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Campione AU! - Capítulo 30

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  4. Capítulo 30 - 30 Liam Hemsworth Ragnarok Parte 2
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30: Liam Hemsworth (Ragnarok Parte 2) 30: Liam Hemsworth (Ragnarok Parte 2) El silencio sobre el Outback era distinto.

No era la quietud vacía del desierto, sino la calma tensa y cargada que precede al cataclismo.

Liam Hemsworth estaba de pie en el centro de su mundo, de su Australia.

Los pies descalzos, hundidos en la tierra roja y cálida, sentían cada latido del continente.

Pero ese día, el latido estaba irregular.

Un ritmo espasmódico, como si un corazón gigante estuviera siendo envenenado gota a gota.

Durante días, una inquietud había crecido en él, un hormigueo en la base de su cráneo que su autoridad no podía calmar.

Era un presentimiento primitivo, el mismo que una vez había tenido su ganado antes de una gran tormenta.

Algo se acercaba.

Algo que no era una sequía, ni una plaga, ni un ejército humano.

Algo que olía a ozono divino y a ira antigua.

La parte de él que aún era Liam, el granjero, quería reunir a los suyos, fortificar, buscar aliados en los magos dispersos que su régimen había sometido o ahuyentado.

Pero la parte mayor, la de el Patrón, el Campione, despreciaba esa debilidad.

Aliados eran puntos flacos.

Dependencia.

Su fuerza era su territorio, su voluntad.

¿Para qué necesitaba a nadie más?

Se preparó a su manera.

Amplió los límites de su «Dominio de la Tierra Árida» hasta las costas, sellando conceptualmente las fronteras.

Hizo que la tierra misma se compactara, se volviera más densa, más suya.

Ordenó a sus capataces que mantuvieran a la población en calma, que cualquier anomalía fuera reportada.

Pero en el fondo, sabía que si lo que venía era lo que sospechaba, los reportes serían inútiles.

Y entonces, llegó.

El cielo sobre él no se nubló.

Se rasgó.

Fue un desgarro en la tela azul cobalto, silencioso y obsceno.

De él no salió luz, sino una ausencia de color, un vacío que succionaba la vitalidad visual.

Y de ese vacío, la familiar y odiada esencia se derramó primero.

Bagadjimbiri.

El dios de la sequía primordial, la tormenta de esterilidad que lo había hecho Campione.

Pero no era la misma entidad caótica y descontrolada.

Esta vez, su forma de simún gigante tenía una inteligencia fría y un propósito rencoroso.

Sus ojos, hechos de remolinos de polvo negro, se fijaron en Liam con un odio que transcender los eones.

“Regresas al lugar de tu primer pecado, usurpador”, silbó la voz del viento seco, una voz que resonó en los huesos de Liam.

“Vengo a reclamar lo mío y a borrar la mancha de tu existencia”.

Antes de que Liam pudiera responder, otras presencias se materializaron alrededor del perímetro de su dominio, como lobos rodeando a un toro.

A su izquierda, la arena se agitó y se levantó en la forma de un hombre alto con cabeza de chacal.

Anubis, el Pesador de Almas, sostenía su balanza con una mano y un cetro con la otra.

Sus ojos dorados, profundos como tumbas, no mostraban ira, sólo una curiosidad mortuoria.

“Liam Hemsworth”, dijo su voz, grave y ecoica.

“Tu reinado ha sido una sequía para el espíritu de esta tierra.

Vengo a medir el peso de tu alma y a encontrar… deficiencia”.

A su derecha, el aire se saturó de humedad salina.

Un géiser de agua marina irreal estalló del suelo seco, y de él emergió Poseidón, el dios de los mares.

Su tridente relucía con una luz fría de abismo, y su mirada era la de un tsunami contenido.

No dijo nada.

Sólo clavó el tridente en la tierra, y una mancha de humedad y sal comenzó a extenderse, un cáncer en el borde del dominio de Liam.

Frente a él, con un estruendo de armaduras y un grito de batalla, apareció Ares.

El dios de la guerra era pura violencia concentrada.

Su armadura sangrienta, su lanza afilada con el filo del conflicto, sus ojos ardían con el placer de la carnicería por venir.

“¡Por fin!

¡Una presa digna!

¡Un rey en su castillo de barro!

¡Derribemos las murallas y juguemos con los huesos!” Y luego, en algún lugar entre las sombras del sol, una risa burlona, ligera y peligrosa, se escuchó.

Loki, el Tramposo, no se mostró completamente.

Su presencia era un espejismo, un cambio en el ángulo de la luz, un susurro en el borde de la percepción.

“Tan firme, tan seguro en su pequeño reino de polvo”, susurró la voz por todas partes y en ninguna.

“Veamos cuán firme es la lealtad que ha construido sobre el miedo”.

Liam sintió un frío que no era del desierto recorrerle la espina dorsal.

Cinco.

Cinco dioses herejes.

Una emboscada coordinada.

Su orgullo se endureció como acero, ahogando el primer destello de pánico.

Sudaba, pero era el sudor frío de la adrenalina pura, no del miedo.

Esto era su última resistencia.

Lo sabía en el alma.

No habría ayuda.

No había construido puentes, sólo murallas.

No tenía hermanos adoptivos; tenía rivales, o peor, insignificancias.

Todo dependía de él, de su poder, de su tierra.

“Bien”, rugió Liam, su voz amplificada por la autoridad, resonando por la llanura como un trueno seco.

“¡Vienen a mi casa!

¡Pues aprendan las reglas del dueño!” Ares no esperó más.

Con un grito que era un desafío a la razón misma, cargó.

Su lanza no era un arma física común; era la materialización del concepto de conflicto.

Donde apuntaba, el aire mismo se desgarraba en pequeñas grietas de realidad discordante.

Liam no esquivó.

Enraizó sus pies en la tierra y enfrentó la carga.

Su «Dominio de la Tierra Árida» se activó.

No era un escalo visible, sino un cambio en las reglas del espacio.

La carga de Ares, que debería haber cubierto la distancia en un instante, se ralentizó como si corriera a través de alquitrán espeso.

La tierra bajo los pies del dios de la guerra se volvió blanda y traicionera, intentando engullirlo.

Pero Ares era un dios de la guerra.

Su esencia era adaptarse, superar obstáculos.

Con un gruñido, su aura de conflicto estalló, despejando la resistencia del dominio por un momento, y su lanza se abalanzó.

Liam la desvió con un antebrazo reforzado por la tierra misma, pero el impacto fue monstruoso.

Un dolor agudo, no solo físico sino conceptual, le recorrió el brazo.

Era el dolor de la discordia introducida en su orden.

Liam contraatacó.

No con golpes elegantes, sino con la fuerza bruta de un terremoto localizado.

Golpeó el suelo, y una grieta serpenteó hacia Ares, buscando tragarlo.

Ares saltó, esquivando, y la danza comenzó.

Durante lo que parecieron horas, Liam y Ares se enfrentaron en un duelo de titanes.

Liam aprendió rápidamente.

Su estilo era reactivo, defensivo, usando su dominio para ralentizar, desgastar, y contraatacar con la fuerza misma de Australia.

Ares era ofensivo puro, un huracán de violencia que probaba constantemente los límites del dominio, buscando un punto débil.

Liam recibió golpes que habrían pulverizado montañas.

Su costado sangraba por una puñalada de la lanza que había traspasado una capa de tierra solidificada.

Su rostro estaba magullado por el impacto del escudo de Ares.

Pero él también asestó golpes.

Un puñetazo cargado con la masa de una colina hizo que Ares retrocediera, aturdido.

Una estocada de una lanza de roca viva le abrió un surco en el muslo divino, de donde manó una sustancia dorada y humeante que era la sangre-essencia del dios.

Sin embargo, Liam se daba cuenta de su limitación fundamental.

Tenía una sola Autoridad.

«Dominio de la Tierra Árida» era poderosa, versátil dentro de su concepto, pero frente a un equipo de dioses con habilidades diversas, era como tener sólo un martillo cuando se necesitaban un martillo, un cincel, un escudo y una sierra.

No podía desplegar ilusiones como Loki, o drenar almas como Anubis, o manipular masas de agua como Poseidón.

Sólo podía controlar, afirmar y drenar dentro de su territorio.

Y estaba empezando a cansarse.

Mantener el dominio a este nivel, contra la presión constante de cinco voluntades divinas, era agotador.

Se sacudió los pensamientos de culpa por no haber buscado aliados, por no haber diversificado su poder.

No había tiempo para eso.

Él pelearía como siempre lo había hecho: con testarudez, con control, ganando a como diera lugar.

Sobreviviría.

Se volvería más fuerte.

Derrotaría a estos dioses y su dominio se extendería, indudablemente, más allá de las costas.

Se lo prometió a sí mismo.

Pero cometió un error humano: asumió un código de honor.

Pensó que los dioses, en su orgullo, lo enfrentarían uno a uno, o al menos en una lucha donde las reglas del combate fueran reconocibles.

Nada más lejos de la verdad.

Justo cuando empezaba a acostumbrarse al ritmo frenético y predecible (en su furia) de Ares, cuando podía anticipar los arranques de ira y los golpes amplios, Anubis intervino.

El dios chacal no se movió.

Sólo alzó su balanza.

De un platillo, surgió una pluma, etérea y brillante.

Del otro, una sombra densa y pesada que se formó en la figura de Liam.

Anubis murmuró palabras antiguas, y la sombra en el platillo se hundió con un peso abrumador.

Liam sintió el efecto al instante.

No fue un golpe físico.

Fue como si una losa de plomo se hubiera atado a su alma.

Una fatiga existencial, una languidez profunda, se apoderó de él.

Su voluntad de luchar, su furia, su mismo deseo de seguir siendo, se atenuaron.

El dominio titiló.

La tierra bajo sus pies perdió por un segundo su conexión vibrante.

“Tu alma está cargada con el peso del miedo que has sembrado, del libre albedrío que has robado”, dijo Anubis, su voz un zumbido en la mente de Liam.

“Es un peso que el Duat reclama”.

Aprovechando esa distracción psíquica, Bagadjimbiri atacó.

Un viento cortante, hecho de puro polvo abrasivo y desecante, se enroscó alrededor de Liam.

Donde tocaba, la piel se secaba y agrietaba al instante, la humedad de sus ojos y boca era robada.

Liam gritó, esta vez de dolor y sorpresa genuinos.

Era un ataque diferente, que buscaba secarlo por dentro, convertirlo en una estatua de sal y polvo.

Y luego, Loki hizo su jugada.

No contra Liam directamente, sino contra su percepción.

Para Liam, por un instante, Anubis pareció desvanecerse, y en su lugar apareció la figura fantasmagórica de su padre, el granjero cansado y decepcionado que había muerto viendo su tierra morir.

“¿Esto es lo que querías, hijo?

¿Reinar sobre un desierto de almas muertas?”, dijo la ilusión con la voz de su padre.

El dolor emocional fue tan agudo como el físico.

Liam vaciló.

Y en ese vacilación, la lanza de Ares, guiada ahora por la confusión sembrada por Loki, encontró un hueco en sus defensas y se clavó en su costado, más profunda que antes.

Liam rugió, una mezcla de agonía y rabia.

Con un esfuerzo titánico de voluntad, rechazó la languidez de Anubis, desgarró el viento desecante de Bagadjimbiri con un contra-viento de tierra levantada, e ignoró la ilusión de Loki.

Golpeó el suelo con ambas manos, no para atacar, sino para reafirmar.

«DOMINIO ABSOLUTO».

Una onda de poder marrón oscuro, casi negra, explotó desde él.

Ya no era sólo control.

Era expropiación.

De cada grano de arena, de cada raíz seca, de cada criatura viviente (insecto, reptil, y sí, de los humanos asustados en los puestos de avanzada a cientos de kilómetros), extrajo una chispa de fuerza vital, de fuerza de voluntad.

Era el aspecto más oscuro de su autoridad, usado a una escala monstruosa.

La tierra a su alrededor se oscureció, muriendo por completo, reducida a ceniza inerte.

Los animales cercanos cayeron muertos, desecados.

En los puestos fronterizos, personas se desmayaron, debilitadas por una fatiga repentina e inexplicable.

Pero Liam se hinchó con esa energía robada.

Sus heridas cerraron, no limpiamente, sino con costras de tierra y roca.

Sus músculos se ampliaron, su estatura creció.

Sus ojos brillaron con una luz ámbar salvaje y despiadada.

“¡MI TERRITORIO!

¡MI VOLUNTAD!” bramó, su voz ahora múltiple, como si la tierra misma gritara a través de él.

Con este nuevo y terrible poder, se abalanzó.

Su objetivo no fue Ares, ni siquiera el fastidioso Bagadjimbiri.

Fue Anubis.

El juicio, la duda, la fatiga existencial.

Eso no podía tolerarlo.

Se movió con una velocidad que desafió su tamaño, esquivando una estocada de Ares y atravesando el viento de Bagadjimbiri.

Anubis, sorprendido por la furia repentina, intentó levantar su cetro para defenderse.

Liam no usó un arma.

Extendió una mano enguantada de tierra compacta y agarró la balanza de Anubis.

“¡TÚ NO JUZGAS A QUIEN TE SOSTIENE!”, gritó.

Y con su autoridad, no pesó el alma de Anubis, sino que drenó el concepto mismo de juicio, de orden mortuorio, del dios.

La balanza se quebró en sus manos, las dos mitades convirtiéndose en polvo de obsidiana.

Anubis gritó, un sonido agudo y no divino, y su forma comenzó a desintegrarse, no en luz, sino en arena oscura que se llevó el viento.

Había derrotado a un dios no con fuerza bruta superior, sino negando la premisa misma de su poder dentro de su dominio.

Loki, viendo la aniquilación de Anubis, dejó escapar un silbido de apreciación.

“¡Bien jugado, granjero!

Pero un truco no gana el juego”.

Intensificó sus ilusiones.

Ahora, múltiples Liams falsos atacaban a Ares desde todas las direcciones, mientras el verdadero Liam se sentía desorientado, viendo reflejos de sí mismo por todas partes.

Fue una confusión magistral.

Pero Liam, en su estado de furia concentrada y poder robado, tuvo un momento de claridad.

En lugar de confiar en sus ojos, confió en su dominio.

Cerró los ojos y sintió la tierra.

Sintió el peso de cada cosa sobre ella.

Los Liams ilusorios no tenían peso.

No alteraban la tierra.

Sólo había un punto de masa concentrada y poder divino: Ares, agitándose y atacando fantasmas.

Y otro punto, más sutil, cambiante, que era Loki, tratando de mantenerse fuera del alcance directo.

Liam ignoró a Ares por un momento.

Con un movimiento que pareció lento pero que atravesó la distancia en un instante, apareció al lado del punto sutil que su dominio había identificado.

Su mano, ahora una garra de roca fundida, se cerró alrededor de… nada.

Pero el aire chilló.

“Te encontré, tramposo”, gruñó Liam.

La ilusión se rompió.

Loki se materializó, su expresión de diversión por primera vez teñida de sorpresa genuina, mientras la garra de piedra de Liam se cerraba alrededor de su cuello.

“Ah, qué aburrido.

Usar la lógica contra el caos.

Eso es hacer tram—” No terminó la frase.

Liam apretó.

No hubo un chasquido dramático.

La forma de Loki simplemente se desvaneció en un montón de serpientes de arena que se escurrieron entre sus dedos, riendo.

Loki no había sido destruido; había sido forzado a retirarse, su encarnación hereje dispersada.

Pero estaba fuera de la pelea.

Dos abajo.

Pero el costo era visible.

La zona alrededor de Liam, por kilómetros, era un páramo muerto.

La tierra estaba agrietada y negra, sin rastro de vida.

Y él mismo, aunque poderoso, respiraba con dificultad.

Drenar tanta vida para sostener su poder tenía un efecto rebote.

Se sentía… hueco por dentro.

Ares estaba herido, pero lejos de ser derrotado.

La sangre divina manaba de varias heridas, pero su furia sólo crecía.

Bagadjimbiri, aunque dañado por los contraataques de Liam, aún silbaba con rencor, debilitando los bordes de su dominio con su mera presencia.

Y luego estaba Poseidón.

Poseidón no se había movido.

No había entrado en el combate cuerpo a cuerpo.

Permaneció en el borde, su tridente clavado en la tierra, los ojos cerrados en concentración.

Pero la energía que emanaba de él era aterradora.

No era el estallido violento de Ares, sino una acumulación lenta, masiva, imparable.

Liam podía sentirla a través de su conexión con la tierra.

Era como la presión en los oídos antes de que estalle una presa colosal.

Sus instintos de Campione gritaban.

Lo que Poseidón preparaba no era un ataque contra él.

Era algo más grande.

Algo que amenazaba no sólo a Liam, sino a toda Australia, a la integridad misma de su territorio.

El miedo, un sentimiento que había erradicado de su ser hacía años, asomó su cabeza.

Si caía Australia, caía todo.

Su poder, su identidad, su misma existencia estaban ligadas a esta tierra.

“¡Terminemos con esto, dios de la guerra!”, rugió Liam, dirigiéndose a Ares.

Tenía que acabar con él rápido para poder enfrentarse a Poseidón e interrumpir lo que fuera que estuviera haciendo.

Se lanzó contra Ares, pero el dios de la guerra, aunque herido, era un veterano de incontables conflictos.

Esquivó, paró, contraatacó.

Liam notó algo extraño.

Cada vez que preparaba un ataque con su autoridad, Ares parecía esquivarlo o preparar una defensa un microsegundo antes de que él lo lanzara.

Era como si… como si supiera lo que iba a hacer.

Liam observó más de cerca, su mente táctica, la del granjero que lee el clima y el terreno, trabajando a toda velocidad.

Vio el patrón.

Antes de esquivar, los ojos de Ares se desplazaban ligeramente, casi imperceptiblemente, hacia Bagadjimbiri.

El dios de la sequía, conectado a la tierra de una manera perversa, tal vez podía sentir los cambios en el dominio de Liam, los movimientos de poder bajo la superficie, y se los comunicaba telepáticamente a Ares.

Eran un equipo.

Bagadjimbiri, el sensor.

Ares, el brazo ejecutor.

Liam sonrió, una mueca cruel y astuta.

Quería confirmarlo.

Preparó un poderoso ataque de tierra, una lanza gigante que surgiría del suelo para empalar a Ares, pero en el último momento, cuando vio los ojos de Ares desplazarse hacia Bagadjimbiri, cambió el objetivo.

Toda la fuerza, toda la furia concentrada de ese ataque, la redirigió no hacia Ares, sino directamente al núcleo de la tormenta de polvo que era Bagadjimbiri.

“¡SI ERES EL SENSOR, ¡SÉ EL BLANCO!”, gritó.

La lanza de tierra, negra y reluciente con energía drenada, atravesó el viento desecante como un cuchillo a través de un velo.

Impactó en el corazón de Bagadjimbiri.

El dios hereje emitió un silbido que era puro shock y agonía.

Su forma, hecha de sequía y resentimiento, se deshizo.

No hubo explosión.

Sólo un suspiro largo y seco, y luego, nada.

Bagadjimbiri, el primer dios que lo había hecho Campione, fue borrado por segunda vez, y esta vez, para siempre.

El vínculo telepático se rompió.

Ares, en medio de un salto de evasión, se detuvo en seco, desorientado.

Su fuente de información había desaparecido.

“Ahora”, dijo Liam, jadeando pero con un brillo de victoria en sus ojos ámbar, “estamos solos, dios de la guerra”.

Se abalanzó sobre Ares, que ahora luchaba a ciegas.

La pelea fue más brutal, más directa.

Liam, aunque cansado, tenía la ventaja de la sorpresa y de un poder territorial que, aunque dañado, aún era formidable.

Ares era pura furia y técnica, pero sin la guía de Bagadjimbiri, sus ataques eran menos precisos.

Liam recibió un golpe terrible en el hombro que le rompió huesos, pero logró atrapar el brazo de Ares.

Con su otra mano, ahora una maza de basalto, golpeó una, dos, tres veces la cabeza del dios de la guerra.

Ares tambaleó.

Su yelmo se abolló, su mirada feroz se nubló.

Liam lo levantó, usando la última reserva de su fuerza robada.

“¡TU GUERRA TERMINA AQUÍ!” gritó, y con un movimiento final, clavo a Ares contra el suelo con tal fuerza que se formó un cráter.

El dios quedó inmóvil, su esencia divina comenzando a disiparse lentamente.

No estaba muerto, pero estaba derrotado, fuera de combate.

Liam se irguió, victorioso pero al borde del colapso.

Sangraba por docenas de heridas.

Su dominio se reducía a un campo destrozado y muerto a su alrededor.

Pero sólo quedaba uno.

Poseidón.

El dios del mar, que aún no se había movido, que aún acumulaba poder.

“Tú”, jadeó Liam, señalando con un dedo tembloroso.

“Eres el último.

Terminaré contigo y… y reconstruiré.

Más fuerte”.

Pensó que Poseidón sería el más fácil.

Había estado quieto, pasivo.

Quizás su poder era lento, o tal vez no era un combatiente directo.

Liam, en su agotamiento y en la euforia de haber derrotado a cuatro dioses, subestimó terriblemente la situación.

Poseidón abrió los ojos.

No había ira en ellos.

Sólo una tristeza antigua y una resolución absoluta.

Lentamente, retiró su tridente de la tierra.

“Liam Hemsworth”, dijo Poseidón, su voz era el rugido de las profundidades, el susurro de las corrientes.

“Has luchado bien, para un mortal.

Has demostrado por qué Pandora os elige.

Pero cometiste el error de todos los tiranos: creer que el poder sólo se ejerce con el puño cerrado y el territorio demarcado”.

Liam frunció el ceño, tratando de reunir energía para un ataque final.

“¿Qué… qué quieres decir?” Poseidón no respondió directamente.

En su lugar, miró a Ares, que yacía derrotado en el cráter.

Con un ligero asentimiento, como dando una señal, Poseidón dio un paso adelante.

Ares, en un último acto de voluntad, hizo algo que Liam no esperaba.

En lugar de intentar levantarse, en lugar de lanzar un último ataque desesperado, relajó sus defensas.

Y Liam, actuando por instinto, por el deseo de acabar con la amenaza, lanzó el resto de su poder concentrado, una lanza final de tierra oscura, directamente al corazón expuesto de Ares.

La lanza impactó.

Ares no intentó esquivarla.

La recibió con una sonrisa sangrienta y final.

“¡Por… el Olimpo…!”, gritó, y su esencia estalló en una explosión dorada de energía de guerra que empujó a Liam hacia atrás, desgastando aún más sus defensas.

Liam cayó de rodillas, aturdido.

¡Lo había logrado!

¡Había matado a Ares!

Cinco dioses, y había derrotado a cuatro.

Sólo quedaba Poseidón.

Respiró profundamente, una sensación de victoria manchada por el agotamiento total lo inundaba.

Pero entonces, Poseidón se rió.

No era una risa de burla, sino una risa profunda, resonante, llena de la inevitabilidad de las mareas.

“¡Tonto niño!

¡Arrogante parásito!

¡Crees que has ganado?” Levantó su tridente hacia el cielo.

“Todo, desde el principio, ha sido para esto.

Para que estuvieras aquí, agotado, tu dominio sobrecargado y dañado, tu atención puesta en los demás, para que no vieras lo que tejía en los bordes de tu reino de polvo”.

Un terror primigenio, más profundo que cualquier miedo a un dios, se apoderó de Liam.

“¿Qué… qué has hecho?” Poseidón no contestó.

Con un gesto titánico, levantó ambos brazos.

Y el mundo cambió.

Desde todas las costas de Australia, un rugido se escuchó.

No era el rugido de un dios, sino el de un continente entero gimiendo bajo una presión inconcebible.

El mar, todo el mar que rodeaba la isla continente, comenzó a levantarse.

No como un tsunami, sino como un lento, imparable y monstruoso incremento del nivel del océano.

Las aguas se elevaron metros, decenas de metros, cientos de metros, formando murallas de agua líquida más altas que montañas, que se curvaban sobre la tierra, bloqueando el sol, sumiendo las costas en una penumbra acuática.

Liam gritó, un grito de negación absoluta.

“¡NO!

¡MI TIERRA!” Intentó activar su dominio, intentó hacer que la tierra se elevara, que formara diques, pero estaba agotado.

Su dominio, tan poderoso en tierra firme, era inútil contra esta masa de agua divina dirigida por la voluntad concentrada de un dios mayor.

Podía sentir su control resquebrajarse, retroceder ante la marea de poder salino y de presión abisal.

“Gastaré cada gota de mi divinidad en esta encarnación”, declaró Poseidón, su forma comenzando a brillar con una luz azul blanca intensa, “¡para asegurarme de que tú, y la herejía que representas, sean borrados del mundo!

¡Por el poder de los mares que niegan toda frontera!” Y entonces, Poseidón atacó.

No fue un duelo.

Fue una ejecución.

Poseidón se movió entre las colosales olas que ahora rodeaban el interior seco, su velocidad era la de las corrientes más profundas, imposible de seguir para los ojos cansados de Liam.

Liam intentó defenderse, levantando murallas de tierra, pero el agua, cargada con el poder de Poseidón, las disolvía como si fueran de azúcar.

Intentó atacar, pero sus golpes de tierra se perdían en la inmensidad líquida o eran desviados por corrientes imposibles.

Poseidón era implacable.

Un golpe del tridente aquí, rompiendo una costilla.

Un chorro de agua a presión allá, cortando como una cuchilla.

Liam era maltratado, arrastrado, ahogado en seco por la pura superioridad del elemento y la estrategia.

Poseidón había guardado su fuerza, había dejado que los demás desgastaran a Liam, y ahora descargaba todo su poder acumulado, su misma esencia divina, en un solo propósito: matar a un Campione.

Liam estaba desesperado.

Sangraba por todas partes.

Cada respiración era una agonía.

Ya no podía ver a Poseidón, sólo destellos de azul entre las paredes de agua que se cerraban.

Hasta que fue demasiado tarde.

Un dolor punzante, cegador, le atravesó la espalda y salió por su pecho.

Jadeó, mirando hacia abajo.

Allí estaban, las tres puntas del Tridente de Poseidón, sobresaliendo de su torso, brillando con agua de mar y su propia sangre, que se diluía al instante.

No había poesía en el golpe.

Sólo eficiencia mortal.

Poseidón estaba detrás de él, susurrándole al oído.

“Tu territorio no era un reino.

Era una tumba que cavaste tú mismo.

Ahora, recibe a tus súbditos”.

Con un último esfuerzo sobrehumano, Poseidón levantó a Liam, empalado en el tridente, y con un grito que mezclaba agonía divina y triunfo, lo clavó en la tierra, en el centro mismo de su dominio muerto.

Liam colgó allí, atrapado.

La vida se le escapaba rápidamente.

La oscuridad nublaba su visión.

Lo último que vio, alzando la vista con un esfuerzo final, fue a Poseidón, flotando en el aire, rodeado por las murallas de agua de kilómetros de altura.

El dios reunió sus últimas fuerzas, la última chispa de su divinidad hereje.

Y entonces, con un gesto final, Poseidón dejó caer sus brazos.

Las murallas de agua, las montañas líquidas que rodeaban Australia, colapsaron.

Cayendo no como olas, sino como la mano de Dios, con el peso de océanos enteros.

Un diluvio bíblico, dirigido, concentrado, que cayó sobre la tierra seca y agrietada de Liam.

El Campione vio, en sus últimos segundos de conciencia, el agua, su antítesis absoluta, cubrirlo todo.

Vio cómo su tierra, su hogar, su prisión, su reino, era engullida por el mar.

Sintió, a través de su moribunda conexión, cómo las ciudades costeras, las granjas, los desiertos, todo, desaparecía bajo la tumultuosa espuma azul.

Todo lo que había construido.

Todo lo que había controlado.

Todo lo que era, se ahogaba.

La oscuridad lo envolvió, no como un sueño, sino como una nada absoluta.

No hubo visita de Pandora.

No hubo última palabra.

Sólo el fin.

Poseidón, su forma desvaneciéndose rápidamente, gastada hasta la extenuación divina, contempló por un momento el nuevo mar interior que cubría lo que una vez fue un continente.

Un suspiro, que sonó como el retiro de una marea, escapó de sus labios.

Luego, se desintegró en una niebla de espuma marina que la tormenta dispersó.

El silencio regresó.

Pero no era el silencio del desierto.

Era el silencio profundo y húmedo de las profundidades, cubriendo un continente muerto.

Australia, el territorio del Campione Liam Hemsworth, había desaparecido del mapa.

En el mundo, las alarmas geofísicas y mágicas enloquecieron antes de apagarse para siempre en esa región.

Los satélites mostraron, con horrible claridad, un nuevo mar donde antes había tierra.

El primer acto del Ragnarok había concluido.

Un Campione había caído.

Los dioses habían demostrado su poder, su estrategia y su crueldad.

Quedaban tres.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y si gustas, apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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