“Como decía”, continuó Alejandro, sonriendo.
“España está bajo mi protección…
pasiva.
No causaré problemas.
Y espero que nadie me los cause a mí.
Es un acuerdo mutuamente beneficioso.
Ustedes siguen con su teatro democrático, y yo disfruto de la función desde mi palco privado”.
Y así fue.
El gobierno español aprendió rápidamente que era más fácil dejar hacer a Alejandro.
Él no quería gobernar el país; quería que el país fuera su patio de recreo.
Usaba su autoridad de formas sutiles y hedonistas.
Asistía a los mejores restaurantes y “afinaba” los sabores de la comida hasta la perfección.
Las bodegas más exclusivas le ofrecían sus cosechas para que él, con un toque, las transformara en vinos legendarios.
Los artistas más famosos anhelaban su opinión, pues un elogio de Alejandro, se rumoreaba, podía hacer que uno experimentara su propia obra con una profundidad emocional nunca antes sentida.
El Estilo de Vida del Campione Su residencia principal era una finca enorme en Ibiza, reformada para ser el epítome del lujo y el placer sensorial.
No era una fortaleza como la de Liam en Australia.
Era un palacio dedicado a los sentidos.
1.
El Harén Sensorial: Alejandro no tenía un “séquito” de guerreras leales.
Tenía un harén.
Pero no era un harén de conquista o poder, sino de puro placer estético y sensual.
Reunía a hombres y mujeres de una belleza excepcional, no solo física, sino también en su “sabor” emocional.
Podía “saborear” su alegría, su pasión, su melancolía, y se deleitaba con la variedad.
Eran artistas, bailarines, músicos, modelos…
almas intensas cuya compañía era un festín para su autoridad.
Todos estaban con él por voluntad propia, hechizados por la aura de placer que lo rodeaba y por la promesa de experimentar sensaciones que solo él podía proporcionar.
Vivían en una burbuja de lujo y gratificación instantánea.
2.
La Gastronomía Divina: La comida era una de sus mayores pasiones.
Contrataba a los chefs más talentosos del mundo, no para que cocinaran, sino para que le proporcionaran los ingredientes más crudos y puros.
Luego, él usaba su «Jardín de los Placeres Profanos» para elevar los sabores a un plano casi espiritual.
Un simple tomate podía estallar en la boca con una sinfonía de sabores que contaba la historia de la tierra que lo vio nacer.
Sus cenas eran leyenda, eventos a los que los magnates y las estrellas más famosas del mundo matarían por asistir, y donde experimentaban lo más cerca que un mortal podía estar de la divinidad a través del paladar.
3.
La Búsqueda del Éxtasis Artístico: Era el mecenas definitivo.
Patrocinaba artistas de todas las disciplinas, pero su favorito era la música.
Un concierto privado en su finca, con él “mejorando” sutilmente la acústica y la carga emocional de las piezas, era una experiencia que, según los afortunados invitados, te hacía llorar de pura belleza.
Podía hacer que una simple nota de violín resonara con toda la tristeza del mundo, o que un acorde de piano transportara al oyente a un estado de éxtasis puro.
4.
El Rechazo a la Responsabilidad: Este estilo de vida tenía un precio: su casi total ausencia en los asuntos globales.
Cuando Kali descendió sobre India y luego sobre Estados Unidos, Alejandro lo sintió.
Una onda de puro dolor y destrucción que, para su paladar emocional, era como un sabor amargo y repulsivo.
Sintió un leve interés, la curiosidad de un gourmet ante un plato exótico pero peligroso.
Pero lo rechazó.
“¿Por qué debería ir?”, le dijo a una de sus favoritas, una bailarina portuguesa de mirada profunda, mientras contemplaban el Mediterráneo desde su terraza.
“El dolor de esos lugares es tosco, sin refinamiento.
Es caos puro.
Mi lugar está aquí, donde puedo curar el alma con belleza, no destrozar el cuerpo con violencia”.
Era su justificación.
Él no era un guerrero.
Era un artista del placer.
Enfrentarse a un dios hereje era una tarea sucia y vulgar, propia de bárbaros como el mexicano o el australiano.
Su combate contra Bacchus Luxuria había sido una excepción, una cuestión personal de supervivencia y conquista.
No iba a convertirse en un perro guardián del mundo.
El Segundo Dios: La Consolidación de su Filosofía Su segundo y último dios hereje derrotado surgió de su propia tierra, pero no como una amenaza externa, sino como una consecuencia de su propia existencia.
La intensa concentración de energía hedonista y la fama de Alejandro actuaron como un faro.
Atrajo a Cernunnos, el antiguo dios celta de la naturaleza salvaje, la caza y la fertilidad, en su faceta hereje: Cernunnos, el Devorador de Ciclos.
Este dios representaba la naturaleza no como madre, sino como una fuerza indiferente y devoradora, el ciclo de la vida y la muerte en su expresión más cruel y visceral.
Cernunnos descendió en los bosques de Asturias.
No era una tormenta o un monstruo.
Era un silencio que se comía los sonidos, una oscuridad que absorbía la luz.
Las plantas crecían a un ritmo frenético y luego se pudrían al instante.
Los animales envejecían décadas en minutos.
Era la antítesis del placer refinado de Alejandro; era el apetito biológico en su estado más crudo y deprimente.
El gobierno español, en pánico, acudió a él.
Esta vez, Alejandro no pudo ignorarlo.
La fea realidad del ciclo natural estaba manchando los bordes de su jardín perfecto.
Molesto, como un anfitrión cuyo banquete es interrumpido por un animal salvaje, se dirigió a Asturias.
No hubo una gran batalla.
Alejandro se adentró en el bosque afectado, donde el aire olía a tierra húmeda y muerte.
Cernunnos se manifestó como una figura hecha de raíces, cornamentas y ojos que brillaban con la fría luz de las estrellas.
«Tú eres el que pervierte el orden natural con tus juegos», rugió el dios en la mente de Alejandro.
«La vida es hambre.
Es caza.
Es muerte.
No es tu…
deleite decadente».
Alejandro sonrió, con desdén.
“La vida, querido bruto, es potencial.
Y el potencial más alto no es meramente sobrevivir, sino disfrutar de la supervivencia.
Tú eres el cocinero que sirve la carne cruda.
Yo soy el que la convierte en un manjar”.
Cernunnos cargó, emanando una aura de envejecimiento acelerado y decadencia.
Alejandro no se movió.
En su lugar, desplegó su autoridad al máximo.
No usó el dolor.
Usó el placer.
Projectó sobre el dios de la naturaleza un torrente de sensaciones tan intensamente placenteras, tan alejadas de cualquier experiencia biológica simple, que la esencia misma de Cernunnos no pudo procesarlo.
El dios, acostumbrado al frío cálculo del depredador y la presa, se vio abrumado por el concepto de placer por el placer mismo, de belleza sin función.
Era un virus en su sistema operativo divino.
Cernunnos gritó, no de dolor, sino de confusión existencial.
Su forma comenzó a deshacerse, no en una explosión, sino en un letárgico y placentero suspiro de desintegración.
La naturaleza reanudó su curso normal, exhausta.
De esta victoria, Alejandro no obtuvo una nueva autoridad, pero sí una comprensión más profunda de la suya.
Su «Jardín de los Placeres Profanos» no era solo un arma; era una filosofía manifestada.
Podía corromper no solo cuerpos, sino conceptos.
Podía hacer que un dios de la naturaleza olvidara su propósito ante el embate de un éxtasis sin sentido.
El Campione en el Mundo Actual Ahora, Alejandro de la Vega es el Campione de España.
Europa lo ve con una mezcla de frustración y resignación.
Es poderoso, sin duda.
Derrotó a dos dioses herejes.
Pero es completamente poco fiable.
Es el epítome del “genio egoísta”.
Sabe de los otros Campione.
Desprecia la torturada existencia de Alex, el estadounidense (“Un romántico sin estómago para la realidad”).
Desdeña la dictadura aburrida de Liam, el australiano (“Un granjero con complejo de dios, sin gusto alguno”).
Y observa a Mateo Vargas, el mexicano, con un interés distante, como quien observa a un coleccionista rival.
“El muchacho mexicano trabaja demasiado”, comenta en una de sus fiestas, rodeado de sus favoritos.
“Se ha hecho responsable de dos naciones.
¿Cuándo encuentra tiempo para oler una rosa, para saborear un vino?
Tiene el poder de un dios y la agenda de un burócrata.
Qué desperdicio”.
Para Alejandro, el poder de un Campione no era una carga o una herramienta de control.
Era el billete dorado para la libertad última: la libertad de experimentar el mundo como la obra de arte más grande jamás creada, con uno mismo como su único y más exigente crítico.
No gobernaba España; la habitaba.
Y mientras las olas del Mediterráneo lamieran las costas de su isla privada, y los ecos de los problemas del mundo murieran antes de llegar a sus oídos, él seguiría siendo el sibarita del poder, el hombre que derrotó a un dios no para salvar al mundo, sino para garantizar que su propio rincón en él fuera perfecto.
El mundo podía arder, pero el vino en su copa siempre estaría a la temperatura perfecta.
Esa era la única victoria que le importaba.
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