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Campione AU! - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 Un rey sin reino
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3: Un rey sin reino 3: Un rey sin reino Los rayos del sol caían a plomo sobre la planicie.

Un cielo despejado, sin una nube.

Silencio absoluto.

Mateo respiró profundo.

Estaba lejos.

Muy lejos de la ciudad.

Había tomado un autobús rumbo al norte del Estado de México, pasando pueblos pequeños, hasta llegar a un valle sin nombre entre montañas, donde la señal celular era un mito y el viento era lo único que cantaba.

Vestía ropa ligera, su mochila llevaba agua y algunos alimentos, y en su cabeza solo rondaba una idea: “Tengo que saber qué puedo hacer ahora.” La ciudad aún no se recuperaba del caos que provocó Quetzalcóatl cuando descendió en plena avenida Insurgentes.

El gobierno dijo que fue “una falla eléctrica masiva” y “un fenómeno atmosférico desconocido”.

Pero Mateo sabía la verdad.

Él mató a un dios.

Y aunque no recordaba el combate con claridad, sabía lo que eso significaba.

Era un Campione.

Un asesino de dioses.

Un Rey.

La casualidad —o el destino— había hecho que la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde estudiaba, quedara parcialmente destruida tras el enfrentamiento.

El calendario fue suspendido indefinidamente.

Tiempo libre.

Perfecto para experimentar.

Mateo se ubicó en el centro de un claro seco.

Rodeado de árboles, pasto muerto y piedras.

Cerró los ojos.

Inspiró lentamente.

Y entonces…

el cántico llegó.

No como un recuerdo.

Sino como una voz que brotaba desde su alma.

Como si siempre hubiera estado ahí.

Como si los antiguos dioses le hubieran tatuado el hechizo en el corazón.

Sin pensar, alzó una mano al cielo.

El aire a su alrededor se tensó, como si el universo mismo contuviera la respiración.

Y entonces lo dijo: —¡Oh espíritu del cielo, padre del aliento divino!

¡Responde al llamado del que robó tu poder!

¡Viento cortante, danza por mi voluntad!

¡Tempestad del Emplumado!

El aire explotó.

Un remolino surgió, inmenso, violento, imposible de contener.

Los árboles fueron arrancados de raíz.

Las piedras volaron como proyectiles.

La tierra se desgarró.

El cielo se oscureció por el polvo.

Y en el centro del caos…

Mateo, de pie, horrorizado por su propia fuerza.

No había control.

No había precisión.

Solo un vendaval salvaje nacido de su palabra.

Cuando el viento finalmente se disipó, solo quedó un páramo.

Desnudo.

Seco.

Desolado.

Un cráter natural formado por una tormenta imposible.

Mateo cayó de rodillas.

Las manos le temblaban.

El corazón le latía con violencia.

“¿Qué fue eso?” No sabía cuánto tiempo había pasado.

Solo sabía que no podía quedarse.

Media hora después, corría montaña abajo, buscando la carretera más cercana, respirando agitadamente.

Había usado su Autoridad.

Y con eso, había dejado una firma mágica tan fuerte que cualquier hechicero del continente podría percibirla.

Pero él no lo sabía.

No aún.

En la noche, a cientos de kilómetros, en un despacho oculto bajo el Castillo de Chapultepec, una mujer de cabello blanco atado en trenza, vestida con túnica ceremonial, leía un reporte con gravedad.

—…una anomalía de viento y presión mágica detectada en el valle de Huixquilucan.

—No fue un espíritu, ni una bestia mágica…

fue una Autoridad.

Un hombre a su lado, de lentes oscuros y traje de lino, murmuró con nerviosismo: —¿Está diciendo que…

uno de los Reyes ha despertado?

Ella cerró el informe lentamente.

—No.

—No ha despertado.

—Ya está despierto.

Mateo llegó a casa cuando el sol apenas comenzaba a ocultarse tras los cerros.

A pesar del caos que había provocado, del descubrimiento de sus poderes, del desierto que había dejado tras de sí…

había algo reconfortante en ver la fachada común de su hogar, el portón azul que siempre rechinaba y el olor a comida que salía por la ventana.

Su madre lo recibió con una sonrisa cálida, cubierta por un delantal lleno de harina.

—¡Hijo!

¿Ya regresaste?

¿No que te ibas a quedar en casa de tu amigo?

Mateo improvisó una sonrisa.

—Sí…

pero canceló, hubo un problemita con su papá.

¿Te ayudo?

Ella lo miró por un segundo, dudosa.

Mateo no solía ser muy bueno mintiendo.

—Bueno…

si ya estás aquí, échame una mano con los trastes.

Su hogar estaba ubicado en una colonia tranquila del sur de la ciudad, con calles estrechas, murales pintados en las bardas y sonidos lejanos de música de banda mezclada con ladridos.

El interior, aunque modesto, estaba lleno de vida: fotos familiares, plantas, estantes con libros viejos y una televisión encendida en el fondo con el noticiero de las nueve.

Mateo lavaba los platos mientras su madre picaba cebolla para los tacos de guisado.

Él conocía esa rutina de memoria: Después de cenar, verían un programa de concursos y luego su madre iría a dormir.

Su padre, como siempre, llegaría tarde por una reunión eterna en la oficina.

Todo parecía normal.

Y sin embargo…

nada lo era ya.

Después de ayudar y cenar, Mateo subió a su cuarto.

Se encerró.

Se sentó en su escritorio.

Y se quedó en silencio.

El murmullo del mundo parecía apagarse.

“Ya probé la Autoridad del Viento.” “Ahora falta…

la otra.” Instintivamente, supo qué debía hacer.

No hubo cántico esta vez.

No hubo viento, ni luz, ni trueno.

Solo pensamiento.

Y despertar.

Como si alguien le hubiese abierto mil libros al mismo tiempo dentro de su mente, la Autoridad de la Sabiduría se manifestó.

Conocimientos de agricultura prehispánica, química moderna, ingeniería biomecánica, filosofía hindú, medicina tradicional china, hechicería babilónica, cálculo diferencial…

Todo.

Todo lo sabía.

Y no solo lo sabía: lo comprendía.

Cerró los ojos.

Y sin buscarlo, entendió cómo construir un acelerador de partículas funcional con chatarra.

Entendió cómo corregir la estructura del sistema de transporte público de la ciudad.

Cómo curar enfermedades…

cómo destruir naciones…

cómo crear civilizaciones desde cero.

Mateo abrió los ojos.

Estaba sudando frío.

Su corazón latía rápido.

—”Esto…

esto es demasiado.” El poder lo embriagaba.

Pero también lo aterraba.

Esa era la otra cara del Campione.

No solo eran reyes por matar dioses…

Sino porque heredaban fragmentos de divinidad.

En ese momento, lo comprendió.

No era un humano cualquiera con poderes.

Era una anomalía viva.

Un fenómeno.

Alguien que no podía simplemente regresar a su vida universitaria y fingir que nada había pasado.

Sin embargo, mientras se miraba en el espejo del cuarto, se obligó a sí mismo a sonreír.

Todavía podía elegir quién sería.

Un tirano.

Un sabio.

Un loco.

Un protector.

Por ahora…

sería Mateo.

Y al día siguiente, como cualquier otro mortal, bajaría a preparar café para su madre.

“El mundo se mueve” En lo profundo del Valle de los Reyes, un lugar oculto entre los archivos sellados de la comunidad mágica mexicana, cinco figuras se encontraban reunidas bajo la tenue luz de veladoras flotantes.

Hombres y mujeres, chamanes y magos modernos, se debatían frente a un altar donde se proyectaba una imagen aérea del páramo desolado, en lo que antes fuera un paraje boscoso al norte de la Ciudad de México.

—No hay duda —dijo una mujer de rostro severo y cabello trenzado en serpientes negras—.

Esto fue hecho por un Campione.

—¿Estás segura, Ixchel?

—preguntó uno de los varones, anciano, con lentes y una vara hecha de obsidiana.

—La tierra fue devastada, no por alquimia ni por explosivos…

sino por autoridad divina.

El viento fue la herramienta.

El alma que lo desató…

tiene la firma de Quetzalcóatl.

Silencio.

Uno de los más jóvenes se atrevió a romperlo: —Pero Quetzalcóatl está muerto.

Lo vimos.

Cayó en la cima del Ajusco, su cuerpo espiritual se desvaneció…

—Sí —dijo la mujer—, pero su poder no.

Y todos entendieron.

Un nuevo Campione había nacido.

Kyoto, Japón – Santuario de los Ocho Sellos En el otro lado del mundo, en una pagoda mística entre planos, una junta de emergencia reunía a varias sociedades mágicas asiáticas.

—Sabemos que fue en México —dijo un hombre vestido con túnicas oscuras y un rosario de jade—.

El dios hereje fue Quetzalcóatl.

No hay duda.

—Y el área de impacto indica que el nuevo Campione aún no domina su poder —comentó una hechicera taoísta.

—Eso es precisamente lo que nos da una oportunidad —añadió un tercer individuo, de rostro joven, pero ojos llenos de malicia—.

Si lo encontramos antes de que entienda su poder…

podríamos usarlo.

Todos giraron hacia él.

—¿”Usarlo”?

—preguntó una de las magas.

—Controlarlo, convencerlo de que trabaje para nosotros.

Quizás con una ilusión, con una historia manipulada.

Lo que sea necesario.

Algunos parecían considerar la idea.

Otros, incomodarse.

Fue entonces que la pantalla mágica parpadeó.

Y desde un espejo encantado apareció la imagen de una mujer pelirroja, de vestido largo y medallón con forma de cruz: representante del Parlamento Mágico Británico.

—Lo que están proponiendo es una estupidez sin precedentes —dijo, sin rodeos.

La sala enmudeció.

—Intentar manipular a un Campione recién nacido no solo es peligroso, es suicida.

¿O ya olvidaron lo que pasó en Grecia en el siglo XIX?

¿O con el Rey Carmesí en Roma cuando fue traicionado?

—Pero si no actuamos rápido —protestó el japonés—, otros lo harán.

Puede caer en manos de China, de América o incluso de ustedes.

La mujer sonrió con superioridad.

—Nosotros ya tenemos un Campione aliado.

Sabemos cómo proceder.

Ustedes aún tratan a estas figuras como piezas de ajedrez…

cuando en realidad son terremotos con piernas.

Si este joven es sabio, querrá paz.

Si es inestable…

entonces cualquier intento de manipulación podría convertirlo en nuestro enemigo.

Todos guardaron silencio.

—Mi consejo —continuó ella— es claro: observen.

No interfieran.

Gánense su confianza…

o manténganse lejos.

Y la conexión se cortó.

En algún punto del mundo mágico…

Las discusiones continuaron en varias mesas, foros mágicos, portales etéricos y consejos secretos.

Todos hablaban del mismo tema: El Campione de México.

Algunos lo llamaban el Rey del Viento.

Otros, el Sabio del Plumas de Serpiente.

Otros más, temían que fuera el inicio de una nueva guerra entre dioses y humanos.

Pero todos coincidían en algo: El equilibrio se había roto.

El mundo ya no sería igual.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo estas historia y mas a futuro.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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