Castigo Compartido - Capítulo 26
- Inicio
- Todas las novelas
- Castigo Compartido
- Capítulo 26 - Capítulo 26: Capitulo 26: ¿Khe? Torpeza De Renzo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 26: Capitulo 26: ¿Khe? Torpeza De Renzo
El murmullo en el aula era distinto ese día.
Renzo lo notó apenas entró. Había risas, comentarios nerviosos, gente agrupándose alrededor del tablero. Los resultados ya estaban colgados.
Aina fue directo, como siempre, empujando un poco a quien se interpusiera.
—Muévanse.
Renzo se acercó detrás de ella, sin decir nada. Leyó rápido. Una vez. Dos veces.
Los cuatro nombres estaban ahí.
—Pasamos —dijo Erica, girándose con una sonrisa enorme—. ¡Todos!
Damián levantó el puño.
—¡Lo sabía!
Aina no dijo nada al inicio. Solo se quedó mirando su nombre, como si esperara que desapareciera.
—Oye —dijo Renzo, inclinándose un poco hacia ella—. Pasaste.
Aina reaccionó recién entonces.
—…Ya lo vi —respondió, cruzándose de brazos—. No grites.
Pero sus labios temblaban. No de nervios. De alivio.
Más tarde, ese mismo día, terminaron todos en el departamento de Aina. Música baja, comida simple, risas sueltas. Nada exagerado, pero suficiente para celebrar.
Aina fingía que no era gran cosa, aunque cada tanto sonreía sin darse cuenta. Erica hablaba sin parar, Damián contaba alguna tontería, y Renzo observaba desde el sillón, tranquilo.
—Oigan —dijo Erica al rato—. Ya es tarde.
—Sí —añadió Damián—. Mañana hay clases.
Se despidieron entre bromas y promesas vagas de repetirlo otro día. Cuando la puerta se cerró, el departamento quedó en silencio.
Aina suspiró.
—Qué desastre —murmuró, mirando los vasos y platos—.
—Te ayudo —dijo Renzo, levantándose—. Total, vivo al lado.
—No te pedí nada.
—Lo sé.
Aina no respondió. Le pasó una bolsa de basura y empezó a juntar cosas. Trabajaron en silencio unos minutos, moviéndose por la cocina y la sala.
—Oye —dijo ella de pronto—. Gracias.
Renzo la miró.
—¿Por estudiar?
—Por todo —respondió, sin mirarlo.
Renzo sonrió, pero no dijo nada.
Fue entonces cuando pasó.
Aina dio un paso atrás sin mirar y tropezó con una silla mal puesta.
—¡Ah—!
Renzo reaccionó rápido, estirando el brazo para sujetarla. Pero el movimiento fue torpe. Demasiado rápido.
Los dos perdieron el equilibrio.
Cayeron al suelo.
Aina quedó boca arriba, con Renzo sosteniéndose sobre ella, apoyado en los brazos. Sus rostros quedaron peligrosamente cerca.
Muy cerca.
Aina abrió los ojos de golpe.
—¿Qué… haces? —murmuró.
Renzo tragó saliva.
—Yo… estaba ayudando.
Ninguno se movió.
El silencio era pesado. El corazón de Aina latía fuerte. Podía sentir la respiración de Renzo, cálida, cerca de su rostro. Demasiado cerca.
Sus miradas se cruzaron.
Por un segundo, pareció que todo se detenía.
Renzo bajó un poco la cabeza. Aina no lo apartó.
—Renzo… —susurró ella.
—Aina…
Estaban a nada.
Aina cerró los ojos.
Y entonces—
—¡AUCH!
Renzo se movió bruscamente, llevándose la mano al codo.
—¡La mesa! —se quejó.
Aina abrió los ojos de golpe.
—¿Eres idiota? —gritó, empujándolo—. ¡Pésate menos!
—¡Tú te caíste!
—¡Porque tú estabas estorbando!
Se quedaron sentados en el suelo, mirándose con caras rojas y respiración agitada.
Silencio.
Aina se levantó primero.
—Ya… ya terminamos de limpiar —dijo, evitando mirarlo—. Vete.
Renzo se puso de pie también.
—Sí… claro.
Caminó hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo.
—Oye, Aina.
—¿Qué?
—Me alegra que hayas pasado.
Ella no respondió de inmediato.
—Tch… —murmuró—. Sería raro reprobar después de todo.
Renzo sonrió y salió.
Aina se quedó sola en su departamento, apoyándose contra la puerta cerrada. Se llevó una mano al pecho.
—Eso estuvo… muy cerca —susurró—. Demasiado.
Al otro lado de la pared, Renzo se detuvo también.
—Sí… —murmuró—. Demasiado.
Y ninguno de los dos pudo dejar de pensar en lo mismo esa noche.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com