Campione AU! - Capítulo 31
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31: Ragnarok Parte 3 31: Ragnarok Parte 3 El aire en las Montañas Rocosas ya no olía a pino y libertad.
Olía a ozono cargado, a intención divina, y a algo más: un sufrimiento agudo y metálico que se filtraba a través de las millas hasta la cabaña espartana de Alex Carter.
Él estaba sentado en el suelo de madera, intentando meditar, intentando aferrarse a la fría lógica de su aislamiento.
El encuentro con Mateo Vargas había dejado una espina clavada en su conciencia.
Las palabras del mexicano resonaban: “Hay otra forma de usar el poder.
No como un arma, y no escondiéndolo, sino como un escudo y un cimiento.” Pero él, Alex, había elegido ser un fantasma.
Un recordatorio.
¿Un recordatorio de qué?
De que el poder corrompe, de que los gobiernos son arrogantes, de que la intervención tiene un precio.
Un precio que, ahora lo sabía, se medía en cientos de miles de muertos en Nueva York.
El dolor de esa verdad era un peso constante.
Y entonces, el cambio llegó.
No fue como la descarga brutal que había sentido con Kali.
Fue más sutil, más insidioso.
Un temblor en el mundo sobrenatural, como si docenas de agujas envenenadas se clavaran simultáneamente en el tejido de la realidad.
Su «Caza del Indómito», siempre alerta, se agitó como un animal olfateando una manada de depredadores.
Algo había descendido.
Muchos algo.
Y no estaban lejos.
Se obligó a permanecer quieto.
No es mi problema.
Si atacan, es porque el gobierno, el mundo, lo provocó.
No seré su perro guardián otra vez.
Pero el sufrimiento que llegaba en oleadas no era abstracto.
No eran cifras en un informe.
Eran gritos silenciados, pesadillas hechas carne, un pánico psicológico que se extendía como una mancha de aceite desde una ciudad cercana, Denver.
Los dioses no estaban destruyendo edificios.
Estaban destrozando mentes.
Se levantó, las manos temblorosas.
Podía huir.
Adentrarse más en las montañas, desaparecer completamente.
Su autoridad podía ayudarlo a esconderse, a “cazar” su propio rastro y borrarlo.
El camino fácil.
El camino que había seguido durante años.
Pero entonces, una imagen invadió su mente: no de políticos traicioneros o generales arrogantes, sino de la gente común que había visto desde lejos en sus incursiones anónimas.
La familia que dirigía un pequeño café en un pueblo olvidado.
Los niños jugando en un parque suburbano.
Los ancianos sentados en un porche, compartiendo historias.
Gente que no sabía nada de Campiones, de dioses herejes, de juegos geopolíticos.
Gente cuyo único “crimen” era vivir en el país donde él, por azar, había nacido como un dios-rey.
Y superpuesta a esa imagen, la de Mateo Vargas.
No con desdén, sino con esa serena determinación.
Alex podía casi oírlo: “¿Y esa es tu victoria, Alex?
¿La libertad de esconderte mientras torturan a los que una vez juraste proteger, incluso sin quererlo?” Un fuego extraño, desconocido para él, comenzó a arder en su pecho.
No era la rabia fría de la supervivencia que lo había hecho Campione.
Era algo más cálido, más pesado.
Era orgullo.
No el orgullo arrogante de un dios, sino el orgullo herido de un hombre que veía cómo su principio, por puro que fuera, se convertía en la excusa perfecta para la cobardía.
Si no hacía nada, si dejaba que esto pasara, entonces Mateo Vargas no sería solo el Campione más responsable.
Sería el único Campione que valía la pena.
Y él, Alex Carter, el primero, sería recordado como el fantasma cobarde que dejó arder su casa por no ensuciarse las manos.
Su «Caza del Indómito», normalmente sutil, rugió dentro de él.
Esta vez, no olfateaba una presa.
Olfateaba una injusticia.
Y su segunda autoridad, «Forja del Caos», respondió con un pulso de energía distorsionada.
Podía sentir la naturaleza del ataque: era psicológico, ilusorio, diseñado para romper voluntades, no cuerpos.
Y estaba dirigido, con una precisión diabólica, a los más vulnerables: a los que tenían miedos ocultos, arrepentimientos secretos, sueños frustrados.
“Basta”, murmuró, y su voz no sonó cansada, sino firme por primera vez en años.
Dio media vuelta, no hacia la seguridad de las montañas más profundas, sino hacia la carretera polvorienta que llevaba a Denver.
Su orgullo de Campione, ese que había negado y enterrado, emergió.
No permitiría ser el hazmerreír, la nota al pie de página en la historia que Mateo estaba escribiendo.
Pelearía.
Pero no por el gobierno.
No por la bandera.
Pelearía por esa idea frágil y terca que había olvidado: el futuro.
Denver era un espejismo de pesadilla.
El cielo estaba extrañamente despejado, pero el aire vibraba con una energía opresiva.
En las calles, la gente no corría despavorida.
Se detenía en seco, miraba fijamente al vacío, y luego gritaba, se encogía, o comenzaba a forcejear con fantasmas que solo ellos podían ver.
Espejos aparecían en charcos improbables, en ventanas, en los capós de los coches, mostrando no reflejos, sino horrores personalizados: padres veían a sus hijos muertos, hijos veían a sus padres convertidos en monstruos, personas exitosas veían el vacío de sus vidas.
Era la obra de Tezcatlipoca, el Espejo Humeante.
El dios azteca de la noche, la discordia y la tentación, jugando con su dominio favorito: mostrar a los mortales la verdad más fea de sí mismos.
Su risa, un sonido como cristales quebrados arrastrándose, resonaba en el plano astral, inaudible para los oídos humanos pero una afrenta para los sentidos sobrenaturales de Alex.
Alex se movía por los bordes de la ciudad, usando su autoridad no para atacar, sino para ocultarse.
«Caza del Indómito» le permitía identificar el “olor” de la atención divina, los hilos de la percepción de Tezcatlipoca, y esquivarlos.
Se movía como una sombra entre las sombras, su poder contenido, comprimido.
No era la fuerza bruta de Liam.
Era la precisión del cazador que acecha.
Observó desde un tejado.
Tezcatlipoca no se manifestaba en una forma grandiosa.
Era una presencia difusa, un humo negro y brillante que se curvaba alrededor de los edificios, susurrando mentiras a las mentes abiertas.
Los otros dioses, Alex los podía sentir, observando desde un nivel superior, como espectadores en un teatro celestial.
Quirón, el centauro sabio, líder de este grupo.
Brahma, el creador, cuyo poder podía generar realidades ilusorias tan sólidas como la verdad.
Y Shiva, el destructor… una quietud amenazante, un silencio antes del fin del mundo.
Alex analizó la situación con la mente clara, fría, que había ganado de Quirón.
Su primera derrota le había enseñado que la sabiduría sin compasión es un arma, pero también que todo conocimiento tiene un punto ciego.
¿Cuál era el punto ciego de Tezcatlipoca?
El dios estaba absorto en su juego, deleitándose con el sufrimiento que sembraba.
Su arrogancia era su debilidad.
Creía que Alex, el Campione atormentado, huiría o cargaría de frente, cegado por la culpa.
Pero Alex había aprendido.
No cargaría.
Acecharía.
Mientras tanto, en el plano superior donde los dioses observaban, Quirón frunció el ceño.
Su mente, agudizada por siglos de enseñanza y estrategia, analizaba las variables.
Conocía a Alex Carter.
Había sentido su perfil psicológico en su primer combate: un hombre de principios rígidos, traumatizado por la manipulación, propenso a la parálisis por análisis.
La estrategia de Tezcatlipoca era perfecta para él: dilemas morales, sufrimiento inocente.
Debería estar forcejeando, gritando, o huyendo.
Pero no sentían su presencia clara.
El Campione estaba cerca, lo sabían por la perturbación en el flujo de poder, pero estaba… difuso.
Como si estuviera en todas partes y en ninguna.
“Algo no está bien”, murmuró Quirón, su voz un eco grave en la mente de los otros dioses.
“Carter no reacciona como debería.
Está usando la sabiduría que le robó.
Está pensando.” Brahma, con sus cuatro cabezas murmurando posibilidades, asintió.
“Las variables cambian.
El sufrimiento es grande, pero su señal de angustia moral es tenue.
Se está conteniendo.” Shiva permaneció en silencio, sus ojos cerrados, la danza de la destrucción contenida en su inmovilidad.
Quirón revisó las estrategias posibles.
Alex podía intentar un ataque frontal para dispersar el humo ilusorio, arriesgando a los civiles.
Podía intentar evacuar a la gente, un esfuerzo titánico y lento.
O podía… intentar eliminar la fuente.
El más directo, pero también el más peligroso, porque significaba exponerse a los cuatro.
¿Cuál elegiría el cazador atormentado, convertido en estratega?
Quirón consideró la tercera opción.
Era la más lógica para un hombre desesperado por terminar rápido, pero también la que ellos esperaban.
A menos que… a menos que Alex no estuviera desesperado.
A menos que estuviera fríamente enojado.
Y si ese era el caso, la estrategia más práctica no sería atacar al grupo, sino al eslabón más vulnerable en el momento preciso: el dios distraído.
Sus ojos se abrieron de par en par.
“¡Tezcatlipoca!
¡Alerta!
Él no viene por el frente, ¡viene por—!” Demasiado tarde.
Alex había usado el caos y el sufrimiento como capa.
Mientras Tezcatlipoca se regodeaba en el miedo de una madre que veía a su hijo caer por un balcón ilusorio, Alex materializó su poder.
No fue un ataque espectacular.
Fue un acto de pura aniquilación quirúrgica.
Aprovechando que la esencia del dios estaba semi-materializada y dispersa para mantener miles de ilusiones, Alex usó «Caza del Indómito» para encontrar el núcleo único de su conciencia, el punto donde el humo era más denso y malicioso.
Luego, aplicó «Forja del Caos» en su máxima expresión.
No para crear, sino para deshacer un concepto.
En el corazón del humo, donde la arrogancia de Tezcatlipoca era más palpable, Alex forzó una paradoja conceptual: «El Espejo que Niega su Propio Reflejo».
Por una fracción de segundo, la naturaleza ilusoria de Tezcatlipoca fue obligada a confrontar una verdad absoluta: que su poder, basado en mostrar verdades a medias y mentiras completas, no tenía sustancia propia.
Que era, en esencia, un vacío.
Para un dios cuya esencia era la ilusión y la tentación, esa verdad fue un veneno instantáneo y mortal.
El humo negro se contrajo violentamente, como si fuera aspirado por un agujero negro.
Un chillido de agonía y sorpresa, el de un actor descubierto en medio de su mejor mentira, rasgó el aire astral.
Luego, silencio.
Tezcatlipoca se desvaneció, no en una explosión, sino en un suspiro de humo que se disipó, dejando atrás sólo el olor a obsidiana quemada.
Alex apareció de pie en el lugar donde el núcleo había estado, jadeando ligeramente.
El esfuerzo de concentración había sido inmenso.
En sus manos, sostenía por un momento la forma fantasmagórica de un cuchillo de obsidiana, el arma conceptual del dios, antes de que éste también se desintegrara.
Desde arriba, el plan divino se hizo añicos.
Brahma dejó de murmurar, sus cuatro caras mostrando estupefacción.
Shiva abrió los ojos, y en ellos brilló un destello de interés, como un maestro que ve a un alumno aplicar una lección de manera inesperada.
Quirón sintió una punzada de furia helada, no por la pérdida de un aliado, sino porque había subestimado al alumno.
Había analizado al Alex de hace seis años, no al hombre que había fermentado en su aislamiento, decantándose en algo más peligroso: un pensador frío con nada que perder y, ahora, algo por lo que luchar.
“Error de cálculo”, admitió Quirón, su voz ahora cargada de una ira sorda.
“Se ha deshecho del tentador.
Ahora la batalla cambia.” Brahma, recobrando la compostura, decidió actuar.
Ya no era cuestión de tortura psicológica.
Era aniquilación pura.
“¡Si la sutileza falla, usemos la fuerza de la creación!” Una de sus cuatro cabezas gritó un mantra primordial.
Del aire frente a Alex, la realidad misma se plegó y desgarró.
No eran ilusiones.
Eran creaciones temporales, bestias hechas de pura energía vital distorsionada: tigres de relámpagos, serpientes de lava solidificada, águilas con garras de espinas conceptuales.
Una horda de criaturas imposibles, cada una con una ley física alterada, se abalanzó sobre Alex.
Alex sudó frío.
Estaba en medio de una intersección.
A su alrededor, civiles atrapados en sus pesadillas personales gimoteaban o forcejeaban.
No podía soltar un ataque de área sin matarlos.
Su limitación era brutalmente clara.
¡Idiota!, se maldijo.
¡Mateo tenía razón!
Un Campione solo es un punto fuerte, pero también un solo punto de falla.
Necesitas gente en quien confiar, gente que proteja a los demás mientras tú enfrentas la amenaza!
Por primera vez, lamentó amargamente su rechazo a formar un séquito, a tener caballeros o aliados.
Incluso si hubieran tenido sus propias agendas, en este momento, un solo hechicero capaz de crear un escudo o evacuar civiles habría sido más valioso que un ejército.
Pero no los tenía.
Solo a él.
Y a su determinación recién encontrada.
“No por los políticos”, respiró hondo, esquivando un zarpazo de un tigre de relámpago que dejó un cráter fundido en el asfalto.
“No por el gobierno.
Por ellos.” Su mirada se clavó en un niño que lloraba abrazado a un poste de luz, cegado por la visión de sus padres discutiendo furiosamente (una ilusión residual de Tezcatlipoca).
“Por los que no pueden pelear.
Por el futuro.” Esa decisión, ese cambio fundamental en su porqué, resonó en su ser de Campione.
Sus autoridades, siempre reactivas, siempre un poco ajenas a él, respondieron.
«Caza del Indómito» se agudizó.
Ya no solo buscaba debilidades en el enemigo.
Comenzó a identificar puntos seguros en el campo de batalla, trayectorias de ataque que minimizaran el daño colateral, los instantes precisos en que una criatura de Brahma bloqueaba la línea de fuego hacia un civil.
Era como si su autoridad hubiera estado esperando esta orden: proteger, no solo cazar.
Y «Forja del Caos» se volvió más manejable.
En lugar de grandes distorsiones, podía realizar micro-alteraciones: volver el aire momentáneamente sólido como un cristal para desviar un rayo, hacer que el fuego de una serpiente de lava se volviera frío e inofensivo por un segundo, o alterar la gravedad localmente para que un coche volcado por una explosión cayera más lentamente, dando tiempo a alguien de arrastrarse lejos.
Alex se movió.
Ya no era solo el cazador.
Era el guardián.
Un guardián enfurecido, limitado, pero brillante en su desesperación.
Usó los escombros, los coches, las mismas creaciones de Brahma como escudos.
Atrajo a las bestias hacia zonas despejadas, usando su cuerpo como carnada.
Una serpiente de lava se lanzó contra él; en el último momento, Alex usó «Forja del Caos» en el suelo bajo ella, transformando el asfalto en arena súper absorbente.
La serpiente se hundió, su calor enfriándose al instante.
Un tigre de relámpagos saltó; Alex lo esquivó rodando, y cuando pasó sobre un charco de agua, usó su autoridad para convertir el agua en un conductor perfecto por una milésima de segundo, descargando la electricidad de la bestia hacia el suelo, dispersándola.
Fue un ballet de caos controlado y precisión mortal.
Pero Brahma no era un simple lanzador de monstruos.
Una de sus otras cabezas comenzó a cantar, y el espacio alrededor de Alex comenzó a plegarse, intentando encerrarlo en un bucle dimensional del que no pudiera escapar, mientras una tercera cabeza generaba un campo de fuerza que anulaba las alteraciones menores de «Forja del Caos».
Alex se sintió acorralado.
La presión era inmensa.
Hasta que vio el patrón.
Las cuatro cabezas de Brahma actuaban en concierto, pero había un micro-retraso, una fracción de segundo de desincronización cuando cambiaban de función: de crear bestias a doblar el espacio, a generar campos de fuerza.
Era el “parpadeo” en el sistema.
Alex forzó a Brahma a reaccionar.
Concentró todo el poder de «Caza del Indómito» en un punto: el campo de fuerza.
No para romperlo, sino para encontrar su frecuencia de negación, su “firma”.
Luego, con un grito de esfuerzo, usó «Forja del Caos» no para alterar el campo, sino para imitarlo por un instante.
Creó una burbuja idéntica de energía negadora alrededor de sí mismo.
Para las cabezas de Brahma, por ese instante, Alex “desapareció” de sus sentidos divinos.
Fue como si hubiera dejado de existir.
El canto para doblar el espacio vaciló.
La creación de bestias se detuvo.
Fue el segundo que Alex necesitaba.
Saltó, no hacia Brahma, sino hacia una de las bestias de energía restantes, un águila de espinas.
Usando «Forja del Caos», transformó las espinas de su lomo en una sustancia gomosa y adherente por un nanosegundo, lo suficiente para agarrarse a ella.
Luego, con un pensamiento feroz, ordenó a «Caza del Indómito» que encontrara el vínculo entre la creación y el creador.
El águila, ahora controlada por la voluntad de Alex a través de su contacto y su autoridad que explotaba ese vínculo, se lanzó como un misel hacia Brahma.
El dios creador, recuperándose de la confusión, levantó un escudo de luz pura.
Pero Alex ya no estaba en el águila.
Se había soltado en el último momento, cayendo en picado desde arriba.
Brahma, distraído por la criatura rebelde, no vio a Alex hasta que fue demasiado tarde.
El Campione había forjado el aire en sus manos en una espada hecha de “caos puro”, un filo que negaba la coherencia de cualquier cosa que tocara.
No era un arma para cortar carne; era un arma para cortar conceptos.
Alex no apuntó a las cabezas.
Apuntó al espacio entre ellas, al núcleo unificador de la conciencia cuadripartita de Brahma.
“¡Tu creación tiene un defecto de fábrica!” gritó Alex, y clavó la espada de caos en el centro conceptual del dios.
Brahma gritó, un sonido cuádruple y discordante.
Su forma, majestuosa y compleja, comenzó a deshilacharse.
No en una explosión, sino como una pintura al agua bajo la lluvia.
Los colores de su esencia (el blanco de la creación, el rojo de la preservación, el negro de la ignorancia, el dorado del conocimiento) se mezclaron y diluyeron.
Sus cuatro cabezas murmuraron una última palabra, cada una diferente, antes de silenciarse para siempre.
Brahma, el creador, fue disuelto por la fuerza que niega la forma.
Alex cayó de rodillas en el asfalto roto, la espada de caos desvaneciéndose de sus manos.
Jadeaba.
Había usado una cantidad monumental de poder y concentración en minutos.
Había derrotado a dos dioses herejes, uno tras otro, con inteligencia y precisión brutales.
Pero el costo era alto.
Sentía que sus reservas de energía, tanto física como sobrenatural, estaban a medio vaciar.
Y entonces, lo peor.
El aire se enfrió décadas en un instante.
Un sonido, o más bien la ausencia de todo sonido, cayó sobre la ciudad.
Las ilusiones residuales se quebraron como vidrio.
Los civiles, liberados de las pesadillas de Tezcatlipoca, cayeron inconscientes, exhaustos, o miraron a su alrededor con confusión, sólo para sentir un nuevo y más profundo terror, uno instintivo, primordial.
Shiva, el Destructor, había abierto los ojos por completo.
Y había comenzado a moverse.
No era un movimiento hacia Alex.
Era el inicio de una danza lenta, deliberada, terrible.
Su pie derecho se elevó, y al posarse, el suelo no se quebró, sino que se disolvió en un fino polvo gris en un radio de diez metros.
Su múltiples brazos se extendieron, cada mano sosteniendo un símbolo de poder: el tambor del tiempo que se acaba, la llama de la destrucción, el gesto de bendición que también es despedida.
Su tercer ojo, vertical en su frente, no se abrió aún, pero una luz grisácea y mortecina emanaba de su sutura.
A su lado, Quirón se tensó.
El centauro sabio, herido en su orgullo pero no en su poder, descolgó su arco.
La flecha que colocó en la cuerda no era de madera y metal.
Era una flecha hecha de “sabiduría aplicada”, un proyectil que buscaría la lección que Alex aún no había aprendido, el error fatal en su nueva resolución.
Alex se levantó con dificultad, sintiendo el peso de la mirada de Shiva como una losa sobre su alma.
Sudaba, pero ahora era el sudor caliente del terror consciente.
Había derrotado al tentador y al creador.
Pero esto… esto era diferente.
Shiva no era un enemigo a outsmarted.
Shiva era un final.
Una fuerza de la naturaleza cósmica.
Y Quirón, el estratega, estaba allí para asegurarse de que no hubiera escapatoria.
Había empezado bien.
Había encontrado una motivación, un propósito que potenció su poder.
Había sido brillante.
Pero ahora, frente al vacuío danzante y al arquero implacable, con su energía menguante y una ciudad llena de civiles indefensos a sus espaldas, una sola pregunta, helada y clara, resonó en su mente: ¿Podría con ellos?
Shiva giró otro paso, y otro edificio a la distancia, silenciosamente, se convirtió en polvo cósmico.
Su danza se aceleraba.
Quirón tensó el arco, su ojo de maestro encontrando el punto exacto entre la determinación y la desesperación en el corazón de Alex.
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