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CASO ABIERTO: Un Grito en la Oscuridad - Capítulo 3

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3: Capítulo 2 3: Capítulo 2 Amaneció lloviendo con una intensidad casi violenta.

Desde la ventana de la habitación del hostal, Daniel apenas alcanzaba a distinguir el lado opuesto de la plaza; la cortina de agua borraba fachadas, árboles y empedrado, y hacía desaparecer por completo las montañas que el día anterior le habían parecido irreales bajo la luz limpia del sol.

Todo estaba reducido a una mancha gris, informe, como si el mundo hubiera decidido retirarse unas horas.

Cerró la ventana y volvió a la cama, maldiciéndose en silencio.

La cabeza le latía con una persistencia desagradable, la boca le sabía a metal viejo y alcohol barato.

Había bebido demasiado la noche anterior.

Demasiado… y solo.

Recordaba el bar: la barra de madera oscura, el espejo azul detrás, devolviéndole una imagen deformada y cansada de sí mismo.

Recordaba también a un par de hombres que intentaron entablar conversación y a los que despachó con respuestas secas, casi hostiles.

¿Por qué?

La pregunta flotaba sin respuesta.

La sed era insoportable.

Se levantó y fue al baño, donde bebió dos vasos de agua fría casi sin respirar.

Al mirarse en el espejo comprobó que le temblaban las manos.

Tanto, que decidió no afeitarse.

No tenía fuerzas ni pulso para eso.

Dormir ya era imposible.

Se vistió con torpeza, como si el cuerpo no terminara de obedecerle, y bajó al comedor.

El simple olor a comida le produjo náuseas, pero aun así se obligó a comer una tostada con mantequilla y a beber dos cafés.

El segundo apenas consiguió suavizarle el malestar.

Seguía temblándole ligeramente el pulso.

Extendió las manos y las observó con atención, asegurándose antes de que nadie lo mirara.

Tendría que dejar de beber de ese modo.

O resignarse, más pronto que tarde, a una maquinilla eléctrica que siempre había detestado.

Decidió ir a la peluquería del pueblo.

La lluvia persistía, aunque ya no caía con la misma furia.

Gracias a los soportales que rodeaban la plaza pudo caminar sin mojarse.

Cuando salió, la lluvia se había convertido en una llovizna persistente y fina.

Fue hasta donde había dejado el coche, en una calle lateral, y tomó la carretera general antes de desviarse hacia el camino que subía a uno de los pequeños pueblos de la Alpujarra.

Apenas había avanzado unos cientos de metros cuando el coche empezó a patinar.

El camino era un lodazal.

Frenó con cuidado y se quedó allí, observando el barro espeso que cubría la calzada.

Aquello era una locura.

Pensó, no sin amargura, que irse a vivir a una casa aislada, comunicada por un camino así, había sido una pésima idea.

Decidió ir ha hablar con Antonio Prieto, cancelaría los arreglos, devolvería las llaves y olvidaría el asunto antes de que se convirtiera en algo más serio.

El contratista, Antonio Prieto., lo recibió con una sonrisa tranquila.

—La mañana está pasada por agua —dijo—, pero mandé a tres hombres temprano.

Ya están trabajando.

Daniel frunció el ceño.

—¿Los envió por ese camino?

—Ahora estará peor que a primera hora, sí.

Pero no se preocupe.

Es la primera lluvia fuerte en semanas.

Aquí uno acaba acostumbrándose al barro.

No es tan frecuente como parece.

Aun así, Daniel insistió en ir a ver el lugar.

Antonio Prieto aceptó sin inconveniente.

El todoterreno del contratista avanzaba mejor por el camino embarrado.

Mientras conducía, Delgado hablaba con naturalidad del clima, de las lluvias esporádicas, de la paciencia necesaria para vivir allí.

Según él, nueve de cada diez días el tiempo era bueno.

Cuando llegaron, los tres trabajadores estaban comiendo.

Uno era español; los otros dos, inmigrantes.

Revisaron la casa.

Delgado le explicó que el cálculo inicial era acertado: unas tablas nuevas, clavos, dos cristales y algo de yeso.

Nada más.

—Con cuatro mil o cinco mil euros estará listo, salvo que quiera algo de lujo.

—No —respondió Daniel—.

Sencillo está bien.

Al día siguiente el sol brillaba con fuerza y el camino, aunque destrozado, estaba casi seco.

Los trabajos habían terminado.

La casa seguía siendo austera, pero sólida.

Muy sucia, eso sí.

En el pueblo le recomendaron a un matrimonio, los Sánchez, para la limpieza.

Aceptaron hacerlo esa misma tarde por un precio razonable.

Daniel aprovechó para comprar lo imprescindible: algo de menaje, ropa de cama, algunos muebles básicos.

Regresó cargado, dejando lo más voluminoso para el día siguiente.

Cuando volvió, la casa ya parecía otra.

Más habitable.

Menos hostil.

Mientras descargaban, el señor Sánchez le preguntó: —¿Ha comprado la casa o solo la ha alquilado?

—Alquilada.

Por el verano.

—¿Vivirá solo?

Daniel explicó que su esposa se uniría a él pronto.

—Menos mal —dijo el hombre—.

Vivir solo aquí… después de lo que pasó… no es bueno.

Daniel se tensó.

—¿Se refiere al crimen?

—Mi hijo lo vio todo.

Tenía diez años entonces.

Estaba pescando en el arroyo.

Daniel lo interrumpió, cortés pero firme.

No quería oír más.

Sin embargo, cuando el coche cruzó el pequeño puente, Sánchez señaló hacia atrás.

—Desde esa ventana lo vio.

A Julia Amaya retrocediendo, y al hombre detrás, con el cuchillo.

Luego ella salió corriendo.

Mi hijo fue a avisarme.

Nadie le creyó… hasta que encontraron el cuerpo, meses después.

‍​‌‌​​‌‌‌​​‌​‌‌​‌​​​‌​‌‌‌​‌‌​​​‌‌​​‌‌​‌​‌​​​‌​‌‌‍ Daniel guardó silencio todo el camino de regreso.

Esa noche volvió al pueblo.

Bebió.

Demasiado.

Otra vez.

Los días siguientes pasaron entre intentos de pintura, paseos breves, lecturas inconclusas y noches largas.

La soledad no le molestaba tanto como había temido; lo que le incomodaba era la imposibilidad de llenarla con algo.

Pensaba en Julia Amaya sin querer.

En la distancia que había corrido.

En la oscuridad.

Recibió un mensaje de Martín Ledesma, lo leyó con atención.

La propuesta era clara: investigar el crimen.

Escribir no.

Solo indagar.

Fotografiar.

Preguntar.

Dinero fácil.

Y algo que hacer.

Pidió otra copa antes de decidir.

Está bien, Acepto.

Al salir del bar, el cielo se había oscurecido de un modo extraño.

No como al caer la noche, sino como si la oscuridad descendiera más deprisa de lo normal, más densa.

Daniel arrancó el coche y tomó el camino de regreso a la casa, pero no tenía ninguna prisa por regresar.

Al aproximarse al pequeño núcleo de casas blancas, encajadas en la ladera como si hubieran brotado de la tierra misma, pensó que era un buen momento para empezar a poner en práctica aquello que había decidido casi sin darse cuenta.

Detuvo el coche frente a la vivienda de los Sánchez, una construcción modesta, de muros encalados y tejado bajo, como tantas otras de la Alpujarra.

Llamó.

Sánchez salió a abrir.

Al reconocerlo, su rostro se iluminó con una sonrisa amplia y franca, y, acompañando el gesto con un ademán cordial de la mano, lo invitó a pasar.

—Entre, entre, Daniel, por favor.

Daniel cruzó el umbral.

La casa era más pequeña que la suya, pero estaba llena de vida.

Había una docena de niños de distintas edades: algunos jugaban sentados en el suelo, otros hacían los deberes alrededor de una mesa grande, y tres ayudaban a su madre a fregar los platos en una artesa de metal.

A pesar del bullicio aparente, reinaba un silencio sorprendente, como si todos hubieran aprendido desde pequeños a moverse sin levantar la voz.

Veinticuatro ojos oscuros se clavaron en Daniel.

Él se quedó un instante parado, incómodo, con apenas un paso dentro de la casa.

—Por aquí, Daniel —indicó Sánchez, guiándolo por un estrecho pasillo hasta una pequeña salita.

Aquella estancia estaba amueblada con bastante más cuidado que la habitación principal.

Daniel miró a su alrededor con una mezcla de curiosidad y admiración.

Todo estaba limpio, ordenado, pero lleno de contrastes.

Junto a un hermoso jarape alpujarreño, tejido a mano, descansaba un cojín de colores estridentes con letras bordadas: Souvenir de Barcelona.

Al lado de una imagen religiosa tallada en madera, que parecía tener más de un siglo, se alzaba un muñeco de cerámica barata representando a un personaje de dibujos animados.

La mitad de los muebles eran de fabricación local: madera maciza, líneas simples, sólidas, bellas en su funcionalidad.

La otra mitad estaba compuesta por piezas compradas sin criterio estético alguno.

No era difícil adivinar cuáles eran las preferidas de la familia: las antiguas, las que tenían historia.

Sánchez lo condujo hasta un sillón llamativo, incómodo y claramente de mala calidad.

—Siéntese, por favor.

—Gracias —respondió Daniel, acomodándose con cierta rigidez mientras pensaba cómo explicar el motivo de su visita.

Ningún otro miembro de la familia los había seguido.

Dedujo que aquella sala era casi un territorio sagrado, reservado quizá para las visitas importantes o para los hombres de la casa.

Aun así, la puerta permanecía abierta, y desde la habitación contigua varios pares de ojos curiosos intentaban encontrar el mejor ángulo para observarlo.

Daniel comprendió enseguida que ninguno de aquellos niños podía ser Pepe.

Si tenía diez años cuando ocurrió todo, ahora debía de rondar los dieciocho, y allí no había nadie que aparentara más de quince.

Miró hacia la puerta.

Una niña pequeña lo observaba con descaro contenido.

Le sonrió, y ella respondió con una sonrisa tímida.

Aquello lo relajó un poco.

—Tengo dos hijas —comentó, señalándola con la cabeza—.

Una tiene más o menos su edad, y la otra es algo mayor.

—¿Vendrán con su esposa, Daniel?

—No esta vez.

Se han quedado en un campamento de verano… por el norte —respondió, consciente de que para Sánchez cualquier lugar más allá de Andalucía era “el norte”.

Sánchez asintió, satisfecho.

—Ah, muy bien.

Se produjo un silencio.

Daniel comprendió que le tocaba hablar a él.

Sánchez era demasiado educado como para hacer preguntas.

Se aclaró la garganta y optó por la vía más directa.

Le explicó que un amigo suyo, escritor, estaba interesado en documentarse sobre el asesinato de Julia Amaya, ocurrido ocho años atrás, y que él se había ofrecido a recoger información de primera mano.

Sánchez asintió lentamente.

—Entonces querrá hablar con Pepe, claro.

Ahora no está, pero mandaré a Luis a buscarlo.

—Por favor, no —intervino Daniel con rapidez—.

No es urgente.

Puede ser mañana o cualquier otro día.

Sánchez restó importancia al asunto con un gesto despreocupado.

—No pasa nada.

Estará en el bar de la plaza, jugando al billar o mirando.

En cinco minutos está aquí.

Anda, Luis, ve a por él.

La orden fue tan firme que Daniel no insistió.

Mientras esperaban, Daniel añadió: —Además de lo que vio esa noche, me gustaría entenderlo todo desde el principio.

No sé casi nada de Julia Amaya ni de Nelson, ni de por qué ocurrió aquello.

—Poco sabemos, Daniel.

Nadie lo sabe bien.

Solo Pepe y una mujer del pueblo trataron a la muchacha.

Nelson llevaba apenas un mes viviendo en la casa.

Decía que era pintor.

Poco más.

—¿Y el motivo?

—Unos dicen que estaba loco.

Otros, que fue por dinero.

Ella llegó el mismo día en autobús, desde Granada.

—¿Desde Granada?

—repitió Daniel, sintiendo un leve estremecimiento.

Ocho años atrás él vivía allí.

—Bueno… hizo noche en Motril, según la Guardia Civil.

De antes no se supo nada.

La puerta se abrió entonces.

Luis entró seguido de un joven alto, moreno, atractivo.

Pepe Sánchez miró con recelo al visitante.

—Pasa, hijo —dijo Sánchez—.

Este es don Daniel Herrera.

Vive ahora en la casa de Nelson.

Quiere que le cuentes lo que viste aquella noche.

Pepe dudó un instante antes de estrecharle la mano.

—¿Qué quiere saber?

—preguntó, con un deje de incomodidad.

—Solo lo que viste —respondió Daniel—.

Y si te parece, mejor allí mismo.

Aceptaron.

Recorrieron los dos kilómetros hasta la casa.

Daniel aparcó junto al puente, dejando el coche orientado hacia el camino principal.

—Ahora, Pepe —dijo Sánchez—.

Cuéntale.

Pepe avanzó unos pasos.

—Yo estaba aquí —dijo—.

Desde esa ventana se veía la cocina.—señaló con el dedo índice —.

Era esta hora, más o menos.

Volvía a casa.

Me había torcido el tobillo… —miró a su padre—.

Cojeaba.

Daniel escuchaba sin interrumpir, concentrado.

—La vi retroceder —prosiguió Pepe—.

Estaba aterrada.

Intentaba llegar a la puerta.

Él tenía un cuchillo.

—¿Lo vio bien?

—Sí.

No la cara al principio.

El pelo rubio, corto.

Luego, cuando salió tras ella… no tengo dudas.

Era Nelson.

—¿Y después?

—Nada más.

La oí gritar.

Una sola vez.

El silencio cayó sobre los tres.

Daniel hizo un leve gesto de asentimiento.

Tenía ganas de preguntarle a Sánchez qué ocurrió después, cómo se desarrollaron los hechos a partir de aquella noche; pero decidió aplazarlo.

Habría tiempo para ello dentro de la casa, con una copa entre las manos, como había prometido.

Los condujo al interior y sirvió tres vasos generosos de vino moscatel, espeso y dulzón, de ese que deja un rastro cálido en la garganta.

Ambos le dieron las gracias a medida que los iba entregando.

—¿Viniste con la Guardia Civil?

—preguntó Daniel, dirigiéndose a Pepe.

—Sí.

Vinimos juntos —respondió el muchacho—.

La puerta no estaba cerrada con llave y la luz estaba apagada.

El guardia llamó en voz alta.

No respondió nadie.

Entramos, encendimos todas las luces… —hizo un gesto vago con la mano—.

No había nada.

Eso dijo.

Y nos fuimos.

Daniel dio un sorbo al vino y observó a Pepe con atención, como si quisiera grabar cada uno de sus gestos.

—¿Cómo era Julia Amaya?

—preguntó.

Pepe dudó apenas un segundo.

—Bonita.

Tenía el pelo claro y la piel muy blanca… quizá porque estaba aterrada.

Solo la vi unos instantes.

Eso es todo lo que recuerdo.

—¿Y cómo iba vestida?

—Con un vestido verde… o eso me pareció.

—Azul, Pepe —lo corrigió su padre con suavidad—.

Cuando la encontraron llevaba un vestido azul.

Pepe se encogió de hombros.

—Entonces sería azul.

—¿Podría describirme a Nelson, además del pelo?

—insistió Daniel—.

De eso ya me han dado algunos detalles.

—Era alto.

Más que usted.

Fuerte.

Muy bien parecido.

Y poco sociable.

No hablaba con casi nadie.

—¿Lo vio alguien después de aquello?

—preguntó Daniel, esta vez mirando al padre.

—Sí.

El guardia no creyó a Pepe.

Volvió al día siguiente para hablar con Nelson.

Él dijo que la noche anterior había estado conduciendo su coche.

Negó haber tenido a ninguna mujer en la casa.

Aseguró que Pepe se equivocaba.

El guardia revisó el interior y los alrededores… pero no encontró nada que indicara que allí hubiera estado una mujer.

Se marchó.

Uno o dos días después, Nelson abandonó la casa y la comarca.

Dos meses más tarde apareció el cuerpo de la muchacha.

Daniel asimiló la información en silencio.

Había demasiados huecos, demasiadas sombras; pero, aun así, ya tenía algo fundamental: el testimonio directo de un testigo.

Tal vez más adelante pudiera encontrar otras voces, otros documentos, otra verdad.

—Bien, Pepe —dijo al cabo—.

Te hemos sacado de los billares y te llevaré allí.

¿Hay tiempo para otro vaso de vino?

—Muchas gracias, Daniel —respondió Sánchez—.

Lo aceptamos.

Daniel sirvió otra ronda, aunque advirtió de inmediato, por el gesto contrariado del muchacho, que no se sentía cómodo allí.

Dio ejemplo vaciando su vaso con rapidez y evitó ofrecer un tercero.

Los llevó en coche hasta.

Dejó al señor Sánchez frente a su casa y se empeñó en llevar a Pepe hasta los billares, aunque apenas estaba a unos cientos de metros.

El regreso lo hizo deprisa, atravesando una oscuridad que, sin saber por qué, le resultaba opresiva.

Al entrar en la casa tuvo la sensación de que la noche pesaba sobre los muros de adobe y los cristales, como si la oscuridad hubiera decidido quedarse dentro.

Se sirvió otro vaso de vino y le añadió un chorro de whisky de una botella que guardada en la alacena.

Miró la puerta de la cocina y casi se estremeció al imaginar a la muchacha, aterrorizada, tratando de alcanzar el pomo por detrás.

Voy a terminar el whisky de una vez, decidió.

Antes de servirse, buscó papel y lápiz.

Era mejor dejar constancia inmediata de lo que Pepe le había contado, mientras aún lo recordaba con claridad.

Escribió todo con letra apretada, concentrada.

Cuando terminó, advirtió que la botella estaba vacía.

Se sirvió más vino.

Le supo bien.

Incluso le sorprendió haber recurrido antes al whisky.

Nunca le había gustado demasiado.

Con el vino podía embriagarse igual, sin pagar después el precio.

Se quedó sentado, bebiendo y pensando.

Miró el reloj: pasaban de las once.

Al rato volvió a mirar y seguía marcando lo mismo.

No sabía qué hora era.

Tampoco le importaba.

Estaba borracho.

Eso tampoco le preocupaba.

Pero a su vejiga sí.

Salió de la casa y caminó hasta el pequeño puente, siguiendo la ribera del arroyo.

Permaneció allí uno o dos minutos, tambaleándose.

El viento nocturno soplaba de frente y se mojó los pantalones.

¿Quién había dicho que nunca se debía orinar contra el viento?

Ah, sí: Rabelais, el viejo amigo Rabelais.

Tendría que comprar Gargantúa y Pantagruel y releerlo.

Excelente literatura.

El cuello del ganso, el anillo de Hans Carvel y todo lo demás.

Estaba borracho.

Se volvió para mirar la casa.

La ventana de la cocina seguía iluminada.

Cruzó el puente y caminó unos pasos por el camino.

Allí había estado Pepe.

Desde ese ángulo se veía la ventana y la puerta trasera, abierta a la noche, a un grito lejano y a una muerte violenta.

Más allá del hombro del asesino, un cuchillo alzado.

Frente a él, una muchacha hermosa, paralizada por el miedo.

Hay que olvidar eso, se dijo.

Regresó tropezando y volvió a sentarse.

Miró de nuevo la puerta.

Se imaginó a la joven de espaldas, el brillo del cuchillo, el rostro del hombre —ese rostro que Pepe no había visto, pero que ella sí—.

La puerta.

La noche.

La muerte esperando.

Qué extraño, pensó.

Los asesinatos ocurren de verdad.

Siempre los había leído como algo remoto, casi ficticio.

Nunca había tenido contacto con uno.

Este sí lo sentía real.

Bebió otro vaso.

El cuarto empezó a girar.

Descensos bruscos, como un ascensor cayendo, le provocaron una sensación desagradable en el cuerpo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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