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Campione AU! - Capítulo 34

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  4. Capítulo 34 - 34 Ragnarok parte 6
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34: Ragnarok parte 6 34: Ragnarok parte 6 La sala de estrategia en la fortaleza de Moscú era un hervidero de actividad silenciosa.

Pantallas holográficas mostraban imágenes satelitales de lo que una vez fue Australia: una mancha azul grisácea donde antes había un continente.

Otras mostraban España, o lo que quedaba de ella: una extensión de tierra vitrificada y humeante, irreconocible, borrada del mapa como si nunca hubiera existido.

Y luego, Estados Unidos.

Denver, parcialmente destruida pero en pie.

Y en el centro de la zona cero, una firma vital que los sensores mágicos de Ingrid habían confirmado: Alex Carter estaba vivo.

“Dos caídos, uno en pie”, murmuró Ekaterina, su voz tensa como una cuerda de violín.

Estaba de pie junto a Mateo, su uniforme de combate impecable, su espada ritual en la cadera.

No pensaba usarla contra dioses, eso sería un suicidio, pero la presencia del arma la anclaba, le recordaba que no era una civil indefensa.

“Los dioses están ganando, Mateo.

Y ahora…

ahora vendrán por ti.” Mateo asintió, sin apartar la vista de las imágenes.

Su mandíbula estaba tensa, sus ojos, normalmente serenos, tenían un brillo de acero frío.

Había sentido la muerte de Liam como un apagón repentino y brutal.

La de Alejandro, como una disonancia nauseabunda.

Pero también había sentido la victoria de Alex, una luz tenue pero real en medio de la oscuridad.

Uno de cuatro.

Un Campione había sobrevivido a la embestida.

Eso significaba que era posible.

Que los dioses no eran invencibles, incluso cuando trabajaban juntos.

“Han ido en orden”, dijo Ingrid, tecleando frenéticamente.

“Australia primero, por el más aislado.

Luego España, por el menos combativo.

Luego Estados Unidos, por el más…

complicado.

Y fallaron parcialmente.

Ahora, lógicamente, vendrán por el más poderoso.

Por ti, Mateo.” Shakti, que había estado en silencio, apretó los puños.

Sus ojos, normalmente juguetones, ardían con una furia contenida.

“Que vengan.

Les demostraremos por qué eres el Campione con más victorias.

Por qué te llaman el Arquitecto.

Por qué te siguen.” Mateo se volvió hacia ellas.

Las cuatro: Ekaterina, la rusa de hielo y lealtad infinita; Shakti, la india fogosa de fuerza bruta y devoción absoluta; Ingrid, la escandinava de mente analítica y conexiones profundas; Svetlana, la hechicera eslava, puente con los espíritus de esta tierra.

Su círculo.

Su familia.

Su razón para luchar.

“Escúchenme”, dijo, y su voz, tranquila pero con un peso que no admitía discusión, llenó la sala.

“Ellos vendrán por mí.

Todos los que me odian, los que quieren venganza, los que ven en mí el mayor obstáculo para su dominio.

Vendrán con todo.

Y yo no puedo, no debo, tenerlos a ustedes cerca cuando eso ocurra.

Su lugar no está en el campo de batalla contra dioses de este calibre.” Ekaterina abrió la boca para protestar, pero él levantó una mano.

“No es una cuestión de confianza en su poder.

Es cuestión de estrategia.

Si están cerca, serán un objetivo.

Intentarán usarlas contra mí.

Y yo…

yo no puedo permitirme esa distracción.

Su trabajo, el más importante, es asegurarse de que la gente de Rusia, la que hemos trabajado tanto para reconstruir, esté a salvo.

Evacúen las zonas críticas.

Lleven a la mayor cantidad de personas posible a los refugios profundos, los que conectamos con las líneas ley.

Protejan lo que hemos construido.

Eso es lo que necesito de ustedes.

¿Entendido?” Hubo un momento de silencio denso.

Shakti parecía a punto de llorar de frustración.

Ekaterina tenía los ojos brillantes, pero su postura era firme.

Ingrid asintió, comprendiendo la lógica.

Svetlana colocó una mano en el hombro de Mateo.

“Los espíritus de la tierra velarán por ti”, dijo con su voz grave y cálida.

“Eres el gobernante legítimo.

La tierra misma te reconoce.” “Gracias, Sveta.

Ahora, vayan.

No hay tiempo que perder.” Las cuatro mujeres lo abrazaron, una por una, en un silencio cargado de emociones contenidas.

Luego, con pasos firmes aunque el corazón les pesara, salieron de la sala para organizar la evacuación masiva de la Rusia reconstruida.

Mateo se quedó solo.

Por un momento, se permitió sentir el peso de la situación.

Australia, borrada.

España, borrada.

Millones de muertos.

Dos Campione, caídos.

Y ahora, él era el único obstáculo entre los dioses y el resto de la humanidad.

La última línea de defensa.

Salió al exterior.

La plaza central de la nueva Moscú, cuidadosamente reconstruida con amplios espacios abiertos y monumentos que celebraban la resistencia humana, estaba desierta.

Las órdenes de evacuación habían sido rápidas y eficientes.

El silencio era absoluto, solo roto por el viento que susurraba entre los edificios vacíos.

Mateo caminó hasta el centro exacto de la plaza.

Respiró hondo, sintiendo el frío ruso en sus pulmones, el poder de sus cinco Autoridades bullendo suavemente bajo su piel como bestias dormidas pero alerta.

Cerró los ojos y repasó mentalmente su arsenal.

La Voz del Cielo y la Tormenta (de Quetzalcóatl).

Su primera victoria.

El dominio de los vientos y las tempestades.

El Latido de la Tierra y la Lluvia (de Tláloc).

La conexión con la tierra y el agua, la vitalidad intrínseca del planeta.

La Profundidad del Océano y la Ferocidad del Dragón (de Ryūjin).

La adaptabilidad abisal y la furia draconiana.

La Sombra de la Destrucción y el Vacío (de Czernobog).

La oscuridad, la entropía, el poder de deshacer.

La Danza de la Destrucción y la Renovación (de Kali).

El punto de inflexión, el ciclo que termina para que otro comience.

Cinco autoridades.

Cinco dioses derrotados.

Un récord imbatible entre los Campione.

Pero hoy, esos mismos dioses, o sus aliados, venían a cobrar venganza.

Y no vendrían solos.

El cielo comenzó a cambiar.

No fue un cambio gradual.

Fue una mutación violenta y repentina.

El azul pálido del horizonte ruso se tiñó de púrpura, luego de naranja sangre, luego de un negro absoluto en el centro.

Las nubes, que no había, se condensaron de la nada, formando un torbellino ciclópeo que giraba lentamente, como el ojo de un huracán invertido, apuntando hacia la tierra.

El aire se volvió pesado, cargado de una electricidad divina que hacía crepitar la energía estática en los cabellos de Mateo.

Y entonces, las figuras comenzaron a descender.

La primera fue una silueta alada, una serpiente de plumas iridiscentes que se materializó desde el vórtice con una gracia aterradora.

Quetzalcóatl.

La Serpiente Emplumada.

Pero no era el dios majestuoso y sabio de las leyendas.

Era una versión herida, furiosa, sus plumas desaliñadas, sus ojos reptiles ardiendo con un rencor de siglos concentrado en un solo punto: el hombre que lo había derrotado, que le había robado su esencia, que había usado su poder para construir un imperio de herejía humana.

Detrás de él, una forma oscura y retorcida, hecha de sombras sólidas y frío de ultratumba.

Czernobog.

El dios negro eslavo, la encarnación de la oscuridad y la desgracia, el responsable de la destrucción de la Rusia original.

Su mirada no era de odio, sino de una satisfacción depredadora.

Venía a terminar el trabajo que había empezado, a reclamar el territorio que este usurpador le había arrebatado.

Luego, una figura radiante y brutal.

Armadura de turquesas y oro, piel oscura, y un rostro de guerrero implacable.

Huitzilopochtli.

El dios azteca de la guerra y el sol, el colibrí zurdo, cuyo apetito de sacrificios y batallas era insaciable.

Sostenía una lanza con punta de obsidiana y un escudo circular decorado con plumas de águila.

Su sonrisa era la promesa de una carnicería ritual.

Y finalmente, la más aterradora de todas.

Kali.

Pero no la Kali que Mateo había enfrentado en India, la diosa de la destrucción con una pizca de método en su locura.

Esta Kali era diferente.

Su forma era más salvaje, más primitiva.

Sus cuatro brazos se movían en patrones erráticos, su lengua, normalmente fuera en un gesto de furia controlada, colgaba laxa, babeante.

Sus ojos, negros como pozos sin fondo, no miraban con inteligencia, sino con una necesidad primal, un hambre de destrucción pura.

La diosa se había vuelto feral.

El trauma de su derrota, combinado con la energía del pacto divino, la había transformado en una bestia de aniquilación sin freno, gobernada solo por el instinto de matar a quien la había humillado.

Mateo tragó saliva.

El sonido fue audible en el silencio absoluto de la plaza.

Cinco.

No, cuatro.

Quetzalcóatl, Czernobog, Huitzilopochtli y Kali-feral.

Cuatro dioses herejes de primer nivel, cada uno con motivos personales para quererlo muerto, cada uno liderado por una Serpiente Emplumada sedienta de venganza.

Era la alineación más temible que podía haber imaginado.

Quetzalcóatl descendió lentamente hasta quedar flotando a unos metros del suelo, frente a Mateo.

Sus ojos reptiles escudriñaron al Campione, y una sonrisa, fría y satisfecha, se dibujó en su rostro de serpiente.

Sintió el miedo.

Sintió el sudor frío.

Y lo disfrutó.

“Así que aquí estás, pequeño usurpador”, dijo Quetzalcóatl, su voz era un silbido que contenía ecos de vientos huracanados y civilizaciones perdidas.

“En el centro de tu pequeño reino de barro, esperando a tus verdugos.

¿Dónde están tus aliados?

¿Dónde están tus mujercitas?

¿Huyeron como las ratas que son?” Mateo no respondió.

Su mirada se movió rápidamente, evaluando las posiciones, las distancias, las posibles estrategias.

Kali estaba al fondo, su forma temblorosa, sus ojos fijos en él con una intensidad animal.

Czernobog flotaba a la derecha, una mancha de oscuridad que absorbía la luz.

Huitzilopochtli a la izquierda, su postura de combate impecable, esperando la orden.

Y Quetzalcóatl al frente, el líder, el estratega.

“No importa”, continuó Quetzalcóatl.

“Hoy morirás, Mateo Vargas.

Tu México, tu Rusia, todo lo que has construido, será borrado.

Y la humanidad recordará, por fin, cuál es su lugar.” Esperaba una respuesta.

Un desafío, una negociación, un acto de desesperación.

Lo que no esperaba era lo que ocurrió a continuación.

Kali no esperó.

Con un rugido que no era humano ni divino, sino puramente bestial, la diosa feral se lanzó.

Sus cuatro brazos, cada uno blandiendo un arma conceptual (una espada de caos, un lazo de almas, una daga de sangre, un cuenco vacío) se abalanzaron sobre Mateo a una velocidad que distorsionaba el aire.

Quetzalcóatl suspiró, un sonido de resignación divina.

Sabía que Kali era incontrolable.

El rencor la había consumido.

Pero, pensó, igual el objetivo era matar al Campione.

El orden de los acontecimientos era secundario.

Mateo no tuvo tiempo de pensar.

Su cuerpo, entrenado por años de combates y aguzado por el presagio, reaccionó antes que su mente.

La Voz del Cielo y la Tormenta se activó, creando una barrera de viento comprimido a su alrededor.

Los primeros golpes de Kali rebotaron en el escudo invisible, pero no sin consecuencias.

Cada impacto enviaba ondas de choque que agrietaban el suelo de la plaza y hacían temblar los edificios a cien metros de distancia.

Mateo contraatacó con un latigazo de viento cortante, una hoja de aire a presión que debería haber partido a Kali en dos.

La diosa feral ni siquiera intentó esquivar.

Recibió el golpe en un brazo, y la carne divina se abrió, derramando una sustancia negra y humeante.

Pero Kali no sintió el dolor, o si lo sintió, solo alimentó su furia.

Se abalanzó de nuevo, sus ataques más rápidos, más erráticos, más impredecibles.

Mateo se vio forzado a un combate cuerpo a cuerpo para el que no estaba completamente preparado.

Usó La Ferocidad del Dragón para aumentar sus reflejos y su fuerza, esquivando por centímetros una estocada de la espada de caos, desviando el lazo de almas con un puño envuelto en escamas etéreas.

Cada golpe que intercambiaban generaba ondas de choque que devastaban la plaza.

El suelo de mármol se agrietaba en patrones concéntricos.

Las estatuas conmemorativas explotaban en pedazos.

El aire mismo vibraba con la furia del combate.

Kali era imparable.

No conocía el cansancio, no conocía el miedo, no conocía la estrategia.

Solo ataque tras ataque tras ataque, un torrente de violencia que no daba respiro.

Mateo, aunque más poderoso en términos absolutos, se veía forzado a una defensa constante, buscando desesperadamente una apertura, un momento para contraatacar con algo definitivo.

Los otros dioses observaban.

Czernobog, con una sonrisa de satisfacción oscura, disfrutaba del espectáculo.

Huitzilopochtli, impaciente, golpeaba su lanza contra su escudo, deseando entrar en la refriega.

Quetzalcóatl, con los brazos cruzados, analizaba cada movimiento de Mateo, buscando patrones, debilidades, el momento exacto para dar la orden de ataque conjunto.

Mateo, mientras esquivaba y bloqueaba, también observaba.

Sabía que esto era una prueba.

Kali era la carnada, el martillo pilón diseñado para desgastarlo, para cansarlo, para hacerlo cometer errores.

Los otros esperaban su momento.

Tenía que encontrar una manera de cambiar las reglas del juego.

Finalmente, vio una apertura.

Kali, en su frenesí, extendió demasiado un brazo tras un golpe fallido.

Por una fracción de segundo, su torso quedó expuesto.

Mateo concentró La Sombra de la Destrucción y el Vacío en su puño y golpeó, no para dañar físicamente, sino para deshacer una parte de su esencia.

El impacto fue directo.

Un agujero negro del tamaño de una moneda apareció en el pecho de Kali, y la diosa feral gritó, un sonido que mezclaba dolor y sorpresa.

Retrocedió, tambaleándose, su forma parpadeando.

Mateo se preparó para el golpe final, para aprovechar la ventaja…

Y entonces, Huitzilopochtli se movió.

No esperó la orden de Quetzalcóatl.

Su sed de guerra era demasiado grande.

Con un grito de batalla azteca que resonó con la furia de mil sacrificios, cargó.

Su lanza de obsidiana, imbuida con el poder del sol del mediodía, atravesó el aire como un rayo.

Mateo apenas tuvo tiempo de desviar el golpe con un escudo de tierra solidificada, pero la fuerza del impacto lo lanzó por los aires, estrellándose contra un edificio a cien metros de distancia.

La estructura se derrumbó sobre él.

Huitzilopochtli no le dio tregua.

Mientras Mateo emergía de los escombros, tosiendo polvo, el dios de la guerra ya estaba sobre él.

Su estilo de combate era diametralmente opuesto al de Kali.

Donde ella era caos puro, él era precisión letal.

Cada golpe de su lanza buscaba un punto vital.

Cada movimiento de su escudo bloqueaba cualquier contraataque.

Era un guerrero consumado, y lo demostraba.

Mateo se defendió como pudo.

Usó El Latido de la Tierra y la Lluvia para crear muros de piedra que Huitzilopochtli atravesaba como si fueran de papel.

Usó La Voz del Cielo y la Tormenta para lanzar ráfagas de viento que el dios esquivaba con una elegancia letal.

Usó La Profundidad del Océano para volverse escurridizo, pero Huitzilopochtli anticipaba sus movimientos, como si pudiera leer su mente.

La lucha era brutal y desigual.

Mateo recibió golpes.

Un corte profundo en el costado de la lanza de obsidiana.

Un impacto de escudo en la cara que le rompió el labio.

Un rodillazo en el estómago que le robó el aliento.

Pero también asestó los suyos.

Un puñetazo cargado de entropía dejó una marca negra en el hombro del dios.

Un latigazo de viento le abrió un tajo en la mejilla.

Pero la diferencia era clara.

Huitzilopochtli era un especialista en combate singular.

Mateo era un estratega, un general, un arquitecto de batallas.

En un duelo uno a uno contra un guerrero divino de primer nivel, estaba en desventaja.

Y lo sabía.

Mientras forcejeaban, con Huitzilopochtli intentando clavarlo al suelo con su lanza, Mateo tuvo un momento de claridad.

Los dioses no estaban peleando limpio.

No había honor en esta batalla.

Era una emboscada, un asesinato coordinado.

Kali lo había desgastado.

Huitzilopochtli intentaba rematarlo.

Y mientras tanto, Quetzalcóatl y Czernobog observaban, esperando su turno, listos para atacar cuando él estuviera más débil.

Si ellos no van a pelear limpio, pensó Mateo, con una frialdad que sorprendió incluso a su propia conciencia, entonces yo tampoco lo haré.

La estrategia no es solo sobre el campo de batalla.

Es sobre la psicología del enemigo.

Y estos dioses…

estos dioses tienen egos del tamaño de planetas.

Con un rugido de esfuerzo, usó La Danza de la Destrucción y la Renovación no para atacar a Huitzilopochtli, sino para acelerar el ciclo de fatiga en sus propios músculos, quemando energía de forma insostenible pero obteniendo una explosión de fuerza temporal.

Se liberó del agarre del dios con un movimiento violento que lo hizo retroceder.

Luego, en lugar de continuar el duelo, hizo algo inesperado.

Dio media vuelta y corrió.

No hacia los edificios, no para huir, sino hacia un punto específico de la plaza: un gran monumento central, una columna de granito que conmemoraba la reconstrucción.

Se posicionó detrás de ella, usándola como cobertura momentánea.

Huitzilopochtli se rió, una carcajada de desprecio.

“¡Corres, cobarde!

¡Como una liebre ante el águila!” Cargó tras él, su lanza en alto, confiado en su victoria.

Quetzalcóatl frunció el ceño.

Algo no encajaba.

El Campione no era conocido por huir.

¿Qué estaba planeando?

Mateo, detrás de la columna, respiró hondo.

No estaba huyendo.

Estaba recalculando.

Su mente, la mente del estratega que había derrotado a cinco dioses, trabajaba a una velocidad sobrehumana.

Había evaluado las personalidades de sus enemigos.

Kali, una bestia sin raciocinio.

Huitzilopochtli, un guerrero orgulloso, impulsivo, que menospreciaba a un enemigo que huye.

Czernobog, un dios de la oscuridad paciente, que esperaría el momento oportuno.

Quetzalcóatl, el líder, el cerebro, que observaba y analizaba.

El error de Huitzilopochtli era su orgullo.

Creía que la huida era debilidad.

No entendía que, para un estratega, la retirada táctica era una herramienta más.

Cuando Huitzilopochtli dobló la esquina de la columna, lanza en ristre, listo para atravesar al “cobarde” acurrucado, no encontró a nadie.

En su lugar, encontró una trampa.

Mateo había usado La Sombra de la Destrucción y el Vacío no para atacar, sino para ocultarse.

Se había fusionado con la oscuridad proyectada por la columna, volviéndose intangible por una fracción de segundo.

Cuando Huitzilopochtli pasó, él reapareció detrás del dios.

Y en sus manos, concentró tres autoridades a la vez: La Ferocidad del Dragón para aumentar su fuerza física a niveles monstruosos, El Latido de la Tierra y la Lluvia para solidificar el suelo bajo los pies del dios, anclándolo, y La Danza de la Destrucción y la Renovación para encontrar el punto exacto en la armadura divina donde el ciclo de “protección” se debilitaba.

Golpeó.

Un puñetazo directo a la espalda, en el punto donde las placas de turquesa se unían.

El impacto fue catastrófico.

Huitzilopochtli fue lanzado hacia adelante, pero el suelo anclado lo detuvo en seco, haciendo que toda la fuerza del golpe se transmitiera a su columna vertebral.

Se escuchó un crujido horrible, como madera astillándose, pero multiplicado por mil.

El dios de la guerra cayó de rodillas, su lanza soltándose de su mano, su escudo resonando en el suelo.

Intentó levantarse, pero su espalda no respondía.

Giró la cabeza, su rostro una máscara de incredulidad y furia.

“Tú…

tramposo…”, escupió sangre divina.

Mateo no le respondió.

No había tiempo para monólogos.

Con otro golpe, este cargado de entropía pura, golpeó la cabeza del dios.

Huitzilopochtli se desplomó, su forma comenzando a desvanecerse en destellos de luz solar y plumas de colibrí.

En segundos, no quedó nada de él, solo un eco de guerra que se desvaneció en el viento.

Mateo jadeó, doblándose, una mano en su costado herido.

Había eliminado a uno.

Pero el costo había sido alto.

La explosión de fuerza combinada había agotado reservas de energía que no podía recuperar fácilmente.

Y aún quedaban tres.

Quetzalcóatl aplaudió lentamente, un gesto sarcástico y frío.

“Impresionante, pequeño usurpador.

Usaste su orgullo contra él.

Su impaciencia.

Su deseo de gloria personal.

Eres un estratega consumado, lo admito.” Czernobog flotó hacia adelante, su oscuridad expandiéndose, tiñendo el suelo de negro.

“Pero la estrategia no sirve contra la oscuridad absoluta, Campione.

La oscuridad no tiene orgullo, no tiene impaciencia.

Solo tiene…

hambre.” Y Kali, recuperándose del golpe de entropía, se puso de pie.

Su forma seguía siendo feral, pero ahora sus ojos mostraban algo nuevo: un odio más concentrado, más inteligente.

La muerte de Huitzilopochtli, en lugar de aterrorizarla, parecía haberla enfocado.

Mateo se irguió, ignorando el dolor.

Enfrentó a los tres dioses restantes.

Su sangre manaba, su respiración era entrecortada, pero su mirada era la de un león acorralado.

El último bastión.

La última esperanza.

“Vengan”, dijo, su voz ronca pero firme.

“Les demostraré por qué soy el Campione con más victorias.

Les demostraré por qué México y Rusia me eligieron.

Vengan y mueran.” Quetzalcóatl sonrió, una sonrisa de serpiente que prometía una muerte lenta.

Czernobog se convirtió en una sombra devoradora.

Kali rugió, su forma feral vibrante de odio.

El combate final, el verdadero clímax del Ragnarok, apenas comenzaba.

Y el mundo, conteniendo la respiración, observaba desde la distancia, esperando saber si su último defensor caería o se alzaría como el salvador de la humanidad.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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