Campione AU! - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 Alex Carter Ragnarok parte 4
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32: Alex Carter (Ragnarok parte 4) 32: Alex Carter (Ragnarok parte 4) El tiempo, ese concepto al que los mortales se aferran, dejó de existir para Alex Carter en el momento en que Shiva comenzó a danzar.
No hubo transición, no hubo segundos de tregua para analizar, para planear.
Una fracción de instante antes, estaba jadeando, de rodillas, sintiendo el sabor metálico de su propia sangre y la euforia agridulce de haber disuelto a Brahma.
La siguiente, el universo entero se redujo al movimiento lento, terrible y perfecto del dios destructor.
Shiva no era llamado el Destructor por capricho.
Alex, que había sentido el poder brutal de Quirón y la corrosión existencial de Tezcatlipoca, comprendió ahora que todo lo anterior había sido solo un preludo.
El poder de Shiva no era un ataque; era una declaración.
Cada giro de su torso multibrazado, cada colocación de sus pies desnudos en el aire, cada gesto de sus manos, era un edicto cósmico que reescribía la realidad a su alrededor.
No con estruendo, sino con un silencio aterrador.
El primer paso de la danza.
El pie derecho de Shiva se posó en el vacío, y el asfalto, los escombros, los coches retorcidos en un radio de cincuenta metros, simplemente se desintegraron.
No explotaron, no se aplastaron.
Se convirtieron en un fino polvo gris, neutro, inerte, como si toda la historia y la esencia de esos materiales hubieran sido borradas de la existencia.
Alex sintió el efecto como un golpe en el estómago.
Su «Caza del Indómito», que buscaba instintivamente debilidades, retrocedió ante la presencia de Shiva.
No había debilidad que cazar.
Solo había la implacable, serena y absoluta inevitabilidad de la disolución.
Un brazo de Shiva se extendió, el que sostenía el damaru, el tambor en forma de reloj de arena.
Un latido sordo, que no sonaba en los oídos sino en los huesos, en el alma.
Tic-tac.
Alex sintió que algo dentro de él, algo vital y profundo, respondía al ritmo.
Era el latido de su propia entropía, el recordatorio de que su cuerpo, su poder, su misma conciencia, eran temporales.
Una oleada de náusea existencial lo inundó.
El segundo paso.
El pie izquierdo se elevó.
Alex, actuando por puro instinto de supervivencia, saltó hacia atrás con la velocidad mejorada que le daban sus autoridades.
Donde había estado arrodillado, el espacio mismo pareció plegarse y luego desplegarse vacío, como una burbuja de realidad que había reventado.
El aire que respiraba ahora olía a ceniza y a vacío.
No puedo recibir un solo golpe directo, pensó, su mente corriendo a una velocidad frenética mientras su cuerpo esquivaba.
Ni un roce.
Si esa danza me toca, no seré herido.
Seré borrado.
Desintegrado a nivel conceptual.
Shiva no parecía apresurarse.
Su danza era un ritual, una ceremonia de deconstrucción universal.
Cada movimiento generaba ondas de fuerza pura, no de aire, sino de negación.
Alex las esquivaba, rodaba, se agachaba, usando los pocos edificios aún en pie como escudos temporales.
Un edificio de oficinas de cinco plantas fue alcanzado por un gesto de la mano que sostenía la llama de la destrucción.
La estructura no se incendió.
Se desvaneció de arriba a abajo, como un castillo de arena bajo la marea, dejando sólo un montón de polvo de color uniforme.
Alex contraatacó cuando pudo, desesperado.
Concentró «Forja del Caos» en un punto del aire frente a Shiva, intentando crear una distorsión local, un vórtice de caos que quizás interrumpiera la danza.
Fue como arrojar un guijarro al océano.
La danza de Shiva ni siquiera titiló.
El caos que Alex generó fue absorbido, integrado y luego disuelto como una nota discordante en una sinfonía demasiado poderosa para ser afectada.
La lección fue clara: sus autoridades, tal como estaban, eran insuficientes.
Estaba luchando con herramientas de madera contra una apisonadora nuclear.
Una amargura profunda, más venenosa que el miedo, lo atravesó.
¡Si tan solo hubiera tenido más!
¡Más autoridades, más poder!
Se lamentó, por un instante, de su propia obstinación.
Había tenido la oportunidad, después de derrotar a Hefesto, de buscar más conflictos, de crecer en poder como claramente había hecho Mateo.
Pero su rechazo a ser un arma, su deseo de mantenerse al margen, lo había dejado estancado.
Ahora, frente a la encarnación misma de la destrucción, su arsenal de dos autoridades (una para encontrar debilidades, otra para alterar localmente la realidad) parecía patéticamente escaso.
Pero ese lamento fue breve.
Porque detrás de él, en las calles destrozadas, oyó un llanto.
Un niño, despertando de las ilusiones de Tezcatlipoca, vagaba perdido entre el polvo y la nada, a punto de ser alcanzado por el radio de disolución de un nuevo paso de Shiva.
Alex no lo pensó.
Se lanzó, ignorando el peligro para sí mismo, agarró al niño y saltó con toda su fuerza, apenas escapando de la onda de negación que convirtió la acera donde el niño estaba en un recuerdo.
Al aterrizar, con el niño a salido en sus brazos, lo dejó suavemente detrás de un muro medio derruido.
El niño lo miró con ojos desorbitados, sin comprender, pero Alex ya no estaba allí.
Había vuelto a la danza mortal.
Pero algo había cambiado.
El acto instintivo de proteger había reafirmado su nueva resolución.
No luchaba por un principio abstracto, ni por venganza, ni por orgullo.
Luchaba por eso.
Por la posibilidad de que ese niño, y otros como él, tuvieran un mañana.
Era una motivación frágil, humana, pero ardía con una intensidad que el miedo no podía apagar.
Fue entonces cuando Quirón actuó.
El centauro sabio había estado observando, analizando, esperando.
No era un dios de destrucción masiva como Shiva.
Era un arquero, un maestro, un estratega.
Y había visto el cambio en Alex, la chispa de determinación.
Y también había visto el patrón en los movimientos defensivos de Alex: tendía a esquivar hacia la izquierda cuando una onda de negación venía de cierta dirección, usaba los escombros como puntos de referencia, y su mirada buscaba constantemente a Shiva, no a él.
Quirón descolgó su arco, un arma tan legendaria como su sabiduría.
No necesitaba una flecha física.
Su arco era la materialización de la trayectoria perfecta, el concepto de que todo proyectil, guiado por la sabiduría, alcanza su objetivo.
Tensó la cuerda, y una flecha de luz dorada, hecha de “sabiduría aplicada”, se formó.
No apuntaba al cuerpo de Alex.
Apuntaba a su próximo movimiento, al punto donde, según los cálculos de Quirón, Alex esquivaría en los próximos 1.7 segundos.
Alex lo sintió.
«Caza del Indómito» le gritó un aviso: peligro inminente, trayectoria cerrada, sin escapatoria.
Shiva, en ese momento, giró con dos brazos extendidos, generando un abanico de ondas de negación que cubrían un amplio frente.
La ventana para esquivar era minúscula.
Y Quirón había calculado exactamente cuál sería.
¡Atrapado!
Pensó Alex, el pánico asomando.
Pero entonces, su mente, aguzada por la sabiduría robada a Quirón y por la desesperación, hizo una conexión salvaje.
El arco de Quirón.
La flecha de sabiduría.
Infalible.
Pero, ¿infalible para quién?
En una decisión que no era producto de la lógica, sino de un instinto de Campione combinado con una intuición desesperada, Alex hizo algo que pareció una locura.
En lugar de intentar esquivar la danza de Shiva y la flecha de Quirón por separado, se plantó.
Concentró toda su voluntad, todo el poder restante de «Forja del Caos», no en defenderse, sino en materializar.
Frente a él, en el aire, mientras la onda de negación de Shiva se acercaba y la flecha dorada de Quirón se disparaba, Alex forjó un objeto.
No era un escudo.
No era un arma.
Era un arco.
Una réplica imperfecta, temblorosa, hecha de puro caos solidificado, del arco de Quirón.
Y en la cuerda de caos, una flecha hecha de la misma esencia: «Caza del Indómito» concentrada en un punto, buscando no una debilidad física, sino el vínculo conceptual entre Quirón y su propio ataque.
Shiva, por un microsegundo, pareció detener su danza.
No por sorpresa, sino por curiosidad.
¿Qué intentaba este mortal?
Quirón, desde la distancia, sus ojos de sabio se abrieron ligeramente.
No entendía.
El arco era una imitación burda.
No tenía poder.
La flecha no tenía fuerza.
Era un gesto inútil.
Alex, con los músculos tensos hasta el punto de romperse, con la onda de negación a metros de vaporizarlo y la flecha dorada a centímetros de su corazón, soltó la cuerda de caos.
La flecha de caos y caza no salió disparada.
Desapareció.
Quirón sintió un escalofrío.
No tuvo tiempo de más.
La flecha dorada que él había disparado, la flecha infalible de sabiduría aplicada, estaba a punto de impactar en Alex…
cuando, de la nada, la flecha de caos de Alex se materializó interpuesta en su trayectoria.
Pero no chocaron.
La flecha de Alex no era física.
Era conceptual.
Y lo que hizo fue alterar la propiedad de la flecha de Quirón por una billonésima de segundo.
No le cambió la dirección.
Le cambió el objetivo.
La sabiduría aplicada de Quirón, en el instante del “impacto” con la flecha de caos, fue forzada a recalcularte.
La flecha dorada titiló.
Y en lugar de continuar hacia Alex, que estaba ahora en el último microsegundo de su esquivada (forzada por la onda de Shiva), la flecha giró en un ángulo imposible, desvaneciéndose en el aire y reapareciendo instantáneamente a dos kilómetros de distancia, donde Quirón observaba, seguro de su victoria.
El centauro sabio solo tuvo tiempo de ver un destello dorado venir hacia él desde una dirección que no era la de Alex.
Sus ojos, llenos de una comprensión tardía y absoluta, se abrieron de par en par.
¿Cómo…?
¡Utilizó mi propio ataque, mi propia infalibilidad, contra mí!
¡Alteró el concepto de “objetivo”!
La flecha de sabiduría, ahora con el objetivo redefinido por el caos de Alex, atravesó la frente de Quirón con un sonido seco y preciso.
No hubo explosión.
La sabiduría aplicada encontró la debilidad definitiva: la arrogancia del conocimiento que se cree absoluto.
Quirón se quedó quieto, un reguero de esencia dorada (su ichor divino) brotando del agujero perfecto en su cráneo.
Sus ojos se apagaron.
Su forma, la del noble centauro maestro, comenzó a desvanecerse, no en polvo, sino en papiros antiguos que se quemaban y en ecos de lecciones olvidadas.
Quirón, el sabio, había sido derrotado por su propia arma, usada con una lógica retorcida que sólo un Campione desesperado y brillante podía concebir.
Shiva detuvo su danza.
No por completo, pero el ritmo se rompió.
Sus múltiples ojos (en sus múltiples brazos y en su frente) se fijaron en el lugar donde Quirón desaparecía, y luego en Alex, que jadeaba, con sangre brotando de su nariz y oídos por el esfuerzo mental sobrehumano, pero vivo.
Por primera vez, una emoción que no era serenidad distante cruzó la expresión del dios destructor: asombro.
Un asombro frío, intelectual.
Había presenciado la aniquilación de tres de sus aliados.
Tezcatlipoca, disuelto en su propia ilusión.
Brahma, disuelto en su propia creación.
Y ahora Quirón, destruido por su propia sabiduría.
Este Campione…
no luchaba con fuerza bruta.
Luchaba con ironía conceptual.
Aplicaba las autoridades de una manera perversa, retorcida, que negaba la esencia misma de sus oponentes.
Shiva no era un dios de emociones turbulentas.
Pero incluso él podía sentir el germen de algo peligroso en Alex Carter.
Ya no era el fantasma atormentado.
Era algo nuevo.
Un Guardián que protegía a toda costa, usando cualquier herramienta, por retorcida que fuera.
Y eso lo hacía impredecible.
Alex no le dio tiempo a analizar más.
Con Quirón caído, solo quedaba Shiva.
Y Alex sabía que no podía permitir que el dios reiniciara su danza con toda su atención puesta en él.
Tenía que atacar.
Ahora.
Pero estaba herido, agotado.
Sus reservas de autoridad estaban en niveles críticos.
Usar «Forja del Caos» para alterar la flecha de Quirón había sido un esfuerzo colosal.
Necesitaba un arma.
Algo que pudiera dañar a Shiva.
Y sólo tenía una idea, desesperada y posiblemente suicida.
Mientras Shiva observaba, Alex extendió su mano derecha.
No hacia el dios, sino hacia el vacío.
Comenzó a concentrar no su autoridad, sino algo más: la esencia residual de los dioses caídos que aún flotaba en el aire.
Los jirones de ilusión de Tezcatlipoca, los fragmentos de creación de Brahma, la sabiduría dispersa de Quirón.
Y sobre todo, la esencia de la «Caza del Indómito», que ahora olfateaba no una debilidad, sino el punto de inflexión en la danza de Shiva, el momento entre la destrucción y la renovación, el instante en que un ciclo termina y otro podría comenzar.
Con esa mezcla caótica y con su propia voluntad férrea, Alex comenzó a forjar una flecha en su palma.
No con un arco.
La flecha se materializó directamente en su mano, brillando con una luz parpadeante y heterogénea: plateada como un espejo, dorada como una creación, blanca como el pergamino, y con la punta negra como el vacío que caza.
Era una abominación conceptual, una flecha que contenía las esencias contradictorias de sus enemigos, unidas por su voluntad de proteger y su autoridad de alterar.
Shiva no se movió.
Observó el proceso con interés clínico.
Veía el esfuerzo titánico de Alex, el dolor en su rostro, la sangre que ahora manaba de nuevas grietas en su piel, como si su cuerpo no pudiera contener el poder que estaba intentando dominar.
¿Una flecha?
¿Sin arco?
Parecía un gesto patético.
Pero después de lo que había hecho con la flecha de Quirón, Shiva no subestimaba la ingenuidad mortal.
Permitió que Alex cargara el ataque.
Quería ver de qué era capaz.
Quería entender esta nueva variable antes de borrarla.
La carga pareció durar una eternidad.
Alex temblaba.
Sentía que sus huesos crujían bajo la presión.
Cada segundo, la flecha en su mano se volvía más densa, más real, más pesada.
Pero también sentía que su cuerpo se desmoronaba.
Shiva, mientras tanto, reanudó su danza, pero esta vez no para atacar directamente, sino para defenderse de manera activa.
Comenzó a girar, sus brazos moviéndose en patrones defensivos, creando un campo de fuerza de negación a su alrededor, un vórtice de disolución que hacía que el aire a su alrededor pareciera derretirse.
Alex no podía esperar más.
Con un grito que era mitad agonía, mitad desafío, cargó contra Shiva.
No era una carga elegante.
Era el trote tambaleante de un hombre destrozado.
Shiva, con un movimiento de un brazo, lanzó una cuchilla de energía negadora.
Alex la esquivó por los pelos, sintiendo cómo le arrancaba un trozo de hombro.
Otro gesto, y una onda de fuerza lo golpeó en el costado.
Oyó y sintió el crujido de varias costillas rompiéndose.
Cayó de rodillas, escupiendo sangre.
Pero no soltó la flecha.
La sostenía como un talismán, como la última moneda para pagar el paso a la victoria.
Shiva se acercó, su danza ahora era un círculo cerrado a su alrededor, un remolino de disolución imparable.
Estaba a diez metros.
Luego a cinco.
Alex podía sentir el calor frío de la nada acercándose, comiéndose la realidad a centímetros de su rostro.
En ese momento, con Shiva a tres metros, con el campo de negación a punto de engullirlo, Alex hizo lo único que podía hacer.
No lanzó la flecha.
Se lanzó a sí mismo.
Con un último estallido de fuerza, surgiendo de un lugar más profundo que la fatiga o el miedo, Alex se impulsó hacia adelante, directamente hacia el vórtice de negación.
Shiva, sorprendido por la acción suicida, ajustó su danza por una milésima de segundo para concentrar la disolución en el punto de entrada.
Fue el instante que Alex esperaba.
«Caza del Indómito» le gritó: ¡Ahí!
El punto de inflexión entre dos movimientos defensivos, una brecha microscópica en el campo!
Alex no intentó pasar a través.
En el último momento posible, cuando la negación comenzaba a disolver la piel de su brazo extendido, él arrojó la flecha.
No con la fuerza de un brazo, sino con toda la fuerza de su voluntad, canalizada a través de «Forja del Caos» aplicada a su propio acto de lanzamiento.
La flecha, esa abominación conceptual, no voló en línea recta.
Se desmaterializó y rematerializó, aprovechando la brecha, burlando el campo de negación no por fuerza, sino por una alteración local de las reglas de “interior” y “exterior”.
Apareció dentro del perímetro defensivo de Shiva, a escasos centímetros de su pecho.
Shiva lo vio.
Sus ojos mostraron, por primera vez, algo que podía parecer respeto.
Con una serenidad inquebrantable, intentó atrapar la flecha con una de sus manos.
Pero la flecha no era un objeto físico normal.
Al contacto con la mano divina, que sostenía el gesto de “no temer”, la naturaleza contradictoria de la flecha entró en crisis.
La punta negra (la Caza) encontró el núcleo del ciclo destructivo.
La parte plateada (la Ilusión) mostró a Shiva la nada que sigue a la destrucción total, un espejo de su propio poder llevado al extremo.
La parte dorada (la Creación) intentó forzar un nuevo ciclo, un renacimiento, en el momento de la aniquilación.
Y la parte blanca (la Sabiduría) le mostró la lógica de su propia derrota: que un guardián dispuesto a sacrificarse todo es un enemigo sin punto ciego.
Shiva no gritó.
Emitió un sonido que era el universo conteniendo la respiración.
Su forma comenzó a brillar con una luz cegadora, blanca y pura.
La flecha se hundió en su pecho y, en lugar de atravesarlo, dispersó su esencia.
No fue una explosión violenta.
Fue una disolución serena, rápida y completa.
Shiva, el destructor, fue desintegrado por una flecha que contenía las esencias de la ilusión, la creación, la sabiduría y la caza, forjadas por la voluntad de un protector que había encontrado su razón de ser.
La luz blanca se apagó.
No quedó rastro de Shiva.
Solo un silencio absoluto, y una sensación de vacío, como si una ley fundamental del cosmos hubiera sido temporalmente suspendida.
Alex cayó de bruces al suelo.
El brazo con el que había lanzado la flecha estaba gravemente dañado, la piel y el músculo disueltos en parte, mostrando hueso carbonizado.
Sus costillas rotas le perforaban los pulmones, respiraba con un horrible sonido burbujeante.
Sangraba por una docena de heridas profundas.
Tenía un ojo hinchado y cerrado, varios dientes faltaban, y sentía que su columna estaba dañada.
El dolor era una entidad viva que lo devoraba por dentro.
Pero había ganado.
Había derrotado a los cuatro dioses.
Había protegido la ciudad, o al menos lo que quedaba de ella.
Con un esfuerzo sobrehumano, giró la cabeza.
A lo lejos, vio al niño que había salvado, ahora siendo auxiliado por adultos que empezaban a salir de su estupor.
Vio que el cielo, antes cargado de pesadillas, ahora estaba despejado, salvo por el humo de los escombros.
Una paz extraña lo inundó.
Había hecho lo correcto.
Por primera vez desde que se convirtió en Campione, no sentía la carga de la culpa, ni la amargura del resentimiento.
Solo un cansancio infinito y una satisfacción profunda, aunque agonizante.
Su visión se nublaba.
Los sonidos se amortiguaban.
Sabía que estaba muriendo.
Sus heridas eran demasiado graves, su energía vital se escapaba como agua entre los dedos.
Al menos, pensó, lo hice a mi manera.
Como un guardián, no como un arma.
Mateo…
creo que te habría gustado ver esto.
La oscuridad lo envolvió.
Su corazón dejó de latir.
Su respiración se detuvo.
Alex Carter, el Campione de Estados Unidos, el Fantasma, el Guardián renuente, yació muerto en las ruinas de Denver, rodeado del polvo cósmico de sus enemigos divinos.
Pero en el mundo de los Campiones, la muerte no es siempre el final.
En el espacio entre espacios, en el lugar donde solo los elegidos de Pandora pueden llegar, una voz familiar, a la vez infantil y eterna, cantó de alegría.
«¡Oh, oh, OH!
¡Mi querido, querido hijo!
¡Qué espectáculo!
¡Qué transformación!
¡De fantasma a guardián, de espectador a héroe!
¡Derrotaste a cuatro!
¡Cuatro!
Con ingenio, con corazón, con pura testarudez humana!
¡Eso merece una recompensa!
¡Una gran, gran recompensa!» El ritual de Pandora, el mismo que lo había elevado años atrás, se activó.
Pero esta vez no era para otorgar un nuevo poder, sino para reclamar un derecho: el derecho a la victoria.
En el mundo mortal, sobre el cuerpo destrozado de Alex, una niebla rosada y dorada surgió de la nada.
Se enroscó alrededor de sus heridas.
Los huesos rotos se recolocaron con suaves chasquidos.
La carne disuelta volvió a crecer, nueva y sana.
Los pulmones perforados se sanaron.
La sangre perdida fue reemplazada.
El proceso fue rápido, milagroso, y tan silencioso como la caída de Shiva.
En cuestión de segundos, el cuerpo de Alex estaba completo, intacto, impecable.
Incluso la ropa destrozada fue reparada.
Era como si la batalla nunca hubiera sucedido.
Pero dentro, la verdad era distinta.
Alex no abrió los ojos de inmediato.
Su cuerpo estaba curado, pero su mente, su espíritu, su energía sobrenatural, estaban exhaustos.
El ritual lo había traído de vuelta de la muerte, pero no podía borrar el desgaste mental de una batalla de esa magnitud, ni el trauma de haber muerto.
Estaba en un estado de inconsciencia profunda, un sueño sin sueños, mientras su esencia de Campione se recalibraba, absorbiendo los ecos de los dioses derrotados.
En el mundo, las alarmas que habían detectado las catástrofes en Denver empezaron a calmarse.
Los satélites mostraban una ciudad dañada, sí, pero no destruida por completo.
Y en el centro de la zona de devastación, yacía el cuerpo aparentemente ileso del Campione estadounidense, respirando de manera estable.
El marcador del Ragnarok, que había visto la caída de Liam en Australia, se igualaba.
Dioses: 1, Campiones: 1.
Pero la guerra estaba lejos de terminar.
En España, el hedonista Alejandro de la Vega seguía enredado en las ilusiones de su propio paraíso envenenado.
Y en México y Rusia, Mateo Vargas y su círculo esperaban, sintiendo la desaparición de las presencias divinas en Estados Unidos y el terrible silencio que venía de Australia, sabiendo que su turno se acercaba, y que el ejército más formidable de todos, liderado por Quetzalcóatl y Kali, aún no había hecho su movimiento.
Alex Carter había demostrado que un Campione, cuando encuentra su verdadera razón para luchar, es una fuerza capaz de derribar dioses.
Pero el costo había sido la muerte, y sólo el capricho de una diosa madre lo había traído de vuelta.
El mundo ahora contenía la respiración, preguntándose: ¿quién sería el siguiente en caer?
¿El hedonista en su jaula dorada?
¿O el arquitecto en su fortaleza de esperanza?
El Ragnarok de los Dioses apenas comenzaba.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.
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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com