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Campione AU! - Capítulo 33

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  4. Capítulo 33 - 33 Alejandro de la Vega Ragnarok parte 5
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33: Alejandro de la Vega (Ragnarok parte 5) 33: Alejandro de la Vega (Ragnarok parte 5) El palacio de Alejandro de la Vega en Ibiza no era una residencia; era un templo consagrado al hedonismo más exquisito y depurado.

Cada línea de su arquitectura, cada textura, cada aroma, estaba cuidadosamente calibrada para proporcionar el máximo placer sensorial.

Ese día, como tantos otros, el aire flotaba cargado de notas de jazmín y azahar, mezcladas con el tenue olor a salitre del Mediterráneo y el perfume embriagador de los cuerpos sudorosos y relajados que poblaban sus estancias.

Alejandro, reclinado sobre un diván de seda roja, saboreaba una copa de vino.

No era un vino cualquiera.

Era un Rioja de una cosecha extinta, cuya esencia él había refinado y multiplicado con su autoridad, «Jardín de los Placeres Profanos», hasta convertir cada sorbo en una sinfonía de sensaciones que contaba historias de viejas viñas y soles ancestrales.

A su alrededor, un grupo selecto de hombres y mujeres de belleza escultural, elegidos no solo por su apariencia sino por la intensidad y singularidad de sus “sabores” emocionales, se entregaban a un éxtasis colectivo inducido por la sutil influencia de su amo.

Risas suaves, murmullos, caricias que eran obras de arte en movimiento.

Era la vida perfecta, un bucle dorado de satisfacción sin fin.

Alejandro suspiró de puro aburrimiento satisfecho.

Incluso la perfección podía palidecer con el tiempo.

Había estado considerando la idea de “afinar” los sabores básicos de la fruta para redescubrirlos, o de sumergirse en un baño de sensaciones sinestésicas donde la música tuviera color y el tacto tuviera sonido.

Su poder le permitía esas piruetas.

Era el amo y señor de la experiencia sensorial, y su reino era su propio cuerpo y el entorno que lo rodeaba.

Fue entonces cuando la perfección se rajó.

No fue un estruendo.

Fue como si una cuerda extremadamente tensa, que sostenía la armonía del mundo, se hubiera roto en algún lugar lejano.

Un escalofrío repulsivo, la antítesis absoluta del placer, recorrió su espina dorsal.

Dejó la copa en el aire, el vino dorado oscilando dentro.

Sus sentidos, hiperaguzados por su autoridad, captaron la intrusión no como un sonido o una imagen, sino como un sabor en el aire: un sabor a vinagre divino, a ira antigua y a violencia pura.

Múltiples sabores, de hecho.

Fuertes.

Acercándose.

Dioses, pensó con fastidio, no con miedo.

¿Otra vez?

¿No pueden dejarme disfrutar de mi retiro en paz?

Había sentido perturbaciones antes, por supuesto.

El descenso de Kali, la batalla en Estados Unidos, el cataclismo en Australia (aunque ese último lo había sentido como un apagón lejano y desagradable).

Pero siempre habían sido problemas de otros.

De Mateo Vargas, el niño bueno con complejo de mártir, o de los otros ermitaños disfuncionales.

A él, Alejandro, lo habían dejado en paz.

O eso creía.

Pero este sabor venía directo.

Hacia su España.

Hacia su isla.

Un instinto primario, no de combate sino de autopreservación hedonista, se disparó.

No quería que su jardín fuera pisoteado por unas bestias divinas sedientas de sangre.

No quería el ruido, la destrucción, el desorden.

Se levantó con elegancia, aunque una tensión nueva surcaba su frente normalmente despreocupada.

“Queridos”, dijo, su voz meliflua pero con una nota de urgencia que hizo que algunos levantaran la cabeza, aturdidos por el placer.

“Parece que vamos a tener…

visitas indeseadas.

Un momento de interrupción, nada más.” Pero antes de que pudiera articular un plan, o siquiera considerar usar su autoridad para ocultar el lugar, el cielo sobre Ibiza se partió.

No fue un portal elegante.

Fue una herida en la tela del crepúsculo.

Y de ella, la primera esencia que se derramó fue terriblemente familiar.

Bacchus Luxuria.

El dios del éxtasis desenfrenado, la entidad que él había derrotado y cuyo poder había moldeado a su imagen.

Pero no era el mismo.

Esta vez, su presencia no era una tentación seductora, sino una carcajada amarga y rencorosa, un éxtasis pervertido en puro odio.

Olía a vino agrio y a sudor de miedo.

“¡Alejandro!” rugió la voz del dios, un coro de mil susurros embriagados y furiosos.

“¡Sal de tu jaula dorada!

¡Vengo a reclamar lo que me robaste y a ahogarte en los placeres que tanto amas, hasta que revientes!” Alejandro frunció el ceño, más molesto que aterrado.

“Qué dramático, querido Baco.

Ya te derroté una vez.

¿No aprendiste la lección?

El placer sin control es vulgar.

Yo le di forma, elegancia.” Pero entonces, otras presencias se materializaron, rodeando su palacio, sellando cualquier ruta de escape.

A la izquierda, el aire se electrizó con un rugido.

Thor, el dios del trueno nórdico, se plantó sobre una nube tormentosa, Mjölnir girando lentamente en su mano.

Sus ojos azules centelleaban con la alegría brutal del guerrero.

“¡Finalmente!

¡Un Campione que no se esconde en la tierra o en su cabeza!

¡Un nido de víboras decadentes!

¡Sal y enfréntate al poder de Asgard, gusano perfumado!” A la derecha, el aire se volvió seco y antiguo.

Osiris, el dios egipcio de los muertos, emergió de una sombra alargada, su piel verde pálida, su cetro y flagelo en manos.

No dijo nada, pero su mirada era el frío del sarcófago, la promesa del descanso eterno, del placer definitivo de la nada.

Desde arriba, como un segundo sol envenenado, Ra hizo su presencia.

Su disco solar no calentaba; emitía una luz blanca y penetrante que buscaba cegar, sobrecargar, quemar los sentidos desde dentro.

“Tu jardín es una burla al orden de Maat”, dijo su voz, metálica y distante.

“Lo purgaré con la luz de la verdad desnuda.” Y luego, en todas partes y en ninguna, una sensación de placidez absoluta, de satisfacción ilusoria.

Vishnu, el preservador, no se mostró.

Su poder era más sutil: comenzó a tejer, desde los bordes de la percepción, la promesa de un paraíso aún mayor, un Vaikuntha personal para Alejandro, diseñado para hacer que su palacio real pareciera una pocilga en comparación.

Alejandro los miró, uno por uno.

Cuatro.

Cuatro dioses herejes, más el rencoroso Bacchus.

Su fastidio se transformó en un pánico frío y súbito que le agarrotó el estómago.

Él no era un guerrero.

Su combate con Bacchus había sido una batalla de voluntades, de resistencia mental ante la tentación.

No había intercambiado golpes, no había esquivado rayos.

Él era un artista, un catador, un arquitecto de sensaciones.

La fuerza bruta, la destrucción pura…

eso era vulgar.

Eso era para brutos como el australiano o el mexicano.

Thor descargó un primer rayo.

No contra Alejandro directamente, sino contra el ala oeste de su palacio.

La explosión fue atronadora.

El mármol estalló, las fuentes se vaporizaron, los gritos de sus invitados, antes de placer, se convirtieron en chillidos de terror puro.

El hedor a ozono y piedra quemada invadió sus fosas nasales, un insulto directo a su olfato refinado.

Huir, fue su primer pensamiento coherente.

Hay que huir.

Esto no es mi pelea.

No tengo por qué defender esto.

Ellos quieren un Campione, que vayan por Vargas, él es el que juega a ser héroe.

Su instinto de autopreservación, alimentado por años de priorizar su propio bienestar por encima de todo, ganó sin lucha.

Con un gesto de su mano, desplegó su autoridad no para atacar, sino para crear un velo de sensaciones confusas alrededor de sí mismo: un manto de olores contradictorios, sonidos distorsionados, ilusiones térmicas.

No era un escudo, era una cortina de humo sensorial.

Luego, dio media vuelta y corrió.

No con la gracia del guerrero, sino con la rapidez desesperada del dandi acorralado.

Abandonó a sus invitados, a sus amantes, a su palacio, a todo lo que había construido.

Solo importaba escapar.

Tal vez hacia el continente, tal vez hacia algún refugio oculto en los Pirineos donde pudiera rehacerse, lejos de este estruendo divino.

Pero se subestimó a sí mismo, y sobrestimó su ventaja.

Thor, el dios de la tormenta, no dependía sólo de la vista.

Dependía del ímpetu, de la sensación de conflicto en el aire.

Y la huida de Alejandro era un conflicto en sí misma: la contradicción entre su poder y su cobardía creaba una firma energética que Mjölnir podía rastrear.

“¡HUYÉS!

¡COMO UNA RATA!

¡JA!” rugió Thor, y con un movimiento de su brazo, Mjölnir salió disparado no como un proyectil, sino como un rayo guiado, un relámpago con voluntad propia.

Alejandro sintió el peligro un segundo demasiado tarde.

Volteó, sus ojos ampliados por el terror, apenas vio el destello azul blanquecino antes de que el martillo, no con la cabeza, sino con el lateral, lo impactara en el estómago con la fuerza de un meteorito.

El mundo se detuvo.

Luego, explotó en un universo de dolor puro, no refinado, no interesante, solo un dolor vasto, blanco y aplastante.

Sintió cómo sus costillas cedían, cómo el aire era expulsado de sus pulmones, cómo su cuerpo salía despedido como un trapo.

Atravesó la pared de lo que quedaba de su palacio, luego otra, luego otra, volando sobre los jardines incendiados, sobre la playa, y finalmente estrellándose con un golpe sordo y catastrófico en la plaza principal del pueblo de Ibiza, a kilómetros de distancia.

Yació en el cráter que su cuerpo había creado, jadeando, escupiendo sangre y pedazos de algo interno.

El dolor era abrumador.

Pero peor que el dolor era la humillación.

Había sido derribado como un insecto.

Y ahora, sombras se cernían sobre el borde del cráter.

Allí estaban.

Los cinco.

Bacchus riendo con lágrimas en los ojos.

Thor recuperando su martillo con un gesto satisfecho.

Osiris observando con frialdad clínica.

Ra brillando como un foco interrogatorio.

Y la presencia insidiosa de Vishnu, tejiendo ya la próxima ilusión.

Alejandro intentó levantarse, pero su cuerpo no respondía.

Usó su autoridad, no para atacar, sino para amortiguar el dolor, para convertirlo en algo más manejable, en una sensación de calor intenso.

Logró ponerse de rodillas, luego de pie, tambaleándose.

Su ropa de seda hecha jirones, su rostro hermoso ahora sucio de polvo y sangre.

“Bien…

bien…”, tosió, tratando de recuperar algo de su antigua elegancia, aunque sonaba patético.

“Han…

han llamado mi atención.

¿Qué es lo que quieren?” “Tu aniquilación”, dijo Osiris, su voz como piedras deslizándose en una tumba.

“La restauración del orden.

Tu existencia es un cáncer de frivolidad en el mundo.” “¡Pelea, cobarde!” bramó Thor, golpeando el suelo con el martillo, haciendo temblar la tierra.

“¡Defiende tu montón de piedras bonitas!” Alejandro miró a su alrededor.

La gente del pueblo, aterrorizada, observaba desde detrás de ventanas rotas.

No eran sus elegidos, no eran su círculo de placer.

Eran gente común.

Y en ese momento, no sentía nada por ellos excepto irritación por ser testigos de su debilidad.

Pero no tenía opción.

Estaba acorralado.

Por primera vez desde que se convirtió en Campione, no podía negociar, no podía sobornar con placeres, no podía ignorar el problema.

Con un esfuerzo sobrehumano, activó su «Jardín de los Placeres Profanos» en su modo defensivo-ofensivo.

No para crear belleza, sino para desorientar.

Proyectó una onda de sensaciones contradictorias hacia los dioses: hizo que el aire oliera simultáneamente a rosas y a carne podrida, que el sonido del viento sonara como un vals estridente, que la luz de Ra pareciera tener textura de terciopelo rasgado.

El efecto fue inmediato, pero desigual.

Bacchus se rió, disfrutando del caos sensorial, pero se confundió por la mezcla de placer y disgusto.

Osiris frunció el ceño, su serenidad mortuoria alterada por la discordancia.

Ra aumentó la intensidad de su luz, tratando de quemar a través de las distorsiones.

Pero Thor simplemente rugió y cargó.

Su mente de guerrero era más simple, más directa.

La confusión sensorial lo molestaba, pero no lo detenía.

Alejandro, forzado a pelear, esquivó a duras penas un golpe de martillo que habría pulverizado medio pueblo.

Usó su autoridad en el aire mismo, haciendo que se volviera denso y pegajoso alrededor de Thor, ralentizando sus movimientos.

Parecía estar funcionando.

Si podía mantener a raya a Thor y desorientar a los demás, tal vez, solo tal vez, encontrara una apertura para…

¿para qué?

No tenía un plan para matar a un dios, mucho menos a cinco.

Solo quería que se fueran.

Mientras esquivaba y lanzaba oleadas de sensaciones alteradas, una parte de su mente notó que Osiris y Ra no atacaban directamente.

Bacchus se limitaba a reír y a intentar corromper sus proyecciones sensoriales.

Y Thor, aunque feroz, parecía estar siguiendo un patrón predecible, como si estuviera…

esperando algo.

Es demasiado fácil, pensó Alejandro, en un raro momento de claridad entre el dolor y el pánico.

Me están acorralando, pero no me están aplastando.

¿Por qué?

La respuesta llegó en forma de una paz repentina.

El dolor en sus costillas se atenuó.

La luz cegadora de Ra se volvió cálida y suave.

El aire olía a jazmín y a la sal del mar de su infancia.

Vio, a lo lejos, no las ruinas de Ibiza, sino las puertas abiertas de un palacio aún más grandioso que el suyo, hecho de luz y promesas.

Escuchó música que hacía que todo lo compuesto por humanos sonara a chatarra.

Era el paraíso.

Su paraíso perfecto, tal como siempre lo había soñado, pero nunca había podido materializar por completo.

Vishnu.

El preservador estaba mostrándole la ilusión definitiva.

Y Alejandro, cuyo poder y cuya vida giraban en torno a la percepción sensorial, cayó en ella.

No por ser débil, sino porque la ilusión era mejor que la realidad.

Era todo lo que siempre había querido, ofrecido en una bandeja de plata.

Con una sonrisa beatífica, Alejandro dejó de esquivar.

Dejó de proyectar sus defensas.

Caminó, tambaleante pero con determinación, hacia el palacio de luz.

En su mente, no estaba en una plaza devastada; estaba entrando en su recompensa final.

Thor, Osiris, Ra y Bacchus lo observaron, sonriendo.

El plan funcionaba a la perfección.

Dentro de la ilusión, Alejandro vivió horas, días de placer absoluto y sin esfuerzo.

Todo era perfecto.

No había dolor, no había aburrimiento, solo una gratificación constante y elevada.

Pero fuera, en el mundo real, su cuerpo permanecía en la plaza, de pie inmóvil, mientras su mente se consumía en el festín ilusorio.

Y su cuerpo, sin su autoridad activa para protegerlo o sanarlo, se debilitaba.

Las heridas sangraban, la energía se agotaba.

Los dioses no necesitaban atacarlo.

Vishnu lo estaba matando lentamente, ahogándolo en la misma esencia de su ser: el placer.

Fueron dos horas.

Dos horas en las que Alejandro, en la ilusión, alcanzó las cotas más altas de éxtasis que ninguna mente mortal podría concebir.

Y dos horas en las que, en la realidad, se convirtió en un cascarón vacío, pálido, con los ojos vidriosos y una sonrisa idiota pegada en el rostro magullado.

Entonces, Vishnu, habiendo gastado una cantidad monumental de energía divina para sostener una ilusión tan poderosa y personalizada, llegó a su límite.

Con un suspiro de satisfacción divina, disolvió el velo.

El palacio de luz se desvaneció.

La música perfecta se apagó.

El olor a jazmín fue reemplazado por el hedor a humo, sangre y ozono.

El dolor regresó, multiplicado por diez, un látigo brutal que azotó la conciencia de Alejandro.

Él parpadeó, desorientado.

Por un segundo, no entendió dónde estaba.

Vio las ruinas, vio a los dioses mirándolo con expresiones variadas de desdén y diversión.

Vio su propio cuerpo, tembloroso, al borde del colapso.

La verdad lo golpeó con la fuerza de otro martillazo de Thor: había sido engañado.

Había estado bailando como un títere mientras se consumía.

El pánico que sintió entonces no fue el frío de antes.

Fue un pánico caliente, vergonzoso, rabioso.

Su autoridad, su gran don, se había vuelto contra él.

Había confiado tanto en su capacidad para discernir y manipular sensaciones que no había considerado que un maestro de la ilusión cósmica pudiera superarlo.

“¡No!” gritó, su voz era un raspido.

“¡Esto…

esto es una traición!

¡Es antinatural!” Bacchus se rió a carcajadas.

“¡Antinatural!

¡Dice el que robó mi esencia para convertirla en su juguete privado!

¡El placer te ha cegado, pequeño parásito!” Thor avanzó, Mjölnir brillando de nuevo.

“¡El descanso terminó, gusano!

¡Ahora, lucha de verdad!” Alejandro retrocedió, su mente era un torbellón.

Intentó reactivar su autoridad, pero estaba exhausto, tanto mental como físicamente.

Las oleadas de sensaciones que proyectaba eran débiles, fácilmente dispersadas por Ra o ignoradas por Thor.

Intentó negociar.

“¡Esperen!

¡Podemos llegar a un acuerdo!

¡Yo…

yo puedo servirles!

¡Puedo crear placeres para ustedes, experiencias que ni siquiera pueden imaginar!” Su voz sonaba desesperada, mendicante.

Osiris negó lentamente con la cabeza.

“Tu oferta es veneno.

El orden que debemos restaurar no tiene lugar para un esclavo de los sentidos.” “¡Yo no soy un esclavo!” gritó Alejandro, la indignación dándole un último destello de energía.

“¡Soy un maestro!

¡Un artista!” “Entonces muere como uno”, dijo Ra, y proyectó un haz de luz pura y dolorosa directamente en los ojos de Alejandro.

Alejandro gritó, cegado, el dolor era insoportable.

En ese momento de agonía pura, algo dentro de él, algo que había estado enterrado bajo montañas de hedonismo y arrogancia, se despertó.

No era heroísmo.

No era un sentido del deber.

Era el instinto más básico de un Campione: la voluntad de sobrevivir, de no ser borrado.

Y junto a él, un último destello de orgullo herido.

No permitiría que estos brutos, estos dioses sin gusto, terminaran con él así.

Si iba a caer, se llevaría a uno con él.

Al que lo había empezado todo.

A través del dolor cegador, con su autoridad restante, hizo algo que nunca había intentado.

En lugar de proyectar sensaciones hacia fuera, las volvió hacia dentro, las sobrecargó a un nivel insano.

Aumentó su propio sentido del oído hasta captar los latidos del corazón de cada dios.

Su olfato hasta distinguir la firma química de su esencia divina.

Su tacto hasta sentir las vibraciones del aire que desplazaban.

Fue una tormenta sensorial interna, un feedback brutal que lo hizo sangrar por los oídos y la nariz, pero que por un segundo, le dio un mapa perfecto, cegador pero preciso, de su entorno.

Identificó la risa estridente, el olor a vino agrio y rencor puro.

Bacchus.

Estaba cerca, disfrutando del espectáculo, confiado.

Con un grito que era más un alarido de animal acorralado que un grito de batalla, Alejandro se lanzó.

No hacia Thor, ni hacia Ra.

Se lanzó, ciego y sangrante, en la dirección de donde venía la risa.

Su cuerpo, impulsado por una adrenalina de muerte, se movió con una velocidad que él mismo no sabía que tenía.

Bacchus, sorprendido por el ataque súbito y aparentemente errático de un hombre que parecía ya un cadáver, no reaccionó a tiempo.

Alejandro lo alcanzó.

Sus manos, normalmente dedicadas a acariciar o sostener copas, se cerraron alrededor de la garganta etérea pero tangible del dios del éxtasis.

No usó fuerza física.

Inyectó, a través del contacto, el último resto concentrado de su «Jardín de los Placeres Profanos», pero invertido, pervertido.

No era placer.

Era la memoria del placer, todos los éxtasis que Bacchus había inspirado y que Alejandro había refinado, devueltos como una descarga de nostalgia venenosa y vacía.

Era la resaca infinita, la certeza de que ningún placer sería suficiente nunca más.

Bacchus dejó de reír.

Sus ojos multicolores se ampliaron en shock, luego en un horror reconocible.

“¿Qué…

qué es esto?

Esto es…

peor que la nada…”, balbuceó.

Su forma, hecha de deseo y exceso, comenzó a colapsar sobre sí misma, como un globo desinflándose en un suspiro de desesperación.

En segundos, se desvaneció, no en una explosión, sino en un lamento silencioso, absorbido por el vacío que su propio poder, usado en su contra, había creado.

Alejandro cayó de rodillas, exhausto, casi inconsciente.

Había matado a Bacchus.

De nuevo.

Por pura suerte, desesperación y un momento de distracción divina.

Un último acto de ironía cruel.

Pero no había tiempo para más.

Thor, furioso por la muerte de un aliado (aunque lo despreciara) y cansado de juegos, cerró la distancia antes de que Alejandro pudiera siquiera levantar la cabeza.

La mano gigantesca del dios del trueno lo agarró por el cuello y lo levantó como a un cachorro.

“¡BASTA DE TRUCOS, GUSANO!” rugió Thor, su aliento olía a tormenta y a metal.

Con un movimiento brutal, estampó a Alejandro contra el suelo, una y otra vez, hasta que los gritos cesaron y el cuerpo del Campione quedó inmóvil, una masa sangrante y rota en el centro del cráter.

Ra, viendo el trabajo casi terminado, asintió para sí mismo.

“La luz purifica.

Mi tarea aquí ha concluido.” Su forma brillante se desvaneció, regresando al firmamento divino.

Quedaban Thor y Osiris.

Osiris se acercó al cuerpo destrozado de Alejandro.

Inclinó su balanza.

Un platillo se hundió profundamente.

“Su alma pesa poco”, murmuró.

“Mucho placer, poco propósito.

El Duat lo juzgará con rapidez.” Satisfecho, se fundió con las sombras, dejando a Thor solo con el cadáver.

Thor respiró hondo, mirando el cielo español, ahora manchado de humo y cargado de la energía de batalla.

Su misión estaba cumplida.

El Campione español estaba muerto.

Pero Odín y Zeus habían sido claros: no dejar rastro.

No dejar nada que los mortales pudieran recordar con esperanza.

Australia había sido ahogada.

España sería purgada.

Thor alzó a Mjölnir hacia el cielo.

No para lanzarlo, sino como un conductor.

Invocó no solo su poder, sino el poder prestado que los dioses le habían concedido para esta tarea final.

Las nubes sobre toda la península Ibérica se oscurecieron en segundos, uniendo sus negruras en un manto único y ominoso.

Dentro de ellas, relámpagos silenciosos comenzaron a pulular, no de color azul o blanco, sino de un púrpura oscuro y maligno, el color del poder divino corrompido para la aniquilación masiva.

El aire se cargó de electricidad hasta que los pelos de los brazos de los supervivientes se erizaron.

Un silencio absoluto, más aterrador que cualquier trueno, cayó sobre la tierra.

Luego, Thor bajó el martillo.

Y el cielo lloró fuego púrpura.

No fue una lluvia.

Fue un diluvio, un colapso, una descarga continua e imparable de rayos divinos concentrados.

Cada rayo no explotaba al impactar; disolvía.

Donde caía, la materia se vaporizaba, la piedra se fundía en lava y luego se evaporaba, el agua de los ríos y mares se convertía en vapor supercrítico que arrasaba con todo a su paso.

Thor, suspendido en el ojo de la tormenta, con los músculos tensos y la divinidad fluyendo a través de él hasta el punto de quemar su propia encarnación hereje, dirigió el cataclismo.

Barrió de este a oeste, de norte a sur.

Las ciudades—Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia—desaparecieron bajo el manto púrpura, convertidas en llanuras de cristal negro humeante.

Las montañas de los Pirineos se desmoronaron como castillos de arena.

Las costas se retiraron, luego fueron engullidas por tsunamis de energía pura.

Fue una erradicación metódica, total.

No quedó edificio, no quedó árbol, no quedó río.

España, tal como el mundo la conocía, fue borrada del mapa en cuestión de minutos, reducida a un continente devastado, cubierto de una capa uniforme de escombros vitrificados y ceniza radiactiva divina.

Un silencio de tumba, roto sólo por el crepitar de la tierra enfriándose, reinó donde antes había vida, cultura y el hedonista reinado de Alejandro.

Thor, exhausto, su forma empezando a deshacerse al haber gastado hasta la última chispa de la divinidad prestada, contempló su obra.

Un gruñido de satisfacción salió de su garganta.

Luego, como Poseidón antes que él, se disipó en una ráfaga de truenos distantes y un olor a ozono que pronto fue barrido por los vientos estériles.

En el centro de lo que había sido la isla de Ibiza, sólo quedaba un cráter más amplio y profundo, y en su centro, un montículo informe de ceniza que alguna vez fue el cuerpo del Campione más hedonista del mundo.

El segundo acto del Ragnarok había concluido.

Otro Campione había caído.

Otro reino había sido borrado.

Dioses: 2, Campiones: 1.

Sólo quedaba uno.

Mateo Vargas.

Y hacia él, con el ímpetu de dos victorias y la furia acumulada de eones, se dirigía ahora la horda más temible, liderada por la Serpiente Emplumada sedienta de venganza y la Diosa de la Destrucción ansiosa de redención.

El mundo contuvo la respiración, y el verdadero clímax del Ragnarok se cernía sobre México y Rusia.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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