Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior

Campione AU! - Capítulo 38

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Campione AU!
  4. Capítulo 38 - Capítulo 38: Final
Anterior
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 38: Final

El mundo había cambiado. No solo en la conciencia colectiva de la humanidad, sino físicamente, en los mapas, en las fronteras, en la misma geografía del planeta. Australia, el continente insular, era ahora una mancha azul en los atlas, un mar interior donde antes hubo desierto y ciudades. España, la madre patria de un imperio, había sido borrada por los rayos de Thor, llevándose consigo el 80% del territorio europeo en un cataclismo de fuego púrpura y destrucción divina.

Europa era ahora un continente mutilado. Francia, Alemania, Italia, Portugal… todos habían perdido vastas extensiones de tierra, poblaciones enteras, siglos de historia. El mapa mundial, colgado en las aulas de las escuelas, en las oficinas gubernamentales, en los hogares, mostraba cicatrices imposibles de ignorar: grandes extensiones grises marcadas como “Zona Devastada”, costas que ya no existían, países que eran sombras de lo que fueron.

Pero también mostraba algo nuevo: la esperanza.

El Día de la Victoria de la Humanidad había sido establecido por la ONU como festividad global. Cada año, el aniversario de la batalla final en Moscú y la victoria de Alex Carter en Denver serían conmemorados con ceremonias, discursos y un minuto de silencio por los caídos. No era un día de celebración alegre, sino de recuerdo solemne y gratitud hacia aquellos que habían dado la cara cuando el mundo estuvo al borde del abismo.

Y esos hombres, Mateo Vargas y Alex Carter, eran ahora los seres más queridos y respetados del planeta

Mateo Vargas estaba de pie en lo que una vez fue el centro de Moscú, ahora un enorme cráter rodeado de escombros y maquinaria pesada. A su lado, Ekaterina sostenía su mano con fuerza, su mirada perdida en el horizonte de grúas y edificios a medio construir.

“Otra vez”, murmuró Mateo, con una media sonrisa irónica. “Es como si Rusia estuviera destinada a ser reconstruida por mí cada dos años.”

Ekaterina apretó su mano. “Pero esta vez es diferente. Esta vez no estamos solos. Esta vez el mundo entero nos apoya. Y esta vez…” Se volvió hacia él, sus ojos azules brillando con una mezcla de orgullo y amor. “Esta vez tenemos una familia esperando en casa.”

Mateo sonrió, una sonrisa genuina que iluminó su rostro cansado pero feliz. Siete meses después de despertar del coma, después de sobrevivir al regaño de su madre y a las cosquillas vengativas de sus novias, su vida había encontrado un equilibrio que nunca creyó posible.

La residencia oficial del Campione de Rusia y México era ahora una enorme propiedad en las afueras de lo que estaba reconstruyéndose como la nueva Moscú con jardines, habitaciones para cada una de sus prometidas, una sala de estar enorme donde todos podían reunirse, y un estudio privado para Mateo donde planeaba las estrategias de reconstrucción y, cada vez más, los planes para el futuro.

Sus padres, doña Elena y don Miguel, habían decidido quedarse en Rusia temporalmente. Doña Elena, después del famoso incidente de la chancla, había desarrollado una relación compleja pero afectuosa con las novias de su hijo. Aún fruncía el ceño cuando las veía a todas juntas, aún soltaba comentarios punzantes sobre “el harén internacional”, pero en el fondo, las había aceptado. Las veía cuidar de Mateo, lo veía feliz, y eso, para una madre, era suficiente.

“Ya casi termina el turno de Shakti en el hospital”, comentó Ekaterina, consultando su reloj. “Dijo que hoy cocinaría algo especial para celebrar que terminamos la primera fase de la reconstrucción.”

“¿Algo especial? ¿Como qué?”, preguntó Mateo con una mezcla de curiosidad y aprensión. La cocina de Shakti era legendaria, pero también impredecible. Podía ser un banquetazo o un experimento que terminaba en pizza a domicilio.

“No quiso decir. Solo sonrió de esa manera que tiene, así que prepárate para cualquier cosa.”

Mateo rió. “Con tal de que no sea tan picante como aquella vez que Ingrid terminó bebiendo dos litros de leche…”

“Oye, yo escucho todo”, dijo una voz detrás de ellos. Ingrid se acercaba con su tablet en la mano, su expresión analítica pero con un brillo de diversión en los ojos. “Y para tu información, aquel curry estaba delicioso. Solo que mi tolerancia al picante es nula.”

“Tu tolerancia a muchas cosas es nula”, bromeó Ekaterina.

“Como a la estupidez, sí. Por eso estoy con ustedes.”

Las tres rieron, y Mateo sintió que el corazón se le llenaba de una calidez que ninguna autoridad divina podía igualar. Estas mujeres, cada una tan diferente, tan única, eran su hogar. Su ancla. Su razón para seguir adelante

La casa no era tan grande como la de Mateo, pero era espaciosa y acogedora. Alex había decidido quedarse cerca de su pueblo natal, en una propiedad que la ONU le había regalado como muestra de gratitud. Rodeada de campos de trigo y bosques, era el refugio perfecto para un hombre que había pasado años escondiéndose.

Isabella Torres, su prometida, había resultado ser mucho más que una simple secretaria. Era inteligente, astuta, y poseía una paciencia infinita para lidiar con los traumas y desconfianzas de Alex. Poco a poco, ladrillo a ladrillo, había derribado los muros que él había construido alrededor de su corazón.

Y no estaba sola. Otras mujeres, atraídas por la leyenda del Campione que se había enfrentado solo a cuatro dioses y había vencido, se habían acercado a él. No por interés político o por ambición, sino porque veían en Alex a un hombre que necesitaba amor, que merecía ser feliz.

Había una joven maga llamada Clara, especialista en sanación, que había llegado para ofrecer sus servicios y se había quedado porque, según sus propias palabras, “nadie debería estar solo después de lo que pasaste”. Había una exmilitar llamada Valeria, que había servido en el ejército estadounidense y estaba tan decepcionada con el gobierno como Alex, y que encontró en él a un líder al que podía respetar. Y había una artista llamada Luna, cuya sensibilidad y ternura habían logrado tocar fibras que Alex creía muertas.

No era un harén en el sentido tradicional. Era una familia. Cada mujer tenía su espacio, su propósito, su relación única con Alex. Y él, que nunca había imaginado tener a alguien a su lado, se encontraba de repente rodeado de amor, apoyo y compañía.

“Hoy llegan los planos definitivos para el centro de entrenamiento”, dijo Isabella, entrando en la sala de estar con una tableta. “La ONU aprobó el presupuesto. Podemos empezar la construcción el mes que viene.”

Alex, que estaba sentado en el sofá con Luna recostada en su hombro y Clara masajeándole los pies (una terapia que ella insistía en hacer a diario), asintió con una sonrisa. “Genial. ¿Y lo de la comunicación con Mateo? ¿Ya definieron las frecuencias?”

Valeria, desde la cocina donde preparaba café, respondió: “Sí. Ingrid y yo estuvimos coordinando ayer. Tendremos un enlace permanente vía satélite mágico. Cifrado, por supuesto. No vaya a ser que algún gobierno entrometido quiera espiar.”

Alex rió suavemente. El odio hacia los gobiernos seguía ahí, pero ya no era el centro de su existencia. Ahora era solo una precaución, un recordatorio de no confiar ciegamente.

Isabella se sentó a su lado, acariciándole el cabello. “¿En qué piensas?”

Alex la miró, luego miró a las demás. “En que nunca imaginé que podría tener esto. Una familia. Un propósito. Gente que me quiere por lo que soy, no por lo que puedo hacer.”

“Bienvenido al club”, dijo Luna con una sonrisa soñadora. “Nosotras tampoco imaginamos encontrar a alguien como tú.”

Y en ese momento, Alex Carter, el Fantasma, el hombre que una vez huyó de todo, supo que había encontrado su hogar

La idea había surgido de una conversación entre Mateo y Alex, meses atrás, cuando ambos se recuperaban de sus respectivas batallas. Hablaron de Liam, de Alejandro, de cómo sus muertes podrían haberse evitado si hubieran tenido apoyo, entrenamiento, alguien que les enseñara a manejar su poder y su soledad.

“Necesitamos algo”, había dicho Mateo, “una organización que detecte a los nuevos Campione en cuanto aparezcan, que los contacte, que les ofrezca ayuda sin intentar controlarlos. Algo que nosotros no tuvimos.”

Alex había asentido, recordando su propio calvario con el gobierno estadounidense. “Y que les enseñe que no están solos. Que hay otros como ellos. Que pueden formar su propia familia, su propio equipo.”

Así nació la Asociación de Campiones Unidos (ACU) .

Con el respaldo total de la ONU, la comunidad mágica internacional, y los gobiernos de todo el mundo (excepto Estados Unidos, que seguía en el ostracismo diplomático), la ACU se estableció con sede central en un territorio neutral: una isla en el Pacífico que fue acondicionada con tecnología de punta y defensas mágicas impenetrables.

El objetivo era claro:

Detectar cualquier nuevo nacimiento de Campione en el momento exacto en que ocurriera, utilizando una red global de sensores mágicos desarrollada por Ingrid y los mejores magos del mundo.

Contactar al nuevo Campione de manera inmediata, no para reclutarlo, sino para ofrecerle apoyo, información y compañía.

Entrenar a los nuevos Campione en el uso de sus autoridades, en estrategia de combate, y en la gestión de su nueva vida, asegurándose de que no cometieran los mismos errores que Liam y Alejandro.

Proteger a los Campione de gobiernos sin escrúpulos, organizaciones mágicas corruptas, y cualquier entidad que quisiera usarlos como armas.

Mateo fue nombrado Presidente Fundador de la ACU, y Alex su Vicepresidente y Mano Derecha. Era una elección natural: Mateo, el estratega, el constructor de alianzas, el líder nato; Alex, el guerrero solitario que había aprendido a confiar, el ejemplo viviente de que incluso el más traumatizado podía encontrar la redención.

La sede de la ACU era impresionante. Un complejo de edificios blancos y brillantes, rodeados de jardines y campos de entrenamiento. En el centro, una torre de comunicaciones que conectaba con todos los rincones del mundo. Y en el sótano más profundo, una cámara sellada con los sensores mágicos más sensibles jamás creados, capaces de detectar la firma energética de un nuevo Campione en el momento exacto de su creación.

“Algún día”, dijo Mateo durante la ceremonia de inauguración, frente a representantes de cien naciones y líderes de la comunidad mágica, “algún día, un nuevo Campione aparecerá. Estará asustado, confundido, solo. Y nosotros estaremos allí para recibirlo. No como un arma, no como una herramienta. Sino como un hermano. Como una hermana. Como familia.”

El aplauso fue ensordecedor

En la residencia de Moscú, los días seguían un ritmo que combinaba el trabajo duro con momentos de ternura y diversión.

Las mañanas solían comenzar temprano. Mateo se levantaba antes que nadie, por costumbre, y se sentaba en el jardín a tomar café mientras revisaba los informes de reconstrucción. Poco a poco, las chicas iban despertando y uniéndose a él.

Ekaterina era siempre la primera, su disciplina militar la llevaba a levantarse con el sol. Se sentaba a su lado en silencio, apoyando la cabeza en su hombro, disfrutando de esos momentos de paz antes de que el día comenzara.

Shakti solía aparecer después, envuelta en una bata de seda, con el pelo alborotado y una sonrisa soñolienta. Se sentaba en el suelo, apoyada en las piernas de Mateo, y a veces se volvía a dormir un rato.

Ingrid era la más difícil de despertar. Su mente trabajaba hasta tarde, procesando información, diseñando nuevos sensores, coordinando con la ACU. Pero cuando finalmente aparecía, siempre tenía alguna observación aguda o algún chiste inteligente que hacer.

Svetlana, la más espiritual, solía aparecer después de sus meditaciones matutinas. Traía consigo un aroma a incienso y una paz que contagiaba a todos.

Y luego estaba doña Elena, que invariablemente aparecía con el desayuno, refunfuñando porque “ninguna de ustedes sabe hacer unos huevos decentes”.

Las comidas eran eventos ruidosos y caóticos, especialmente cuando Shakti decidía cocinar. La cocina se llenaba de olores exóticos, y a menudo terminaban todos ayudando (o estorbando) mientras ella intentaba concentrarse. Ingrid solía hacer comentarios sarcásticos sobre la cantidad de especias, y Ekaterina defendía a Shakti con argumentos lógicos que siempre perdían contra el paladar.

Por las tardes, cada una tenía sus actividades. Ekaterina supervisaba la reconstrucción, su presencia imponía respeto en las obras. Shakti trabajaba en el hospital de campaña, usando sus habilidades de sanación para ayudar a los heridos. Ingrid pasaba horas en su laboratorio, mejorando los sensores de la ACU. Svetlana se reunía con los espíritus de la tierra, asegurándose de que la reconstrucción respetara el equilibrio natural.

Y por las noches, se reunían todos en la sala. A veces veían películas (Shakti siempre elegía las de Bollywood, y las demás se quejaban pero terminaban bailando). A veces jugaban juegos de mesa (Ingrid hacía trampa, aunque lo negaba rotundamente). A veces simplemente hablaban, compartiendo historias, sueños, miedos.

Mateo las observaba, a menudo, y sentía que el corazón se le hinchaba de gratitud. Había enfrentado dioses, había visto la muerte de cerca, había cargado con el peso del mundo sobre sus hombros. Pero nada, nada, se comparaba con la paz de estas noches, rodeado de las mujeres que amaba.

Una noche, después de que las demás se hubieran ido a dormir, Mateo se quedó en el jardín con Ekaterina. La luna llena iluminaba el paisaje de construcción, las grúas y los edificios a medio terminar.

“¿En qué piensas?”, preguntó ella, acurrucada contra él.

“En el futuro”, respondió Mateo. “En los niños. En una familia de verdad.”

Ekaterina levantó la cabeza, sus ojos brillando. “¿Hablas en serio?”

Mateo sonrió, acariciando su mejilla. “Completamente. Sé que aún tenemos que reconstruir, que hay mucho trabajo por delante. Pero también sé que la vida es corta, incluso para un Campione. Y quiero vivirla. Con ustedes. Con hijos que corretean por estos jardines.”

Ekaterina sintió que las lágrimas asomaban a sus ojos. “Yo también quiero eso. Una familia. Una dinastía. Algo que perdure más allá de nosotros.”

Se besaron bajo la luna, y en ese momento, el futuro pareció más brillante que nunca

No fue una boda tradicional. No podía serlo, con dos Campione y sus respectivas familias polígamas. Pero fue, sin duda, la celebración más grande que el mundo mágico había visto en décadas.

Se decidió hacerla en la sede de la ACU, en la isla neutral del Pacífico. Representantes de cien naciones, líderes mágicos de todos los rincones del mundo, y por supuesto, los padres y seres queridos de los novios, se congregaron para presenciar el evento.

Mateo vestía un traje elegante, negro, con detalles en plata que recordaban a las plumas de Quetzalcóatl. A su lado, sus cuatro prometidas deslumbraron con vestidos diseñados específicamente para cada una: Ekaterina, de blanco puro y líneas elegantes; Shakti, de rojo intenso con bordados dorados; Ingrid, de azul noche con incrustaciones de cristales que brillaban como estrellas; Svetlana, de verde esmeralda con motivos naturales.

Alex, por su parte, vestía un traje azul marino, con sus cuatro prometidas a su alrededor: Isabella, Clara, Valeria y Luna, cada una con vestidos en tonos pastel que resaltaban su belleza única.

La ceremonia fue oficiada por un líder espiritual de la comunidad mágica, con bendiciones de múltiples tradiciones. No fue un matrimonio legal en el sentido convencional, porque ninguna ley humana podía abarcar una unión así. Pero fue un juramento, un compromiso sagrado, ante el mundo y ante ellos mismos.

Mateo habló primero, tomando las manos de Ekaterina, Shakti, Ingrid y Svetlana.

“Ante ustedes, ante el mundo, ante cualquier dios que quiera escucharme, declaro: ustedes son mi hogar. Mi fuerza. Mi razón para seguir luchando. Prometo protegerlas, amarlas, y estar a su lado en cada batalla, en cada reconstrucción, en cada amanecer. No importa lo que venga, lo enfrentaremos juntos.”

Alex habló después, con voz temblorosa pero firme.

“Yo, que pasé años huyendo, escondiéndome, creyendo que la soledad era la única respuesta, hoy encuentro en ustedes una familia. Me enseñaron a confiar, a amar, a vivir. Prometo no volver a huir. Prometo estar a su lado, siempre, y construir juntos un futuro donde ningún Campione se sienta solo.”

Las lágrimas corrieron por muchos rostros. Doña Elena, sentada en primera fila, lloraba abiertamente, y don Miguel le apretaba la mano con una sonrisa orgullosa.

Después de la ceremonia, vino la fiesta. Música, baile, comida en abundancia. Shakti organizó un espectáculo de danza india que dejó a todos boquiabiertos. Ingrid, borracha de champán, intentó bailar salsa y terminó pisando a medio mundo. Ekaterina y Mateo bailaron un vals con una elegancia que parecía sacada de un cuento de hadas. Y Alex, por primera vez en su vida, se dejó llevar y bailó con cada una de sus prometidas, riendo como no había reído en años.

Cuando la fiesta terminó y los invitados se retiraron, las dos familias se reunieron en la terraza, contemplando el amanecer sobre el Pacífico.

“¿Quién lo hubiera dicho?”, murmuró Alex, con Isabella apoyada en su hombro. “El fantasma y el arquitecto, convertidos en hombres de familia.”

Mateo sonrió. “El mundo cambia. Nosotros cambiamos. Pero algunas cosas permanecen.” Miró a sus mujeres, luego a Alex. “La amistad. El amor. La esperanza.”

“Y la responsabilidad”, añadió Alex. “La ACU. Los futuros Campione. El mundo que tenemos que proteger.”

“Eso también. Pero ahora, con ellos a nuestro lado, todo es posible.”

El sol se elevó sobre el horizonte, bañando la isla en una luz dorada y cálida. Un nuevo día comenzaba. Una nueva era

Los años pasaron. Rusia fue reconstruida, una vez más, pero esta vez con una solidez y una belleza que superaba todo lo anterior. México floreció bajo la protección de su Campione, convirtiéndose en un faro de prosperidad y cultura. Estados Unidos, lentamente, comenzó a salir del ostracismo, aunque las cicatrices de su pasado tardarían generaciones en sanar.

La ACU creció. Detectó a tres nuevos Campione en el futuro proximo: una joven en Brasil, un adolescente en Japón, y una mujer en Egipto. Todos fueron recibidos con los brazos abiertos, entrenados, apoyados, integrados en una familia que crecía constantemente. Ninguno repitió los errores de Liam y Alejandro. Todos encontraron su propio camino, su propio equipo, su propia felicidad.

Mateo y Alex se convirtieron en leyendas vivientes. No solo por sus hazañas pasadas, sino por lo que construyeron: una red de protección global, una hermandad de seres extraordinarios dedicados a salvaguardar a la humanidad.

Las familias crecieron. Los hijos de Mateo, una mezcla perfecta de sus mujeres, correteaban por los jardines de la residencia en Moscú, heredando fragmentos del poder de su padre y aprendiendo desde pequeños el valor de la unidad, la lealtad y el amor. Los hijos de Alex, igualmente diversos y queridos, crecían en Kansas, rodeados de campos de trigo y el amor incondicional de sus madres.

Doña Elena, ya anciana pero con la misma energía de siempre, repartía chanclazos a sus nietos cuando se portaban mal, y todos, incluido Mateo, la miraban con un respeto que bordeaba el terror. Don Miguel, más callado que nunca, sonreía desde su mecedora, observando a su numerosa descendencia con orgullo silencioso.

Los dioses, desde su reino debilitado, observaban. No podían descender, no podían intervenir, pero veían. Veían cómo la humanidad, lejos de someterse, prosperaba. Veían cómo los Campione, lejos de ser armas solitarias, construían familias, alianzas, un futuro. Y algunos, los más sabios, comenzaban a preguntarse si acaso no se habían equivocado. Si acaso los humanos no merecían, después de todo, el respeto que habían exigido.

Pero eso era una historia para otro tiempo.

“Hace siete años”, dijo Alex, “estaba escondido en una cabaña, odiando al mundo, odiándome a mí mismo. Y ahora…”

“¿Ahora?”, preguntó Mateo con una sonrisa.

“Ahora tengo una familia. Un propósito. Un amigo.” Miró a Mateo. “Gracias. Por no rendirte conmigo. Por venir a buscarme aquella vez.”

Mateo negó con la cabeza. “No tienes que agradecerme. Solo hice lo que cualquier persona haría por un hermano.”

“¿Hermano?”

“¿No lo somos? Los dos únicos supervivientes de una guerra contra dioses. Los fundadores de todo esto.” Señaló el complejo de la ACU. “Claro que somos hermanos.”

Alex sonrió, una sonrisa amplia y genuina. “Supongo que sí.”

Se quedaron en silencio un rato, contemplando el cielo estrellado. Luego, Mateo habló de nuevo.

“¿Crees que volverán? Los dioses, digo.”

Alex consideró la pregunta. “Algún día, probablemente. Siete años, cien años, mil años. Pero volverán.”

“¿Y entonces?”

“Entonces estaremos listos. No solos. Con nuestras familias, con los nuevos Campione, con todo lo que hemos construido.” Se volvió hacia Mateo. “Y lucharemos. Como siempre. Y ganaremos. Como siempre.”

Mateo asintió, una determinación tranquila en sus ojos. “Así será.”

En algún lugar, en el reino divino, Zeus y Odín observaban la escena. El primero apretó el puño, pero no dijo nada. El segundo, el de un solo ojo, sonrió ligeramente.

“Han aprendido”, murmuró Odín. “Han crecido. Ya no son los mismos que enfrentamos.”

Zeus gruñó. “Eso los hace más peligrosos.”

“O más sabios. Quizás, algún día, podamos hablar. Negociar. En lugar de destruir.”

Zeus lo miró con incredulidad. “¿Negociar? ¿Con mortales?”

Odín se encogió de hombros. “El mundo cambia, viejo amigo. Nosotros también deberíamos hacerlo.”

Y en la Tierra, bajo el manto de estrellas, dos hermanos, dos leyendas, dos padres de familia, contemplaban el futuro con esperanza. El Ragnarok había terminado. La nueva era había comenzado.

“Y así, los Campione que sobrevivieron a la guerra contra los dioses no solo salvaron al mundo, sino que construyeron algo más grande: una familia, un legado, una esperanza para las generaciones venideras. Porque al final, el verdadero poder no reside en matar dioses, sino en amar, proteger y construir un futuro donde nadie tenga que enfrentarse solo a la oscuridad.”

— Crónicas de la Nueva Era, Volumen I

Con esto, esta historia llega a su fin, espero les haya gustado, muchas gracias por seguir esta historia hasta este punto, se aprecia mucho tu tiempo y tus comentarios, vota si te gusto el episodio y apoyame en mi patreon para seguir escribiendo mas de estas historias.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo