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Campione AU! - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 Ryujin
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8: Ryujin 8: Ryujin —¿Ryujin?

—preguntó un joven onmyōji con el rostro desencajado.

Mateo asintió.

—Sí.

No tengo dudas.

Todos los fenómenos —el aumento del nivel del mar, las lluvias en zonas no lluviosas, las tormentas marinas y la niebla sobrenatural— apuntan a su manifestación.

Aún no ha descendido completamente, pero lo hará.

Los miembros del Comité se miraron entre sí.

La tensión era evidente, pero también lo era la organización japonesa.

Kuzunoha Shigemori, líder del comité, se levantó y habló con voz firme: —Entonces debemos evacuar de inmediato todas las villas pesqueras y regiones cercanas al mar y a los ríos principales.

No podemos permitir otra catástrofe como la del descenso de Susanoo en el siglo XVIII.

—Yo me encargo de comunicar la orden de evacuación a través de los canales mágicos y del gobierno civil —dijo una sacerdotisa con túnica púrpura.

—Mateo-sama… por favor, use esta ventana de calma para prepararse —añadió Shigemori, inclinando la cabeza—.

El comité entero se pondrá a su servicio.

Mateo devolvió la reverencia con respeto.

—Gracias.

No pelearé por Japón solo porque me lo pidieron, sino porque lo considero justo.

Pero para ello necesito saber más sobre Ryujin.

Todo lo que tengan.

— Casa de Huéspedes – Sala de lectura improvisada Libros antiguos, rollos, tablets electrónicas y traducciones mágicas flotaban por la sala.

Ingrid revisaba un tomo con caracteres arcaicos mientras Mateo absorbía información como una esponja, su Autoridad de Sabiduría permitiéndole comprender textos que incluso los traductores modernos tenían problemas para decodificar.

—Según este texto del período Heian, Ryujin podía controlar no solo las mareas, sino también la voluntad de los peces y las serpientes marinas —dijo Mateo, sin apartar la vista del texto—.

Incluso se dice que tenía perlas mágicas que daban poder sobre la lluvia y el control del agua.

Ingrid anotaba todo, sentada junto a él con una taza de té verde.

—¿Crees que pueda usar esas perlas contra ti?

—Si ha caído en la locura, como otros dioses herejes, probablemente.

Y si es como Quetzalcóatl y Tlaloc, será brutal.

No sé si sus poderes serán más físicos o simbólicos, pero…

—No podemos subestimarlo —completó Ingrid.

Mateo asintió.

—Exactamente.

Ella se quedó en silencio un momento, observando cómo él hojeaba sin descanso los textos.

Su concentración, la pasión por comprender y prepararse, ese aire de alguien que carga una responsabilidad gigantesca sin quejarse… eran cosas que empezaban a resonar en ella más allá de la admiración profesional.

—Sabes… —dijo Ingrid, rompiendo el silencio— si alguna vez necesitas más que una asistente… estaré ahí.

No solo para tomar notas.

Mateo se volvió a verla, algo sorprendido.

Pero sonrió suavemente.

—Gracias, Ingrid.

Significa mucho… más de lo que imaginas.

— Mientras tanto… costa de Chiba El mar retrocedía inexplicablemente durante unos segundos, como si inhalara… y luego regresaba en forma de olas de varios metros, sin razón meteorológica alguna.

Pescadores y sacerdotisas onmyōji lo observaron desde lejos, con temor.

—El dios ya sabe que lo están esperando… —dijo uno.

—Y aún así, sonríe.

Litoral de Kanagawa – Tarde nublada Los cielos se tornaron de un gris profundo, y las nubes se agitaron como si un corazón gigantesco palpitara detrás de ellas.

El mar rugía, las olas chocaban con una violencia sobrenatural, y las criaturas marinas comenzaron a escapar de las aguas, como huyendo de algo.

Y entonces, descendió.

Una columna de agua se alzó como un titán que rompe la superficie del mundo.

Del centro emergió una figura imponente: un dragón serpentino de escamas azul profundo, ojos dorados como el sol en el horizonte, y una corona de coral viviente.

Su silueta se transformó hasta adoptar una forma humanoide gigantesca, envuelta en un manto de agua y niebla.

Era Ryujin, el dios dragón del mar, el rey del abismo.

—¡Finalmente!

—rugió Ryujin con voz que se sentía tanto en el pecho como en los huesos— ¿Quién osa invocar mi presencia?

¿Quién se atreve a desafiar al señor de las profundidades?

Y entonces, caminando firme sobre las ruinas de la costa devastada, apareció Mateo Vargas.

Vestía ropa reforzada por hechizos de protección, con su expresión tranquila y decidida, una luz de sabiduría brillando en sus ojos.

—Soy Mateo Vargas, Campione de México —dijo sin gritar, pero su voz se proyectó con claridad sobrenatural—.

No te invoqué, Ryujin.

Tú decidiste traer destrucción a este mundo.

Yo solo soy quien se asegura de que no arrastres a inocentes contigo.

El dios rió.

—¡Campione!

¡Tú también cargaste con la sangre de dioses!

¡Veamos si tu arrogancia puede igualar a las profundidades!

Y con ese grito, el combate comenzó.

— Desde el Cuartel de la Comunidad Mágica – Sala de observación mágica Ingrid miraba el espejo sagrado que mostraba el campo de batalla.

Los terremotos de energía mágica hacían que incluso el artefacto vibrara.

Los onmyōji reforzaban barreras para evitar que el caos mágico colapsara las defensas de la ciudad.

—Ya empezó —murmuró Ingrid—.

Por favor, Mateo… no mueras.

— La pelea era brutal.

Ryujin convocaba tifones, torbellinos de agua que se elevaban como látigos líquidos.

A cada movimiento, podía manipular el clima marino, invocar lluvias ácidas, e incluso crear zonas de baja presión que hacían colapsar la atmósfera.

Mateo, sin embargo, no era alguien que retrocedía.

Con su Autoridad del Viento, contrarrestaba cada corriente que Ryujin creaba, girando con su propio poder hasta formar barreras y lanzas aéreas capaces de cortar el mar mismo.

Pero lo que realmente mantenía a Mateo en la pelea no era su ofensiva.

Era su Autoridad de Sabiduría.

Cada acción del dios era leída, cada patrón comprendido, cada trampa anticipada.

—Tus poderes son vastos, Ryujin, pero tus métodos son antiguos —declaró Mateo mientras esquivaba un látigo de agua presurizada que pulverizó una montaña detrás de él.

—¡Y tú eres un mortal insolente!

—rugió Ryujin, soltando una onda expansiva de agua que convirtió un campo de arroz en un cráter.

Mateo se resintió por el impacto.

Su resistencia no era infinita.

Pero lo ocultaba bien.

Tenía un plan.

Campo de batalla – Litoral de Japón El cielo era un mosaico de tormentas.

Truenos y relámpagos caían como martillazos divinos mientras el agua y el viento luchaban por la supremacía.

Ryujin, envuelto en un torbellino de marea sagrada, lanzó una columna de agua presurizada como una lanza.

Mateo apenas logró evitarla con un salto reforzado por su Autoridad del Viento, cayendo a varios metros mientras se deslizaba sobre la arena empapada.

—¡No puedes escapar del océano, Campione!

—vociferó Ryujin—.

¡El mar está en todas partes!

El dios extendió su brazo y el mar literalmente respondió.

Olas de varios metros se alzaron como bestias hambrientas, rodeando a Mateo por todos lados.

Mateo, respirando con dificultad, se mantuvo firme.

La presión de un combate divino, incluso para un Campione, era algo que desgastaba cuerpo, alma y mente.

Pero él no era alguien que retrocediera.

“No puedo igualarlo en fuerza bruta… pero eso no significa que no pueda vencerlo.” Cerró los ojos por un momento y permitió que su Autoridad de Sabiduría fluyera.

Miles de años de conocimientos pasaron por su mente como destellos: viejas ofrendas japonesas, textos sobre Ryujin y su vínculo con los monarcas del mar, leyendas sobre su carácter volátil… y su dependencia al entorno acuático.

“Necesita agua constante.

Esa es su mayor fuerza…

pero también su mayor debilidad.” Con un nuevo plan, Mateo se impulsó con el viento hacia los cielos, girando sobre sí mismo como una lanza impulsada por ciclones.

Se abalanzó sobre Ryujin, esquivando látigos líquidos que amenazaban con partirlo en dos, y lanzó una barrera de presión de viento invertida, creando un espacio de vacío instantáneo.

El agua se evaporó alrededor.

Ryujin se tambaleó un momento.

—¡¿Qué es esto?!

—gruñó furioso, mirando el entorno seco que comenzaba a cerrarlo—.

Mateo sonrió levemente, con un rastro de sangre corriéndole por la ceja.

—Estoy cortando tu océano.

Veamos si sigues tan poderoso sin él.

— Los miembros del HCC y varios sacerdotes observaban en silencio.

Algunos sudaban, otros murmuraban oraciones.

Ingrid, al frente del grupo, tenía los puños apretados.

—Está resistiendo… pero está agotado —susurró una de las onmyōji.

—Sí, pero está pensando, no solo peleando —dijo Ingrid sin apartar la mirada—.

Mateo nunca da golpes vacíos.

Si aún está de pie… es porque ya pensó cómo ganará.

A pesar del miedo que sentía, sus palabras llevaban una confianza inquebrantable.

— De vuelta en la playa Ryujin, frustrado, volvió a elevar el mar con su autoridad.

Un tifón se formó sobre la costa, arrasando con todo a su paso.

Mateo fue lanzado al aire, golpeado por una corriente que le quebró parte de su hombro.

Cayó sobre una estructura colapsada, jadeando.

Su cuerpo temblaba.

Su magia estaba llegando a su límite.

“No puedo seguir así por mucho… si no lo finalizo pronto, perderé.” Y entonces… lo sintió.

Una oportunidad.

Ryujin se elevó para un ataque final, cargando su poder en una esfera de presión marina que parecía contener todo un océano.

Pero en su arrogancia, no notó que Mateo había usado el viento para dispersar la humedad del ambiente, creando un punto ciego en su control.

Ese segundo bastaba.

Mateo se levantó, sangre en los labios, sus ojos ardiendo en luz mística.

—¡RYUJIN!

—gritó con voz resonante—.

¡Recibe este castigo… del viento que no se puede contener!

Su brazo se elevó y entonó el cántico de su Autoridad, invocando una lanza ciclónica concentrada que giraba a velocidades supersónicas.

La lanzó.

La lanza cortó el aire con un sonido agudo y claro, atravesando el centro de la esfera marina antes de impactar el pecho del dios con una explosión de viento y presión que desató una tormenta inversa.

Ryujin gritó… y cayó.

Costa devastada de Japón – Minutos después del combate El mar finalmente comenzó a calmarse.

Las olas que momentos antes amenazaban con devorar la tierra, ahora retrocedían como si hubiesen sido domadas.

Los cielos, antes llenos de tormentas, comenzaron a abrirse lentamente, dejando filtrar la luz dorada del sol entre nubes esparcidas.

La comunidad mágica japonesa exhaló al unísono.

Un desastre mayor había sido evitado.

—El dios ha sido derrotado…

—susurró uno de los onmyōji, cayendo de rodillas.

Mientras tanto, a lo lejos, Ingrid se lanzó a correr sin siquiera esperar instrucciones.

Su yukata ceremonial ondeaba tras de ella mientras se abría paso entre los escombros húmedos.

Su única preocupación era una: Mateo.

—¡Mateo!

¡Mateo, por favor…!

— En el centro del campo de batalla Mateo yacía en la arena humedecida, su cuerpo exhausto y lleno de cortes y heridas superficiales.

Frente a él, Ryujin, ahora con una expresión serena, comenzaba a desvanecerse lentamente, disolviéndose en un remolino de agua luminosa.

—Te lo ganaste, joven rey… —susurró Ryujin, antes de desvanecerse por completo en una lluvia de pequeñas perlas azules que ascendieron al cielo.

Mateo apenas pudo respirar.

Su cuerpo gritaba por descanso.

Y entonces… el mundo se volvió gris una vez más.

— Plano de la Ascensión – Entre sueños y divinidad Mateo flotaba en el vacío blanco, reconociendo ya ese lugar familiar.

No necesitaba preguntar.

Ella aparecería.

Y así fue.

Pandora, radiante y sonriente, lo esperaba sentada en su clásica pose sobre una losa flotante.

Sus ojos destellaban de orgullo.

—Mateo, mi querido hijo… ¡Lo hiciste otra vez!

Tercer dios, tercera victoria.

Estás creciendo rápido~ —dijo con una voz juguetona, pero cálida.

Mateo intentó hablar, pero no hizo falta.

—Ryujin era fuerte, muy fuerte… pero tú fuiste sabio.

Y como recompensa, recibirás su legado.

Una luz envolvió el cuerpo de Mateo, entrando en su pecho.

Sintió la autoridad de las mareas, la presión oceánica y la comunión con los seres acuáticos integrarse a su alma.

Una parte de Ryujin ahora era suya.

—Sigue forjando tu camino, Campione.

Sé el rey que el mundo necesita… y también el que tu corazón anhela ser.

Pandora le guiñó el ojo, y todo se desvaneció.

— De regreso al mundo – En la costa Mateo abrió lentamente los ojos.

El cielo azul sobre él… el canto de gaviotas… y una calidez en su mejilla.

Giró apenas la cabeza y se dio cuenta: estaba recostado en el regazo de Ingrid.

Ella tenía una expresión dulce, casi maternal, mientras pasaba sus dedos suavemente por su cabello.

—Ya era hora, dormilón… —dijo ella con una pequeña risa—.

Estaba empezando a pensar que no volverías.

Mateo le devolvió una sonrisa débil, pero sincera.

—No me perdería tu sonrisa por nada del mundo.

Ingrid se sonrojó intensamente, pero no apartó la mirada.

Su mano siguió acariciando el cabello de Mateo.

Ambos se quedaron en silencio, disfrutando del momento.

El mundo aún tenía dioses, amenazas y desafíos… pero ese instante era solo de ellos.

Poco después, cuando Mateo pudo levantarse, Ingrid lo ayudó con cuidado.

La comunidad mágica japonesa se aproximaba para rendirle homenaje, pero por ahora… lo único que le importaba a Mateo era regresar a casa.

Junto a ella.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES Seath_Scale Apoyame en mi patreon para seguir escribiendo estas historias y mas a futuro.

Mi patreon: SeathScale

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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