Campione AU! - Capítulo 36
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36: Ragnarok parte 8 36: Ragnarok parte 8 En el reino de lo divino, más allá del velo de la realidad mortal, dos tronos se alzaban sobre un abismo de nubes y relámpagos.
Zeus, el padre del Olimpo, apretaba el puño con tal fuerza que los nudillos habían perdido todo color.
Su rayo, normalmente una extensión de su voluntad, yacía inerte a su lado, olvidado.
Sus ojos, que habían visto el ascenso y caída de imperios, miraban fijamente una grieta en el tejido de la realidad, un portal que mostraba, como si fuera una pantalla celestial, el desarrollo de la batalla en la Tierra.
A su lado, Odín, el padre de todos en Asgard, había perdido toda su compostura habitual.
Su único ojo reflejaba una tormenta de emociones que ningún dios nórdico debería permitirse: frustración, incredulidad y un miedo creciente que no había sentido desde que supo del Ragnarok profetizado.
Su lanza Gungnir temblaba ligeramente en su mano, algo que ningún guerrero de Asgard había presenciado jamás.
“Están cayendo”, murmuró Zeus, su voz un trueno contenido.
“Uno tras otro.
Huitzilopochtli.
Kali.
Czernobog.
Todos han caído.” Odín asintió, su mandíbula tensa.
“Y ese maldito mexicano sigue en pie.
Herido, sangrando, pero en pie.
¿Cómo es posible?
Les dimos parte de nuestra propia divinidad.
Les otorgamos poder suficiente para arrasar continentes enteros.
Y él…
él los está matando como si fueran simples mortales.” A su alrededor, las sombras de otros dioses observaban en silencio.
Los que habían descendido y sido derrotados habían regresado al reino divino, pero sus formas eran pálidas, débiles, meros ecos de lo que fueron.
Huitzilopochtli yacía en una esquina, su armadura de turquesa opaca, su lanza rota.
Kali, ahora en su forma más básica y menos feral, gemía en un rincón, consumida por la humillación.
Czernobog era apenas una mancha de oscuridad que se disipaba lentamente, incapaz siquiera de mantener su forma.
Y en el portal, la batalla continuaba.
Mateo Vargas, el Campione mexicano, el Arquitecto, el Último Bastión, acababa de derrotar a Czernobog.
Lo habían visto.
Lo habían sentido.
La oscuridad que había sido su aliada se desvaneció, y el dios eslavo regresó al reino divino como un suspiro de nada.
“Tres”, dijo Odín, su voz teñida de algo que podría llamarse respeto a regañadientes.
“Ha matado a tres de nuestros mejores en un solo enfrentamiento.
Y ahora solo queda Quetzalcóatl.” Zeus se levantó de su trono, su forma colosal proyectando una sombra que cubrió a los dioses derrotados.
“Quetzalcóatl es diferente.
Es el líder.
Le dimos más divinidad que a los otros.
Tiene el poder suficiente para enfrentarlo.
Tiene que tenerlo.” “Lo tiene”, confirmó Odín, aunque su voz no sonaba convencida.
“Pero míralo.
Míralo dudar.
No ataca con todo.
Sigue evaluando, sigue analizando.
El miedo lo paraliza.” Era cierto.
En la imagen celestial, Quetzalcóatl flotaba frente a Mateo, pero no se lanzaba al ataque inmediato.
Sus ojos reptilianos escudriñaban al Campione, buscando algo: una debilidad, una apertura, una señal de que el mortal estaba más cerca de la muerte de lo que aparentaba.
Pero Mateo, aunque tambaleante y cubierto de sangre, mantenía una postura desafiante.
Sus ojos, los del estratega, los del superviviente, miraban fijamente a su primer enemigo, al dios que lo había hecho Campione, con una intensidad que helaba incluso la sangre divina.
“Quetzalcóatl lo derrotará”, dijo una voz detrás de ellos.
Era Huitzilopochtli, que se había arrastrado hasta una posición desde la que podía ver el portal.
“Tiene que hacerlo.
Por nuestro honor.
Por nuestra supervivencia.
Si cae él…
si cae el último…” No terminó la frase.
No necesitaba hacerlo.
Todos sabían lo que significaba la derrota de Quetzalcóatl.
Significaba que el Ragnarok, su Ragnarok, el plan meticulosamente orquestado para someter a la humanidad, habría fracasado.
Significaba que los dos Campione supervivientes, Mateo y Alex, se convertirían en los gobernantes indiscutibles del mundo mágico.
Significaba que la humanidad, lejos de ser sometida, se alzaría con más fuerza que nunca, sabiendo que habían derrotado a los dioses en su propio juego.
“No podemos permitirlo”, susurró Zeus, y por primera vez, su voz no era la del rey del Olimpo, sino la de un anciano desesperado.
“No podemos.” Pero no había nada que pudieran hacer.
Las reglas eran claras.
Una vez que un dios descendía como hereje, su destino quedaba sellado hasta que la batalla terminara.
No podían intervenir directamente.
Solo observar.
Solo esperar.
Solo rezar a algo más grande que ellos mismos, si es que tal cosa existía.
Y en ese momento, en la Tierra, la batalla final comenzaba.
En la plaza devastada de Moscú, el viento comenzó a hablar.
No era una metáfora.
El viento hablaba.
Susurraba palabras en náhuatl antiguo, en lenguas muertas que solo los dioses recordaban.
Y lo que decía era una advertencia, una promesa, una maldición.
Quetzalcóatl había descendido por completo.
Ya no flotaba en las alturas, observando, potenciando.
Ahora estaba en el suelo, frente a Mateo, y su forma había cambiado.
Ya no era la figura serena y distante de antes.
Era algo más primitivo, más poderoso, más real.
“Mateo Vargas”, dijo Quetzalcóatl, y su voz era el rugido de mil huracanes contenido en un susurro.
“Has matado a mis aliados.
Has demostrado un poder y una voluntad que pocos mortales han poseído.
Te honraré enfrentándote en mi forma verdadera.” Sus palabras no eran una amenaza vacía.
Mientras hablaba, su cuerpo comenzó a transformarse.
Las escamas que cubrían su piel se erizaron y de cada una de ellas brotaron plumas, no las plumas suaves y decorativas de las representaciones artísticas, sino plumas de combate, afiladas como cuchillas, iridiscentes con un poder que cegaba.
Su forma se alargó, se estilizó, se volvió más serpiente que hombre, pero sin perder su postura erguida.
Sus brazos se cubrieron de un plumage denso que podía servir tanto de alas como de armas.
Y sus ojos…
sus ojos eran dos soles en miniatura, ardientes, implacables, omniscientes.
La Serpiente Emplumada.
No el dios domesticado por los siglos, no la deidad de manual de historia, sino la esencia primordial del viento, la sabiduría y el poder.
La criatura que había existido antes que los humanos, antes que las pirámides, antes que el concepto mismo de México.
Mateo tragó saliva.
El gesto le costó un dolor agudo en la garganta, probablemente dañada por los golpes recibidos.
Pero no podía permitirse el lujo de pensar en el dolor.
No ahora.
Esto es diferente, pensó.
La primera vez que lo enfrenté, me subestimó.
Me vio como un insecto molesto, no como una amenaza.
Ahora…
ahora me ve como lo que soy.
Un igual.
Un enemigo digno.
No era un pensamiento reconfortante.
Quetzalcóatl levantó un brazo, y el viento le obedeció.
No era un viento común.
Era una fuerza viva, inteligente, que se arremolinó a su alrededor formando un torbellino perfecto.
Luego, con un gesto casi casual, el dios extendió la mano hacia un lado.
Los coches.
Los pesados vehículos abandonados que llenaban las calles de la ciudad evacuada, algunos de ellos camiones de carga de varias toneladas, comenzaron a elevarse.
No flotaban suavemente; eran levantados por el viento como si fueran hojas secas.
Decenas de ellos.
Cientos.
Formando un anillo giratorio alrededor de la plaza, un coliseo de metal retorcido y peligro mortal.
Mateo observó, su mente trabajando a toda velocidad.
Está mostrando su poder.
Quiere que vea lo que puede hacer.
Quiere que tenga miedo antes de que empiece el verdadero combate.
No iba a tener miedo.
No podía permitírselo.
Concentró su propia versión de La Voz del Cielo y la Tormenta, la autoridad que había robado de Quetzalcóatl en su primer combate.
A su alrededor, también se formó un vórtice de aire, pero era más pequeño, más contenido, más defensivo.
No podía igualar la escala del dios, pero podía protegerse.
Quetzalcóatl sonrió, una expresión extraña en su rostro ahora más serpiente que humano.
“Usas mi propio poder contra mí.
Es poético.
Pero ¿crees que lo dominas como yo?
¿Crees que puedes enfrentarte al maestro con sus propias herramientas?” Y entonces, atacó.
No hubo advertencia.
Un gesto de su mano, y los coches que flotaban se convirtieron en proyectiles.
Una lluvia de metal retorcido cayó sobre Mateo con la fuerza de meteoritos.
Mateo se movió, usando su vórtice para desviar los más grandes, esquivando los más pequeños, golpeando los que no podía evitar.
Cada impacto era como recibir un puñetazo de un titán.
Un coche le golpeó el hombro, y sintió cómo el hueso, ya dañado, se quebraba un poco más.
Otro le rozó la pierna, abriendo un tajo que hizo brotar sangre fresca.
Pero no cayó.
No podía caer.
Mientras esquivaba la lluvia de metal, Quetzalcóatl se movió.
Su velocidad era absurda, imposible.
Un destello de plumas y viento, y de repente estaba frente a Mateo, su puño (cubierto de plumas afiladas como cuchillas) impactando directamente en el pecho del Campione.
Mateo sintió cómo el aire era expulsado de sus pulmones, cómo las costillas que ya estaban rotas se quebraban aún más, cómo su cuerpo salía despedido hacia atrás como un proyectil.
Atravesó la primera pared de un edificio, luego la segunda, luego la tercera, derrumbando muros, columnas, pisos enteros.
El mundo se convirtió en un borrón de polvo y escombros mientras su cuerpo creaba un túnel de destrucción a través de la manzana.
Finalmente, se detuvo.
Estaba enterrado bajo toneladas de hormigón y acero retorcido, en la oscuridad total, sin poder respirar.
Su cuerpo…
su cuerpo era un mapa de dolor.
No había parte de él que no gritara.
Levántate, se ordenó a sí mismo.
Levántate, maldita sea.
Usó El Latido de la Tierra y la Lluvia para sentir el suelo, para encontrar una salida.
La tierra le habló, le mostró un camino, una grieta por la que podía ascender.
Con un esfuerzo sobrehumano, comenzó a moverse, a arrastrarse entre los escombros, ignorando el dolor, ignorando la sangre, ignorando todo excepto la necesidad de volver a la superficie, de continuar la lucha.
Emergió del montón de ruinas como un fantasma, cubierto de polvo gris, su propia sangre formando surcos en el polvo de su rostro.
Quetzalcóatl lo esperaba, flotando a unos metros, observando con una mezcla de sorpresa y aprobación.
“Todavía te levantas”, dijo el dios.
“Impresionante.
La mayoría de los mortales habrían muerto en el primer impacto.
Pero tú…
tú eres diferente.
¿Qué te impulsa, Mateo Vargas?
¿El orgullo?
¿El deber?
¿El amor de tus mujercitas?” Mateo escupió sangre al suelo.
“Tú…
nunca lo entenderías.” “No importa.
Levántate una y otra vez.
Eventualmente, caerás para siempre.” Y volvieron a chocar.
En el reino divino, la tensión era insoportable.
Zeus y Odín observaban con los ojos fijos en el portal, sin parpadear.
Cada golpe que Mateo recibía era un motivo de esperanza.
Cada vez que se levantaba, una punzada de frustración.
“Debería estar muerto”, murmuró Odín.
“Con la divinidad que le dimos, Quetzalcóatl debería haberlo pulverizado en el primer intercambio.” “Lo sabe”, respondió Zeus, señalando la imagen.
“Mira.
Quetzalcóatl no se lo está poniendo fácil, pero tampoco está usando todo su poder de golpe.
Quiere alargarlo.
Quiere hacerlo sufrir.” “Estupidez divina”, escupió Huitzilopochtli desde su rincón.
“El orgullo nos ha costado caro.
Si hubiera acabado con él rápido, esto ya habría terminado.” Pero no podían hacer nada.
Solo observar.
En el portal, la batalla continuaba.
Mateo volaba ahora, usando la autoridad del viento robada a Quetzalcóatl para perseguir al dios por el cielo de Moscú.
Era una persecución mortal, un duelo aéreo donde cada maniobra podía ser la última.
Quetzalcóatl era más rápido, más hábil, más experimentado.
Sus ataques de viento cortaban el aire como guillotinas invisibles, y Mateo apenas podía esquivarlos.
Pero el Campione no se rendía.
Usaba La Profundidad del Océano y la Ferocidad del Dragón para volverse escurridizo, para cambiar su densidad en el aire, para absorber impactos que deberían haberlo destrozado.
Golpeó.
Logró conectar un puñetazo cargado de La Sombra de la Destrucción y el Vacío en el costado de Quetzalcóatl.
El dios gruñó, su forma parpadeando por un instante.
Pero se recuperó rápidamente y respondió con una ráfaga de viento concentrado que atravesó el hombro de Mateo, dejando un agujero humeante.
Mateo gritó, pero no se detuvo.
Usó La Danza de la Destrucción y la Renovación para cerrar la herida, para forzar a su cuerpo a regenerarse aunque fuera temporalmente, aunque le costara años de vida.
No le importaba.
Solo importaba ganar.
La batalla se extendió por kilómetros.
Dejaron un rastro de destrucción a su paso: edificios partidos en dos, calles levantadas, monumentos convertidos en escombros.
La nueva Moscú, la que Mateo había ayudado a reconstruir con tanto esfuerzo, se estaba desmoronando bajo sus pies.
Pero no podía pensar en eso.
No podía permitirse la distracción.
En un momento de la batalla, cuando Quetzalcóatl se detuvo para tomar aliento (los dioses también se cansaban, aunque lentamente), Mateo tuvo una revelación.
El dios estaba usando su divinidad prestada, la de Zeus y Odín, pero no de manera eficiente.
Estaba derrochando poder en ataques grandiosos, en exhibiciones de fuerza, en lugar de concentrarse en matar.
Quiere impresionar, pensó Mateo, mientras flotaba a unos metros, jadeando.
Quiere demostrar que es superior.
Que no necesita ayuda para vencerme.
Su orgullo es su debilidad.
Era una oportunidad.
Una pequeña, pero una oportunidad al fin.
“¿Eso es todo?”, gritó Mateo, su voz ronca pero desafiante.
“¡Zeus y Odín te dieron su poder, y aún así no puedes acabar con un mortal herido!
¡Eres patético, Quetzalcóatl!
¡Un dios de segunda categoría que necesita que le presten poder para enfrentarse a un humano!” El insulto surtió efecto.
Los ojos de Quetzalcóatl ardieron con una furia que no había mostrado antes.
“¡Cállate, insecto!
¡No sabes nada de lo que hablas!” “¡Sé que tienes miedo!
¡Sé que por dentro tiemblas porque sabes que puedo matarte, como te maté una vez, como maté a todos los demás!
¡Eres débil, Quetzalcóatl!
¡Siempre lo has sido!” Quetzalcóatl rugió y se lanzó contra él, pero esta vez no hubo estrategia en su ataque, solo furia ciega.
Sus golpes eran más poderosos, sí, pero también más predecibles.
Mateo los esquivó, los desvió, los absorbió.
Y mientras lo hacía, sintió algo: la divinidad prestada del dios comenzaba a fluctuar.
El uso excesivo, combinado con la furia, estaba haciendo que el poder de Zeus y Odín se desestabilizara.
Sí, pensó Mateo, esquivando por centímetros un golpe que habría partido un edificio.
Sigue así.
Gasta tu poder.
Gasta todo lo que te dieron.
Y cuando te quedes solo con lo tuyo…
entonces te mataré.
La estrategia era arriesgada.
Cada golpe que recibía lo acercaba más a la muerte.
Pero era la única opción que tenía.
En las colinas, las cuatro mujeres observaban con el corazón en un puño.
“No puede seguir así”, susurró Shakti, sus ojos llenos de lágrimas.
“Mírenlo.
Está destrozado.
Cada golpe que recibe podría ser el último.” Ekaterina no respondió.
Sus manos estaban entrelazadas en lo que parecía una oración, aunque hacía décadas que no rezaba a ningún dios.
Ahora, si acaso, rezaba a Mateo.
Rezaba a su voluntad, a su fuerza, a su maldita obstinación.
Ingrid observaba las lecturas de energía en sus dispositivos.
“La divinidad de Quetzalcóatl está fluctuando.
Está usando demasiado poder demasiado rápido.
Si Mateo puede resistir un poco más…” “¿Un poco más?”, replicó Svetlana, su voz temblorosa.
“¿No ves cómo sangra?
¿No ves cómo se arrastra?
No puede resistir mucho más.” Todas lo veían.
Todas lo sabían.
Pero también veían algo más: la mirada de Mateo.
Esa mirada que decía “no me rendiré”.
Esa mirada que había conquistado sus corazones, que las había hecho creer en él, que las había hecho seguirle hasta el fin del mundo.
Y ese fin del mundo, pensaron, podría estar muy cerca.
En el cielo de Moscú, la batalla alcanzaba su clímax.
Quetzalcóatl jadeaba.
Por primera vez en milenios, un dios jadeaba.
La divinidad prestada, esa energía colosal que Zeus y Odín le habían otorgado, se estaba agotando rápidamente.
Lo sentía en sus plumas, en sus escamas, en el núcleo mismo de su ser.
Pronto, muy pronto, volvería a ser solo él, con su propio poder, su propia esencia.
Y entonces, tendría que enfrentar a Mateo en igualdad de condiciones.
El pensamiento lo aterraba más de lo que quería admitir.
Mateo, por su parte, estaba al borde del colapso.
Su cuerpo era un mapa de heridas abiertas, huesos rotos y músculos desgarrados.
La sangre manaba de tantos lugares que era imposible distinguir una herida de otra.
Su visión se nublaba y se aclaraba en ciclos erráticos.
Pero aún estaba de pie.
Aún peleaba.
“Se te acaba el poder prestado”, dijo Mateo, su voz apenas un susurro, pero que resonó en el silencio entre dos ráfagas de viento.
“Lo siento.
Lo huelo.
Huele a miedo, Quetzalcóatl.” Quetzalcóatl rugió y lanzó un último ataque masivo.
Una onda de viento comprimido, amplificada por el resto de su divinidad prestada, se extendió como un tsunami invisible.
Mateo no intentó esquivarlo.
En su lugar, usó todas sus autoridades a la vez: La Voz del Cielo y la Tormenta para crear un escudo de viento, El Latido de la Tierra y la Lluvia para anclarse al suelo, La Profundidad del Océano y la Ferocidad del Dragón para volverse más denso, más pesado, más difícil de mover, La Sombra de la Destrucción y el Vacío para absorber parte de la energía, y La Danza de la Destrucción y la Renovación para forzar a su cuerpo a soportar lo insoportable.
El impacto fue apocalíptico.
La onda arrasó todo a su paso, derribando los pocos edificios que aún se mantenían en pie, levantando una nube de polvo que cubrió kilómetros.
Pero cuando el polvo se disipó, Mateo seguía allí.
De rodillas, sangrando, temblando, pero allí.
Quetzalcóatl lo miró, y por primera vez, algo que podría llamarse miedo cruzó sus ojos de serpiente.
La divinidad prestada se había agotado.
Ya no sentía el poder de Zeus y Odín fluyendo por sus venas.
Solo estaba él.
Solo su esencia.
Solo su poder original.
El mismo poder que Mateo ya había derrotado una vez.
“No”, susurró Quetzalcóatl, negando con la cabeza.
“No puede ser.
Yo soy un dios.
Tú eres un mortal.
No puedes vencerme.” Mateo se puso de pie.
Cada movimiento era una agonía, pero se puso de pie.
“Ya lo hice una vez”, dijo, su voz ronca pero firme.
“Y lo haré de nuevo.” Y atacó.
La batalla que siguió fue diferente.
Sin la divinidad prestada, Quetzalcóatl era más vulnerable.
Sus ataques, aunque aún poderosos, ya no eran imparables.
Mateo, por su parte, estaba tan herido que cualquier movimiento le costaba un esfuerzo sobrehumano.
Pero su voluntad…
su voluntad era inquebrantable.
Intercambiaron golpes.
Mateo usaba La Ferocidad del Dragón para aumentar su fuerza física, golpeando una y otra vez el cuerpo del dios.
Quetzalcóatl respondía con ráfagas de viento, con garras de plumas afiladas, con ataques de pura energía divina.
La plaza, o lo que quedaba de ella, se convirtió en un infierno de poder y destrucción.
Mateo recibió un corte profundo en el pecho que le mostró las costillas.
Respondió con un puñetazo cargado de entropía que abrió un agujero humeante en el hombro de Quetzalcóatl.
El dios lanzó una ráfaga que arrancó un trozo de carne de su muslo.
Mateo contraatacó con una lanza de hielo formada por La Profundidad del Océano que atravesó el ala del dios.
Era una carnicería.
Una danza de muerte donde ambos estaban demasiado heridos, demasiado cansados, demasiado desesperados para detenerse.
Pero Mateo tenía algo que Quetzalcóatl no tenía: una razón para vivir.
Un mundo que proteger.
Unas mujeres que lo amaban.
Un futuro que construir.
Y eso marcó la diferencia.
En un momento de la batalla, cuando ambos estaban tambaleándose, Mateo vio una apertura.
Quetzalcóatl, en su agotamiento, había bajado la guardia por una fracción de segundo.
Su pecho, el centro de su ser, estaba expuesto.
Mateo no lo dudó.
Concentró todo lo que le quedaba: el resto de La Sombra de la Destrucción y el Vacío, el último destello de La Danza de la Destrucción y la Renovación, la fuerza residual de La Ferocidad del Dragón.
Y se lanzó.
Su mano, convertida en una garra de pura voluntad y poder robado, atravesó el pecho de Quetzalcóatl.
No fue un golpe físico; fue un ataque al núcleo mismo de su ser, al concepto de “serpiente emplumada”, a la esencia divina que lo definía.
Quetzalcóatl abrió la boca para gritar, pero ningún sonido salió.
Su forma comenzó a deshacerse, no en una explosión, sino en una lluvia de plumas iridiscentes que el viento, su propio viento, dispersó lentamente.
Sus ojos, esos soles de furia y orgullo, miraron a Mateo por última vez.
Y en ellos, antes de apagarse, hubo algo que podría haber sido respeto.
“Bien…
peleado…
usurpador”, susurró, y luego se desvaneció.
Mateo cayó de rodillas, luego de lado, luego quedó inmóvil en el suelo cubierto de plumas y sangre.
Su pecho apenas se movía.
Sus ojos estaban cerrados.
Pero en su rostro, a pesar de todo, había una sonrisa.
Pequeña, casi imperceptible, pero una sonrisa al fin.
Había ganado.
En el reino divino, el silencio era absoluto.
Zeus y Odín miraban fijamente el portal, donde la imagen de Mateo caído era todo lo que quedaba.
Los dioses derrotados, Huitzilopochtli, Kali, Czernobog, y ahora Quetzalcóatl, cuya esencia acababa de regresar como un suspiro de plumas muertas, observaban en shock.
“Perdimos”, dijo Odín, y su voz era la de un anciano que acaba de ver el fin de todo lo que conocía.
“Perdimos.” Zeus apretó el puño, pero no dijo nada.
¿Qué podía decir?
Habían enviado lo mejor de lo mejor.
Habían otorgado su propia divinidad.
Habían planeado, estrategizado, coordinado.
Y aun así, un mortal, un simple mortal con poder prestado, los había derrotado.
No uno, sino dos.
Alex Carter en Estados Unidos.
Mateo Vargas en Rusia.
Dos Campione que habían desafiado el Ragnarok y habían salido victoriosos.
El sueño de someter a la humanidad había muerto.
Al menos por ahora.
“¿Qué hacemos?”, preguntó Huitzilopochtli, su voz apenas un susurro.
Zeus lo miró.
Por un momento, pareció que iba a decir algo, a ordenar algo, a planear algo.
Luego, simplemente negó con la cabeza.
“Nada.
Por ahora, nada.
Se han ganado el derecho a existir.
Al menos hasta la próxima.” Y dicho eso, el rey del Olimpo se desvaneció, dejando atrás solo el eco de un trueno lejano.
En la Tierra, en la plaza devastada de Moscú, el cuerpo de Mateo yacía inmóvil.
Las mujeres llegaron corriendo, ignorando el peligro, ignorando los escombros, ignorando todo excepto la necesidad de llegar a él.
Ekaterina fue la primera, cayendo de rodillas a su lado, sus manos temblorosas buscando un pulso, un signo de vida.
“Mateo”, susurró, las lágrimas cayendo sobre su rostro ensangrentado.
“Mateo, por favor…” Shakti, Ingrid y Svetlana las alcanzaron, formando un círculo protector alrededor de su caído.
Todas lloraban.
Todas rezaban.
Todas esperaban.
Y entonces, en el espacio entre espacios, en el lugar donde solo los elegidos de Pandora pueden llegar, una voz familiar resonó.
«¡OH, OH, OH!
¡MI QUERIDO, QUERIDO HIJO!
¡LO HAS HECHO DE NUEVO!
¡CONTRA TODOS!
¡CONTRA LOS MÁS PODEROSOS!
¡ERES SIMPLEMENTE…
MARAVILLOSO!» La niebla rosada y dorada apareció, enroscándose alrededor del cuerpo destrozado de Mateo.
Las mujeres observaron, conteniendo la respiración, mientras las heridas comenzaban a cerrarse, los huesos a recomponerse, la sangre a reabsorberse.
Era lento, mucho más lento que otras veces, porque el daño era enorme, pero ocurría.
Pandora, en su forma de niña eterna, apareció brevemente ante ellas, sonriendo con orgullo.
«Cuídenlo bien, chicas.
Se lo ha ganado.
Y cuando despierte…
tendrá nuevas historias que contar.
Nuevos poderes que explorar.
Pero por ahora, déjenlo descansar.
Se lo merece.» Y se desvaneció, dejando atrás solo el aroma a flores y el eco de su risa.
Las mujeres se miraron, y por primera vez en horas, sonrieron.
Lágrimas de alegría mezcladas con las de angustia.
Shakti soltó un sollozo de alivio.
Ekaterina apoyó la cabeza en el pecho de Mateo, escuchando el latido fuerte y constante de su corazón.
Ingrid y Svetlana se abrazaron, temblando.
Había ganado.
El último bastión había resistido.
La humanidad estaba a salvo.
Dioses: 2, Campiones: 2.
Pero en el corazón de todos, en el mundo mágico y en el mortal, había una certeza: Mateo Vargas, el Campione de México y Rusia, el Arquitecto, el Estratega, el Protector, había demostrado por qué era el más grande de todos.
Y su leyenda, lejos de terminar, apenas comenzaba.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.
Mi patreon: SeathScale
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com