Castigo Compartido - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 Capitulo 14 La pared no miente
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14: Capitulo 14: La pared no miente 14: Capitulo 14: La pared no miente El trabajo en grupo cayó como siempre: sin aviso y sin escapatoria.
Aina estaba sentada con los brazos cruzados cuando la profesora dijo los nombres.
Cuando escuchó el suyo junto al de Erica, soltó un suspiro corto.
No le molestaba trabajar con ella.
De hecho, Erica era de las pocas personas que no le agotaban la paciencia.
—Bueno —dijo Erica al salir del salón—, ¿en tu casa o en la mía?
—En la mía —respondió Aina sin pensarlo—.
Es más cerca.
Renzo, que caminaba un poco atrás, levantó la mirada al escuchar eso, pero no dijo nada.
El edificio las recibió con el silencio típico de la tarde.
Erica miraba alrededor con curiosidad mientras subían por las escaleras.
—Tu edificio es tranquilo —comentó—.
Me gusta.
—Mejor así —respondió Aina—.
Menos gente molesta.
Llegaron al piso y Aina sacó las llaves.
Erica miró alrededor… y frunció el ceño.
—Oye —dijo—.
Ese departamento… Justo en ese momento, la puerta de al lado se abrió.
Renzo salió con una bolsa en la mano, claramente listo para botar la basura.
Se detuvo al verlas.
—Ah… hola.
Aina se quedó congelada medio segundo.
—¿Tú qué haces aquí?
—saltó.
—Vivo aquí —respondió Renzo, señalando su puerta.
Silencio.
Erica miró una puerta.
Luego la otra.
Luego a Aina.
Luego a Renzo.
—Espera —dijo lentamente—.
¿Viven… uno al lado del otro?
—No es así —respondió Aina rápido—.
Es solo coincidencia.
—Muy coincidencia —añadió Renzo con calma—.
Pared compartida y todo.
Erica abrió los ojos.
—¿¡QUÉ!?
—¡No grites!
—le dijo Aina—.
¡Los vecinos!
Renzo se encogió de hombros.
—Ya lo saben casi todos.
—¡¿Desde cuándo?!
—preguntó Erica.
—Desde hace semanas —respondió él.
Erica miró a Aina con una sonrisa peligrosa.
—¿Y tú nunca me dijiste nada?
—¡Porque no es importante!
—se defendió—.
Solo vivimos cerca, ya.
Renzo levantó la bolsa.
—Bueno… las dejo —dijo—.
Suerte con el trabajo.
—¡Ni se te ocurra escuchar!
—le gritó Aina.
—No pensaba hacerlo.
Renzo entró a su departamento.
La puerta se cerró.
Erica explotó en risas.
—Aina… esto es oro puro.
—No empieces —advirtió ella, entrando a su casa.
Dentro del departamento, Aina dejó su mochila en el sofá.
Erica caminaba de un lado a otro, claramente emocionada.
—Entonces —dijo—, castigo juntos, vecinos, misma escuela… ¿qué sigue?
¿Almas gemelas?
—¡Cállate!
—Aina lanzó un cojín—.
No inventes tonterías.
—Ajá —respondió Erica—.
Pero te pusiste roja.
—¡Es el calor!
Erica se apoyó contra la pared… la pared que separaba ambos departamentos.
—Oye —dijo—.
¿Sabes que esa pared te separa de Renzo?
—Sí, genio.
Erica golpeó suavemente la pared.
Toc toc.
Del otro lado se escuchó un golpe de respuesta.
Aina se tensó.
—¡¿Ves?!
—dijo Erica—.
¡Comunicación directa!
—¡Eso no significa nada!
—Aina cruzó los brazos—.
Solo… no es como crees.
—Nunca dije qué creo —respondió Erica con una sonrisa.
Aina desvió la mirada.
—Solo… es molesto —murmuró—.
Siempre está ahí.
Y sin darse cuenta, sonó más sincera de lo que quería.
Mientras tanto, del otro lado de la pared, Renzo sonrió levemente al escuchar las voces apagadas.
—Problemas —murmuró para sí.
Apoyó la espalda contra la pared.
No sabía en qué momento su vida se había vuelto así de ruidosa.
Pero, por alguna razón… no le molestaba.
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