Castigo Compartido - Capítulo 2
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- Capítulo 2 - 2 Capitulo 2 Un día de Castigo
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2: Capitulo 2: Un día de Castigo 2: Capitulo 2: Un día de Castigo Renzo ya estaba en el depósito cuando Aina llegó, arrastrando los pies como si el mundo entero conspirara contra ella.
—¿Y bien?
—dijo, cruzándose de brazos, observando cómo él colocaba las cajas con calma.
—Hola —saludó Renzo, sin mirarla—.
Las cajas de la esquina están más inestables.
Mejor empezar por ahí.
—¡¿Cómo puedes estar tan calmado?!
—exclamó ella, frunciendo el ceño—.
¡Esto es un desastre y tú solo estás sonriendo!
—No hay necesidad de gritar —respondió él, colocando una caja que parecía a punto de caerse—.
Solo trabajemos juntas.
Aina bufó y tomó otra caja, decidida a hacerlo sola.
Pero, como era de esperarse, tropezó con un montón de libros viejos y terminó cayéndose sobre una pila de cojines.
—¡Tch!
—gruñó, mientras Renzo se acercaba inmediatamente a ayudarla—.
Te dije que tuvieras cuidado.
—S-sí… gracias —murmuró, con el rostro rojo, apartando la mirada.
Renzo solo sonrió levemente.
No dijo nada más, pero el hecho de que la ayudara sin ponerle ninguna condición hacía que Aina se sintiera extrañamente incómoda.
Pasaron la mañana reorganizando cajas y estanterías.
Aina estaba convencida de que podía hacerlo todo sola, pero cada vez que algo se caía, Renzo aparecía silenciosamente para arreglarlo.
—¡Eres insoportable!
—exclamó, mientras él levantaba un montón de libros que se le habían caído de las manos—.
¡Siempre tan perfecto!
—Solo hago lo que hay que hacer —dijo él, encogiéndose de hombros—.
No tiene sentido pelear con las cosas.
Aina suspiró, pero no pudo evitar sonreír un poco.
Se dio cuenta de que Renzo realmente no se queja nunca, sin importar lo que pase, y eso, aunque quisiera negarlo, la hacía sentir algo extraño.
Al mediodía, se sentaron a comer en el depósito, compartiendo un silencio incómodo.
Aina sacó un sándwich mientras Renzo tomaba un jugo que había traído.
—Oye… —dijo él de repente—.
¿Qué haces normalmente después de clases?
—¿Por qué quieres saber?
—respondió ella, con desconfianza, girando los ojos.
—Solo curiosidad —contestó él, tranquilo.
Aina bufó y dio un mordisco a su sándwich, pero terminó contándole cosas pequeñas sobre su rutina: música que le gustaba, la serie que estaba viendo.
Renzo escuchaba atento, sin interrumpir, con esa calma que la desconcertaba.
—Tch… —murmuró Aina, apartando la mirada—.
No me importa si me escuchas o no.
Renzo solo sonrió levemente, y eso la hizo sentir… incómoda otra vez.
Por la tarde, tuvieron que mover algunas cajas más pesadas.
Aina intentó levantar una sola, pero terminó haciendo más desorden que progreso.
Renzo apareció detrás de ella y la ayudó a colocar la caja en su lugar, sin hacer comentarios.
—¡Eres demasiado perfecto!
—dijo ella, con los puños apretados, pero sin poder ocultar un rubor—.
¡Me enfermas!
—Solo estoy ayudando —respondió él, calmado, mientras acomodaba la caja—.
Nada más.
Aina no supo si estaba enojada o simplemente confundida por lo mucho que le molestaba… y le gustaba a la vez.
Cuando terminó la jornada, el sol estaba bajando, tiñendo el depósito de un color naranja cálido.
Aina se estiró, cansada, mientras Renzo cerraba la última caja.
—Bueno… no estuvo tan mal —dijo ella, cruzándose de brazos, intentando sonar firme.
—Sí —dijo él—.
No estuvo tan mal.
Aina lo miró, entrecerrando los ojos, tratando de mantener su orgullo, pero no pudo evitar pensar que Renzo era demasiado perfecto.
—No te acostumbres —dijo, girando para salir—.
Esto no significa que me caigas bien.
—Claro —respondió él, sonriendo tranquilo—.
Te creo.
Mientras bajaban las escaleras juntos, Aina sintió que algo había cambiado.
No sabía si era la paciencia de Renzo, su tranquilidad… o simplemente que ya no podía ignorar cómo se sentía.
Y así continuó su semana de castigo compartido: discusiones, accidentes cómicos y silencios que hablaban más que cualquier palabra, haciendo que Aina empezara a preguntarse si quizá no odiaba tanto a Renzo como pensaba.
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