Campione AU! - Capítulo 29
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29: Ragnarok Parte 1 29: Ragnarok Parte 1 El aire del mundo cambió.
No fue un cambio meteorológico, sino uno metafísico, como si la realidad misma hubiera contenido la respiración durante eones y por fin la exhalara, cargada de ozono divino y la promesa del relámpago.
Para los mortales comunes, fue un día extrañamente silencioso.
Los pájaros callaron antes del amanecer.
Los animales domésticos se inquietaron.
Una pesadez intangible se posó sobre los hombros de toda la humanidad, una inquietud difusa, un presentimiento de pesadilla colectiva.
Para los cuatro Campiones, fue un golpe directo al plexo solar de su ser sobrenatural.
En el Outback australiano, Liam Hemsworth estaba de pie en el centro exacto de su territorio, una llanura roja demarcada por piedras rituales que él mismo había colocado.
De repente, sintió que la tierra, su tierra, gimió.
No era un temblor físico, sino un quejido de la esencia, como si un ácido cósmico empezara a gotear sobre el concepto mismo de su «Dominio de la Tierra Árida».
Levantó la cabeza hacia el cielo, donde el sol, otrora una fuente de poder que alimentaba su control, parecía mancharse en los bordes, como si una sombra voraz comenzara a roerlo.
Sus nudillos palidecieron al apretar los puños.
No era un dios hereje solitario.
Era una infección.
Una declaración de guerra.
Por primera vez desde que gobernaba su feudo, una sonrisa cruel, no de placer, sino de anticipación beligerante, se dibujó en sus labios.
“Al fin”, murmuró para el viento caliente.
“Alguien con el valor suficiente para desafiar al dueño en su tierra”.
En la finca de Ibiza, Alejandro de la Vega disfrutaba de un éxtasis sensorial perfectamente calibrado: el sabor de una uva hipnótica, el sonido de un cuarteto de cuerda que jugaba con las frecuencias del placer, la caricia de la brisa marina templada por su voluntad.
De repente, la sinfonía se desafinó.
El sabor de la uva se volvió metálico, amargo.
La música sonó falsa, estridente.
Un escalofrío repulsivo, la antítesis del placer, recorrió su espina dorsal.
Alejó a la persona que estaba a su lado con un gesto brusco, sus ojos, siempre medio cerrados en deleite, se abrieron completamente, brillando con una ira fría y estética.
“¿Quién se atreve a ensuciar mi jardín?”, susurró, su voz un hilode seda envenenada.
Su «Jardín de los Placeres Profanos» había detectado una intrusión no física, sino cualitativa.
Algo quería corromper la pureza de su hedonismo.
Y eso era un insulto imperdonable.
En las Montañas Rocosas de Estados Unidos, Alex Carter sintió el cambio como un puñal en la conciencia.
La tranquilidad áspera de su exilio se quebró.
El viento que antes susurraba ahora gritaba con voces que sólo él podía oír: voces de culpa multiplicada, de dilemas imposibles que se materializaban en el aire mismo.
Sintió los ecos del dolor de Kali, pero multiplicado por diez, dirigido no hacia fuera, sino hacia dentro, hacia los rincones más vulnerables de la psique humana.
Se dobló, llevándose las manos a la cabeza.
No era un ataque físico; era un asedio moral.
Sus «Caza del Indómito» y «Forja del Caos» se agitaban dentro de él, no como herramientas, sino como bestias olfateando una caza mayor, pero también una amenaza existencial a su frágil paz.
“No”, jadeó, mirando al cielo que parecía doblarse bajo el peso de juicios divinos.
“No otra vez…
no de esta manera”.
En la reconstruida fortaleza de Moscú, Mateo Vargas estaba en la sala de estrategia, revisando mapas energéticos con Ekaterina e Ingrid, cuando el mundo titiló.
Fue una sensación violenta, un estremecimiento sordo que resonó en cada una de sus cinco Autoridades simultáneamente.
No era el descenso puntual y arrogante de un dios hereje.
Era como si las compuertas del cielo se hubieran abierto de par en par, y un ejército de conceptos puros, de voluntades antagónicas, comenzara a derramarse sobre la Tierra.
Se irguió, su cuerpo tensionándose como un arco.
Los ojos de Ekaterina se encontraron con los suyos, y en ellos vio confirmado su propio horror: había llegado.
“Es ahora”, dijo Mateo, su voz no levantó el tono, pero cargó con el peso de un edicto de hierro.
“No es uno.
Son todos.
Y no vienen a jugar”.
Shakti entró en la sala como un torbellón, su rostro usualmente desenvuelto estaba pálido de concentración.
“¡Los sensores místicos están enloqueciendo!
¡Hay firmas de poder masivas apareciendo en…
en todas partes!
Australia, el Mediterráneo, aquí en Norteamérica…
¡Mateo!” “Lo sé”, cortó él, su mente ya trabajando a velocidad de Campione.
“El Ragnarok.
El verdadero.
Pandora nos advirtió de la posibilidad, pero nunca de la escala”.
Miró a sus aliadas.
“Es el plan que temíamos.
Dividirnos.
Acorralarnos.
Acabar con los demás y luego venir por mí, por nosotros, cuando estemos solos”.
Ingrid, tecleando frenéticamente, asintió.
“Los patrones de energía…
son coordinados.
Esto es una campaña militar.
No actos aleatorios de divinidades”.
“¿Qué hacemos?”, preguntó Ekaterina, su mano ya en el pomo de su espada ritual.
Mateo cerró los ojos por un segundo, sintiendo las corrientes del caos que empezaban a tejerse a nivel global.
Sus instintos, aguzados por el presagio y el entrenamiento, gritaban.
No podía dividirse.
Su fuerza estaba aquí, en la defensa de lo construido, en la unidad con las suyas.
Pero dejar que los otros cayeran…
era condenarse a una batalla final sin esperanza.
“Nos atrincheramos”, declaró, abriendo los ojos.
Había tomado la decisión del general que elige el terreno.
“Reforzamos las defensas de Rusia y México al máximo.
Activamos todos los protocolos.
Y observamos.
Aprendemos.
Ellos van primero por los demás.
Veremos cómo pelean nuestros…
‘hermanos’.
Y rezaremos porque su orgullo y su poder les den una oportunidad”.
Era una apuesta cruel, pero realista.
No podía salvar a quienes no querían ser salvados, o a quienes estaban a un océano de distancia, atrapados en sus propias trampas.
Tenía que creer que, por su propia naturaleza de Campione, no caerían fácilmente.
Y en su caída, tal vez, revelarían las tácticas de los dioses.
Zeus y Odín, flanqueados por los líderes de los otros panteones, observaban el mundo mortal como un tablero de guerra.
Habían forjado su alianza con la sangre de juramentos antiguos, y ahora era el momento de ejecutar el Pacto del Desquite Divino.
“La primera embestida caerá sobre el ermitaño de la tierra”, anunció Odín, su único ojo reflejando los destellos de los portales que se abrían.
“Aísla su fuerza de su territorio, y se volverá un animal acorralado.
Bagadjimbiri anhela restaurar el caos que le fue robado”.
El dios hereje derrotado por Liam, Bagadjimbiri, la tormenta de sequía consciente, era ahora una sombra reforzada por el resentimiento.
A su lado, Anubis, el egipcio juez de los muertos, ajustaba su balanza.
“Midiré el peso de su alma antes de que sea sepultada en la arena eterna”.
Poseidón, con el tridente en alto, gruñó: “Mi dominio es el agua que su tierra tanto odia.
Ahogaré sus raíces”.
Ares, sediento de violencia, reía.
“¡Finalmente, una guerra que vale la pena!
¡Despedazaré su dominio con mis propias manos!” Y Loki, reclinado con una sonrisa de anticipación divertida, añadió: “Y yo me aseguraré de que sus capataces duden, de que sus súbditos olviden por qué le temen.
Un régimen se sostiene por el miedo.
¿Y si el miedo cambia de amo?” “Recuerden”, advirtió Zeus, el rayo crepitando en su puño.
“No subestimen a este ‘granjero’.
Ha convertido un continente en su fortaleza.
Su poder es absoluto dentro de sus límites.
Bagadjimbiri, tú eres la carnada.
Atrae su ira, haz que extienda su dominio más allá de lo prudente.
Los demás, atacad los puntos donde su control sea más tenue, las costas, los acuíferos, la lealtad de su gente”.
El segundo equipo se reunía alrededor de la esencia aún irritada de Bacchus Luxuria, el dios del éxtasis profanado que Alejandro había derrotado.
“El sibarita español”, dijo Zeus con desprecio.
“Su debilidad es su propio placer.
Envenenad su fuente”.
Thor levantó a Mjölnir.
“¡Un embate directo!
¡Destrozaré su palacio de juguete!” Osiris intervino con calma gélida.
“La violencia directa puede fallar.
Su poder distorsiona los sentidos.
Debemos ofrecerle un placer mayor, uno que lo ate y lo ciegue.
Morfeo (hijo de Hipnos) ya teje sueños a su medida.
Yo aportaré el letargo del Duat, la paz de la no-existencia”.
Ra asintió, su disco solar brillando con una luz hipnótica, enfermiza.
“Cegaré sus sentidos con una luz que no calienta, solo consume.
Un éxtasis de vacuidad”.
Vishnu, sereno, añadió: “Y yo mostraré la ilusión del paraíso perfecto, un Vaikuntha personal donde nada falte y, por tanto, nada desee.
Que se pierda en su propia satisfacción”.
El tercer grupo era el más heterogéneo, liderado por la esfera de dolor que era Quirón, el centauro herido, derrotado por Alex.
La venganza de un dios de la sabiduría herida era terrible.
Shiva, el destructor, estaba callado, su danza congelada en un momento de potencial aniquilación.
Brahma, el creador, murmuraba posibilidades de pesadillas existenciales.
Tezcatlipoca, el espejo humeante, sonreía.
“El moralista atormentado.
No necesitamos luchar contra él.
Solo necesitamos darle espejos.
Espejos que muestren las consecuencias de toda elección, de toda inacción.
Lo enloqueceremos con su propia virtud”.
Finalmente, el cuarto y más poderoso grupo, destinado a Mateo.
Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, ardía en furia divina.
“¡Él es mío!
Su corazón será ofrenda para el renacimiento del verdadero México!” A su lado, Kali danzaba silenciosamente, sus cuatro brazos blandiendo armas, su lengua fuera en un gesto de sed de venganza infinita.
Huitzilopochtli, el dios de la guerra y el sol, golpeaba su escudo con una lanza de obsidiana.
Czernobog, la sombra eslava, era una mancha de odio puro, ansioso por corromper de nuevo la tierra que le habían arrebatado.
Y Kali (la diosa hindú, distinta de la autoridad de Mateo), en su forma más feroz, completaba el quinteto de destrucción.
“Ustedes descenderán después”, ordenó Odín.
“Cuando los otros tres hayan caído, cuando el mexicano esté solo, rodeado por el miedo del mundo y la caída de sus pares.
Entonces, y solo entonces, descargaremos toda nuestra furia sobre él.
Que sea testigo de la ruina antes de compartirla”.
Zeus asintió.
“Que comience el Ragnarok de los Usurpadores.
¡Que los mortales recuerden por qué temblaban!” Y con un estruendo que atravesó la barrera entre lo divino y lo mortal, el primer equipo DESCENDIÓ.
El cielo sobre el Outback australiano, normalmente una cúpula infinita de azul despiadado, se partió.
No fue un portal elegante, sino una laceración, como si una garra cósmica hubiera rasgado el tejido del aire.
De ella, se derramó primero una sequía palpable.
Fue Bagadjimbiri, no ya como la tormenta caótica que Liam había derrotado, sino como una plaga consciente y enfocada.
Su forma era la de un simún gigante, un viento del desierto que no traía arena, sino ausencia.
Donde pasaba, el color moría.
La hierba resistente se convertía en polvo gris, las rocas rojas se decoloraban a un blanco mortuorio.
Liam lo sintió inmediatamente.
Una sonrisa feroz se extendió en su rostro.
“¿Vienes por segunda ronda, gusano?
Esta vez no estás en un campo abierto.
Estás en mi casa”.
Activó su «Dominio de la Tierra Árida».
Una onda de poder marrón oscuro, visible como un temblor de calor, se expandió desde sus pies.
La tierra decolorada por Bagadjimbiri, al entrar en contacto con su dominio, recuperó instantáneamente su tono rojo oxidado.
Liam no estaba sanando; estaba reafirmando.
“¡Esta tierra me reconoce!
¡A mí!
¡Tu caos no tiene cabida aquí!” Bagadjimbiri rugió, una silbido de aire desecado.
“¡Yo soy el caos anterior al orden!
¡Tu control es una ilusión tempora—!” Un géiser de agua salada, fría y brutal, estalló a diez metros de Liam, buscando socavar el suelo bajo sus pies.
Poseidón había manifestado su poder desde la costa, a cientos de kilómetros, su tridente clavado metafísicamente en el lecho marino para canalizar su ira directamente al corazón del territorio de Liam.
“¡La tierra es solo una isla en mi reino, mortál!
¡Húndete!” Liam gruñó, sintiendo la intrusión.
Su dominio se contrajo por un instante, luego se contraatacó.
La tierra alrededor del géiser se solidificó instantáneamente, no en roca, sino en una especie de cristal salino denso, atrapando el chorro de agua y secándolo desde afuera hacia adentro.
“¡El agua en mi tierra obedece mis reglas!” Pero el esfuerzo fue real.
Estaba siendo atacado en dos frentes conceptuales: la sequía absoluta y el mar invasor.
Entonces, una sombra alada descendió.
Anubis, con cabeza de chacal y la balanza en la mano, se plantó ante Liam.
No atacó físicamente.
Sus ojos oscuros lo escudriñaron.
“Liam Hemsworth.
Tu alma está cargada del peso de la tiranía, del miedo que has sembrado.
Es un fardo pesado.
Déjame aliviarte de él…
con la eternidad del Duat”.
Liam sintió un frío extraño, no en la piel, sino en el espíritu.
Una languidez, una invitación a dejar de luchar, a descansar en la frialdad de la muerte.
Por un instante, la fatiga de años de control absoluto, del aislamiento, lo abrumó.
Su dominio titiló.
Fue el momento que Ares esperaba.
El dios de la guerra, en toda su gloria sangrienta, materializó una lanza hecha de puro conflicto y la arrojó.
No apuntaba a Liam, sino al centro de su red de control, a la conexión psíquica que mantenía con sus “capataces” en las ciudades.
La lanza de conflicto buscaba sembrar la discordia, hacer que sus subordinados dudaran, que se rebelaran.
Y en las mentes de esos capataces, Loki susurró.
Susurros de traición, de que el Patrón estaba débil, de que tal vez era hora de que nuevos dueños, más “generosos”, tomaran el control.
No muchos, pero algunos, los más ambiciosos o temerosos, empezaron a titubear.
La red de control de Liam, tan dependiente de la sumisión absoluta, tuvo su primera microfisura.
Liam rugió, sacudiéndose de la languidez de Anubis.
“¡NO!
¡Esta tierra es MÍA!
¡Su voluntad es MI voluntad!” Golpeó el suelo con ambos puños.
El «Dominio de la Tierra Árida» se expandió violentamente, pero esta vez, en lugar de sanar, drenó.
Extrajo la vitalidad, la fuerza de voluntad, de cada ser viviente dentro de sus bordes ampliados.
Animales, plantas, y sí, incluso los humanos lejanos en los puestos de avanzada, sintieron una debilidad repentina.
Liam se hinchó con esa energía robada, su cuerpo creciendo temporalmente, sus ojos brillando con una luz ámbar feroz.
El ataque de Poseidón fue repelido con un terremoto localizado que selló las fuentes de agua.
La sombra de Bagadjimbiri retrocedió, su esencia de sequía encontrando resistencia en una tierra que ahora estaba vitalizada a la fuerza, aunque de manera espantosa.
Pero el costo era monstruoso.
La tierra a su alrededor, ahora privada de su vitalidad natural, se volvió quebradiza y muerta, incluso para sus estándares.
Y la duda sembrada por Loki y el juicio de Anubis no desaparecían.
Liam había contrarrestado el primer asalto, pero estaba usando su poder de la manera más brutal y agotadora.
Los dioses se reagruparon, sonriendo.
Esta sería una cacería larga, y el granjero ya estaba mostrando las limitaciones de su aislamiento.
La batalla por Australia era un asedio, y los dioses tenían todo el tiempo del universo.
Mientras Liam luchaba, las otras dos ofensivas comenzaban.
Sobre el Mediterráneo, cerca de Ibiza, el cielo se tiñió de colores opiáceos.
Bacchus Luxuria no descendió con violencia, sino como una niebla dorada y perfumada.
Se filtró por los jardines de la finsa de Alejandro, prometiendo éxtasis más allá de la comprensión mortal.
Morfeo (con el respaldo de Osiris) tejió sueños que no se distinguían de la realidad, donde todos los deseos de Alejandro se cumplían al instante.
Ra hizo que el sol de mediodía brillara con una luz dorada y estática, que invitaba a la inmovilidad perfecta.
Vishnu proyectó la ilusión de un palacio aún más perfecto, donde cada servidor era un ideal vivo, cada obra de arte era la última palabra en belleza.
Alejandro, al principio indignado, se encontró sonriendo.
“¿Creen que pueden superarme en mi propio juego?” Susurró.
Activo su «Jardín de los Placeres Profanos», pero no para rechazar las sensaciones, sino para analizarlas, desmenuzarlas.
“El sueño de Morfeo tiene una textura demasiado uniforme…
la luz de Ra carece del matiz del atardecer…
la ilusión de Vishnu es predecible en su perfección”.
Empezó a “corregir” las ilusiones, a añadirles imperfecciones deliberadas que las hacían más interesantes, más reales para su paladar estético.
Estaba jugando con el veneno, saboreándolo para demostrar su superioridad.
Pero con cada “corrección”, se enredaba más en la tela.
Thor, impaciente, observaba desde las nubes, listo para descargar su martillo en cuanto el hedonista bajara la guardia.
El plan de envenenar su placer estaba funcionando, pero Alejandro, en su arrogancia, no lo veía como una trampa, sino como un desafío divertido.
En las Montañas Rocosas, el ataque fue silencioso y psicológico.
Quirón, el centauro herido, no se manifestó.
Envió sus “lecciones”, visiones dolorosas que se injertaban en la mente de Alex Carter.
Visiones de Nueva York reconstruida solo para ser destruida de nuevo porque él eligió intervenir.
Visiones de que, si hubiera actuado antes, su familia habría sido asesinada por un gobierno vengativo.
Shiva permanecía como una presencia distal, un recordatorio de que la destrucción era un ciclo inevitable, y que su lucha moral era un punto fútil en la danza cósmica.
Brahma murmuraba alternativas infinitas, cada una peor que la anterior, paralizando la capacidad de decidir.
Tezcatlipoca mostraba espejos en cada charco, en cada ventana, reflejando no su imagen, sino las consecuencias sangrientas de cualquier camino que pudiera tomar.
Alex se retorció en su cabaña, atrapado en una pesadilla de dilemas éticos fabricados.
Su «Caza del Indómito» se agitaba, identificando las “debilidades” en las ilusiones, las falacias lógicas en los dilemas, pero cada vez que desmontaba uno, otro más complejo y doloroso tomaba su lugar.
No podía luchar contra un enemigo físico.
Estaba luchando contra su propia naturaleza, exacerbada y retorcida por dioses maestros en la duda y el espejismo.
El objetivo no era matarlo rápido; era volverlo loco, hacer que su poder se volviera contra sí mismo o contra los inocentes a su alrededor.
Mateo, Ekaterina, Ingrid y Shakti observaban las pantallas y los mapas de energía.
Los datos eran aterradores.
“Australia está bajo un asedio de energía de alto nivel…
patrones de sequía, agua salada, muerte y…
confusión mental en la población”, informaba Ingrid, su voz tensa.
“El Campione Hemsworth está conteniendo, pero los patrones muestran que está usando su poder de manera reactiva y agresiva.
Está drenando la vida de su propio territorio para sostenerse”.
“España…
una acumulación masiva de energías oníricas, sensoriales y de ilusión.
El Campione de la Vega parece…
interactuar con ellas.
No está rechazándolas, las está modificando”.
“Estados Unidos…
es el más extraño.
No hay manifestaciones físicas grandes.
Pero hay una explosión de actividad psíquica negativa, dilemas morales cristalizados en energía.
El Campione Carter está en el epicentro.
Está…
sufriendo”.
Shakti golpeó una mesa con el puño.
“¡Tenemos que hacer algo!
¡No podemos quedarnos aquí viendo!” “¿Hacer qué, Shakti?”, preguntó Ekaterina, su rostro pálido pero sereno.
“¿Teleportarnos a Australia?
¿A España?
Incluso si pudiéramos, llegaríamos agotados y seríamos un blanco más.
Mateo tiene razón.
Este es su plan.
Dividirnos.
Si salimos, dejamos desprotegidos a México y Rusia, y el ataque principal contra nosotros comenzará antes de tiempo”.
Mateo asintió, sus ojos fijos en el mapa global que mostraba tres grandes focos de tormenta divina.
“Ellos están probando.
Probando las defensas de los otros.
Buscando debilidades.
Y nosotros debemos aprender.
¿Ven?
No atacan todos de la misma manera.
A Liam le atacan su territorio y su control.
A Alejandro, sus sentidos y su orgullo.
A Alex, su conciencia.
Cada estrategia está diseñada para la psicología del Campione”.
Se volvió hacia ellas.
“Eso significa que para nosotros, el ataque será diferente.
Será directo, abrumador, diseñado para mi perfil: el estratega, el protector, el que construye alianzas.
Atacarán lo que yo protejo.
A ustedes.
A las ciudades.
A la esperanza que hemos construido.
No cometeremos el error de Liam de agotar nuestra tierra.
No caeremos en la trampa de Alejandro de subestimar el ataque pensando que es un juego.
Y no nos paralizaremos como Alex con dilemas morales fabricados”.
Tomó un profundo aliento.
“Ellos vendrán por nosotros al final.
Y cuando lo hagan, debemos estar más unidos que nunca.
Nuestro vínculo, nuestra confianza, es nuestro territorio.
Nuestra estrategia compartida, nuestro jardín.
Nuestra moral clara, nuestro escudo.
Ellos no entienden eso.
Creen que porque derrotamos dioses individuales, somos como ellos: solitarios y llenos de orgullo.
Se equivocan”.
En ese momento, una alarma baja sonó en la consola de Ingrid.
Era un mensaje de la red de Svetlana, la conexión con los espíritus de la tierra.
“Mateo”, dijo Svetlana, entrando en la sala, su rostro estaba serio.
“Los genii loci…
susurran.
Dicen que las sombras en los bordes del mundo se están alargando.
Que el aire huele a serpiente emplumada y a sangre seca.
El cuarto grupo…
se está acercando.
No han descendido aún, pero su intención es una mancha en el horizonte.
Se están acercando a nuestras costas”.
Todos miraron a Mateo.
El tiempo de observar se acababa.
El Ragnarok había comenzado en el mundo, y su ojo de huracán se dirigía, inexorable, hacia ellos.
La batalla por Australia era sólo el primer movimiento de un juego de ajedrez divino.
Y el jaque mate, todos lo sabían, estaba planeado para el tablero de Rusia y México, con Mateo Vargas como el rey que debía caer.
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