Campione AU! - Capítulo 4
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
4: El dios de la lluvia 4: El dios de la lluvia “Los ríos gritan su nombre” Pasaron semanas desde aquel día en que el cielo se partió sobre el Ajusco y Quetzalcóatl fue vencido.
La comunidad mágica del mundo entero continuaba en un juego de sombras, buscando sin éxito al nuevo Campione nacido en la Ciudad de México.
Las especulaciones eran muchas: algunos creían que se ocultaba bajo el ala de la Iglesia; otros pensaban que aún no había entendido su poder.
Nadie se imaginaba que el joven vivía como un estudiante más, desayunando molletes con café de olla en la cocina de sus padres, ayudando a su madre a hacer las compras y atrapado en un limbo académico gracias a la universidad aún en reparación.
Pero mientras Mateo intentaba mantener la calma y una rutina estable, el mundo no se quedaba quieto.
Primero, los reportes fueron ignorados.
—Un río se desbordó en Veracruz.
—Lluvias inusuales en Puebla.
—Inundaciones masivas en Oaxaca.
—El nivel del mar sube en el Golfo sin explicación aparente.
Pero conforme pasaban los días, lo que parecía una casualidad climatológica comenzó a coincidir con antiguos patrones.
En la comunidad mágica mexicana, los códices empezaron a reaccionar por sí solos, activándose como si fuesen alertas proféticas.
—Esto no es natural —dijo Ixchel en una reunión urgente—.
Está descendiendo otro dios hereje.
Mateo, aún en secreto, observaba todo desde su casa.
Las noticias le llegaban por televisión, Twitter y TikTok, donde memes sobre lluvias eternas abundaban.
Pero él sabía la verdad.
Esa misma tarde, se sentó en su cuarto, encendió una veladora y se preparó.
Cerró los ojos.
Invocó su autoridad de sabiduría.
El conocimiento vino a él como una biblioteca viva, hablándole en náhuatl, en maya y en el eco de antiguas piedras talladas.
No necesitó buscar, porque la respuesta se deslizó como una lluvia entre sus pensamientos: “Tlāloc.” Dios de la lluvia, de los relámpagos, del trueno y del agua dulce.
Adorado, temido.
Y sobre todo: cruel con los impíos.
Los códices lo mostraban con ojos saltones y colmillos de jaguar, y cuando su ira caía, lo hacía con tormentas capaces de borrar civilizaciones.
Mateo abrió los ojos.
Su destino volvía a alcanzarlo.
Mientras tanto, los magos de México, desesperados por la posibilidad de un segundo dios descendiendo en tan poco tiempo, lanzaban hechizos de rastreo, abrían portales y consultaban a entidades menores.
Ninguno tenía éxito.
—Si este Campione no actúa —dijo uno de los magos de Teotihuacán—, Tlāloc sumergirá el país.
—¿Y si no quiere actuar?
—preguntó otro—.
Tal vez teme a su propio poder.
—Entonces alguien debe encontrarlo…
¡ya!
Y sin que ellos lo supieran, Tlāloc ya caminaba por la tierra.
Sus pasos eran charcos eternos.
Su mirada, un trueno lejano.
Y su objetivo…
encontrar al mortal que asesinó a su hermano de estrellas: Quetzalcóatl.
Esa noche, Mateo salió de casa bajo un paraguas negro.
La lluvia caía como si el cielo llorara sangre antigua.
Caminó entre calles empapadas, pasó junto a los puestos cerrados del mercado, hasta llegar a la cima de un pequeño cerro al sur de la ciudad.
Allí, invocó el viento.
Su otra autoridad.
Su única arma ofensiva.
Y con voz firme, dijo: —Tlāloc…
Te espero.
Un rayo iluminó el horizonte.
El cielo rugió.
Y Mateo supo que el enfrentamiento era inevitable.
“El trueno ha caído sobre la tierra” Pasaron apenas unos días desde que Mateo reconoció el nombre del dios que se aproximaba, pero para el resto del país, parecían siglos de tormento.
Las lluvias ya no cesaban.
Las calles de la Ciudad de México estaban bajo agua, el metro colapsado, los autos abandonados en ríos urbanos.
En el norte del país, tormentas que no se veían desde hace décadas azotaban con furia, y en la costa, el mar parecía tener vida propia, como si algo grande respirara bajo sus olas.
Los magos de México se refugiaban, incapaces de hacer frente a una deidad que se había vuelto tangible.
Solo una figura podía hacerlo.
Y ese era Mateo.
Era de noche, pero la ciudad brillaba con luces de emergencia y relámpagos.
El sonido de las sirenas se mezclaba con truenos, como si la naturaleza estuviera en guerra con el hombre.
Mateo, con un impermeable negro y botas altas, caminó sin temor por una avenida inundada, rumbo al punto donde la tormenta era más densa.
Su mirada no era la de un muchacho cualquiera.
Era la de un guerrero que entendía la magnitud de su papel en la historia.
El cielo rugió.
Y entonces, descendió.
Un relámpago colosal rompió el cielo, y un torrente de agua cayó del firmamento como si una cascada hubiera sido arrancada de las montañas celestes.
Las farolas estallaron, los autos flotantes se partieron como juguetes, y el asfalto mismo fue arrancado por una ola brutal.
Desde el centro de ese caos, una figura emergió, imponente y salvaje.
Tlāloc.
Tenía piel azul verdosa, escamosa como de reptil y húmeda como piedra de cenote.
Sus ojos eran saltones, con párpados pesados.
Un gran tocado de serpientes, caracoles y plumas coronaba su cabeza.
Sus colmillos sobresalían de su boca mientras reía con fuerza.
Portaba un báculo con forma de rayo y un escudo circular cubierto de jade.
—¡Ah…
hijo de Quetzalcóatl!
¡Huelo el crimen que llevas en tu alma!
—tronó su voz como un trueno amplificado—.
¡Tú lo mataste!
¡Y ahora…
me toca a mí devolverte al polvo!
Mateo respiró hondo.
Sintió el agua subirle hasta las rodillas.
La presión del ambiente era sofocante.
—Yo no pedí este poder…
pero tampoco voy a permitir que destruyas mi hogar.
—¿Hogar?
—se burló el dios—.
¡Esto fue mío antes que tu especie soñara con el fuego!
Mateo levantó la mano.
—Entonces pelea por ello.
Un viento brutal surgió alrededor de Mateo, espantando el agua de su alrededor, creando una burbuja momentánea de aire seco.
Era su autoridad del viento, resonando con su deseo de proteger.
Tlāloc rugió y golpeó el suelo con su báculo.
De los cielos cayeron lanzas de agua sólida, como si las gotas de lluvia se volvieran agujas afiladas.
Mateo apenas tuvo tiempo de rodar hacia un costado, invocando una corriente de aire que desvió parte del ataque.
—¡Así que tienes un poco del cielo contigo!
—gritó Tlāloc, divertido.
Mateo alzó su mano izquierda, y su autoridad de sabiduría se activó.
Su mente se llenó de diagramas, antiguos rituales, runas nahuas, ecuaciones atmosféricas.
Comprendió la estructura misma de la tormenta y encontró una grieta en la defensa del dios.
—¡¡Ahora!!
—gritó, y el viento se volvió filo.
Un corte de aire atravesó el espacio, golpeando el brazo de Tlāloc, haciéndole sangrar vapor.
El dios se tambaleó un poco, más sorprendido que herido.
—Interesante…
¡REALMENTE eres un Campione!
—Lo soy —afirmó Mateo, temblando un poco, empapado pero firme—.
Y si quieres este mundo, tendrás que quitármelo a mí.
En lo más profundo de un centro mágico subterráneo bajo Londres, los sensores alquímicos estallaron en alarmas.
Las pantallas proyectaban un fenómeno colosal: nubes en forma de espiral sobre la Ciudad de México, relámpagos que se movían con intención y un aura mística que rebasaba las medidas estándar.
—¡Confirmado!
Un dios ha descendido completamente…
y está peleando.
—¿Peleando contra quién?
¿Un grupo armado?
¿Un héroe divino?
—No…
contra una sola persona.
Los analistas comenzaron a revisar cámaras urbanas, drones y satélites mágicos.
En cada una, una figura solitaria enfrentaba a una masa de energía que parecía una tempestad viva.
Con un par de comandos, la inteligencia artificial de reconocimiento facial fue activada.
En menos de un minuto, la base de datos arrojó resultados.
Nombre: Mateo Vargas Edad: 17 años Lugar de nacimiento: Ciudad de México Escuela: Preparatoria Nacional, estudiante promedio.
Estado familiar: Hijo único.
Padres vivos.
Sin historial de magia o afiliación mágica.
Un silencio sepulcral cayó en la sala.
—…¿¡Un adolescente!?
—¡Es solo un niño!
—¿Un humano normal se está enfrentando a Tlāloc…
y está ganando terreno?
Un minuto después, el Consejo Mágico de Inglaterra emitió una alerta: “Confirmado: Mateo Vargas, 17 años, ha asesinado a Quetzalcóatl y actualmente enfrenta a Tlāloc.
Se trata del Campione más joven en la historia registrada.
Se solicita inmediata difusión de su perfil a todas las ramas mágicas del mundo.” En cuestión de horas, desde Roma hasta Shanghai, desde Salem hasta El Cairo, panfletos digitales y reportes mágicos emergieron.
La imagen de Mateo, empapado bajo la lluvia, de pie frente a una tormenta viviente, se volvió símbolo de algo nuevo.
No un mago.
No un héroe entrenado.
Sino un humano cualquiera…
al que los dioses habían subestimado.
Tlāloc lanzó un rugido acompañado por un relámpago que partió en dos un edificio cercano.
El agua se elevaba como si obedeciera sus deseos, creando látigos y dragones líquidos que atacaban sin descanso.
Mateo jadeaba, con raspones y cortes visibles.
Su ropa estaba empapada, pero su mirada se mantenía firme.
—¡¿Crees que puedes resistir las lluvias eternas, niño?!
—No tengo que resistirlas para siempre…
solo lo suficiente para detenerte.
Mateo cerró los ojos un instante y usó su autoridad de sabiduría.
Una visión de códices antiguos le reveló el mito: Tlāloc no era invencible.
Había sido engañado, incluso derrotado, por otros dioses.
Sus poderes tenían raíces en la emoción: si se perturbaba su furia, su lluvia se volvía caótica.
Si se le forzaba a sentir duda, perdía control.
Abrió los ojos.
Sonrió.
Era hora de usar el conocimiento como su arma.
—¿Tú eres el dios de la lluvia…
o solo una sombra de lo que fuiste, abandonado por tu pueblo?
—¿¡QUÉ HAS DICHO!?
—rugió el dios, y por primera vez, su voz tembló.
Mateo usó su otra autoridad, el viento, para crear un muro que desvió una ola destructiva.
Luego, corrió entre los escombros, esquivando por instinto más que táctica.
—La gente ya no te venera.
Te han olvidado.
Tu nombre está en libros de texto, no en altares.
—¡MI LLUVIA ES ETERNA!
—¿Y sin tu culto?
¿Eres eterno sin fe?
Esa última palabra lo golpeó como una lanza.
El cielo titubeó.
El relámpago parpadeó.
Tlāloc gritó.
Y Mateo, con el corazón latiendo al límite, se preparó para dar el golpe final.
En Japón, el representante de la Asociación Onmyōji miraba en silencio el video.
Una sonrisa se formó en sus labios.
—Este niño…
no es como los otros Campione.
En el Vaticano, un Cardenal dejó caer su cruz sobre la mesa.
—No es un accidente.
Dios ha soltado a los salvajes otra vez.
En México, los viejos brujos y chamanes que aún practicaban en silencio, se inclinaron ante la pantalla.
—El nuevo rey ha despertado.
La ciudad era un caos.
El agua cubría calles enteras.
El cielo se oscurecía con cada rugido del dios.
Los relámpagos no solo iluminaban, arrasaban.
El concreto se resquebrajaba.
Los árboles eran arrancados de raíz.
Y en el centro de todo…
dos figuras colisionaban como titanes.
Mateo jadeaba.
Sangre resbalaba por su ceja izquierda, mezclándose con la lluvia.
Su pecho subía y bajaba con desesperación.
Había usado su autoridad del viento para atacar en ráfagas cortantes, creando cuchillas de aire capaces de herir incluso la piel divina.
Pero Tlāloc resistía.
—¡Tienes fuerza, niño!
Pero no tienes la experiencia para vencer a un dios nacido de siglos de adoración y temor.
—bramó el dios, mientras una marea de agua giraba a su alrededor como una serpiente viva.
—No tengo experiencia…
pero sí tengo algo más.
Mateo hizo un gesto con la mano, y una corriente de viento envolvió su cuerpo.
El aire mismo pareció afilarse, volviéndose casi transparente, pero denso, como vidrio líquido.
Corrió hacia Tlāloc.
El dios respondió con una lanza de agua que atravesó el asfalto y reventó los cristales de los edificios cercanos.
Mateo esquivó.
Saltó por encima de un coche destruido.
Dio un giro en el aire, usando una corriente ascendente para propulsarse como proyectil humano.
—¡Gritará el cielo por ti!
—gritó Tlāloc, invocando un trueno gigantesco que estalló justo sobre Mateo.
La explosión fue devastadora.
Una nube de vapor, lluvia y humo cubrió todo.
Silencio.
Luego…
pasos.
Desde la niebla, Mateo emergió.
Su abrigo quemado.
Su brazo izquierdo colgando sin fuerza.
El rostro cubierto de lodo y sangre.
Apenas podía respirar.
—Solo…
un golpe más.
Usó su autoridad de sabiduría para buscar un patrón.
Recordó algo: Tlāloc es impredecible cuando se enfurece, pero imprudente cuando cree haber ganado.
Y Tlāloc…
estaba riendo.
—¿Eso era todo?
¿Ese era el poder del asesino de Quetzalcóatl?
Patético.
Comenzó a avanzar.
Relajado.
Satisfecho.
Ese fue su error.
Mateo tragó saliva.
Se impulsó.
Y atacó.
Con el último aliento, canalizó todo el viento que le quedaba, creando una cuchilla única, una lanza de aire tan comprimido que silenciaba el sonido a su paso.
Tlāloc ni siquiera vio venir el golpe.
La lanza atravesó su costado izquierdo.
No un simple rasguño.
Fue un corte divino, que desgarró su piel, su esencia, su ser.
El dios gritó.
La lluvia se detuvo un segundo.
—¡¿QUÉ HAS HECHO?!
Mateo, arrodillado, apenas consciente, levantó la mirada.
—Lo que hacen los humanos…
cuando los dioses olvidan respetarnos.
Tlāloc se tambaleó.
Intentó sostenerse, pero su forma comenzaba a dispersarse.
Su energía mística, golpeada por el ataque, se desintegraba en partículas que el viento recogía como cenizas sagradas.
—Eres…
más peligroso de lo que crees.
Peor que Quetzalcóatl…
—susurró el dios mientras su cuerpo desaparecía lentamente.
—La tierra te temerá, Campione.
Y otros…
vendrán.
Y entonces se fue.
Desintegrado.
Derrotado.
La lluvia cesó.
El cielo, por primera vez en días…
mostró un rayo de sol.
En las pantallas del mundo, se confirmó: “Campione mexicano derrota a Tlāloc.” Las comunidades mágicas en Asia, Europa y América colapsaron sus debates.
No era suerte.
No era accidente.
Era un nuevo poder que nadie controlaba.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.
Mi patreon: SeathScale
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com