Castigo Compartido - Capítulo 4
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4: Capitulo 4: ¿Juegos?
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La campana sonó, pero el salón estaba silencioso, porque todos los alumnos ya se habían ido.
Solo quedaban Aina y Renzo, cumpliendo su castigo.
—Perfecto… —murmuró Aina, cruzándose de brazos—.
Otra tarde aburrida con el inútil más molesto del salón.
Renzo la miró con calma mientras recogía los libros tirados por el piso.
—Deberías concentrarte más en los problemas que en mí… o será que acaso… ¿estás enamorada de mí?
—dijo con un susurro tranquilo, como si estuviera bromeando.
Aina se congeló, los ojos abiertos como platos.
—¡¿Qué dijiste?!
—gritó, mientras le daba un empujón leve—.
Estás loco, ¿acaso crees que yo me fijaría en alguien como tú?
—Solo preguntaba —respondió Renzo con una sonrisa tranquila, sin perder la calma—.
Pero si quieres, podemos seguir trabajando.
Aina resopló, roja de la ira y del desconcierto, mientras empezaba a organizar los pupitres.
Sin querer, golpeó uno de los libros que Renzo estaba colocando.
—¡Cuidado, idiota!
—gritó.
—Tch… —murmuró Renzo, moviéndolo con calma—.
Si no quieres lastimarte, no me distraigas.
Aina frunció el ceño, pero algo dentro de ella la hizo decir con un tono más juguetón: —Renzo… dame un beso.
Renzo la miró confundido, parpadeando.
—¿Eh?
—dijo, mientras ella se acercaba ligeramente.
Cuando estaba a punto de besarla, Aina la apartó rápidamente, con el rostro ardiendo.
—¡Estás loca!
—exclamó—.
¿Acaso pretendías besarme?
¿Crees que yo me fijaría en alguien como tú?
Renzo suspiró suavemente, casi divertido por la reacción explosiva de Aina.
—Bueno… no lo sé —dijo con tranquilidad—.
Solo hago lo que dices.
— Después de eso, continuaron limpiando y organizando los pupitres, con Renzo moviendo los objetos con calma y Aina constantemente chocando con él accidentalmente, tirando papeles o golpeando cajas por accidente.
Cada vez que algo pasaba, él la ayudaba, y ella reaccionaba con gritos, empujones o comentarios irónicos.
—¡Tch!
—dijo ella, recogiendo un lápiz que casi se le cae de las manos—.
¡Eres tan molesto!
—¿Molesto yo?
—preguntó Renzo, sin perder la calma, mientras acomodaba un cuaderno—.
O tal vez… ¿molestamente adorable?
Aina lo miró incrédula, levantando una ceja.
—¡Idiota!
—gritó, aunque un pequeño rubor apareció en sus mejillas.
Durante la tarde, hubo un momento en que Aina tuvo que subirse a una silla para alcanzar un estante alto.
Claro, terminó balanceándose demasiado y casi cayéndose.
Renzo reaccionó rápido y la sostuvo por la cintura sin esfuerzo.
—¡Aaah!
—gritó ella, sorprendida y roja—.
¡Suéltame!
—Solo te sostengo —dijo él con calma—.
No quise que te cayeras.
Aina lo apartó, pero no pudo evitar mirar cómo él la ayudaba con una expresión tranquila que parecía invulnerable a su enojo.
—¡Tch!
—susurró, caminando hacia el otro lado del salón—.
Este idiota… ¡me saca de quicio!
Al final del día, mientras guardaban los últimos libros, ambos chocaron accidentalmente otra vez, y Renzo simplemente la sostuvo por los hombros para que no cayera.
—Idiota… —murmuró Aina, apartándose rápidamente, aún roja—.
¡No pienses cosas raras!
Renzo solo sonrió levemente, como si nada de esto fuera un problema.
Y mientras cerraban la puerta del salón, Aina caminó adelante, murmurando para sí misma: Este idiota… sigue siendo un inútil, pero… algo en él me hace querer no estar tan enojada…
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