Campione AU! - Capítulo 35
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
35: Ragnarok parte 7 35: Ragnarok parte 7 El cuerpo de Kali-feral se desvaneció en una lluvia de chispas negras y rojas, su rugido final disolviéndose en el eco de la destrucción.
Mateo cayó de rodillas, jadeando, una mano apretada contra su costado donde la sangre brotaba entre sus dedos.
Cada respiración era una agonía.
Sus músculos, sometidos a un esfuerzo sobrehumano durante lo que parecían horas, temblaban incontrolablemente.
Pero no podía detenerse.
No podía rendirse.
Dos abajo.
Dos por delante.
Levantó la vista.
A lo lejos, Czernobog flotaba como una mancha de oscuridad viviente, su forma cambiante, sus ojos rojos brillando con un odio milenario.
Y más allá, Quetzalcóatl observaba desde las alturas, su expresión serpenteante ilegible, pero su postura la de un cazador que sabe que su presa está acorralada.
Mateo escupió sangre al suelo y se obligó a ponerse de pie.
Sus piernas amenazaban con ceder, pero su voluntad era más fuerte que su carne.
Había prometido no caer hasta que los dioses fueran derrotados.
Y mantendría esa promesa o moriría en el intento.
A kilómetros de distancia, en las colinas que dominaban la ciudad en ruinas, las cuatro mujeres observaban la batalla a través de lentes de aumento mágicos y pantallas holográficas improvisadas.
Ekaterina tenía los nudillos blancos de apretar el puño.
Su rostro, normalmente sereno, estaba surcado por lágrimas silenciosas que no podía contener.
Ver a Mateo así, sangrando, tambaleándose, enfrentándose solo a un ejército divino, era un tormento peor que cualquier herida física.
“Deberíamos estar allí”, susurró Shakti, su voz quebrada.
“Deberíamos ayudarlo.
No podemos quedarnos aquí viendo cómo…” “Podemos y debemos”, la cortó Ingrid, aunque su voz también temblaba.
Su mente analítica luchaba contra su corazón desbocado.
“Si intervenimos, seremos un lastre.
Nos usarán contra él.
Lo distraeremos.
Lo matarán más rápido.
Lo único que podemos hacer es confiar en él y asegurarnos de que la gente que nos confió esté a salvo.” Svetlana, con los ojos cerrados, murmuraba una oración a los antiguos espíritus de la tierra.
“La tierra gime bajo sus pies.
Pero aún no cede.
Aún lo sostiene.
Eso es buena señal.
Mientras la tierra lo reconozca como su gobernante, tendrá una ventaja.” “¿Buena señal?”, replicó Ekaterina con amargura.
“Míralo.
Está destrozado.
Y aún quedan dos de los más poderosos.” Todas miraron las pantallas.
Vieron a Mateo ponerse de pie.
Vieron a Czernobog avanzar.
Vieron a Quetzalcóatl descender lentamente para unirse a la refriega.
Y contuvieron el aliento, porque sabían que lo que estaban presenciando era el momento crucial de la batalla, el instante en que se decidiría el destino no solo de su amado, sino del mundo entero.
En la plaza devastada, Mateo evaluaba la situación con la mente fría del estratega, incluso mientras su cuerpo le suplicaba descanso.
Czernobog tiene mi misma autoridad, pensó.
Eso me protege de sus efectos más letales, pero no de su poder bruto.
Y Quetzalcóatl…
él es el cerebro.
Ha estado observando todo el tiempo, analizando mis movimientos, mis patrones, mis debilidades.
Y lo que es peor, ha estado potenciando a los otros.
Recordó los golpes más pesados de Huitzilopochtli, la velocidad repentina de Kali-feral.
No era imaginación.
Quetzalcóatl, usando algún aspecto de su poder que Mateo no había explorado, estaba actuando como un apoyo, un potenciador, un buffer para sus aliados.
Mientras él estuviera vivo y concentrado, Czernobog sería más difícil de matar.
En los videojuegos, pensó con una ironía amarga, siempre te dicen que mates al sanador primero.
Al que da los buffs.
Es la prioridad.
Miró a Quetzalcóatl.
El dios flotaba sereno, una sonrisa apenas esbozada en su rostro de serpiente.
Parecía estar esperando algo.
¿Una orden?
¿Un movimiento en falso?
¿O quizás…
una trampa?
Podría ser exactamente lo que quieren que haga, consideró Mateo.
Que me lance contra Quetzalcóatl, dejando mi espalda expuesta a Czernobog.
Una trampa clásica.
Pero si no lo hago, seguirán desgastándome hasta que caiga.
Es una apuesta arriesgada, pero no tengo otra opción.
Decidido, Mateo respiró hondo.
Concentró La Voz del Cielo y la Tormenta en sus piernas, no para volar, sino para impulsarse con una velocidad explosiva.
El viento se arremolinó a su alrededor y, en una fracción de segundo, se lanzó directamente hacia Quetzalcóatl, sus manos cargadas con La Sombra de la Destrucción y el Vacío, listo para asestar un golpe letal.
Quetzalcóatl ni siquiera parpadeó.
Con una elegancia que heló la sangre de Mateo, el dios se desplazó lateralmente, esquivando el ataque por centímetros.
Y entonces, su brazo, cubierto de plumas iridiscentes, se movió en un arco perfecto.
El impacto en el rostro de Mateo fue como ser golpeado por un meteorito.
El Campione salió despedido, girando sobre sí mismo, atravesando el aire como una bala de cañón.
Se estrelló contra lo que quedaba de un edificio a doscientos metros de distancia, derrumbando varias plantas antes de detenerse en un montón de escombros y polvo.
Quetzalcóatl bajó lentamente hasta quedar a la altura de los escombros.
“¿Creías que sería tan fácil, pequeño usurpador?”, dijo, su voz un silbido satisfecho.
“¿Creías que no aprendería de mi derrota?
Te he estudiado.
He analizado cada uno de tus combates.
Conozco tus tácticas, tus patrones, tus debilidades.
Ya no te subestimo.
Ya ninguno de nosotros lo hace.” Mateo emergió de los escombros, tosiendo, un nuevo corte sobre su ceja bañándole el ojo izquierdo en sangre.
Su mandíbula dolía de una manera que sugería que podría estar rota.
Pero su mirada, aunque dolorida, seguía siendo la de un guerrero.
Mierda, pensó.
Me vio venir.
Me leyó como un libro abierto.
Esto es peor de lo que creía.
Czernobog se materializó detrás de él, su oscuridad extendiéndose como una marea negra que engullía los escombros.
“Ya no hay escape, Campione.
Ya no hay estrategia que valga.
Solo hay oscuridad, y en la oscuridad, yo soy el amo.” Mateo se puso en posición de combate, tambaleándose ligeramente.
Los dos dioses lo flanqueaban.
Quetzalcóatl al frente, con su poder de viento y conocimiento.
Czernobog detrás, con su oscuridad y entropía.
Estaba atrapado.
Pero Mateo Vargas no era un Campione por casualidad.
“Si creen que me rendiré porque están dos contra uno”, dijo, su voz ronca pero desafiante, “es que no me conocen.
He matado a cinco dioses.
Hoy ya maté a dos más.
Y ustedes serán los siguientes.” Czernobog se rió, un sonido seco como huesos quebrados.
“Tu arrogancia será tu perdición.” Y atacó.
La oscuridad se abalanzó sobre Mateo no como una sustancia, sino como una voluntad.
Buscaba envolverlo, disolverlo, borrarlo de la existencia.
Pero Mateo, usando la autoridad que había robado del mismo Czernobog, creó un campo de anti-oscurodad a su alrededor, un vacío dentro del vacío que repelía la embestida.
Fue como si dos sombras chocaran, anulándose mutuamente en una zona de gris absoluto.
Czernobog gruñó, sorprendido.
“¡Mi poder no debería protegerte tanto!” “Tu poder”, replicó Mateo, “ahora es mío.
Y lo conozco mejor que tú.” Contraatacó.
No con entropía, sino con La Ferocidad del Dragón combinada con El Latido de la Tierra y la Lluvia.
Sus puños, envueltos en escamas etéreas y reforzados con la densidad de la tierra, impactaron contra la masa oscura de Czernobog.
Cada golpe no dispersaba la oscuridad, sino que la compactaba, forzándola a solidificarse en formas que el dios no controlaba.
Czernobog respondió con látigos de sombra sólida, cada uno capaz de partir un edificio.
Mateo los esquivó, rodó, saltó, usando La Voz del Cielo y la Tormenta para crear corrientes de aire que desviaban los ataques más certeros.
Era un baile mortal, un combate de sombras y viento en el centro de una ciudad en ruinas.
Pero mientras luchaba contra Czernobog, Mateo no podía ignorar a Quetzalcóatl.
El dios no atacaba directamente, pero su presencia era un peso constante.
Y peor aún, Mateo podía sentir cómo su poder se filtraba en Czernobog, haciéndolo más rápido, más resistente, más fuerte.
Los golpes que antes causaban daño ahora apenas hacían mella.
La oscuridad se regeneraba más rápido de lo que él podía dispersarla.
Maldición, pensó mientras esquivaba un ataque que le quemó el hombro.
Tengo que hacer algo con Quetzalcóatl, o esto es una batalla perdida.
Pero cada vez que intentaba acercarse al dios serpiente, este se alejaba con esa velocidad insultante, o Czernobog redoblaba su ataque, forzándolo a defenderse.
Era un ciclo diseñado para agotarlo, para desgastarlo hasta que no pudiera más.
Y estaba funcionando.
Mateo sintió cómo sus reservas de energía disminuían peligrosamente.
Cada autoridad que usaba consumía una parte de él.
Llevaba horas peleando, primero contra Kali, luego contra Huitzilopochtli, ahora contra Czernobog mientras Quetzalcóatl lo acechaba.
Su cuerpo estaba al límite.
Su mente, aunque aún aguda, comenzaba a nublarse por la fatiga.
Un látigo de sombra lo alcanzó en la espalda, abriéndole un tajo profundo.
Mateo gritó, pero se obligó a girar y contraatacar, golpeando el núcleo de la oscuridad con un puñetazo cargado de entropía pura.
Czernobog retrocedió, su forma parpadeando, pero no cayó.
“No puedes vencerme, Campione”, susurró la oscuridad con mil voces.
“Soy el fin de todas las cosas.
Soy la noche que todo lo engulle.
Tu resistencia es inútil.” Mateo jadeaba, de rodillas, la sangre formando un charco bajo él.
Levantó la vista hacia Quetzalcóatl, que observaba con una sonrisa de satisfacción.
“Podrías haberte unido a la pelea en cualquier momento”, dijo Mateo, su voz apenas un susurro.
“Pero no lo has hecho.
¿Por qué?
¿Por qué solo observas y potencias?” Quetzalcóatl inclinó la cabeza, como un maestro complacido con la pregunta de un alumno.
“Porque no necesito ensuciarme las manos, pequeño usurpador.
Mi papel es asegurar la victoria.
Czernobog te matará, y yo estaré aquí para presenciarlo, para saborear tu derrota.
Es más…
poético, ¿no crees?
El dios que te hizo Campione, observando cómo mueres a manos de otro.” Mateo sonrió débilmente.
“Poético.
Sí, supongo que es una palabra.” En ese momento, algo cambió en su interior.
No era una nueva autoridad, ni un aumento de poder.
Era una comprensión.
Una certeza.
Quetzalcóatl no se une a la pelea porque tiene miedo, pensó.
No de mí directamente, sino de lo que podría pasar si se expone.
Está usando a Czernobog como escudo, como herramienta.
Pero si Czernobog cae…
estará solo.
Y por mucho que lo niegue, me teme.
Me teme porque fui yo quien lo derrotó primero.
Quiere verme morir, pero no quiere arriesgarse a ser él quien me mate.
Era una debilidad.
Una pequeña, pero una debilidad al fin.
Mateo se puso de pie con una lentitud que parecía la de un anciano.
Su cuerpo gritaba, pero su mente estaba más clara que nunca.
Miró a Czernobog, luego a Quetzalcóatl.
Y tomó una decisión.
No podía matar a Quetzalcóatl primero.
Eso era lo que ellos esperaban, y había demostrado que era imposible en su estado actual.
Pero si podía matar a Czernobog…
si podía eliminar al escudo, al brazo ejecutor…
entonces Quetzalcóatl se vería forzado a enfrentarlo directamente.
Y en un duelo uno a uno, por muy cansado que estuviera, Mateo confiaba en su capacidad para encontrar una victoria.
Pero tenía que ser rápido.
Tenía que ser decisivo.
Y tenía que ser ahora, antes de que su cuerpo cediera definitivamente.
Czernobog, interpretando su vacilación como debilidad, avanzó para el golpe final.
Su oscuridad se concentró en una lanza de sombra sólida, apuntando directamente al corazón de Mateo.
Mateo esperó.
Sintió la lanza acercarse.
Sintió el frío de la muerte rozándole la piel.
Y en el último microsegundo, cuando Czernobog estaba completamente comprometido con el ataque, concentrado en asestar el golpe letal, Mateo actuó.
No esquivó.
En su lugar, usó La Profundidad del Océano y la Ferocidad del Dragón para alterar su densidad corporal.
Se volvió intangible por una fracción de segundo, lo justo para que la lanza de sombra lo atravesara sin dañarlo.
Al mismo tiempo, usó La Voz del Cielo y la Tormenta para crear un vórtice de aire a su alrededor, succionando a Czernobog hacia él.
El dios de la oscuridad, sorprendido por la maniobra imposible, se encontró de repente a centímetros de Mateo, su forma sólida expuesta, su concentración rota.
Mateo no desperdició el momento.
Concentró La Danza de la Destrucción y la Renovación en su mano derecha, buscando no el cuerpo de Czernobog, sino el concepto de su oscuridad, el ciclo de noche perpetua que definía su existencia.
Y con toda la fuerza que le quedaba, con toda la voluntad de un hombre que se negaba a morir, hundió su mano en el núcleo de la sombra.
El efecto fue instantáneo y brutal.
La oscuridad de Czernobog comenzó a deshacerse no desde fuera, sino desde dentro.
El ciclo de “noche eterna” fue forzado a completarse, a llegar a su fin, a dar paso a un amanecer que el dios nunca había conocido.
Czernobog gritó, un sonido horrible que era el lamento de mil almas atrapadas en su oscuridad.
Su forma se contrajo, se expandió, se contrajo de nuevo, luchando contra la disolución.
“No…
no puede ser…
¡YO SOY EL FIN!”, rugió.
“Todo fin tiene un fin”, respondió Mateo, y apretó el puño dentro de la esencia del dios.
Czernobog explotó en una nebulosa de sombras dispersas que el viento de Mateo se encargó de disipar.
La oscuridad que había cubierto la plaza retrocedió, y por primera vez en horas, la luz gris del cielo ruso iluminó los escombros.
Mateo cayó de rodillas, jadeando, apenas consciente.
Había matado a Czernobog.
El dios que destruyó Rusia, que mató a millones, que era la razón de que él estuviera allí, había caído para siempre.
Pero no había tiempo para celebrar.
Quetzalcóatl descendió lentamente, su expresión ya no era de satisfacción, sino de una furia fría y concentrada.
El plan se había desmoronado.
Kali, Huitzilopochtli, Czernobog…
todos habían caído.
Solo él quedaba.
Solo él y el usurpador.
“Impresionante”, dijo Quetzalcóatl, y esta vez no había burla en su voz, solo un respeto a regañadientes.
“Realmente impresionante.
Has matado a tres dioses hoy.
A cinco en total.
Eres, sin duda, el Campione más peligroso que ha existido.” Mateo se obligó a ponerse de pie, tambaleándose.
La sangre manaba de múltiples heridas.
Un brazo colgaba inerte, seguramente dislocado.
Su respiración era un silbido agónico.
Pero sus ojos, sus ojos aún ardían con la determinación de un león.
“Todavía quedas tú”, dijo, su voz apenas un susurro ronco.
“Y no pienso parar hasta que también hayas caído.” Quetzalcóatl asintió lentamente.
“Lo sé.
Y por eso, pequeño usurpador, te ofrezco esto: una muerte rápida.
Has luchado con honor, has demostrado un valor que pocos mortales poseen.
Te concederé el privilegio de morir con dignidad, no desangrado como un animal.” Mateo sonrió débilmente, una mueca de sangre y determinación.
“Qué…
generoso.
Pero no acepto.
Prefiero morir peleando.” “Entonces así será.” Quetzalcóatl se transformó.
Ya no era la figura serena y distante.
Su forma creció, sus plumas se erizaron, sus ojos se volvieron dos soles de furia reptiliana.
El dios del viento, la sabiduría y la serpiente emplumada se preparaba para la batalla final.
No habría más buffs, no habría más tácticas indirectas.
Sería él contra Mateo, un duelo que decidiría el destino del Ragnarok.
Mateo, tambaleándose pero firme, extendió sus brazos (el uno bueno y el otro colgante) y llamó a todas sus autoridades.
El viento comenzó a girar a su alrededor.
La tierra tembló bajo sus pies.
El agua del aire se condensó en gotas que flotaban a su alrededor.
La oscuridad residual de Czernobog se arremolinó como una capa.
Y el ciclo de destrucción y renovación palpitó en su pecho como un segundo corazón.
Los dos enemigos se miraron a través de la plaza devastada.
El cielo, testigo de todo, se cubrió de nubes tormentosas, como si la propia naturaleza contuviera la respiración.
En las colinas, las cuatro mujeres observaban, con los corazones en un puño.
Sabían que lo que estaban a punto de presenciar sería la batalla definitiva.
La última oportunidad de Mateo.
La última oportunidad del mundo.
El viento comenzó a soplar.
Quetzalcóatl se elevó en el aire, sus alas desplegadas.
Mateo se agachó, preparado para saltar.
Y en el momento en que el primer rayo cruzó el cielo, ambos se lanzaron el uno contra el otro.
El combate final había comenzado.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.
Mi patreon: SeathScale
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com