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Campione AU! - Capítulo 28

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28: Preparacion 28: Preparacion El aire helado de las afueras de San Petersburgo, reconstruido, aún conservaba el mordisco del invierno que se resistía a ceder ante la primavera.

Mateo Vargas, el Campione de México y gobernante de facto de Rusia, observaba desde una amplia terraza de cristal el skyline de la ciudad.

Ya no era un paisaje de cicatrices abiertas y escombros humeantes.

Ahora, torres nuevas, limpias y funcionales, se alzaban donde antes solo había desolación.

Calles bien pavimentadas, sistemas de transporte renovados, y lo más importante, gente.

Gente que caminaba sin el peso aterrorizado en los hombros, que volvía a sonreír, a construir, a vivir.

El 78% de reconstrucción no era solo una estadística; era un milagro tangible, forjado con recursos internacionales, voluntad férrea y una autoridad que calmaba las tormentas y fortalecía los cimientos.

Pero dentro de Mateo, en un lugar más profundo que sus huesos y su sangre de Campione, una inquietud sorda y persistente hacía eco, como el latido de un segundo corazón enfermo.

No era miedo.

Era algo más agudo: un presagio, una disonancia en la armonía del mundo que solo alguien que había robado el poder a los dioses podía percibir.

El encuentro con Alex Carter, el Campione estadounidense, lo había dejado con un sabor agridulce.

Había entendido la postura del hombre, incluso la respetaba en su torturada lógica, pero la negativa a cooperar, a ver más allá de su propio drama, era un lujo que el mundo, tal vez, no podía permitirse.

Había contemplado, brevemente, la idea de acercarse a los otros dos.

El australiano y el español.

Una alianza de los cuatro Campione, una fuerza unida frente a cualquier amenaza.

Pero la realidad, presentada en un frío y meticuloso informe por Ingrid, la más conectada y analítica de su círculo, había aplastado esa esperanza.

“No son opciones, Mateo”, había dicho Ingrid, sus ojos escandinavos escudriñando los datos en su tablet holográfica.

Habían estado en su estudio, en la nueva Duma mágica establecida en Moscú.

“El australiano, Liam Hemsworth, ha erigido una dictadura de aislamiento total.

Cualquier comunicación externa es considerada una invasión a su ‘Propiedad’.

Los emisarios que ha enviado la ONU han regresado…

diferentes.

Vacíos.

Él no ve aliados, solo rivales territoriales.

Y tú, al tener autoridad sobre Rusia, eres el rival más cercano”.

Mateo recordaba sus palabras, nítidas.

“Y el español, Alejandro de la Vega, es aún más impredecible.

Vive en una burbuja hedonista.

Sus únicos intereses son el placer sensorial y el arte refinado.

Cualquier solicitud de reunión sería tratada como una intrusión vulgar en su jardín privado.

Según mis contactos en los círculos ocultistas europeos, considera a los demás Campione ‘bárbaros sin gusto’ o ‘burócratas divinos’.

No hay punto de entrada diplomático”.

Uno de tres.

Alex, al menos, había escuchado.

Había habido un diálogo, aunque terminara en un callejón sin salida.

Pero en el gran esquema, era como tener un ejército de cuatro generales, donde uno se esconde, otro construye un muro alrededor de su cuartel, y el tercero está demasiado ocupado en un banquete para oír los tambores de guerra.

Él era el único mirando al horizonte, sintiendo que la tormenta se acumulaba.

“Los dioses no son lógicos”, murmuró para sí, sus palabras formando un pequeño vaho en el vidrio frío.

“Son pasión, capricho, narrativa.

Un rechazo tras otro, una derrota tras otra…

no se quedarán cruzados de brazos”.

La historia y el mito lo dejaban claro: los dioses podían ser pacientes, pero su orgullo era una herida que nunca cicatrizaba.

Y ahora tenían cuatro heridas sangrantes llamadas Campione.

Un aroma familiar a jazmín y nieve lo sacó de sus pensamientos.

Ekaterina se deslizó a su lado, su presencia una combinación de elegancia glacial y calidez reservada solo para él.

Vestía un ajustado traje de lana gris, práctico para el trabajo de reconstrucción, pero que no podía ocultar su grácil figura.

Su mirada azul hielo seguía la de él, contemplando la ciudad renacida.

“Piensas en ellos otra vez”, dijo, no como una pregunta, sino como una afirmación.

Su voz era suave, pero con la firmeza de quien conoce cada sombra en el rostro de su amado.

“Es difícil no hacerlo”, admitió Mateo, rodeándola con un brazo.

Ella se acurrucó contra su costado, una concesión íntima que muy pocos veían.

“Siento…

un cambio en la presión del mundo, Katia.

Como si el aire mismo se estuviera cargando de static, de intención.

Mis instintos no gritan, pero susurran.

Y susurran ‘prepárate'”.

Ella asintió lentamente.

“Tus instintos nos han mantenido con vida hasta ahora.

Si ellos hablan, debemos escuchar.

Pero…” Hizo una pausa, girándose para mirarlo.

“La reconstrucción está al 78%.

Nuestro hogar, nuestro futuro, está a punto de ser realidad.

No podemos dejar que el miedo a lo que podría venir nos robe lo que hemos construido”.

Había una urgencia en sus palabras, un brillo de anhelo en sus ojos.

Para Ekaterina, la reconstrucción de Rusia no era solo un deber o un proyecto humanitario.

Era la redención de su tierra natal, la restauración de su legado familiar, casi borrado por Czernobog.

Y, en un nivel profundamente personal, era la promesa de un nido.

De estabilidad.

Había entregado su lealtad, su amor y su cuerpo a Mateo, y ahora anhelaba lo que toda mujer de su linaje, consciente o no, había deseado: sentar las bases de una dinastía.

No era la única.

Esa misma tarde, durante una cena en las estancias privadas de la residencia gubernamental moscovita, el tema surgió de la manera más directa posible, de la boca de Shakti Rao.

“¡Oye, jefe!”, exclamó la india, con su habitual desparpajo, mientras servía más naan en su plato.

Su presencia, siempre vibrante y llena de curvas que desafiaban la moda funcional, iluminaba la sala.

“Esta reconstrucción va viento en popa, ¿cierto?

Ya casi podemos decir ‘misión cumplida’ y…

bueno, pasar a la siguiente misión”.

Le lanzó una mirada cargada de significado, una sonrisa pícara en sus labios.

“La misión de asegurar que todo esto tenga herederos bonitos y poderosos, digo”.

El aire se tensó por un segundo.

Ingrid, sentada con su habitual compostura, dejó su tenedor con suavidad.

Svetlana, la poderosa hechicera eslava que se había unido al círculo interno, contuvo la respiración.

Ekaterina bajó la mirada a su plato, pero una sonrisa tímida asomó en sus labios.

Mateo dejó escapar un suspiro, no de fastidio, sino de un peso reconocido.

“Shakti…” “¡No, espera!”, intervino Ingrid, sorprendentemente.

Su voz era clara y analítica, pero con un deje de emoción.

“Ella…

no está del todo equivocada, Mateo.

No hablo solo de sentimientos o deseos personales.

Hablo de estrategia.

Eres un Campione.

Un rey.

Tu posición, tu legado, la estabilidad de los reinos que gobiernas…

se consolidan con una sucesión clara.

Con una familia.

Es una cuestión de estado, además de corazón”.

Svetlana asintió, su acento eslavo grueso y cálido.

“En los viejos tiempos, los grandes knyazes y zares entendían esto.

Una familia fuerte era un reino fuerte.

Los espíritus de la tierra…

ellos también anhelan continuidad.

Sienten tu poder, Campione, pero se preguntan: ¿qué pasará después?

Una dinastía calma esas inquietudes”.

Mateo miró alrededor de la mesa, a las mujeres que habían elegido estar a su lado.

La seria y leal Ekaterina, cuyo amor estaba entrelazado con su destino patrio.

La fogosa y protectora Shakti, cuya devoción era tan grande como su apetito por la vida.

La brillante y conectada Ingrid, que veía el mundo en capas de lógica y poder.

La sabia y arraigada Svetlana, puente con las fuerzas antiguas de esta tierra.

Todas, de maneras distintas, le estaban diciendo lo mismo: Es hora.

Y él lo sentía.

No solo por la presión externa de sus padres, quienes en cada llamada desde Guadalajara soltaban comentarios cada vez menos sutiles sobre “nietos” y “bodas”.

Lo sentía en sus propios huesos.

La vida de un Campione era violencia, decisiones imposibles y una responsabilidad aplastante.

En sus brazos, en la calidez de estas mujeres, encontraba no solo placer o compañía, sino un ancla a la humanidad que luchaba por proteger.

La idea de crear vida, de dejar un legado que fuera más que batallas y ruinas reconstruidas…

era poderosamente tentadora.

“Lo sé”, dijo finalmente, su voz grave resonando en la sala.

“Lo pienso todos los días.

Ustedes son…

mi mayor fortaleza y mi mayor vulnerabilidad.

Y por eso mismo, la idea de traer hijos a este mundo, con la nube que siento acercarse…” Dejó la frase en el aire, su mirada perdida en la llama de la vela central.

“Precisamente por esa nube”, insistió Ekaterina, tomando su mano sobre la mesa.

Su tacto era firme y frío, pero transmitía una fiebre interna.

“Si lo que viene es tan grande como presientes, entonces lo que construimos debe ser aún más sólido.

Un hijo, Mateo, no es solo un bebé.

Es una promesa al futuro.

Es una declaración de que, pase lo que pase, la vida continuará.

Nuestra vida continuará.

Rusia renacerá, México prosperará, y nuestra familia será el corazón de ambos”.

La pasión en sus palabras era palpable.

Shakti asintió con entusiasmo.

“¡Exacto!

Además, ¿imaginas niños con nuestras combinaciones?

¡Serían increíbles!

Con tu cabeza para la estrategia, la sangre fría de Katia, mi…

eh…

espíritu luchador, el cerebro de Ingrid y la conexión mística de Sveta.

¡Serían unos Campiones en potencia o algo aún mejor!” La tensión se rompió con una risa, primero de Ingrid, luego de Svetlana, y finalmente una sonrisa amplia y genuina de Mateo.

La imagen era ridícula y maravillosa al mismo tiempo.

“Primero las cosas importantes”, dijo Mateo, recuperando la compostura pero con un brillo nuevo en los ojos.

“Terminar la reconstrucción.

Y prepararnos para la tormenta.

Porque si mis instintos no mienten, no tendremos la paz para pensar en cunas hasta que hayamos pasado por ello.

Y para eso…

necesito estar listo.

Necesitamos estar listos”.

El Entrenamiento: Forjando el Acero en la Paz Precaria Al día siguiente, el presagio interior de Mateo se transformó en acción.

No podía obligar a los otros Campione a unirse.

No podía predecir el momento exacto del ataque.

Pero podía afilar su propia espada y la de los suyos.

El lugar elegido fue una de las “Zonas de Cuarentena” que quedaban, áreas devastadas por Czernobog que aún resonaban con energía oscura y caótica, imposibles de habitar pero perfectas para entrenamiento de alto nivel.

Era una llanura gris y negra, donde la tierra parecía ceniza solidificada y el cielo siempre parecía un crepúsculo perpetuo.

Allí, Mateo comenzó a desentrañar los límites y sinergias de sus Autoridades.

No se trataba solo de usarlas con fuerza bruta, sino de comprender su esencia, tejerlas entre sí.

La Voz del Cielo y la Tormenta (de Quetzalcóatl): Su primera Autoridad, la que le otorgó el dominio sobre los vientos y las tempestades.

En lugar de simplemente convocar huracanes, trabajó en la sintonía fina.

Aprendió a crear corrientes de aire a nivel microscópico para desviar ataques imperceptibles, o a comprimir el sonido en láseres sónicos que cortaban la roca sin el estruendo de un trueno.

Practicó generar presiones diferenciales para crear escudos de aire casi sólidos, invisibles al ojo pero capaces de detener una lluvia de flechas mágicas.

El Latido de la Tierra y la Lluvia (de Tláloc): La conexión con la tierra y el agua.

Más allá de hacer llover o temblar el suelo, exploró la vitalidad intrínseca.

Tocando la tierra corrompida de la zona, intentó no solo purificarla, sino acelerar su cicatrización de forma controlada, haciendo que brotaran cristales de energía pura que podían servir como baterías o focos de poder.

Con el agua, aprendió a extraer la humedad del aire mismo, incluso en este lugar seco, para crear armas de hielo ultradenso o para hidratar y sanar a sus aliados a distancia.

La Profundidad del Océano y la Ferocidad del Dragón (de Ryūjin): El poder del océano y la esencia draconiana.

Aquí, el entrenamiento fue sobre adaptación y ferocidad controlada.

Mateo practicó cambiar la densidad de su propia piel y la del aire a su alrededor, simulando la presión abisal para ralentizar o aplastar amenazas.

La “ferocidad del dragón” no era solo un aumento de fuerza; era una actitud mental, un estado de combate feroz y suprema confianza que podía activar en un instante, agudizando sus sentidos y reflejos a niveles sobrehumanos, pero sin perder la claridad táctica.

La Sombra de la Destrucción y el Vacío (de Czernobog): Su Autoridad más peligrosa y oscura, el dominio sobre la oscuridad y la entropía.

No le gustaba usarla, pero sabía que negarla sería una estupidez.

Entrenó no para destruir indiscriminadamente, sino para deshacer de forma quirúrgica.

Podía crear esferas de “vacío absoluto” que anulaban magia o materia, pero manteniéndolas contenidas.

Aprendió a usar la oscuridad no para cegar, sino para absorber la luz y el calor, creando campos de frío y silencio sepulcral que podían desorientar incluso a seres que no dependían de los sentidos comunes.

La Danza de la Destrucción y la Renovación (de Kali): La más reciente y compleja.

Kali no era solo destrucción; era la que disolvía lo viejo para que lo nuevo naciera.

Mateo trabajó en comprender el “punto de inflexión”.

Podía tocar una estructura y, en lugar de destruirla, acelerar su decadencia natural de forma controlada, o invertir el proceso, rejuveneciendo materiales.

En combate, esto se traducía en un toque que podía oxidar un arma metálica en segundos o, de manera más aterradora, interrumpir los procesos biológicos de un oponente, causando un envejecimiento acelerado localizado o una regeneración caótica y dolorosa.

Pero el verdadero salto vino cuando comenzó a combinarlas.

Viento + Agua: No era solo una tormenta.

Podía crear niebla densa y electrificada, donde cada gota era un sensor que le informaba de todo movimiento, y un posible conductor para un rayo dirigido.

Tierra + Oscuridad: Podía hacer que la sombra de un enemigo se volviera pesada como el plomo, anclándolo al suelo, mientras la tierra a sus pies se convertía en un fango frío que absorbía su calor vital.

Ferocidad Draconiana + Renovación de Kali: Un estado donde cada golpe no solo dañaba, sino que dejaba una “herida conceptual” que interfería con la capacidad de regeneración o de usar magia del objetivo.

Océano + Voz del Cielo: Control total sobre la presión atmosférica y hidrostática.

Podía crear zonas de gravedad alterada o comprimir el aire en una lanza de fluido hiperdenso que atravesaba casi cualquier cosa.

Sus entrenamientos eran espectáculos aterradores y hermosos.

La llanura gris se iluminaba con relámpagos silenciosos, surgían géiseres de agua cristalina de la tierra muerta, y extrañas flores de energía brotaban y se disolvían en sombra en cuestión de segundos.

Y no entrenaba solo.

Exigía a su círculo íntimo que hiciera lo propio.

Ekaterina, aunque no tenía poderes sobrenaturales más allá de los refinamientos físicos y mentales que le otorgaba su entrenamiento como magical knight y la energía residual de su cercanía a Mateo, perfeccionaba su esgrima mágica y su conocimiento táctico.

Era su general en la sombra, la que podía dirigir las fuerzas convencionales y mágicas si él estaba ocupado.

Shakti desplegaba sus formidables poderes de fuerza bruta y barreras defensivas, aprendiendo a crear escudos no solo estáticos, sino reactivos, que absorbían la energía cinética de un golpe y la devolvían amplificada.

Ingrid, la hechicera e investigadora, desarrollaba contramedidas y rituales de apoyo, creando artefactos cargados con energía de las Autoridades de Mateo que podían potenciar a los demás o desestabilizar campos de poder enemigos.

Svetlana profundizaba su conexión con los genii loci de Rusia, tejiendo una red de alerta temprana espiritual que cubría el territorio reconstruido.

Los días se convirtieron en una rutina intensa: mañanas dedicadas a la supervisión de los últimos proyectos de reconstrucción (viviendas, hospitales, la nueva red de energía mágico-tecnológica que habían ideado); tardes de entrenamiento brutal en la Zona de Cuarentena; y noches dedicadas a la planificación, la inteligencia (donde Ingrid desplegaba su red de contactos para detectar cualquier anomalía sobrenatural global) y, cuando el tiempo lo permitía, a esos momentos de tierna intimidad que mantenían a raya la sombra de la guerra.

Una noche, unas semanas después de comenzar este régimen, Mateo se despertó de un salto.

No hubo pesadilla.

No hubo ruido.

Solo un pulso sordo, un escalofrío que recorrió su columna vertebral y activó cada una de sus Autoridades en un susurro de alerta.

Se levantó y caminó hacia la ventana.

El cielo sobre Moscú estaba despejado, lleno de estrellas.

Pero él no veía eso.

Veía, sentía, las corrientes del mundo.

Y algo se había torcido.

Una armonía se había roto en algún lugar lejano, un cambio de tono en la sinfonía de la realidad.

Ekaterina se despertó a su lado, alertada por su tensión.

“¿Mateo?” “Algo acaba de pasar”, murmuró él, sin apartar los ojos del cielo.

“En algún lugar.

No es un descenso.

Es…

un acuerdo.

Una decisión tomada.

Las reglas del juego han cambiado”.

El presagio ya no era un susurro.

Era un latido constante, un tambor distante que empezaba a marcar un ritmo de marcha.

La calma, esa paz precaria que habían construido con sudor y poder, tenía los días contados.

Miró a Ekaterina, a su rostro marcado por la preocupación y una determinación feroz.

Miró hacia la puerta, más allá de la cual dormían Shakti, Ingrid y el resto de su gente.

Pensó en el 78% de Rusia, en su México natal, en los millones de personas que ahora dependían, consciente o inconscientemente, de su capacidad para parar lo que viniera.

“Mañana”, dijo, su voz era de acero frío, la voz del Campione, del Rey, del general que sabe que la batalla es inevitable.

“Mañana aceleramos el último 22%.

Y luego…

luego nos preparamos no para un dios hereje.

Nos preparamos para la guerra.

Porque no vienen a desafiar.

Vienen a extinguir”.

La inquietud se había solidificado en certeza.

El Concilio de los Dioses había tomado su decisión.

Y en la Tierra, solo un hombre, rodeado de las mujeres que amaba y a las que juró proteger, escuchaba el primer eco de sus pasos.

El tiempo de reconstruir había terminado.

Ahora era el tiempo de fortificar.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Voten si les gusto el episodio y apoyenme en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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