Castigo Compartido - Capítulo 22
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Capítulo 22: Capitulo 22: ¿Te importa?
El edificio estaba más silencioso de lo normal esa tarde.
Renzo subió las escaleras con la mochila colgándole de un hombro, cansado, pensando todavía en el día. No había pasado nada grande después de clases, pero la sensación seguía ahí. Esa incomodidad suave que no se iba.
Abrió la puerta de su departamento y entró. Dejó las llaves en la mesa, se quitó los zapatos y se dejó caer en el sofá.
Silencio.
O casi.
Al otro lado de la pared se escuchó un golpe seco. Luego otro, más suave. Renzo reconoció el sonido sin pensarlo demasiado. Aina.
No sabía cómo, pero con el tiempo había aprendido a distinguir sus ruidos: los pasos rápidos, los cajones cerrándose con fuerza, el leve arrastre de la silla.
Unos segundos después, sonó el timbre.
Renzo se incorporó y abrió la puerta.
Aina estaba ahí, con el uniforme aún puesto y el ceño ligeramente fruncido.
—¿Tienes… azúcar? —preguntó, sin mirarlo directamente.
Renzo parpadeó.
—Sí —respondió—. Pasa.
Ella entró sin decir nada más, cruzándose de brazos. El departamento de Renzo era simple, ordenado, casi demasiado tranquilo. Aina lo recorrió con la mirada.
—Siempre tan aburrido —murmuró.
—Gracias —respondió él, y fue a la cocina.
Mientras buscaba el azúcar, Aina se quedó de pie en medio de la sala. Sus ojos se desviaron al sofá… luego a la pared que los separaba. Esa pared delgada que ahora le parecía más cercana que nunca.
Renzo volvió y le tendió el frasco.
—Toma.
Aina lo agarró, pero no se movió.
—Oye —dijo—. Lo de hoy…
Renzo la miró, apoyándose contra el marco de la puerta.
—¿Sí?
—No fue nada —continuó ella rápidamente—. Isabella puede hacer lo que quiera.
—Eso dijiste —respondió él.
—Y lo mantengo —añadió, aunque su voz no sonó tan firme—. No me importa.
Renzo no respondió de inmediato.
—¿Seguro? —preguntó con calma.
Aina levantó la mirada, molesta.
—¡Claro que sí! —exclamó—. ¿Por qué tendría que importarme?
Silencio.
Renzo la observó un momento más.
—No lo sé —dijo—. Solo parecía que sí.
Aina apretó los labios.
—Eres insoportable.
—Puede ser.
Ella dio media vuelta hacia la puerta.
—Gracias por el azúcar.
—Cuando quieras.
Aina abrió la puerta… y se detuvo.
—Oye, Renzo.
—¿Hm?
—No te sientes con ella mañana.
Renzo alzó una ceja.
—Pensé que no te importaba.
Aina se giró, roja.
—¡No me importa! —gritó—. Pero… sería molesto.
—Entiendo —dijo él, sonriendo apenas.
Ella chasqueó la lengua.
—Idiota.
Cerró la puerta y regresó a su departamento.
Renzo se quedó mirando la puerta cerrada unos segundos más. Luego apoyó la espalda contra la pared que los separaba.
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