Castigo Compartido - Capítulo 24
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Capítulo 24: Capitulo 24: Muy Tarde
El reloj marcaba las 10:47 p. m.
Renzo se quedó mirándolo unos segundos antes de volver a su cuaderno. A esa hora normalmente ya estaría preparándose para dormir, pero ahí estaba, sentado frente a Aina, con libros abiertos y hojas desordenadas por toda la mesa.
Aina bostezó sin ningún intento de disimularlo.
—Esto ya no es estudiar —murmuró—. Es tortura.
—Solo un tema más —respondió Renzo—. El que entra seguro.
—Dijiste eso hace media hora.
—Y sigo teniendo razón.
Aina chasqueó la lengua, pero no se levantó. Apoyó el mentón sobre la mano y lo miró de lado.
—Oye… —dijo—. ¿Nunca te cansas de ser tan serio?
Renzo alzó la vista.
—¿Eso es una queja?
—Es curiosidad —respondió—. No sonríes casi nunca.
—No es verdad.
—Sí lo es —dijo ella—. Solo sonríes cuando crees que no te veo.
Renzo se quedó en silencio unos segundos.
—Tal vez porque cuando estudio, me concentro —dijo al final.
—Qué aburrido.
Aina volvió a su cuaderno, pero su letra ya no era tan firme. El cansancio empezaba a notarse. Renzo lo notó también.
—Si quieres, paramos —dijo—. Ya es tarde.
—No —respondió rápido—. Si paramos ahora, mañana me arrepentiré.
—Entonces recuéstate un poco —propuso—. Cinco minutos.
Aina dudó.
—Cinco.
Se levantó y fue al sofá. Se dejó caer boca arriba, mirando el techo. Renzo siguió escribiendo, pero al poco tiempo escuchó su respiración más lenta.
—Aina… —dijo—. Dijimos cinco.
—No estoy dormida —respondió ella—. Solo… descansando los ojos.
Renzo sonrió apenas.
Pasaron unos minutos más. El silencio era distinto ahora, más suave. Renzo cerró su cuaderno y se levantó.
—Aina —repitió, acercándose—. Ya es suficiente por hoy.
Ella abrió los ojos y lo miró. Estaban más cerca de lo normal. Demasiado cerca.
—¿Te rindes tú también? —preguntó.
—No —respondió—. Solo sé cuándo parar.
Aina se incorporó un poco, apoyándose en un codo. Sus rostros quedaron a poca distancia. Ninguno habló.
El momento se alargó más de lo necesario.
Renzo tragó saliva.
—Mañana… podemos seguir —dijo en voz baja.
Aina no apartó la mirada.
—Sí… —respondió—. Mañana.
Pero ninguno se movió.
El silencio se volvió pesado, cargado de algo que ninguno quería nombrar. Aina fue la primera en reaccionar: se giró bruscamente.
—Ya me voy —dijo—. Es tarde.
—Claro —respondió Renzo, un poco tarde también.
Aina tomó sus cosas y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.
—Renzo.
—¿Sí?
—Gracias… por estudiar conmigo.
Renzo sonrió.
—Cuando quieras.
Ella bufó, como si le molestara haber dicho eso, y salió. La puerta se cerró suavemente.
Renzo se quedó de pie en medio de la sala, respirando hondo.
Del otro lado de la pared, Aina apoyó la espalda y cerró los ojos.
—Idiota… —murmuró—. Esto ya no es normal.
Y esa noche, ninguno de los dos durmió tan rápido como esperaba.
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