Casados en secreto por 4 años, llora de arrepentimiento tras el divorcio - Capítulo 107
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- Capítulo 107 - 107 Capítulo 107 Peligroso y ambiguo
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107: Capítulo 107: Peligroso y ambiguo 107: Capítulo 107: Peligroso y ambiguo Wren Sutton pensó que ir al hospital era una completa exageración.
Sabía perfectamente que no se había roto nada.
Solo era un esguince leve, y estaría bien tras un poco de reposo.
Pero, dijera lo que dijera, Adrián Lancaster se negó a escucharla e insistió en llevarla al hospital.
Wren Sutton estaba agotada mentalmente.
«Si hubiera sabido que me iba a topar con Adrián Lancaster, le habría comprado la ropa a Zoey por internet y habría pedido un envío local», pensó.
Durante el trayecto, apenas hablaron, cada uno absorto en sus propios asuntos.
Adrián Lancaster continuó trabajando en su portátil, revisando documentos.
Wren Sutton echó un vistazo con curiosidad.
La palabra «licitación» destacaba, en negrita y de forma prominente.
—¿Estás revisando la propuesta de la licitación?
—Mmm —respondió Adrián Lancaster con frialdad, su mirada aguda e intensa fija en la pantalla, sin perderse ni un solo detalle.
Wren Sutton recordó un mensaje de Spencer Sawyer.
Él también había estado ocupado con una licitación últimamente.
«Me pregunto si ambos forman parte del mismo proceso de licitación».
«Probablemente no».
«El mundo no está tan lleno de coincidencias».
Tras perder el interés, Wren Sutton apartó la vista y miró por la ventanilla, con la mente puesta en Zoey.
«Llevo mucho tiempo fuera.
Me pregunto si la pequeña tendrá miedo, sola en casa».
—Es una licitación organizada por el gobierno para el proyecto del Resort Bahía Dreamtide —dijo Adrián Lancaster de repente, rompiendo el silencio para explicárselo.
Wren Sutton estaba distraída y no lo oyó bien.
—¿Qué proyecto de bahía?
—Resort Bahía Dreamtide.
—Ah.
—Wren Sutton lo oyó con claridad esta vez.
«Así que es un resort», pensó.
«Al ser una licitación del gobierno, la envergadura debe de ser enorme.
Quienquiera que gane el proyecto, tiene garantizado que se hará de oro».
—¿En el Grupo Rhodes están seguros de que ganarán la licitación?
—preguntó Wren Sutton como si nada.
Adrián rebosaba confianza, y sus ojos reflejaban el aura arrogante y opresiva de un hombre de poder.
—Nadie puede vencerme.
Wren Sutton no opinó al respecto.
«Ciertamente, Adrián Lancaster y el Grupo Rhodes tenían derecho a ser así de arrogantes», pensó.
«Especialmente en Aston, nadie podía desafiar su poder».
Justo entonces, el conductor se detuvo frente al edificio de urgencias del hospital.
De repente se levantó viento y se acumularon nubarrones oscuros que amenazaban lluvia.
Al ver que Wren Sutton solo llevaba un vestido, Adrián Lancaster se quitó la chaqueta, la colocó sobre los hombros de ella y la sacó del coche en brazos.
La chaqueta aún conservaba el calor corporal de Adrián Lancaster, y una sensación compleja invadió a Wren.
«Este calor no es solo para mí», pensó.
«Otras mujeres también lo han sentido».
Ese pensamiento le dio repelús.
Se quitó la chaqueta y se la devolvió a Adrián Lancaster.
—No tengo frío.
El rostro de Adrián Lancaster se contrajo.
—Póntela igual.
El vestido es muy corto.
¿Acaso quieres que todos los que pasen te echen un vistazo?
Wren Sutton bajó la mirada.
—Me pasa de las rodillas.
No es para nada corto.
—Se te ven las pantorrillas.
Eso tampoco está bien.
—…
Adrián Lancaster llevó a Wren Sutton en brazos a la consulta del médico.
Tras un examen exhaustivo, el médico confirmó que Wren Sutton solo tenía un esguince y no se había roto ningún hueso.
—¿Está seguro de que no se ha lesionado el hueso?
—preguntó Adrián Lancaster, todavía preocupado, con expresión seria.
El médico dejó las radiografías.
—Estoy seguro —le aseguró.
Solo entonces Adrián Lancaster se sintió lo bastante aliviado para marcharse con Wren Sutton.
De vuelta en el coche, el panel de privacidad se deslizó hacia abajo automáticamente.
Adrián Lancaster sacó la pomada antiinflamatoria y analgésica que el médico había recetado y le lanzó una mirada significativa a Wren Sutton.
—Dame la pierna.
Te pondré la pomada.
Wren Sutton se negó.
—No hace falta.
Ya me la pondré yo al llegar a casa.
Adrián Lancaster contuvo su mal genio, con la mirada fija en ella.
—No era una pregunta.
Sin mediar palabra, sentó a Wren Sutton en su regazo, le sujetó el tobillo, aplicó un poco de pomada y empezó a extenderla lentamente con las yemas de los dedos.
Después de que la pomada se absorbiera por completo, masajeó suavemente la zona durante unos instantes.
—Wren Sutton, nunca antes he cuidado de nadie así.
«No te creo», pensó Wren Sutton.
«Antes creería en fantasmas que en una sola palabra salida de la boca de un hombre».
«¡Como si nunca le hubiera dado un masaje a Maya Marshall!».
Una vez aplicada la pomada, Adrián Lancaster decidió que era hora de ajustar cuentas.
Se inclinó cerca de la oreja de Wren Sutton.
—¿Por qué me dejaste plantado para el almuerzo?
—exigió, con una voz que era prácticamente un gruñido.
Wren Sutton permaneció tranquila.
—Ya te lo expliqué por teléfono.
¿Lo has olvidado?
—Una explicación así es como no dar ninguna.
—…
—Te daré una oportunidad más.
Vuelve a explicarte, ahora mismo, a la cara.
Wren Sutton se quedó sin palabras.
—¿De verdad es necesario?
Fue hace horas.
Su expresión se tornó peligrosamente íntima mientras se inclinaba hacia los labios de ella.
—Si hoy no me das una explicación clara, ni se te ocurra salir de este coche.
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