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Campione AU! - Capítulo 37

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Capítulo 37: Hospital

Tres semanas después del Ragnarok. El mundo había cambiado para siempre.

La sede de la ONU en Nueva York, milagrosamente intacta tras la batalla de Alex Carter en Denver, había sido el escenario de las reuniones más trascendentales desde su fundación. Representantes de todas las naciones supervivientes, líderes de la comunidad mágica, embajadores de reinos ocultos que nunca antes habían mostrado su existencia públicamente, todos se habían congregado para responder a una sola pregunta: ¿qué hacer ahora?

Las imágenes de Australia borrada del mapa, de España convertida en una llanura de cristal negro humeante, habían dado la vuelta al mundo incontables veces. Ya no había secretos. Ya no había “incidentes sobrenaturales” que esconder. La humanidad había visto, con sus propios ojos, lo que los dioses eran capaces de hacer cuando se unían. Y también había visto a cuatro hombres, cuatro Campione, enfrentarse a ese poder.

Dos habían caído. Dos habían sobrevivido. Y esos dos, Mateo Vargas y Alex Carter, eran ahora los seres más importantes del planeta.

El discurso de la Secretaria General fue transmitido a cada rincón del mundo:

“Señoras y señores, ciudadanos del mundo. Hemos vivido el evento más catastrófico en la historia de la humanidad. Dos naciones enteras han sido borradas de la existencia. Millones de vidas se han perdido. Pero también hemos sido testigos de algo extraordinario: el valor, la determinación y el sacrificio de aquellos que, dotados de un poder inimaginable, eligieron usarlo para protegernos. Los Campione no son nuestras armas. No son nuestros sirvientes. Son nuestros protectores. Y a partir de hoy, serán tratados como tales.”

El acuerdo que siguió fue histórico. Por primera vez, los gobiernos del mundo reconocieron oficialmente la existencia de los Campione y les otorgaron:

Pasaportes VIP sin restricciones: Acceso a cualquier país, cualquier recurso, cualquier frontera, sin necesidad de explicaciones.

Inmunidad política total: Ningún Campione podría ser juzgado por ningún tribunal humano por acciones tomadas en defensa del mundo o de sí mismos.

Protocolo de Detección Inmediata: La comunidad mágica establecería una red global para detectar el nacimiento de nuevos Campione en el momento exacto, y la ONU sería notificada de inmediato para “orientar” (no controlar) al nuevo Campione, evitando así que gobiernos sin escrúpulos pudieran manipularlos como armas.

Fondo de Reconstrucción Global: Todas las naciones contribuirían a un fondo destinado a reparar los daños causados por los dioses herejes, con los Campione teniendo voz y voto en cómo se utilizaban esos recursos.

Fue un triunfo para la humanidad, pero también una advertencia. Los ejemplos de Australia y España eran demasiado recientes, demasiado dolorosos. Liam Hemsworth, el Campione australiano, había construido una dictadura basada en el aislamiento y el miedo, y cuando los dioses llegaron, no tenía aliados, no tenía apoyo, no tenía a nadie que luchara a su lado. Murió solo. Alejandro de la Vega, el Campione español, había vivido en una burbuja de hedonismo, ignorando sus responsabilidades, y cuando los dioses lo encontraron, su única defensa fue su autoridad de placer, insuficiente contra la furia divina. Murió solo.

Pero Alex Carter… Alex Carter había encontrado una razón para luchar. Y Mateo Vargas… Mateo Vargas había demostrado por qué era el más grande.

Las encuestas de opinión pública dieron un vuelco espectacular. Los que antes criticaban a los Campione por su poder sin control ahora los veían como héroes. Los debates sobre la poligamia de Mateo, aunque aún existían, eran susurros en comparación con el rugido de gratitud que lo aclamaba como “El Salvador del Mundo”. Incluso los sectores más conservadores de México, que habían mirado con recelo el harén de su Campione nacional, ahora se limitaban a decir: “Bueno, si él salvó al mundo, supongo que puede tener las novias que quiera”.

Pero no todos estaban contentos. Estados Unidos, el gigante que una vez había tratado a su Campione como un arma desechable, enfrentaba ahora las consecuencias de su arrogancia.

La ONU, en una sesión extraordinaria, había revisado los informes completos de la comunidad mágica. Sabían cómo el gobierno estadounidense había intentado manipular a Alex Carter, cómo lo había acorralado, cómo lo había forzado a esconderse. Sabían que, de no ser por la intervención de Mateo durante el descenso de Kali, Estados Unidos habría corrido la misma suerte que Australia y España.

Las sanciones fueron devastadoras:

Aislamiento político total: Ningún país mantendría relaciones diplomáticas con Estados Unidos durante un período mínimo de cinco años.

Limitación de recursos: Las importaciones de recursos estratégicos (petróleo, minerales raros, tecnología avanzada) serían racionadas y controladas por la ONU.

Penalizaciones económicas masivas: Todos los productos estadounidenses destinados a la exportación tendrían un arancel del 300%, cuyos fondos irían directamente al Fondo de Reconstrucción Global.

Reconstrucción forzada de India: Estados Unidos estaría obligado a enviar voluntarios (trabajadores, ingenieros, médicos) para ayudar en la reconstrucción de las zonas de India devastadas por Kali. Estos voluntarios serían pagados con fondos estadounidenses, pero el dinero iría directamente a los trabajadores y a la economía india, sin pasar por las arcas del gobierno estadounidense.

Fue una humillación nacional sin precedentes. Pero incluso los ciudadanos estadounidenses, los que antes habían coreado consignas xenófobas contra Mateo, ahora miraban a su gobierno con desconfianza. Habían estado a punto de perderlo todo por la arrogancia de sus líderes. Y su Campione, Alex Carter, el hombre al que habían tratado como una herramienta, había sido quien, en el momento crucial, había dado la cara.

En un hospital de lujo en el pequeño pueblo natal de Alex Carter, en Kansas, el hombre en cuestión comenzaba a despertar.

La luz era suave, filtrada por cortinas de seda que alguien había tenido el detalle de colocar. La habitación era espaciosa, más parecida a una suite de hotel de cinco estrellas que a una sala de hospital. Flores frescas decoraban las mesitas, y el aroma era agradable, calmante.

Alex parpadeó, su visión borrosa al principio, luego enfocándose lentamente en el techo blanco. Su cuerpo… su cuerpo se sentía bien. No, mejor que bien. Se sentía nuevo. Como si las palizas, los golpes, las heridas mortales, nunca hubieran ocurrido.

Gané, pensó, y la certeza lo inundó como una ola de calor. Gané. Derroté a Tezcatlipoca, a Brahma, a Quirón, a Shiva. Los derroté a todos.

Y entonces, lo sintió. Dentro de él, nuevas fuentes de poder bullían suavemente, como ríos subterráneos esperando ser explorados. No eran una, ni dos. Eran múltiples. Las autoridades de los dioses que había matado, ahora parte de su ser. El ritual de Pandora había funcionado mientras él estaba inconsciente.

Sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina. Por primera vez en años, no sentía el peso de la culpa, ni la amargura del resentimiento. Se sentía… en paz.

El sonido de la puerta abriéndose lo sacó de sus pensamientos.

Entraron dos personas. Un doctor, de unos cincuenta años, con bata blanca y una expresión de alivio profesional. Y una mujer. Una mujer que, Alex tuvo que admitir, era extraordinariamente hermosa.

Cabello negro azabache recogido en un moño elegante, ojos verdes como esmeraldas, piel perfecta, y un traje sastre azul marino que gritaba “ejecutiva de alto nivel” pero con un toque que decía “no me subestimes”. Llevaba una carpeta en las manos y una sonrisa profesional pero cálida en los labios.

“Señor Carter”, dijo el doctor, acercándose con un monitor portátil. “Qué alegría verlo despierto. Llevamos días esperando este momento.”

“Días”, repitió Alex, su voz un poco ronca por el desuso. “¿Cuántos?”

“Una semana exactamente desde que el ritual de Pandora completó su curación. Su cuerpo está perfectamente sano, señor Carter. Mejor que sano, diría yo. Nunca había visto una recuperación tan completa. Pero el cansancio mental… eso es normal después de una batalla de esa magnitud. Su mente necesitaba descansar.”

Alex asintió, procesando la información. Luego, sus ojos se posaron en la mujer, y sintió que debía preguntar. “¿Y usted es…?”

La mujer dio un paso adelante, su sonrisa ampliándose ligeramente. “Me llamo Isabella Torres. Y no, señor Carter, no vengo de parte del gobierno de Estados Unidos. Vengo de parte de la Asociación Internacional de Magos, con el respaldo de la ONU.”

Alex sintió cómo su cuerpo se tensaba instintivamente. Otra vez no. Otra organización que quiere controlarme, usarme…

Isabella debió notar su reacción, porque levantó una mano en un gesto tranquilizador. “Tranquilo, señor Carter. No estoy aquí para pedirle nada. No estoy aquí para ordenarle nada. Mi función, si usted lo permite, es ser su enlace con el mundo. Una voz, si necesita consejo. Un apoyo, si necesita ayuda. Alguien que gestione las relaciones políticas para que usted no tenga que hacerlo. Nada más.”

Alex la miró fijamente, buscando el engaño, la mentira, el doble filo. Pero sus ojos verdes eran claros, directos, sinceros.

“¿Por qué?”, preguntó finalmente. “¿Por qué harían eso? Después de lo que mi gobierno hizo…”

“Precisamente por eso”, respondió Isabella sin dudar. “Vimos lo que pasó cuando un gobierno trató a su Campione como un arma. Casi perdemos a Estados Unidos. Casi perdemos a un protector valioso. La ONU y la comunidad mágica aprendieron la lección. Los Campione no son recursos. Son personas. Y las personas necesitan apoyo, no cadenas.”

Alex se quedó en silencio, procesando. Era… extraño. Desconcertante. Pero también, en el fondo, un alivio enorme.

“¿Y usted?”, preguntó finalmente. “¿Por qué usted? ¿Por qué enviar a alguien como…?”

Isabella sonrió, y esta vez había un dejo de picardía en su expresión. “¿Alguien como yo? ¿Una mujer joven y atractiva en un puesto de poder? ¿Cree que fue coincidencia, señor Carter?”

Alex parpadeó, desconcertado. “¿Qué quiere decir?”

“Solo digo que la Asociación de Magos estudia psicología, señor Carter. Sabemos que los Campione suelen tener… digamos, una tendencia a rodearse de compañía leal. Mire a Mateo Vargas, por ejemplo. Cuatro mujeres hermosas y poderosas a su lado, y es el Campione más fuerte del mundo. No digo que sea una fórmula, pero…” Se encogió de hombros con elegancia. “Digamos que no me quejo de mi puesto.”

Alex no supo si reír o sentirse ofendido. Al final, una pequeña risa escapó de sus labios. “Me está diciendo que me enviaron a una mujer hermosa como cebo.”

“Le estoy diciendo”, corrigió Isabella, “que me enviaron para establecer una relación genuina con usted. Si esa relación se vuelve… más profunda con el tiempo, eso dependerá de ambos. Por ahora, solo quiero que sepa que tiene a alguien en quien confiar. Alguien que no le pedirá que sea un arma. Solo un aliado.”

Alex la miró largamente. Luego, lentamente, asintió. “Está bien. Deme tiempo. No confío fácilmente.”

“Eso espero”, dijo Isabella, y su sonrisa era genuina. “Un hombre que confía fácilmente después de lo que usted ha pasado sería un idiota. Y usted no es un idiota, señor Carter. Es un héroe.”

Las palabras resonaron en Alex de una manera que no esperaba. Un héroe. No un arma. No una herramienta. Un héroe.

Por primera vez, sintió que tal vez, solo tal vez, el futuro podría ser diferente.

En Moscú, en la fortaleza reconstruida (o lo que quedaba de ella después de la batalla final), la situación era notablemente diferente.

Mateo Vargas seguía en coma.

Tres semanas habían pasado desde su victoria sobre Quetzalcóatl, tres semanas desde que su cuerpo destrozado había sido reconstruido por el ritual de Pandora, y tres semanas desde que sus ojos se habían cerrado para no abrirse.

Las chicas se turnaban para velarlo. Ekaterina, la más apegada, pasaba las noches a su lado, durmiendo en una silla incómoda, despertando a cada pequeño movimiento, esperando. Shakti se encargaba de las comidas, cocinando platos indios que llenaban la habitación de aromas exóticos, con la esperanza de que el olor lo despertara. Ingrid gestionaba las comunicaciones con el mundo exterior, filtrando las innumerables solicitudes de entrevistas, agradecimientos, y ofertas que llegaban de todos los rincones del planeta. Svetlana, la más espiritual, realizaba pequeños rituales con los espíritus de la tierra, pidiendo por su recuperación.

Y luego estaban los padres de Mateo.

Doña Elena Vargas había llegado desde Guadalajara en cuanto supo que su hijo estaba en coma. Era una mujer menuda, de pelo canoso y ojos negros que parecían verlo todo, juzgarlo todo, y encontrar la mayoría de las cosas insuficientes. Don Miguel Vargas, su esposo, era más tranquilo, un hombre de campo que observaba más de lo que hablaba y que parecía tomarse todo con una calma que rayaba en lo zen.

Doña Elena no era zen. Doña Elena era… intensa.

“¿Y estas son todas?”, preguntó por décima vez, mientras tomaba té en la sala de estar improvisada. Sus ojos recorrieron a las cuatro mujeres sentadas frente a ella: Ekaterina, con su elegancia glacial; Shakti, con su exuberancia apenas contenida; Ingrid, con su inteligencia afilada; y Svetlana, con su serenidad mística. “¿No hay más escondidas en algún armario?”

“Madre Elena”, dijo Ekaterina con respeto, “somos todas las que están comprometidas con Mateo. Las que han dado su vida y su lealtad a él.”

“Comprometidas”, repitió Doña Elena, como si saboreara la palabra. “Bonito eufemismo para ‘su harén’. Díganme, hijas, ¿cómo es que terminaron todas enamoradas del mismo hombre? ¿Es algún tipo de magia? ¿Un hechizo?”

“No, señora”, respondió Shakti con una sonrisa. “Es simplemente… Mateo. Es imposible no quererlo cuando lo conoces de verdad. Es fuerte, pero amable. Es poderoso, pero humilde. Es un líder, pero escucha. Y cuando te mira… cuando te mira de esa manera, sientes que eres la única persona en el mundo.”

Doña Elena arqueó una ceja. “Suena como si estuviera leyendo un libro de autoayuda romántica.”

“Suena como la verdad”, intervino Ingrid, con calma. “Yo fui la más escéptica al principio. Soy analítica, racional. No me dejo llevar por emociones. Pero Mateo… Mateo me demostró que había algo más. Que podía confiar, que podía apoyarme en alguien sin perder mi independencia. Es… es difícil de explicar.”

“Y yo”, añadió Svetlana con su voz grave y cálida, “vi en él lo que los espíritus de la tierra ven: un gobernante justo, un protector genuino. No es un tirano como el australiano. No es un hedonista como el español. Es un hombre que lleva su poder con responsabilidad. Eso, para una mujer como yo, es irresistible.”

Doña Elena las miró una por una, y algo en su expresión se suavizó. No era aprobación, no exactamente. Pero era… aceptación, tal vez. O al menos, el reconocimiento de que estas mujeres no eran simples caprichos de su hijo.

“Mi niño”, dijo finalmente, con un suspiro. “Siempe fue especial. Desde pequeño, tenía una manera de… de hacer que la gente lo quisiera. Los animales lo seguían. Los vecinos lo adoraban. Y ahora…” Señaló a las cuatro mujeres. “Ahora tiene un harén internacional. Mi niño, el mujeriego.”

Don Miguel, que había estado en silencio todo el tiempo, soltó una risa baja. “Mujeriego, dice. Yo creo que más bien es que el muchacho tiene buen gusto.”

La mirada de Doña Elena podría haber derretido acero. “Tú no te metas, Miguel.”

Pero antes de que pudiera continuar, Ingrid, que había estado observando la habitación contigua a través de un monitor, notó algo.

“Su respiración cambió”, dijo en voz baja, levantándose. “Los signos vitales… están más activos.”

Todas se levantaron y corrieron a la habitación de Mateo. Allí estaba, inmóvil, igual que siempre. Pero Ingrid tenía razón: su pecho subía y bajaba con un ritmo ligeramente diferente, más profundo, más regular. Y sus párpados… sus párpados temblaban ligeramente.

“Va a despertar”, susurró Ekaterina, apretando la mano de Mateo. “Va a despertar pronto.”

Las cuatro mujeres se quedaron allí, esperando, con el corazón latiendo con fuerza. Doña Elena y Don Miguel las observaban desde la puerta, y por primera vez, Doña Elena sintió algo que no esperaba: gratitud. Estas mujeres amaban a su hijo. Realmente lo amaban. Y eso, pensó, era más de lo que muchas madres podían pedir.

Pasaron dos días más. Y entonces, finalmente, ocurrió.

Mateo abrió los ojos.

La luz era suave, tamizada por cortinas que no recordaba haber visto antes. El techo era diferente al de su habitación original. De hecho, todo el cuarto era diferente. Más grande, más lujoso, con flores frescas en las mesitas y un aroma agradable a lavanda.

Parpadeó, tratando de enfocar la vista. Su cuerpo… su cuerpo se sentía bien. No, mejor que bien. Se sentía fuerte, lleno de energía, como si hubiera dormido una semana entera (lo cual, pensó, probablemente había hecho).

Gané, pensó, y la certeza lo llenó de una satisfacción profunda. Derroté a Quetzalcóatl. A Czernobog. A Kali. A Huitzilopochtli. Los derroté a todos.

Dentro de él, nuevas autoridades bullían suavemente, esperando ser exploradas. Las esencias de los dioses que había matado en esa batalla, ahora parte de él. Se sentía más poderoso que nunca. Pero también, extrañamente, más en paz.

Escuchó voces en el pasillo. Voces familiares. Ekaterina, con su tono serio pero cálido. Shakti, con su energía vibrante. Ingrid, con su calma analítica. Svetlana, con su gravedad mística. Y luego… otra voz. Una voz que heló la sangre en sus venas más que cualquier dios hereje.

Su madre.

“No me digan que no sabían nada”, decía Doña Elena, y su tono no era de furia, sino de una decepción que era mil veces peor. “¿Cómo es posible que mi hijo tenga cuatro novias y yo me entere por una videollamada después de que casi muere?”

“Señora Elena”, respondía Ekaterian, “queríamos decírselo, pero no hubo momento. Todo pasó muy rápido…”

“¿Rápido? Lleva tres semanas en coma, hijita. Tres semanas. Tuvieron tiempo de sobra para llamar a su madre y decirle: ‘Señora, su hijo es un mujeriego empedernido y tenemos un harén’. Pero no. Nada. Silencio total.”

Mateo sintió cómo un sudor frío comenzaba a formarse en su frente. La voz de su madre… esa voz que lo había perseguido desde la infancia, que lo había corregido, reprendido, y amado incondicionalmente. Esa voz que ahora sonaba como el preludio de una tormenta.

“Y además”, continuó Doña Elena, “me entero de que una de ustedes es rusa. ¿Rusa? ¿Mi hijo con una rusa? ¿No aprendió nada de las películas de la Guerra Fría? Y otra es india. India. Y otra es escandinava. Y otra es… ¿de dónde es usted, Svetlana?”

“Soy eslava, señora. De una región que ya no existe en los mapas, gracias a Czernobog.”

“Eslava. Claro. Mi hijo tiene un harén internacional. Como las Naciones Unidas, pero con más romance.”

Mateo, desde la cama, escuchaba cada palabra con creciente pánico. Los pasos se acercaban. Las voces se volvían más claras. En segundos, abrirían la puerta y lo verían despierto. Y entonces…

¿Entonces qué? pensó. Soy el Campione más poderoso del mundo. Derroté a cinco dioses en una sola batalla. ¿Por qué le tengo miedo a mi madre?

Pero en el fondo, lo sabía. El poder de una madre enfadada trascendía cualquier divinidad. Era un poder primordial, anterior a los dioses, anterior a los humanos. Era el poder de la chancla.

Y Mateo, en ese momento de claridad aterradora, tomó la única decisión lógica: hacerse el dormido.

Cerró los ojos con fuerza, forzó su respiración a un ritmo lento y regular, y relajó todos los músculos de su cuerpo. No se movería. No reaccionaría. Esperaría a que pasara el peligro.

La puerta se abrió.

“Ya les digo”, decía Doña Elena mientras entraba, “cuando despierte ese escuincle mujeriego, le voy a dar una santa reprimenda que no se le va a olvidar en su vida. ¿Qué se ha creído? ¿Que porque salva al mundo puede tener un harén sin avisarle a su madre?”

Mateo mantuvo los ojos cerrados, pero sintió cómo sus cejas temblaban ligeramente ante la palabra “reprimenda”. Las chicas entraron detrás, ocupando sus posiciones habituales alrededor de la cama.

“Mira nomás”, continuó Doña Elena, acercándose. “Tan guapo mi niño. Tan héroe. Tan… dormido. Pero cuando despierte, ay, cuando despierte…”

Las chicas intercambiaron miradas. Ekaterina estaba genuinamente preocupada por Mateo. Shakti mordía su labio para no reírse. Svetlana mantenía una expresión serena, pero sus ojos brillaban con diversión contenida.

Y entonces, Ingrid lo vio.

Ella estaba en el lado izquierdo de la cama, cerca de la cabeza de Mateo. Desde su ángulo, podía ver sus ojos. No completamente cerrados. Entreabiertos. Apenas una rendija, pero suficiente para ver que se movían, siguiendo la conversación, reaccionando a las palabras de su madre.

Ah, pensó Ingrid, una sonrisa malévola formándose en sus labios. Así que el señor está despierto y se hace el dormido para evitar el regaño. Qué interesante.

Observó cómo el cuerpo de Mateo comenzaba a sudar ligeramente. Observó cómo sus cejas se movían cada vez que Doña Elena decía algo particularmente amenazante. Observó cómo sus dedos, bajo las sábanas, se tensaban y relajaban nerviosamente.

Y tomó una decisión.

Con un movimiento casual, como si nada, comenzó a acercar sus manos a los costados de Mateo. No hacia las heridas, no hacia zonas sensibles. Hacia las costillas. Hacia el punto exacto donde sabía que Mateo era más cosquilloso.

Mateo, a través de sus párpados entreabiertos, vio lo que Ingrid planeaba. Sus ojos se abrieron un poco más, solo una fracción, pero suficientes para encontrarse con la mirada de Ingrid. Y en esa mirada, leyó su destino: Te descubrí, tramposo.

Negó ligeramente con la cabeza, un micromovimiento que solo Ingrid pudo ver. Ella sonrió más ampliamente y continuó acercando sus manos.

“No, Ingrid, por favor”, susurró Mateo, tan bajo que solo ella pudo oírlo.

“¿Qué dices, hijo?”, preguntó Doña Elena, volviéndose. “¿Dijiste algo?”

Mateo contuvo la respiración. Cerró los ojos con fuerza. Pero ya era tarde.

Las manos de Ingrid atacaron.

Las cosquillas en las costillas de Mateo fueron como una descarga eléctrica. Su cuerpo reaccionó antes de que su mente pudiera evitarlo: se encogió, una risa escapó de sus labios, y sus ojos se abrieron de par en par.

Las chicas se quedaron paralizadas. Doña Elena abrió la boca. Don Miguel, desde la puerta, soltó una carcajada.

“¿Mateo?”, dijo Ekaterina, con los ojos llenos de lágrimas de alegría. “¡Mateo!”

Pero antes de que pudieran abrazarlo, antes de que pudieran celebrar, Ingrid continuó su ataque. Las cosquillas no cesaban. Mateo se retorcía en la cama, riendo a carcajadas, intentando apartar las manos de Ingrid sin éxito.

“¡Ingrid, por favor! ¡Ja, ja, ja! ¡Para! ¡Ja, ja, ja!”

“¿Para?”, dijo Ingrid con fingida inocencia. “¿Por qué debería parar? Llevas tres semanas haciéndote el dormido mientras nos preocupábamos por ti. Esto es solo un pequeño castigo.”

“¡Yo no me hacía el dormido! ¡Estaba inconsciente! ¡Ja, ja, ja!”

“¿Ah, sí? ¿Y por qué cuando tu madre dijo ‘reprimenda’ tus cejas se movieron? ¿Y por qué cuando dijo ‘chancla’ empezaste a sudar? ¿Eh?”

Las otras chicas, que habían estado paralizadas por la sorpresa, comenzaron a comprender. Shakti fue la primera en sonreír, una sonrisa amplia y malvada. “¿Te estabas haciendo el dormido? ¿Mientras nosotras llorábamos y rezábamos por ti?”

“¡No, no fue así! ¡Ja, ja, ja!”

Ekaterina, con una expresión de dulzura traicionera, se acercó al otro lado de la cama. “Sabes, Shakti, creo que Ingrid necesita ayuda. Las cosquillas son más efectivas cuando se hacen en equipo.”

Shakti no necesitó más. Se lanzó sobre los pies de Mateo, comenzando a hacer cosquillas en sus plantas. La risa de Mateo se volvió un grito ahogado.

“¡No, ahí no! ¡Ja, ja, ja, por favor! ¡Ekaterina, tú no!”

Ekaterina, con una sonrisa que nunca le habían visto, comenzó a hacer cosquillas en su cuello. Svetlana, la más seria, dudó un momento, pero luego, con un suspiro de resignación divertida, se unió al ataque en los brazos.

Mateo estaba rodeado. Cuatro mujeres hermosas, cuatro ángeles vengadores, cuatro pares de manos implacables, lo torturaban con cosquillas mientras él se retorcía y reía como un niño.

“¡Ja, ja, ja! ¡Me voy a mear! ¡Ja, ja, ja! ¡Mamá, ayúdame!”

Doña Elena observaba la escena con los brazos cruzados. Por un momento, su expresión fue severa. Luego, lentamente, una sonrisa se formó en sus labios. Una sonrisa pequeña, pero genuina.

“¿Ayudarte, dices? ¿Después de que te hiciste el dormido para no enfrentar a tu madre? ¿Después de que me ocultaste que tenías un harén? ¿Después de que me hiciste preocupar por tres semanas?”

“¡Ja, ja, ja! ¡Mamá, por favor!”

Doña Elena suspiró. Luego, con una lentitud dramática, metió la mano en su bolso. De él, extrajo un objeto que hizo que hasta los dioses en sus reinos distantes temblaran: la chancla.

No era una chancla cualquiera. Era una chancla mexicana auténtica, de esas de suela dura y correa ancha, con años de experiencia en corregir niños desobedientes. En las manos de Doña Elena, era un arma de destrucción masiva.

Mateo la vio. Su rostro palideció. Las chicas, intuyendo que algo importante estaba por suceder, detuvieron su ataque y observaron.

“No, mamá”, dijo Mateo, negando con la cabeza. “No la chancla. Por favor. Soy el salvador del mundo. Tengo dignidad.”

“¿Dignidad?”, repitió Doña Elena, acercándose lentamente. “¿Dignidad dices? El que se hizo el dormido para no enfrentar a su madre, ¿habla de dignidad?”

“Mamá, escucha, puedo explicarlo todo…”

“¡Ya hablaremos de explicaciones, escuincle!”

Y la chancla voló.

Lo que ocurrió después desafió toda lógica divina. La chancla, lanzada por una mujer de sesenta años sin un ápice de poder sobrenatural, adquirió una trayectoria imposible. Mateo, el Campione que había esquivado ataques de dioses, que había bailado entre rayos y vientos huracanados, no pudo esquivarla. La chancla lo golpeó directamente en la frente con un sonoro ¡CHAS!

Mateo cayó hacia atrás en la cama, aturdido, mientras las chicas observaban con los ojos como platos.

“Híjole”, murmuró Shakti. “Eso sí que no lo vi venir.”

La chancla, después de cumplir su misión, cayó inocentemente a un lado. Doña Elena la recogió con la dignidad de una guerrera victoriosa.

“Y eso”, dijo, “es solo el aperitivo. Cuando te levantes de verdad, vamos a tener una conversación muy larga sobre lo que significa tener cuatro novias sin avisarle a tu madre.”

Mateo, desde la cama, con una marca roja en la frente, solo atinó a asentir débilmente. “Sí, mamá. Como digas, mamá.”

Las chicas, que habían pasado de la preocupación a la diversión y ahora al asombro, comenzaron a reír. No podían evitarlo. La imagen del hombre más poderoso del mundo, el salvador de la humanidad, el azote de los dioses, reducido a un niño regañado por su madre era simplemente demasiado.

Ekaterina se acercó y le dio un beso en la mejilla. “Bienvenido de vuelta, amor.”

Shakti lo abrazó con fuerza. “No vuelvas a asustarnos así, ¿eh?”

Ingrid, la culpable de todo, le sonrió con picardía. “¿Aprendiste la lección?”

Svetlana simplemente colocó una mano en su hombro y asintió con aprobación.

Mateo las miró a todas, a sus mujeres, a sus padres, a la familia que había construido. Y a pesar de la marca en la frente, a pesar del regaño que le esperaba, a pesar de todo, sonrió.

“Los quiero”, dijo simplemente. “A todos. Gracias por esperarme.”

Doña Elena, que aún sostenía la chancla amenazadoramente, sintió que sus ojos se humedecían. Pero no iba a mostrar debilidad. No delante de las “novias internacionales” de su hijo.

“Bueno, bueno, ya dejen el drama”, dijo, secándose un ojo disimuladamente. “Ahorita vengo con la sopa. Y tú, Mateo, prepárate. La conversación va a ser larga.”

Salió de la habitación con paso firme, pero en el pasillo, se permitió una sonrisa. Su niño estaba bien. Su niño, el héroe, el salvador, el mujeriego empedernido, estaba bien. Y eso, pensó, era lo único que importaba.

Dentro de la habitación, rodeado de las mujeres que lo amaban, Mateo se dejó caer en la cama, agotado pero feliz. La vida, después del Ragnarok, volvía a la normalidad. O al menos, a su versión de la normalidad.

Afuera, el mundo seguía girando. Australia y España eran cicatrices en el mapa. Los dioses habían sido derrotados. Alex Carter comenzaba una nueva vida con una hermosa secretaria. Y Mateo Vargas, el Campione más poderoso, enfrentaba su desafío más temible: una conversación con su madre sobre su harén.

Pero mientras sus novias reían y sus padres lo miraban con orgullo, supo que no importaba lo que viniera. Lo enfrentaría. Como siempre. Como un Campione. Como un hijo. Como un hombre enamorado.

El Ragnarok había terminado. La vida continuaba. Y era hermosa.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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