Castigo Compartido - Capítulo 7
- Inicio
- Todas las novelas
- Castigo Compartido
- Capítulo 7 - 7 Capitulo 7 Completamente Extraños
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
7: Capitulo 7: Completamente Extraños 7: Capitulo 7: Completamente Extraños Aina se dio cuenta de algo el martes por la tarde.
Renzo era ruidoso.
O bueno… no exactamente ruidoso.
Era ese tipo de ruido molesto que no se puede reclamar sin quedar mal.
Pasos tranquilos, una silla moviéndose, agua corriendo a horas raras.
—Tch… —chasqueó la lengua, sentada en su sofá—.
¿Este idiota no duerme?
Justo en ese momento, un golpe seco sonó al otro lado de la pared.
Aina se levantó de golpe.
—¡Ya fue!
Abrió la puerta de su departamento y tocó la de al lado.
Dos veces.
Fuerte.
Renzo abrió a los pocos segundos.
—Hola —dijo, calmado—.
¿Pasa algo?
—¡Sí pasa algo!
—respondió Aina—.
¡Deja de hacer ruido!
Renzo ladeó la cabeza.
—¿Ruido?
—¡Ese ruido!
—señaló la pared—.
Caminas como si entrenaras para una maratón nocturna.
—Estaba limpiando —respondió él—.
Se me cayó un vaso.
Aina frunció el ceño.
—…¿Limpiando a esta hora?
—Vivo solo —dijo Renzo—.
No tengo horarios fijos.
Eso la dejó sin respuesta por un segundo.
—Tch… —bufó—.
Igual, intenta no molestar.
—Lo mismo digo —respondió él—.
Ayer pusiste música bastante fuerte.
—¡Eso es diferente!
—Claro —dijo Renzo, sin discutir.
Eso la irritó más.
Un par de días después, Aina olvidó sacar la basura.
Se dio cuenta cuando ya estaba cerrando la puerta.
Suspiró molesta y salió corriendo… para chocar de frente con Renzo, que llevaba una bolsa negra en la mano.
—¡Oye, mira por dónde vas!
—dijo ella.
—Eso iba a decir —respondió él—.
¿Vas a bajar?
Aina miró la bolsa.
—…Sí.
Bajaron juntos en silencio por las escaleras.
Demasiado silencio.
—No es que te esté acompañando —dijo Aina de repente—.
Solo… coincidió.
—Claro —respondió Renzo—.
Coincidencias pasan.
Ella lo miró de reojo.
—No te acostumbres.
—No lo hago.
El viernes por la noche, la luz del pasillo se apagó de golpe.
Aina salió de su departamento justo cuando Renzo también abría el suyo.
—Genial —murmuró ella—.
¿Ahora qué?
—Corte de luz —dijo Renzo—.
Suele pasar.
—¿Y cómo sabes?
—Vivo aquí desde hace un tiempo.
Eso volvió a molestarla.
Como si él estuviera más cómodo que ella.
—Tch… —cruzó los brazos—.
No necesito ayuda.
—No iba a ofrecerla —respondió él—.
Aunque tengo una linterna.
Aina lo miró.
—…Préstamela.
Renzo sonrió apenas y se la pasó.
—Devuélvela luego.
—Como si fuera a robártela —respondió ella.
Pero esa noche, cuando volvió la luz, Aina dejó la linterna frente a la puerta de Renzo.
No tocó.
Solo la dejó ahí.
El sábado, Aina estaba cargando varias bolsas cuando la puerta de Renzo se abrió.
—¿Necesitas ayuda?
—preguntó.
—¡No!
—respondió de inmediato.
Una bolsa se rompió.
Las cosas cayeron al piso.
Silencio.
Renzo se agachó y empezó a recogerlas sin decir nada.
—No te dije que ayudaras… —murmuró Aina.
—No me pediste que no lo hiciera —respondió él.
Aina apretó los labios.
—…Gracias.
Renzo levantó una ceja.
—¿Qué?
—¡Que gracias!
—repitió más fuerte—.
¡No te emociones!
—Demasiado tarde —dijo él—.
Ya pasó.
Aina le lanzó una mirada fulminante, pero no discutió.
Esa noche, cada uno estaba en su departamento.
Pared de por medio.
Aina se recostó en su cama, mirando el techo.
—Supongo que… vivir al lado de este idiota no es tan terrible.
Del otro lado, Renzo cerró su cuaderno.
—Creo que ya no me quiere matar —pensó.
No eran amigos.
No eran cercanos.
Pero ya no podían fingir que eran completos extraños.
Y eso, aunque ninguno lo diría en voz alta, cambiaba las cosas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com